sábado, 19 de noviembre de 2016

Nuestro número 7



Hoy estamos de aniversario. Un aniversario importante. El del día que por primera vez el nosotros se amplió; creció el círculo que nos rodeaba y las letras se hicieron más grandes. El del día que a nuestro proyecto de vida se sumó otra; una pequeñita que lo hizo tan, tan grande...

Hoy estamos de aniversario. Un aniversario un poco raro, con ausencias temporales (peludas y menos peludas) que echamos mucho de menos; y a la espera de otras dos pequeñas vidas que ampliarán más este círculo donde somos y existimos.
Y hoy, hoy tengo que hacer; quiero hacer una pausa en esta espera que ya empieza a desesperar, para felicitar a mi niña sirena que ya tenemos la suerte de conocer y disfrutar desde hace 7 añitos.

Pasa el tiempo que es imparable. Una ráfaga violenta y constante que nos lleva de año en año sin apenas darnos cuenta.
Y así llega un invierno, y aquel vestido que le compramos a los 5 años ya no le vale; y aprende a restar con llevadas; y nos habla de un niño que le parece especial.

Y así, llega otro invierno, y recuerdo cuando le cantábamos aquella "Canción infantil para despertar a una paloma...", de Serrat intentando que, al revés, ella se durmiera al fin.

Y bueno pues...
Un día más...
Un noviembre más...
Un año más...
hasta estos 7,
mi número 7; el nuestro.
Este número mágico
que nos acompañará 365 días
y que es y será...
un enigma,
una sorpresa,
un aprendizaje,
un regalo.

Esta noche me dormiré recordando aquella primera vez. Aquel primer miedo, y aquella primera inconsciencia que me hacía no temerlo tanto. Aquel primer amor.
¿Cerramos los ojos Blanca?

 "Y póngase el calcetín
Blanquita mía...
Y véngase a cocinar
el nuevo día.
Todo está listo,
el agua,
el sol y el barro.
Pero si falta usted,
no habrá milagro".

Si faltas tú mi pequeño, nuestro pequeño, primer milagro.



domingo, 16 de octubre de 2016

El día que ya no pude ver mis pies




Esto es lo que veo yo cuando miro hacia bajo... ni rastro de pies.


Estoy segura de que siguen ahí, al final de mis piernas. Estoy segura porque puedo caminar; porque noto el suelo bajo ellos; porque el otro día me picó un mosquito en el dedo gordo del pie izquierdo y todavía noto cierto escozor de vez en cuando.

Estoy segura de que siguen ahí, pero la verdad es que he dejado de verlos ya hace algún tiempo. He dejado de verlos, igual que he tenido que dejar otras cosas por este barrigón gigantesco que se ha convertido en un anexo a mí; en una prolongación de mí; en mí. Con dos pasajeros que ocupan las dos plazas del zeppelin en que me he convertido. Sí, un zeppelin biplaza, donde yo conduzco, aunque ellos realmente son los que me conducen... Y eso que todavía no nos conocemos en persona...
Y yo, con el permiso de conducirlos a punto de caducar tras treinta y pico semanas, sigo recorriendo estar carretera llena de "cosas que he dejado de hacer":

-He dejado de salir de la cama de una manera normal, ya sabéis, los pies afuera y "arriba". Ahora salgo en "modo croqueta": ruedo hacia un lado, me agarro a la mesilla para tomar impulso y rezo para que al menos uno de mis pies encuentre el suelo.
-He dejado de preguntarme qué me pongo hoy antes de salir de casa. Ahora debo preguntarme "¿Qué me cabe hoy?".
-He dejado de distribuir mi tiempo a mi antojo. Ahora tengo que empezar a hacer las cosas (con cosas me refiero a cualquier cosa que implique movimiento) con un tiempo de antelación. Se trata de "ese tiempo de más" que me llevará agacharme y levantarme; o el que necesitaré para las pausas que preciso cuando camino por la calle... O ese tiempo, tanto tiempo de más, que me llevará ponerme los zapatos; ese mucho más tiempo que tardaré en conseguir unos cordones medianamente atados, aunque sea siempre hacia un lado (que se ha convertido en la única posibilidad).
-He dejado de depilarme con conocimiento. Ahora me depilo las piernas intuitivamente, y las uñas de los pies me las corto, digamos que de una forma muy artística...
-He dejado de llevar camisetas limpias. Aunque debo reconocer que ahora sé anticipadamente dónde caerá esa gotita de sopa que veo resbalar de la cuchara, o el rastro de cola cao que se descuelga de mi barbilla... Lógicamente en medio de la diana natural que tengo pegada al abdomen.


Pero a pesar de todos estos baches, de todos los "dejar de hacer", en esta carretera cada curva puede traer una sorpresa; una cosa que ahora puedo hacer:
-Puedo apoyar la libreta en la barriga mientras escribo, o la taza de cola cao mientras vemos la tele (sí, lo hago aunque sé que luego acabaré con la camiseta manchada).
-Puedo hablar con alguien siempre que quiera; compartir canciones, cuentos...
-Nunca estoy sola. Puede parecer que lo estoy, pero no es así.
-Puedo experimentar cada día un milagro; un cambio en mi cuerpo a cada minuto.
-Puedo compartir esas pataditas, o patadones, con mis niños, y dejarles que me den besos en la tripa; y que les hablen a sus hermanitos...
-Puedo esperar y desesperar; estar nerviosa, feliz; tener miedo...
-Puedo doblar ropita minúscula con una sonrisa tonta en la cara.
-Puedo asustarme con unas contracciones inesperadas.
-Puedo experimentar por tercera vez en mi vida tener la vida en mí.
-Puedo seguir caminando por esta carretera sabiendo que pronto nos encontraremos.

Os estoy esperando.




jueves, 1 de septiembre de 2016

En un vaso de agua







Floto con vosotros
en el líquido caliente
que rebosa mi maternidad.

Recorro con la vista
los caminos de venas azuladas
que pueblan esos pechos hinchados
que el espejo revela como míos;
carreteras secundarias
que también me llevan
a vosotros.

Mastico la bilis de mi enfado,
sin tiempo para la porcelana.
Furia cansada.
Imagino vuestras manitas
enredadas
entre los miedos
que bombea mi sangre.

Imagino mi respiración
compartiendo el aire fétido
de inseguridades
que se incrustan en mi carne
y el tiempo va pudriendo.

Y, en la noche,
siento vuestros giros imposibles
en mi interior.
Ni mil ovejas bien armadas
ganan la batalla a mis pensamientos.

Me ahogo en el vaso de agua
que reposa junto a mi cama.


Me ahogo...

Al fin, el sol sale
tras el edificio de ventanas
azules.

Os siento,
como mariposas
en mi vientre.
Bebo el agua del vaso.
Respiro.
Os respiro.
Os quiero.

martes, 9 de agosto de 2016

"Vadis"

Hoy se cumplen tres años de tu llegada a nuestras vidas. Aquel 9 de agosto a las 16:53, contra todo pronóstico, decidiste que ya era hora de conocernos.
Nos habían dicho que no ibas a decidirte. Pero es que no te conocían... Imprevisible, impredecible, atrevido; un loquito de armas tomar...
Me habían dicho que posiblemente no me iba a poner de parto y... ¡Sorpresa!. Entre sorbitos a un zumo de melocotón y mordiscos a una barrita de cereales, a eso de la 13:00 empecé a sentirme "rara".
¿Será que me estoy poniendo de parto?...
Nos fuimos al hospital y al poco rato ya me estaban preparando para esa cesárea, que sabíamos obligada.
Fue todo perfecto. Igual que tú.
Con cesárea, sí, pero te vi nacer. Te colocaron sobre mí y inmediatamente buscaste el pecho. Nos compenetramos desde el minuto uno, y desde el minuto uno fuiste un glotón.
Buff... Y de todo aquello se cumplen hoy tres años. ¡Ya se han cumplido!.
El tiempo no vuela. El tiempo es un espejismo que se desvanece entre parpadeo y parpadeo. Por eso quiero quedarme con todos los recuerdos como fotografías a todo color que mantienen vivos los presentes que ya han pasado...

En estos tres años ha habido infinitas noches de insomnio; sustos muchos, demasiados; recostados en una silla de hospital inventándonos oraciones especiales para ti.
Ha habido enfados; suspiros; dolores de cabeza y risas; también muchas, muchísimas risas. Quiero quedarme con ellas, con las risas. Con tus palabras inacabadas. Quiero quedarme con el nombre que tú mismo te pones: Vadis, cuando te preguntan cómo te llamas, y yo tengo que aclarar que te llamas David.
Quiero quedarme con que una lagartija es una tortija y los columpios para ti, y ya para nosotros, son polumquios. Con que para ti Trufo es Caela, y Caela es Trufo. Con que Blanca, al principio para ti era Anca.  Quiero imaginarte dentro de unos años diciendo "Mecachis en la mar salada".
Quiero recordar para siempre como buscas que te hagan cosquillas; como juegas con los coches o coges toda la fruta de los abuelos para formar filas y filas.
Tus travesuras servirían para llenar páginas y páginas; para varias entradas de este blog que desde hace unos meses se ha quedado desierto de mis letras, que andan dentro de mí medio revueltas, igual que tus hermanitos ya empiezan a revolverse en mi vientre como tú y Blanca lo hicisteis.

Hoy, al poco de levantarnos, te he oído en tu habitación diciendo "Adiós marsianito". He ido corriendo, pero el peluche de marciano ya volaba por los aires hacia la terraza de abajo.
Sé que los vecinos de nuestro anterior piso te recordarán siempre: aquel renacuajo que se coló por el agujero del desagüe hasta su patio arrastrando sus juguetes y, para su sorpresa, apreció jugando entre un par de ficus.
Caminas dejando por ahí tu huellita tan personal; imprevisible, impredecible, traviesa; esa única que sólo un Vadis como tú puede tener.
Caminas, este verano, con tus pies que visten las marcas de tus cangrejeras azules de George Pig.
Eres capaz de desquiciar y de encandilar en un mismo minuto, con tus bracitos alrededor del cuello elegido susurrando un "Te quiero".
En unos meses te convertirás en hermano mayor, ¿Mayor?... Hace una semana que has dejado la cuna y pronto empezarás el cole, pero para mí siempre serás ese bebé, con la pulserita blanca de hospital que ponía David, antes de que descubriéramos cómo realmente ibas a llamarte, pequeño Vadis.
Feliz cumpleaños.


viernes, 6 de mayo de 2016

Mañana de gorriones


Mañana de gorriones

Quiero quedarme aquí,
en este paréntesis del mundo
y de la vida.
Aquí, donde los gorriones cantan
picoteando migas de bizcocho.

Quiero quedarme aquí.
Cerrar los ojos.
Sentir las campanas
vibrando en mí.
Contar palomas en los tejados
naranjas;
dar sorbitos al aire
que templa tu aliento.

Quiero quedarme aquí.
Ahuyentar a la niebla
hambrienta
que lo traga todo;
que lo quiere todo.

Quiero quedarme aquí.
Escapar de los reflejos que
acechan en el callejón
de mi mirada.
Esconderme de los zombis
que caminan a mi lado
con las lenguas llenas
de reproches de lava
y críticas sangrientas
y vacías.

Quiero quedarme aquí,
respirando el aire
que amanece.
Romper la escarcha
que enfría mis sentidos.
Vivir esta mañana.








viernes, 29 de abril de 2016

Tú...

Tú...




No eres pequeño. Eres diminuto.
Milímetros de vida que ya late.

No eres pequeño. Eres grande.
Gigante como las sorpresas
que llegan a la vida
como un viento
con aroma a futuro.

Me revuelves el cuerpo, las ideas;
el corazón.
Frágil como eres,
como los deseos;
como los milagros.

Se marchita la semana
y floreces
por arte de magia
y de la química.

Abres la puerta a los miedos
que dormían hace tiempo
y tengo que cerrar los ojos.

Sólo te pido, sé fuerte.
Quédate en mí.
Crece y hazme crecer.
Estírame, rómpeme.
No me importa.

Que la Navidad nos traiga
el regalo de tu llanto
como un villancico
de felicidad y hambre.

Que vuelvan las noches sin dormir
que todavía no se han ido.
Que los Reyes necesiten otra carta
con tu nombre.

Que la naturaleza nos proteja y nos acoja,
como una Diosa hace con sus hijos;
como una madre que me hace a mí la tuya.

Sólo unos meses.
Espéranos.
Esperamos.



lunes, 18 de abril de 2016

Cartas para los supervivientes del tiempo (1): Manuel (2ª Parte)

Se sientan en el porche a punto de quebrarse; de quebrarse como la voz de Andrés, aterrada por las palabras que le reclaman...

El perro olisquea aquí y allá. Reconoce el olor de su amo; su todo.
El perro olisquea aquí y allá. Alza la cabeza, curioso, por el sonido del papel al partirse.
Andrés rasga el sobre y desdobla el folio.
Manuel, sonriente, sube el volumen de los audífonos, con los dedos ilusionados y los oídos muertos de hambre.
Andrés carraspea, intentando aclarar la garganta, tan confusa; asustada; tan ronca.
El perro se sienta sobre las patas traseras con expresión concentrada y el hocico alzado para oler las palabras que presiente latiendo sobre la hoja.

La voz de Andrés es una voz distinta; diferente a las que Carbón conoce, y Carbón siente curiosidad.
De repente a Andrés también le parece diferente su voz. Su voz es diferente cuando lee para Manuel:

"Querido Manuel, me alegro de que siga usted aquí, con nosotros; con los que estamos. Con los que quedamos.
El otro día pensé en usted y decidí escribirle.
El otro día me acerqué a dar un paseo por el río.
El río está distinto. El río ya no es lo que era, y me acordé de cómo era antes. Y al acordarme del río... me acordé de usted. Porque usted y el río eran una misma cosa, ¿Verdad Manuel?.

Me acordé de cuando la corriente bajaba llena de peces, y usted siempre llevaba pescado para la cena. Volvía a casa con la cesta tan repleta que a veces nos regalaba pescado a los que nos cruzábamos en su camino. Era un buen pescado, aquel... En casa siempre lo cocinábamos sobre la leña. Al pensar en él me viene a la cabeza el chisporroteo de la piel al contacto con el fuego... el crujir entre los dientes. La leche templada después de la cena...
Y me ocurrió, ese día del paseo, que al recordar el río, recordé también muchas otras cosas. Seguro que usted las recuerda muchas veces. Somos compañeros de recuerdos, Manuel. Compañeros...

Recordará cuando el tranvía cruzaba la plaza del pueblo y pasaba por detrás de la iglesia. No se cerraban las puertas de las casas y todos nos llamábamos de "tú", excepto al cura, cuando recibía a todo el pueblo los domingos, con corbata nosotros, y ellas con pañuelo en el pelo, y al doctor, el señor Jacobo, que marchó ya hace tanto...

¿Lo recuerda?

Recordará cuando se juntaban todos los vecinos para recoger entre todos las uvas y repartir el trabajo. Se cogían todas sin importar de qué vecino era.  Recordará cuando caminábamos la montaña entera, y subíamos a lo más alto con la bota a la espalda llena de agua fresca, hasta llegar a la ermita.
En la romería nunca había orquesta; las orquestas nunca subían la montaña, pero había baile, ¿Se acuerda?, porque la gente cantaba y tocaba palmas, y estaba siempre el Señor Aurelio con la acordeón que le trajeron de Alemania.

Será la edad, el tiempo, o qué se yo, pero me he acordado del río, de usted, de las romerías... y quería contárselo, Manuel, para que usted pueda recordar conmigo."

El mundo volvió a callarse; a moverse muy, muy despacito... Y Manuel recordó...
Claro que recordaba Manuel; los ojos se le llenaron de recuerdos. las manos de negras uñas agarraban en el aire imaginarias mazorcas de maíz asado. Sobre los tablones de madera, los pies comenzaron a marcar el ritmo de una vieja canción casi olvidada. Los dedos, como garras, acariciaron distraídos en la memoria, el pelaje espeso y duro de pasados cachorros, todos iguales, todos de igual color por herencia. Y todos, por herencia, portadores del nombre Carbón.

El perro se tumba. Parece mirar con atención hacia algún punto indefinido del cielo; puede que busque un pájaro en medio de las nubes; puede que esté pensando lo mismo que Andrés...

Termina de leer la carta y la voz se le apaga; se extingue con la sensación de haber aprendido algo y no saber qué es. Con la sensación de haber llegado un poco más al fondo de algo; de alguna cosa; de algún lugar, en otro tiempo...




lunes, 11 de abril de 2016

Cartas para los supervivientes del tiempo(1): Manuel.





Andrés es cartero.
Andrés ha sido cartero toda su vida, incluso antes de nacer. Incluso antes de haber sido deseado, imaginado; querido.
Andrés es cartero, igual que su padre; igual que su abuelo. Igual que deseó serlo el padre de éste, antes de que la correspondencia viajara en barcos de barriga enorme cruzando el océano. Mucho antes de que las palabras volaran por el aire envueltas en hilos invisibles...


No se oye un sólo sonido cuando apaga el motor, únicamente el balido lejano de unas ovejas que Andrés no alcanza a ver en medio del mar de prados verdes, con olas tan altas que golpean el horizonte.
No se oye nada. Ni un ruido. Ni una voz. Sólo el viento que silba revolviendo el aire.
...

Llega a la casa.
Huele a flores, y a primavera, y a nueva estación.
Huele a vejez, y a ruinas, y a suciedad. La casa parece estar a punto de rendirse, pero sigue viva; vestidas sus ventanas y cerrada su puerta.
Aún conserva un azulejo esmaltado sobre el quicio de la puerta; 1892. Un azulejo de tiempo.
Un columpio caído sobre la hierba revela la presencia de un niño; un niño en algún momento. Todavía en la rama de un árbol se columpian los restos de una cuerda.

Ve el buzón. Está vacío. Ni siquiera puede abrirse. Está oxidado. Teñido de un color anaranjado y olores ferrosos mezclados con lluvia, heladas y el tiempo.
Con letras escolares alguien ha escrito tres veces un nombre en el buzón: Manuel Álvarez; en distintos renglones, espacios y, en distintos tiempos.
Unas tablas chirrían a sus espaldas.
¿Manuel?
El viejo asiente y sonríe mostrando unas encías apenas ocupadas. Sólo asiente y sonríe con los ojos que los años han mantenido detenidos en su infancia. A esos ojos todavía les gustaría seguir montando en aquel columpio.
-Traigo una carta.
El viejo asiente y sonríe, pero no se mueve.
-¿Cómo se llama?
-Manuel, para servirle.
Andrés le tiende la carta.
-Es para usted.

El viejo parece contento. Manuel está contento.
Coge la carta. Sus manos enseguida la arrugan, esposadas por un temblor antiguo.
Manuel está contento.
Una carta para él; una después de tanto tiempo. Después de tanto tiempo alguien ha pensado en él.
Manuel, el que de niño se columpiaba durante horas. El que iba a pescar, y perseguía a las ovejas por los prados, con el tatarabuelo color carbón del perro que asoma el hocico por la esquina de la casa.
Manuel aprieta las piernas. La emoción le ha dado ganas de hacer pis.
Está nervioso, y sin darse cuenta está clavando las uñas largas y ennegrecidas en el papel.

El aire permanece quieto y silencioso anclado en la tranquilidad de la mañana. En la finca se respira soledad; una muy usada. La soledad que ha acabado por descuidar a Manuel de él mismo.
Está sucio. El pelo asoma descuidado y largo bajo la boina rota.
No despega los ojos de Andrés. Sus pupilas se clavan como aguijones; como puñaladas de verdad; de la certeza del tiempo. Y Andrés necesita irse. Se va.

-Niño... Niño... Espera...
El viejo lo está mirando con ojos infantiles y pedichones. Lo mira y baja la mirada. Lo mira y sonríe entre tímido y avergonzado. El perro también se acerca.
Ahí están los tres. En medio de un prado plagado de campanillas amarillas.
Le tiende la carta con gesto indeciso.
 Respira, ronco y profundo.
-No sé leer...

De pronto Andrés es consciente de todos los ruidos; de todos y cada uno. Los grillos insistentes cerca del camino; un para de moscas, perseguidora y perseguida, que se cuelan en su espacio; las hojas de los árboles; el motor de un coche al otro lado del prado y de las campanillas, y de ellos...
Parece que la vida  estaba esperando ver qué hace  para poder seguir su curso.
Andrés se queda.


Continuará.

jueves, 31 de marzo de 2016

Mi álbum de imágenes escritas con palabras


Viaje.
Entre nubes, dibujos y realidad
nosotros seguimos.
Zapatos trazados
sobre cartulinas de colores.
Compañeros peludos
que nos lamen las manos.
Lunas y soles,
y un toque de Canela.
Princesas 
y príncipes.

Cohetes hacia las estrellas.
Corazones con huellas imborrables.
Conservamos la niñez
como  "Peter Panes" despistados
y felices,
con heridas en los labios
cuarteados por el tiempo,
llenos de tiritas 
que sellan momentos malos
y peores silencios.
Tardes con palomas
rodeados de maíces.



Caminos,
vuelos.
Curvas,
aterrizajes.

Apagamos incendios
y prendemos fuegos
con las astillas
del tiempo que pasa.
Abrimos los ojos 
para el caleidoscopio 
de imágenes y segundos de colores
que se quedan y se van
dejándonos su magia
en la retina.
Aromas inolvidables,
ciertos e inocentes.
Juegos que flotan en la tarde.
Recuerdos que se recuerdan
y se tocan.
Recordamos.

Álbum de imágenes
escritas con palabras.
Todavía y siempre.
Piedras que cuentan historias.
Pájaros que traen primavera.
Dejamos los paraguas 
y salimos al sol
crujiendo como insectos,
con las gafas de amor
que cambian el color
de las realidades grises.

Nos hundimos a veces.
Conocemos el fondo.
Tiburones y medusas,
con electricidades
que nos reviven.

Un hogar que es nosotros.
La verdad más allá
de reflejos y espejismos.
Memoria de elefante,
orejas enormes
para quedarse dentro
lo importante.
La vida corre...
Y nosotros...
¿Seguimos bailando?



viernes, 18 de marzo de 2016

14 años y una vida

 Mañana es el día del padre, imposible que pase desapercibido, ¿verdad?. Promociones y descuentos. Escaparates de perfumerías; de tiendas de ropa...
Mañana es el día del padre y nosotros no hemos ido a ninguna perfumería; a ninguna tienda de ropa...
Nosotros nos hemos quedado aquí, en casa, donde día a día nos haces el regalo de ser padre; papá.
Mañana es el día del padre y desde aquí no tengo más remedio que hablar de ti. No puedo ni quiero evitarlo porque desde hace seis años celebramos que lo eres (que somos papás). Por eso y por infinitas cosas...
Porque hace 14 años tu llegada revolvió mi mundo. Lo descolocó, lo recolocó y, por fin, lo puso en su lugar.
Me tendiste la mano para salir de aquella carretera de desencanto por donde transitaba. Poco a poco te fuiste colando en mi día a día; en mi vida. 
Intercambiamos libros y compartimos viajes de autobús. Palabras, libros, unas cañas. Películas, más libros, y más palabras. Palabras infinitas... Y cigarrillos.... bueno... eso también.
Supongo que a pesar del humo conseguimos intuirnos; adivinarnos, sabernos, y nos hicimos amigos y, a pesar del humo, allí estaba ese punto azul (que tomo prestado de la Brida de Paulo Coelho) en tu hombro.
Fue algo instintivo; difícil de explicar; de racionalizar. Fue energía. Ese algo que fluye en las venas mezclado con la sangre. Fue ver como Luna se enamoraba de ti, ¿Te acuerdas de que quería darte besos, besos y más besos?
Mis planes para vivir sola rodeada de gatos, perros y libros se ampliaron y mi corazón decidió, antes que yo misma, hacerte un huequito en mi sofá imaginario.
Por primera vez en mi vida reuní el coraje suficiente para salir del tembloroso castillo de naipes que me rodeaba.
Muchos no lo entendieron. ¿Qué había que entender?.
Crecí junto a ti. Volví a escribir. Volví a mí. A reír.
Me mostré poco a poco como era, y a través de tus ojos me vi distinta; mejor.
Hemos pasado muchas cosas.
Desconciertos...
Un 13 de marzo por la tarde nos fuimos a hacer la compra después de que la niña sirena anunciase su presencia en un test de embarazo, y la chica del supermercado creo que hoy en día todavía piensa que nos habíamos tomado algo. No articulábamos palabra... ¿Qué os pongo?... Silencio....¿Qué os pongo...?.... Pobre... Y nosotros en shock cada uno asimilando a su manera que un pequeño ser comenzaba a nadar en mi interior.
Sustos...
Llegando al hospital con el corazón encogido y nuestro pequeño escalador casi sin aire, demasiadas veces...
Hemos llorado, reído. Nos hemos enfadado. Hemos leído, visto películas; series... ahora ya sin humo de por medio. Y siempre hablando... No me canso de tus palabras.
Pasamos momentos complicados; los pasamos y los estamos pasando, y he visto cómo construías una nueva versión de ti mismo; un nuevo trabajo, un nuevo momento. He visto como tu piel tuvo que curtirse por tantos arañazos, por las caídas de aquellos que creíamos nuestros apoyos.
Te  he visto acabar carreras impensables: maratones, un medio ironman , y estoy segura de que también ganaremos esta carrera. Llegaremos juntos.
Por todo esto, ya ves que es la vida, la misma vida; la nuestra; la que construimos juntos, la que me obliga a escribir; a escribirte.
Todas estas ideas llevan tiempo golpeándome el hombro con insistencia. Escribe. Escríbenos, me decían.
Y qué mejor momento que celebrando en lo que te has convertido: papá, de esos dos trocitos tuyos y míos que andan nadando y escalando por ahí. Y, de esos dos abuelos peludos que nos acompañan casi desde el principio.
Hoy el regalo eres tú. Aunque el corazón se me sube a la garganta cuando lanzas tan alto a los niños que creo que averiguaran si hay una bandera en la luna; cuando corres con ellos por una cuesta como si no pudierais frenar; cuando les haces cosquillas hasta que están a punto de ahogarse de la risa...
Por todo esto y mucho más... Por 14 años y una vida; la nuestra.
Feliz día.
Felicidades papá.


miércoles, 9 de marzo de 2016

Carreteras



 
Amor.
Vida.
Muerte.
Semillas que florecen
en un vientre vacío.
 
Sonrisas.
Lágrimas.
Pérdidas y encuentros.
Vientos que soplan palabras
enterradas en ataúdes
bajo las raíces de los árboles.
 
Dudas asaltantes de camino.
Ladronas de tiempo,
expectantes;
ocultas.
Incrustadas como piedras 
en las sendas de mi cerebro.
Autoestopistas en carreteras secundarias,
donde mueren atropellados
 mis pensamientos.
 
Corazones detenidos
en un paso de cebra
donde se cruzan miradas
sin rozarse.
 
Semáforos en rojo.
Señales en blanco.
Arcenes ocupados
por los muertos que dejamos.
 
Sudamos alquitrán
adelantando al autobús
donde viajan amontonados
nuestros miedos.
Kilómetros.
Números.
 
Matemáticas inventadas
para calcular velocidades
que no existen.
 
Nudos grises
y tráfico.
 
Ansiedades por las vías
donde pasan los trenes
que no cogemos.
 
Vida.
Muerte.
Lágrimas.
Sonrisas.
Carreteras que siguen.
Vida.
 
 


martes, 1 de marzo de 2016

Allí en el cielo

Después de un fin de semana largo; largo porque yo lo alargué; ayer tenía previsto escribir en el blog e irme de visitas por los vuestros. Incluso, aprovechando ese tiempo que me tomé de más, hasta tenía la entrada preparada; escrita en mi libreta pequeña, con mi bolígrafo.
Ayer tenía previsto bajar la basura a la hora, antes de que volvieran a acumularse bolsas con revistas, botellas... junto a la puerta de la terraza.
Ayer tenía previsto llamar al médico para pedir cita; coser unas cosas que me están esperando para tomar forma; leer.
Ayer quería ver un poco la tele, reír; hacerles cosquillas a las niños; comer chuches y perderme en una revista hasta que el sueño me llevara con él...
Ayer quería, como siempre, un buen día. Un buen día, con lo costosos que son a veces los lunes, y no lo digo por la mala fama que tienen.
Ayer quería, no un día perfecto, sino mi día. Tranquilo (con guerras por juguetes; discusiones por quién come el pescado y el puré de calabaza; plastilina pegada en la suela de mi zapatilla; Trufo con el pelo lleno de sopa de fideos y Canela ladrando porque oye llegar al vecino de enfrente).
Pero a veces los días sufren arañazos y roturas. Empieza con una grieta sobre la superficie lisa de su porcelana, y acaba penetrando en lo más profundo de su tiempo y de su espacio.
Y eso es lo que, al fin, ocurrió ayer. Se acabó un tiempo, y un espacio. Un espacio que en nuestra casa, en nuestro hogar caótico de reciclajes previstos que no llegan a producirse y sopa mezclada con pelito de perro, tenía propietario, mejor dicho propietaria, desde hacía casi diez años.
En junio haría diez años que, estando de visita en casa de mis padres, encontramos un pajarito. No había nidos a la vista, nada. Estaba junto a una acera. Lo cogimos y mis padres lo alimentaron los primeros días. Muy pocos lo saben, o se fijaron, pero siempre tuvo una alita muy pequeña, más que la otra; un defecto de la naturaleza; un descarte, quizás. Una anomalía, al fin, que vino a parar a mi vida; a la nuestra.
En contra de la lógica, sobrevivió, y mis padres, al yo decirles que lo cuidaría, lo llevaron a mi casa.
De hecho vivió en cuatro distintas, como nosotros. Nos acompañó en nuestras mudanzas; en la búsqueda de nuestra vida.
Siempre me produjo una ternura infinita. Pronto aprendió  a conocerme, y yo a ella (resultó ser una ella).
Desde siempre tuvo una hora de dormir. Se apagaba la luz para que estuviera tranquila.
Desde siempre le encantaba que le hablaran. Se inflaba y piaba muy bajito; muy, muy bajito.
Al poco, ni siquiera se apartaba de mi mano cuando le dejaba comida, agua o alguna de sus cosas favoritas; las barritas de alpiste, o las hojas de lechuga muy mojadas.
Por las mañanas nos despertó cantando tantos días...
Le llamamos Plumi, por las plumitas pequeñas de su alita.
Mis hijos la llamaron así mil veces.
El escalador, hace poco, aprendió a escalar hasta ella,  diciendo "Mira mami, pajarita", y ella lo recibía piando.

Ayer tenía tantas cosas previstas; tanto que daba por hecho. Y, al final, no hice nada; sólo intentar reírme mucho para que los niños no notaran nada; divertirlos; despistarlos de esa palabra tan grande que es la muerte.

Mucha gente pensará que estoy loca; que es imposible tener tanto cariño, tanto amor, a un ser tan diminuto, tan "poco interactuador".
Pueden pensarlo... Pero es imposible que fuera de otra manera.
Era "alguien": odiaba las camisetas de rallas y el mandil con un gallo enorme que mis padres me trajeron de Portugal. Le encantaba el agua fresca y su columpio verde (reformado, porque cuando lo compramos venía con unos accesorios amarillos que odió desde el principio). Las caricias despacito en la barriga; escuchar la radio; el ruido de la lavadora...
No hay que poner baremos; medidas para el amor, y esta pequeña pajarita era (y siempre será) parte de nuestra familia, y creo que al final esto es lo importante. No  importan las alitas deformadas, la incapacidad para tirar la basura en un tiempo "normal", los pegotes de fideos mojados sobre el mantel...
Te queremos pequeña Plumi. Ahora estoy segura de que ya puedes volar alto, muy alto, y que estarás muy cerca de la luna que veo desde mi ventana, allí en el cielo.




martes, 23 de febrero de 2016

Autopsia en el espejo

 
 
 
Voy a coserme la boca;
los labios;
puntada a puntada.
Con la sangre penetrando
entre los dientes.
La sal en la lengua.
Respiro el dolor
como un vampiro de la vida.
 
Voy a amputar la vergüenza
que me crece
en las ideas,
por las palabras calladas,
los silencios
y los gritos que escupe
la oscuridad de una bombilla
dentro de mis ojos.
 
Desnuda frente al espejo
asoma la cicatriz
hinchada y rugosa,
homenaje al fruto
de mi vientre.
 
Quiero conocerme. Hoy. Ahora.
Ya.
Autopsio mi mirada.
El iris color miel.
Abejas que zumban
en mi espalda.
La pupila
como un interrogante.
 
El tiempo se estira.
Una goma vieja
que no regresa nunca.
 
Las arrugas nacen como manecillas de relojes
alrededor de los párpados.
Mis debilidades cobardes
escondidas entre
las pelusillas de mi ombligo.
 
Una peca por cada día,
como aventura de infancia
pegada a la piel.
Días claros y grises.
Noches y páginas.
 
Raspo el miedo con las uñas.
Los surcos de mis dedos me recorren.
Autopistas infinitas.
Infinitas noches.
Y otra más.
Otra página.
Ésta.

viernes, 19 de febrero de 2016

¡GRACIAS!

Estoy frente a la pantalla del ordenador. Sí, ahora mismo.
Estoy aquí muy contenta porque por fin cumplo (más o menos) con esta tarea que tenía pendiente desde hace tiempo. La verdad es que ya estaba empezando a preocuparme por si conseguía cumplirlas y, lo que es más importante, por si alguien pudiera pensar que mi retraso podría significar que no me importaba.
A veces, y en mi caso muchas, muchísimas, infinitas veces, el día se vuelve del revés, como un calcetín, y es dificilísimo ponerlo del derecho; como cuando a ese calcetín le da muchas horas el sol y se queda todo reseco y tieso. Pues igual, mis días son muy poco míos y muy de los pequeños (peludos y no peludos) que me rodean, y el tiempo que ellos tengan a bien regalarme para mí sola.
Bueno, en fin, que esto nada tiene que ver con calcetines. Tiene que ver con dar las gracias: Muchas, miles; millones de gracias por acordaros de mí, y de "Nariz de Chocolate" que al fin, es una extensión de mí misma. Un pequeño lugar muy desorganizado, poco actualizado, etc... pero muy mío, donde vuelco esas ocurrencias que mi imaginación me susurra al oído, o ese pensamiento que me toca despacito el hombro para que lo siga.
Gracias,
Lunnaris Salper que desde Mi pequeño rincón, me nominó para The Besto Blog Award, al igual que hizo más recientemente María del Carmen Piriz, desde Alguien con quien hablar.

Y gracias también a ti, Rocio G.F , por nominarme a The Versatile Blogger Award, en tu blog Bienestar Psico Social
.
 
¡Disculpad la tardanza y millones de gracias!.
Ahora paso a contar unas poquitas cosas sobre mí y a responder las preguntas:
 
A ver... ¿Por dónde empiezo?...
Vivo en Galicia. Me encantan el mar y el viento; la naturaleza... Así que tengo suerte de vivir aquí.
Tengo dos peques: una niña sirena y un niño escalador y otros dos peques peludos que muchos ya conocéis, porque como una mamá pesada que soy, hablo muuucho de ellos: son Trufo y Canela.
Me encantan las películas y las series y leer, leer, leer.
Adoro a los animales y me afectan mucho sus temas; muchísimo.
Soy un desastre y muy poco organizada.
Hago cosas cosiendo: broches, muñecas...
 
Estas son las preguntas que me hicieron:
Lunnaris:
-¿Qué tipo de libro prefieres?.
Pues ninguno en particular. Me dejo llevar por flechazos de los que surgen entre las estanterías de las librerías.
-¿Libro favorito?. Podría decir muchos. Pero siempre me quedo con "Mujercitas", el primero "de mayores" que leí, y ahora con "Historia del Rey Transparente" de Rosa Montero y "Paraíso inhabitado", de Ana María Matute.
¿-Cuánto tiempo llevas con el blog?
Pues con esta nueva etapa un añito. El blog tiene más tiempo. Lo abrí cuando me quedé embarazada del  peque escalador pero me mandaron estar muy quieta y tranquila así que tuve que aparcarlo.
-¿Cuál es tu escritor favorito?. Otra vez podría decir muchos, pero siempre diré Ana María Matute.
-Un personaje que te gustaría encarnar: Me gusta Leola, de Historia del Rey Transparente, una auténtica luchadora y aventurera.
-Villano que odias: no es que se le llama "villano", pero me da mucho miedo la Bruja Blanca de las Crónicas de Narnia.
-Papel o e-book: Prefiero el papel. Olerlo un libro es fantástico; sentirlo... Pero por la seguridad de mi familia que algún día iba a sufrir un avalancha de letras, he tenido que empezar a consumir mucho en e-book.
-Consejo que darías a un nuevo bloguero. ¡Uy, soy pésima!. No soy capaz de publicar a veces ni un día a la semana; no leo todo lo que me gustaría; me olvido de hacer la entrada para agradeceros los premios... Sólo que lo disfrute como él o ella pueda.
-¿Eres adicta a algo?. Me encanta el chocolate (en sus múltiples variantes) y los regalices rojos.
-Cantante/grupo favorito: Vetusta Morla, sin duda. Letras que son auténtica poesía.
-No puedes salir de casas sin: una libreta (aunque a veces me olvido el boli y me enfado un montón), y mi hijo escalador, que por ahora está conmigo casi a todas horas: yo soy su árbol y él mi koala.
María del Carmen:
-¿Por qué te decidiste en hacer un blog?. Siempre me gustó escribir; siempre, así que un día me dije... ¿y cómo será eso de los blogs?, y hasta hoy... que todavía no lo sé...
-¿Cómo te gusta más en papel o en e-book?. En papel, aunque como ya he explicado hace un ratito, mis circunstancias espaciales me obligan a leer en e-book muchas veces.
-¿Qué lectura recomendarías?. Creo que sería bueno que todos leyésemos alguna vez "Juicio a los humanos" de José Antonio Jáuregui. Hace pensar mucho, mucho, mucho...
-¿Cuál fue el libro que te ha marcado de niña?. Mujercitas. Fue un paso al frente. Pasar de los libros juveniles a historias con drama, con guerras, muerte... e idealizar a mi primer personaje:"Jo".
-¿Cuál libro estás leyendo ahora?. Acabo de terminar uno titulado "Bajo los cielos de zafiro".
-¿Qué opinas de los libros adaptados al cine?. Yo creo que puede salir bien o fatal; depende. Pero creo que casi siempre ocurre que si te has leído ya el libro antes de ver la peli, probablemente tengas creadas unas expectativas, tu propia película en la cabeza y por eso puede pasar que la peli de la pantalla acabe decepcionando.
-Escritor favorito: Ana María Matute.
-¿Qué estación del año te gusta más?: todas. Todas tienen algo que es mi algo "favorito". El otoño, los colores, las hojas secas, la luz que empieza a ser diferente. La primavera, las flores, los aromas. El invierno, el viento, el mar embravecido, el paisaje. El verano, las tardes eternas, las noches cálidas y el sol.
-¿Te gusta viajar?. Sí, seguro. Pero ahora sólo viajo con mi imaginación.
-¿A qué país viajarías?.  Pues suponiendo el mundo como un lugar pacifico y tranquilo, iría a Jordania. Me encantaría conocer Petra. Y, a Escocia; castillos, leyendas; paisaje, monstruos en el lago...
¿Qué harías si te encuentras un pobre en la calle y te pide ayuda? Pues depende del caso; de las circunstancias... Supongo que a todos nos ha pasado alguna vez que nos piden algo; dinero, un bocadillo, pañales... Si puedo y la situación me lo dice intento ayudar en lo que me sea posible.
 
Bueno, y hasta aquí va mi rollo, ahora mis nominados:
*Flora Rodríguez por Entrealtibajos.
*Mila Gómez por Encuentros
*Julia C. por Palabras y latidos.
*Isabel Lojo por Isabel Lojo
*Irene G. por La Quimera
*Ana Molina por Hilvanando palabras
*Miriam Gimenez Porcel por Incoherencias sin más
* Laura López Lamiel por El blog perdido de Laura
*Chari BR7 por La voz de las olas
 
Si os apetece os dejo unas preguntas:
¿Por qué empezaste el blog?
¿En qué o quién te gustaría convertirte?
¿Qué súper poder te gustaría tener?
¿Qué te gusta hacer, además de escribir?
 Libro favorito.
 Escritor favorito.
¿Te gustan los animales?
Película favorita.
Personaje histórico
Una canción
 
 
Y aquí me planto. Esperando que si no os da pereza contéis vosotros algo más de lo que yo pregunto :)
 Disculpadme, como siempre, por ser tan desastrosa que no soy capaz de terminar una entrada de agradecimiento "como Dios manda", pero... el tiempo se me agota...
Espero conseguir convertirme en domadora de relojes o maga del calendario para descubrir y descubrir; leer, leer y leer todo lo maravilloso que hay ahí, a ese otro lado de mi pantalla.
Muchos besos a todos.
 
 
 
 
 
 
 
 
 



martes, 16 de febrero de 2016

Cuento y te cuento.

 
 
 
Estoy en la terminal del corazón,
por donde pasan tus idas y venidas.
Aterrizajes y vuelos en mis labios.
Estoy recostada en una silla,
con el plástico clavándose en
mi espalda,
el sudor pegado a mis axilas;
el hambre atrasada en
el estómago.
 
Engarzo los minutos
en el cordón de mi zapato,
en mi pelo,
en los latidos de mi corazón;
en cualquier sitio,
para no olvidarlos.
Para no perderlos.
 
Envuelvo mi ansia en un pañuelo
de papel.
Una bola en el bolsillo
de mi abrigo.
Te echo de menos de celulosa
y aroma a menta.
Te echo de menos.
 
Cuento baldosas; segundos...
Cuento vasos de agua.
Cuento sonrisas desencontradas.
Te cuento.
 
Te cuento de cuando tu nombre
vuela entre las nubes...
De cuando mi corazón viaja,
polizón, en la barriga de una nave.
Te cuento de cuando me faltan tus dedos
leyendo en mi piel.
Un braille sólo nuestro.
De cuando le faltan piezas
a mi puzzle.
 
Incompleta.
Cuento y sigo contando,
días y video llamadas.
Te cuento.


jueves, 11 de febrero de 2016

¿Qué fue de Escarlata?





Ya han pasado tres semanas desde que la vi por primera vez.
Esperaba en la cola del comedor que regenta el Convento de San Francisco. Destacaba entre los demás; algunos sentados sobre enormes hatillos, mantas o mochilas; otros apoyados sobre las paredes de piedra y musgo. Pero ella no. Ella, erguida; recta como una vara. Sin más equipaje que una cartera de noche de terciopelo borgoña, colgada descuidada de su muñeca por una cadenita dorada.
Hace frío. Algunos saltan para entrar en calor; otros se frotan las manos. Pero ella no. Ella no parece notarlo.
Luce un vestido de lana gris y unas botas gruesas pero por encima tan sólo viste un abrigo liviano parecido a un kimono. La tela está llena de delicados dibujos que el tiempo ha ido comiéndose, hambriento como siempre de colores y formas; y alegrías.

Ella, los otros; el lugar, el paisaje; se contradicen.

Cruzo el paso de cebra hipnotizada, sin dejar de mirarla.
Soy un pez en la red de las hebras de plata que pueblan su pelo enmarañado; de la peineta de plástico que asoma entre ellas; de su clavícula huesuda.
Soy un pez fuera del agua al que la vergüenza deja sofocado y sin aire cuando sus ojos desafiantes se cruzan con los míos.
¿Qué miras?, parecen decirme.
¿Qué miro?. A nada  y a todo. A ti.

No soy la única. Más personas se vuelven a mirarla. Su sola presencia es un espectáculo. Una anomalía de lo cotidiano...
 Y es que cuando pasas todos los días por el mismo sitio te acabas familiarizando con cada palmo de realidad que paseas... Los edificios, los árboles; el cartel que revolotea con el viento en el portal anunciado una plaza de garaje...
Cuando pasas todos los días por el mismo sitio tuteas a las palomas y a los gorriones que ven correr las horas desde el tejado de la plaza; adivinas de qué color teñirá la lluvia el rectángulo de cielo que enmarcan las antenas de los edificios...
 Cuando pasas todos los días por el mismo sitio, memorizas los  rostros de las personas; el que pasea al perro; la que corre siempre porque llega tarde al trabajo; el abuelo que deja a los nietos en el cole; el chico que toca el violín en la esquina; los que esperan en la cola del comedor...

Ella era la novedad. La bombilla para los insectos en una noche veraniega. La telaraña donde se adivinan entretejidas mil y una historias entre la seda.

Durante muchos días pasé por allí levantando la vista hacia las escaleras, y allí estaba, como una estatua de mármol; cada arruga cincelada a pulso.
Su presencia despertó mi imaginación; la alimentó; le dio vida.
Cada surco en su piel servía para inventarme una vida para ella: cantante de ópera a bordo de un trasatlántico, pintora, ladrona de guante blanco, espía internacional, condesa centroeuropea caída en desgracia...

Hace un par de días, como siempre, alcé la vista mientras cruzaba el paso de cebra; ese junto a la librería. Ella no estaba, pero se quedó en mi cabeza, como una canción que intentas retener antes de empezar a olvidarla.

Por la tarde la vi en el supermercado que hay junto a mi casa. Fue una sorpresa, verla de cerca; verla allí.
Estuve a su lado. Sentí su olor; su frío.
Con los dedos rígidos y urgentes contaba un puñado de monedas de céntimo hasta conseguir pagar dos cervezas.
La escuché hablar con la cajera. A duras penas consiguió hacerse entender con un par de palabras en español y gestos. Quería una bolsa.
"Thank you". Y se fue.

Pude imaginarme su voz llena de nicotina sobre el escenario de un teatro. Una gran actriz, seguro. El color indefinido de sus ojos contemplando al público. Ahora eran opacos, pero guardaban en el fondo del iris un brillo; otros tiempos; otra vida.
No sé por qué me vino a la cabeza la joven Vivien Leigh, sonriente con su vestido de flores verdes, convertida en Escarlata.

Cuando salí del supermercado empezaba a llover.
La vi alejarse por la acera que lleva a la estación de tren. Se había puesto la bolsa de plástico en la cabeza. Bebía la cerveza y hablaba con alguien que sólo ella podía ver.

Ya no volví a encontrarla.
Muchos días, como hoy, me acuerdo de ella.
Me pregunto, ¿Qué fue de Escarlata?.

Quizás, al final, ha encontrado el camino a Tara...

martes, 19 de enero de 2016

El huerto de las palabras.


Esto es un móvil.
Desde hace tiempo las personas los usan cada día; cada minuto; cada segundo. Con el tiempo se han ido volviendo más poderosos. Con el tiempo, las palabras han dejado de decirse; sólo se teclean.
 
Ahora, en medio del silencio tan ruidoso de la ciudad, ya no se escuchan saludos; no hay "holas" ni "adioses"; no existen expresiones de alegría ni de tristeza. Ahora todo se ha ido traduciendo poco a poco a emoticonos.
 
Con el paso de los años a las personas casi les es imposible hasta pensar sin una máquina en la mano. Casi no recuerdan como es escuchar una palabra, una sílaba; una voz.
Hace poco los últimos sonidos que quedaban han decidido irse. Eran los más resistentes; los más importantes...

En medio de todo ese silencio, de todo ese vacío; hay algunos que intentan resistir...
Ella y él lo intentan cada día. Todos los días.
Ella  y él antes, en el pequeño huerto que tienen detrás de su casita  plantaban tomates, lechugas, alguna patata...

Pero cuando llegó el silencio, se comieron todas las verduras y entraron en casa.
Allí, con las puertas y las ventanas cerradas y las cortinas echadas, hablan y hablan sin parar. Se dicen "te quiero", "te odio", "me aburro". Se ríen. Lloran. Escuchan música en un viejo casette.
 
Allí, recuerdan cómo sonaba la lluvia contra un cristal; el motor de un coche; el viento en las copas de los árboles...
Pero incluso allí, allí también el círculo del silencio va encerrándolos cada vez más y más. Y desesperados, miran hacia el huerto, y siembran.


Con mucha paciencia recortan una a una cada letra; el abecedario completo, y esconden pequeños montoncitos bajo tierra. Una hilera completa. Y esperan...
 
Pasan los días. Sale el sol, llueve. Llueve, sale el sol y vuelve a llover. Salen al huerto, pero sigue vacío.
Hasta que un día, al llegar al final, casi al final del abecedario sembrado, justo donde el cartel indica que han sembrado la letra "V", ven que ha nacido un pequeño brote, tierno y verde.
 
 

 
Ella y él se cogen de la mano y sin saber por qué dicen a la vez: "Vilma".
Ella descansa la mano sobre la tripa que ha crecido tanto en las últimas semanas.
Un rayo de sol traspasa las nubes y ven como el sonido se eleva por el cielo.
 
 
 
Lloran.
 
 
De repente, más sonidos; muchos más.
De repente, más palabras; muchas más.
 
De repente, todas las palabras.
 
Fin y Principio


 



Un cuento de Blanca y Eva.