martes, 19 de enero de 2016

El huerto de las palabras.


Esto es un móvil.
Desde hace tiempo las personas los usan cada día; cada minuto; cada segundo. Con el tiempo se han ido volviendo más poderosos. Con el tiempo, las palabras han dejado de decirse; sólo se teclean.
 
Ahora, en medio del silencio tan ruidoso de la ciudad, ya no se escuchan saludos; no hay "holas" ni "adioses"; no existen expresiones de alegría ni de tristeza. Ahora todo se ha ido traduciendo poco a poco a emoticonos.
 
Con el paso de los años a las personas casi les es imposible hasta pensar sin una máquina en la mano. Casi no recuerdan como es escuchar una palabra, una sílaba; una voz.
Hace poco los últimos sonidos que quedaban han decidido irse. Eran los más resistentes; los más importantes...

En medio de todo ese silencio, de todo ese vacío; hay algunos que intentan resistir...
Ella y él lo intentan cada día. Todos los días.
Ella  y él antes, en el pequeño huerto que tienen detrás de su casita  plantaban tomates, lechugas, alguna patata...

Pero cuando llegó el silencio, se comieron todas las verduras y entraron en casa.
Allí, con las puertas y las ventanas cerradas y las cortinas echadas, hablan y hablan sin parar. Se dicen "te quiero", "te odio", "me aburro". Se ríen. Lloran. Escuchan música en un viejo casette.
 
Allí, recuerdan cómo sonaba la lluvia contra un cristal; el motor de un coche; el viento en las copas de los árboles...
Pero incluso allí, allí también el círculo del silencio va encerrándolos cada vez más y más. Y desesperados, miran hacia el huerto, y siembran.


Con mucha paciencia recortan una a una cada letra; el abecedario completo, y esconden pequeños montoncitos bajo tierra. Una hilera completa. Y esperan...
 
Pasan los días. Sale el sol, llueve. Llueve, sale el sol y vuelve a llover. Salen al huerto, pero sigue vacío.
Hasta que un día, al llegar al final, casi al final del abecedario sembrado, justo donde el cartel indica que han sembrado la letra "V", ven que ha nacido un pequeño brote, tierno y verde.
 
 

 
Ella y él se cogen de la mano y sin saber por qué dicen a la vez: "Vilma".
Ella descansa la mano sobre la tripa que ha crecido tanto en las últimas semanas.
Un rayo de sol traspasa las nubes y ven como el sonido se eleva por el cielo.
 
 
 
Lloran.
 
 
De repente, más sonidos; muchos más.
De repente, más palabras; muchas más.
 
De repente, todas las palabras.
 
Fin y Principio


 



Un cuento de Blanca y Eva.




miércoles, 13 de enero de 2016

Acorralada

He vuelto.
Oigo como la puerta se cierra a mis espaldas.
Mi respiración todavía es entrecortada y me tiemblan las manos.
Mi corazón intenta abrirse paso entre mis costillas, primero. Luego, me parece notar como asciende, tembloroso hasta el final de mi garganta. Quiere huir, como yo. Supongo que el también tuvo miedo.
 
Hoy la batalla ha sido dura. Además han pesado tantos días de tregua. No estaba preparada. Me sentí perdida; desentrenada.
 
Respiro hondo intentando tranquilizarme. El pelo me gotea y los pantalones se me pegan a las piernas.
Me dejo caer sobre la silla y me quito la bota izquierda. Suena como una ventosa enorme al despegarse.
Lo que me imaginaba. Estoy herida.
El dedo meñique está rojo y magullado.
 
Fue mi culpa. Mi culpa.
Intenté cruzar por la zona más peligrosa.
No debí hacerlo.
 
Saco a David de la silla y lo dejo sobre el cambiador. Pañal seco y ropa limpia más unos cuantos mimos por aguantar ser mi compañero de batalla.
La próxima vez lo haré mejor, le digo. No habrá "por favor". No habrá "gracias". No habrá segundos perdidos porque no hay un segundo que perder, le prometo.
 
La mañana pasa volando. Coso unas cosillas pendientes; repasamos los colores y los números... y, de pronto, el reloj señala las 13:30.
 
 
Es la hora, le digo, y lo siento en el carrito.
 
La luz del portal es grisácea. La lluvia cae a mares.
Le doy su peluche y bajo el plástico de la silla. Me subo la cremallera y me ajusto la capucha del abrigo.
Allá voy.
 
Cuando estoy a punto de llegar me detengo un momento.
Recuerda, me digo. No te detengas. No mires atrás.
 
Empuño el manillar de la silla con fuerza hasta que se me quedan blancos los nudillos.
 
Al final de la cuesta ya se distingue un grupo con los paraguas en alto.
A medida que me acerco los paraguas se ven cada vez más grandes, enormes; inmensos. Tanto, que el mío no cabe. Y allá va el primer golpe con el paraguas en la cabeza.
¡Zas!. Se me cae la capucha, y un montón de gotas de agua resbalan por mi cuello. Aturdida retrocedo sin querer y piso a alguien con una de las ruedas. ¡Perdón!, digo, aunque me había prometido no decirlo. Ella nota mi debilidad y aprovecha para ganar más sitio.
Si las miradas matasen yo ya estaría muerta, o quizás lo estoy y esto es el infierno.
No quiero que mis pensamientos divaguen; no puedo distraerme; pero no soy capaz de evitarlo, y me quedo inmóvil imaginándome tirada en el suelo, rodeada por mil zapatos invernales y mojados.
-Coronel, Coronel, no siento las piernas, diría dramática y llorosa, porque estoy tan, tan acorralada como aquel tipo...
 

David llora. Él llora y yo reacciono.
La silla sufre dos empujones.
No. NI UNO MÁS.
No voy a fallarle.
Resoplo.
Camino y camino sin mirar a nada ni a nadie.
Creo que alguien me saluda en medio del griterío pero me da igual.
La lluvia arrecia y yo estoy empapada y congelada.
No importa. Nada importa. Sólo que la puerta está más cerca.
Una patada en el tobillo por detrás y un codazo en un pecho...
Duele, pero he llegado.
Suena el timbre.
Salen los pequeños.
La intensidad de los codazos va en aumento. Me pongo delante de la silla para protegerla.
Nadie mira a nadie a los ojos. Es la guerra.
 
-¡Blaanca!, grito, ¡Blaanca!.
Al fin distingo su impermeable rosa.
No puedo dejar la silla sola y tengo que gritar más. Grito su nombre hasta desgañitarme y, por fin, me ve.
Extiendo la mano, la agarro con fuerza y la atraigo hacia mí.
Un beso.
Salgamos de aquí.
Cuando consigo llegar al final de la acera suspiro. Me tiembla todo el cuerpo y estoy agotada.
 
Vámonos a casa, les digo. Hoy nos merecemos unas croquetas.
 
 
 
 
(Quiero decir que estos acontecimientos son absolutamente reales.  Un día de lluvia cualquiera recoger a la niña sirena del colegio es una auténtica, auténtica batalla.)

jueves, 7 de enero de 2016

Una cebolla

Quisiera ser una cebolla;
compleja, y casi
transparente.
Quisiera poder simplificarme,
junto a ti.
Yacer sobre tabla de madera,
cortarme en pedacitos
perfectos y distintos.
Mezclarme contigo
en el aceite hirviendo
de la vida.
 

Quisiera ser cebolla;
desvestirme de mi propia piel,
arrancarme una a una
las capas que me forman.
 
Quisiera averiguarme
bajo el frío filo de un cuchillo
para cortar mis pensamientos.
Encontrarme en mis propias entrañas
preñadas de una dulzura maldita y ácida;
ácida y maldita.
 
Quisiera crujir entre los dientes de tus ideas,
como un descubrimiento que renace
y se retuerce saliendo de la tierra.
 
Quisiera ser cantada por la nana de un poeta.
Enraizar en el huerto que pueblan tus palabras
y los brotes tiernos de tus besos.
 
Quiero ser mi corazón,
desnudo y puro.
Crudo.
Quiero ser.