jueves, 30 de abril de 2015

Juicio a los humanos

 Desde hace unos días (bastantes) por la zona donde vivo, en Pontevedra, se han producido un montón de noticias, no noticiables, muy tristes relacionadas con los perros. Digo que no son noticiables porque son lo de siempre: perros abandonados, perros maltratados; descartes de caza que aparecen con el chip arrancado vagando por el monte como fantasmas desorientados; mil cachorros que aparecen en un contenedor... Noticias gemelas de las que ocurren en otros sitios; en mil lugares, ya sean a 20 kilómetros, o a 100. Da lo mismo. La crueldad del ser humano se reproduce; se enreda con el día a día, como los piojos que se multiplican y se enredan en una cabeza infantil.
Es imposible acostumbrarse a oír esto; a leerlo.
Sigo el día a día de varias protectoras gallegas. Todos los días cuelgan en sus muros nuevos ocupantes del refugio. Todos los días hacen llamamientos desesperados porque hay muchos perros y gatos, a los que ponen nombres, a los que sacan fotografías, viviendo (o más bien sin vivir) en condiciones lamentables. Y muchos leemos sus historias, vemos sus fotografías (no sólo las miramos, también las vemos), nos fijamos en su mirada; en esa manchita junto a la oreja derecha; en ese colmillo que no encaja bien y que sobresale un poquito; en las canas... y al día siguiente, buscamos su historia de nuevo deseando ver que ha habido un final feliz, pero por desgracia parece que hay muy pocos tickets de "final feliz" y demasiados entre quienes repartirlos; unos demasiados que crecen y crecen a cada minuto.
Ayer, Marigem Saldelapuro en su blog, invitaba a reflexionar sobre cuánto se puede querer a los animales. Yo creo que mucho, muchísimo. Creo que más que a las personas. Creo, que es imprescindible que los niños tengan contacto con ellos para que aprendan, en primera persona, qué es la auténtica bondad, el amor desinteresado, y muchas, muchísimas otras cosas.
 No todos tenemos que pensar igual, claro, pero por qué no se les respeta. ¿Qué clase de raza de monstruos somos?. ¿No se puede buscar otra vía de escape para descargar nuestras frustaciones, que hacer daño a un ser más débil, más vulnerable?. ¿No se puede pensar al menos, simplemente, que son seres vivos; que les duele lo que les hacemos; que sufren? ¿Por qué no lo piensan dos veces antes de llevar para casa a uno que dejaran tirado en menos de un mes?
Hace unos días, repasando esos muros que casi siempre me ponen tan triste, en uno vi que unos chicos de una protectora se encontraron una caja de cartón con una camada de gatitos, que algún... (mejor me ahorro las palabras) había llenado de agua para que se ahogasen. Sólo sobrevivió uno. Está la historia de Yum. Es un perrito al que su dueño, un sádico sin alma, le fue cortando trozos de la patita día tras día. Ahora, por suerte, lo han rescatado y vive, ahora sí puedo decir que vive, esperando una adopción, en un "refugio" muy especial llamado Villa Peixiño, donde los animales se integran como uno de la familia. Le han fabricado una botita para igualarle la longitud de las patitas, y ahora puede caminar. Lo que me asombra, es que cuando lo leí, no me asombró tanto la tragedia, la crueldad, como la capacidad de superación que tiene. Lo puros que son; lo inocentes. En su alma no hay un resquicio de negrura. Él, como todos, siguen confiando, con más o menos trabajo, en nosotros. Y, no puedo olvidarme de Schubert, al que adoptaron comprometiéndose a cuidarlo, a quererlo, a respetarlo. Hace unos días murió ahorcado en la cadena donde lo ataron.
Hace ya bastante tiempo leí un libro, para mí imprescindible: "Juicio a los humanos", de José Antonio Jáuregui. Es una fábula; la imaginación de un mundo "al revés", donde los animales tienen el control y nosotros, los humanos, nos sentamos en el banquillo de los acusados por todo lo que les hemos hecho, y les hacemos cada día.

En casa, esta semana, respiramos un poquito más tranquilos. Trufo y Canela han ido al veterinario, a revisión. Nos han dicho que, aunque son unos abuelitos, tienen mucha vitalidad, que su corazón suena muy bien... igual que el mío cuando escuché aliviada, que, por ahora, todo va bien. También está muy bien Son, el perrito que adoptaron mis padres. Ha engordado, y ha cogido tanta confianza que ya se ha apropiado de mi antigua cama...

Pero, todos los demás siguen ahí; ellos y aquellos que los maltratan, que los abandonan, que ignoran su sufrimiento... a ellos tampoco los olvido. En mi alma si que hay sitio para la negrura; para la desconfianza, y para el rencor. Al fin y al cabo, soy humana.


No me han dejado ayudarte
en este maldito pueblo
en que todos se sonríen
si confieso que te quiero.

No me han dejado ayudarte
y he puesto el grito en el cielo
pero allí no moran ángeles.
Los milagros se extinguieron.

Quién esté libre de culpa
que lance lejos la piedra
y esconda pronto la mano.
Quién esté libre de culpa
y libre de haber pecado
enseñe al mundo su rostro
que el odio no ha machacado.

Yo ya no puedo enseñarlo.
El odio está en mi mirada,
lo llevo oculto en la mano
que siempre guardo a la espalda
dispuesta para el disparo,
con la mentira cargada.

Nunca aprenderé a rezar
por vuestras almas podridas.
Siempre con el rostro oculto
avanzaré de puntillas
entre vuestros miedo absurdo
a ser poco, o no ser mucho.
Me reiré fuerte a escondidas
de ese desgraciado hielo
que guardáis en las pupilas.

Sólo puedo sentir pena
de ese patético intento
por parecer diferentes
sin que jamás podáis serlo.

No os debo gracias por nada,
y si morís no lamento
escupiros a la cara
sin pronunciar un lo siento.

Igual que hacéis vosotros,
y que enseñasteis a hacerlo.
No me afligiré, si muere un "perro".

 
 
A todos...
 
El mundo sigue girando,
la lluvia sigue cayendo,
tu pelo sigue mojando,
los árboles floreciendo.
 
Tú recuerdo lo traerá
otro que venga en tu sitio;
que vista tus mismos ojos,
buscando en la noche alivio.
 
Volverás y marcharás
una y mil veces de nuevo,
y en el claro de la nieve
dejarás escrito un beso.
 
Volverás y marcharás de nuevo,
otra más, y otras mil veces,
en verano y en invierno.
Cuando caigan lluvia y nieve,
cuando queme el sol de fuego.
 
Porque sois muchos el mismo,
y ese mismo que sois tantos,
y alguno que no ha nacido,
y el destino ha condenado,
estaréis en mi recuerdo.
Sois de mis ojos, el llanto.




Trufo

Caela (Canela sin "n")



Son, el que sonríe.





 


martes, 28 de abril de 2015

Lo que las paredes saben

Muere la noche y nace de nuevo el día...

Acurrucada bajo la fina manta de lana, despierta; puede que ya no estuviera dormida.
Se niega a respirar durante unos instantes tentada por la curiosidad de qué pasaría; de qué podría ser peor que otro día luchando para que llegue el siguiente.  Pero al fin, sucumbe a la tos, o al  instinto de supervivencia que su cuerpo se niega a olvidar a pesar de todo. Sucumbe  a lo que ni su cuerpo, ni su corazón, ni su cabeza olvidan jamás; porque no pueden, ni quieren olvidarlo.
 Pablo. Pablito.

Abre los labios y aspira. El aire enrarecido se cuela en su boca. Choca contra su paladar; y raspa su garganta hasta acomodarse en sus pulmones negros, negrísimos como el carbón; como los sueños que tuvo durante la noche; llenos de humo y cielos grises.
Se levanta despacio, muy despacio, acompañada por el crujir de las articulaciones de las rodillas, de la espalda; agotadas de cargar tanto peso; tanto pesar. Cruje también la cama, al vaciarse de su compañía; protestando por la realidad; por la soledad que siempre viene con el amanecer.

Inclina la cara sobre el lavabo. El agua estancada está llena de  pelos, de partículas indefinidas; está llena de uso; pero no tendrá más agua hasta la tarde. Al meter la mano la superficie se mueve, rompiendo contra los arrecifes de costras de jabón resecas. Un pequeño insecto descansa inmóvil también; allí; empapado y quieto, flotando sobre su tumba de agua. Piensa por un momento que desearía ser aquel insecto, flotando sobre aguas dóciles, con los ojos cerrados, sin tener que abrirlos nunca más; sin tener que esforzarse por dibujar una sonrisa; por tragar; por olvidar el hambre; la suciedad; el miedo. Por olvidarlo todo.
Aprieta los párpados. Allí está, su fantasía favorita, un mundo mágico de puntitos púrpuras y verdes. Un cielo de colores. Pero al abrir los ojos nada es mágico, sólo real. La realidad de siempre. Cotidiana. Gris. Trabajosa. La sonrisa se cuela por el desagüe cuando saca el tapón. Las lágrimas afloran a sus ojos, y los mocos a  su nariz deslizándose hasta rozarle los labios. Respira con fuerza, sorbiendo todo lo que puede.
El desagüe hace ruido. Las tranquilas aguas se convierten en un remolino. Los círculos traslúcidos con sus partículas flotantes giran y giran sobre sí mismos arrastrando al difunto.
Ella agarra entre las puntas de sus dedos índice y corazón las pequeñas alas transparentes, imaginando otro tiempo; cuando aquella fina película membranosa significó libertad, y había un aire más allá del que secuestran  las paredes y las puertas.

Cierra la mano izquierda sobre la derecha dejando un hueco para espiar al pequeño cuerpo muerto, y vuelve sobre sus pasos a la habitación.
Mira alrededor, deteniéndose en los pequeños detalles que quedan del cuarto que en otros tiempos fue su castillo. La habitación, en lo más alto de la torre, donde guardaba en un cofre del tesoro los sueños de su niñez. La habitación hasta donde los monstruos también pudieron llegar. El peor de todos también. La pobreza. Devastadora. Caníbal, que se los fue comiendo poco a poco. Y los hombres, también los hombres.  Todos lo que quisieron subir a conocerla. Ahora sólo queda ella. Ella y Pablo. Pablito.
Las paredes son ancianas ya.
Pasea la palma de la mano sobre el gastado empapelado, áspero y silencioso; elegante hace tiempo; colorido que se ha ido marchitando.
Pasea la palma de la mano, sabiendo que entre las capas y capas de diferentes papeles, los muros de escayola albergan unos recuerdos que también son suyos. Guardianes inmóviles y mudos; fuertes todavía.
Ella a veces cree que se está volviendo loca; muchas veces. Ella, a veces cree escuchar a las paredes, hablándole al oído, susurrándole con sus voces descoloridas cómo fueron los momentos pasados, los secretos; las risas y las lágrimas que encerraron.

Por la ventana se cuela una claridad que la sorprende; la asusta. La pared, complacida, se calma. La claridad dibuja una silla sobre ella. A las paredes les encanta sentir el calor. Sentir la presencia de las sombras.

Ella se vuelve de espaldas a la claridad; le duelen los ojos.
Lentamente deja caer su cuerpo, deslizándose pegada a la pared hasta llegar al suelo. Apoya la cabeza, esperando escucharla; esperando que la pared se decida a hablarle.
Espera y espera durante minutos idénticos; repeticiones que ha dejado de contar.
De pronto, siente las cosquillas de las palabras en los oídos; en las manos; rozándole el nacimiento del cabello; los labios; y no puede evitar, ni quiere tampoco, dejarse llevar. Cerrar los ojos y tararear aquella olvidada melodía que la pared conoce tan bien.
Su nariz hace un movimiento inevitable, cuando recuerda el olor de las palomitas a la entrada del cine cuando papá y mamá la llevaron a ver "La Guerra de las Galaxias". El corazón da un vuelco en el pecho, al ritmo de la explosión del maíz. Palabras y notas componen la historia que la conducen, mecida por el oleaje de su memoria, hasta días de Navidades pasadas; hasta villancicos marchitos como las flores de Pascua tras las fiestas; hasta la estufa que calentaba sus pies las frías noches de invierno.
Un sonido repentino tira de ella. Ya no puede colarse entre las grietas de la pared hacia mundos mejores. No hay escapatoria.
No muy lejos, las campanas de la Iglesia, tañen el nombre de alguien. Parece que dicen adiós. Adiós.
Permanece inmóvil unos instantes. Hipnotizada. Los ojos fijos sobre la solitaria bombilla que cuelga del techo, como un péndulo apagado sin sitio donde quedarse. Se balancea de un lado a otro llevándose consigo la mirada de ella, que tampoco sabe qué hacer.

Levanta los brazos y se estira. Se estira más y más, pensando que se va a romper por la mitad; que quiere romperse; romperlo todo.
Se pone de rodillas y palpa unos instantes el suelo a su alrededor hasta que la encuentra. Tira de una tabla suelta y saca una caja de cerillas. Desde la tapa Elvis, eternamente vivo en el cartón, le guiña un ojo: "You were always on my mind", le dice.
Con mucho cuidado posa el insecto en su ataúd, junto a sus compañeros. Piensa que quizás algún día irá a pescar, como fue con papá algunas veces. Piensa, que entre los puntitos púrpuras y verdes de su fantasía, quizás aparezca algún día un hombre alto, con traje y corbata rallada, que le ofrecerá un gran premio por el record de insectos guardados en una caja de cerillas.
Se quita el camisón. Durante un segundo se ve de refilón en la parte limpia del espejo. Se ve y no se reconoce. Sólo  queda la piel vistiendo el esqueleto. Nada más. Hasta sus pechos han desaparecido, como frutas que se quedan resecas colgadas de sus ramas. Hace tiempo que no tiene leche ya.
Pablo. Pablito.
Temblando se pone el vestido. El viento se cuela entre los huecos que los cartones no consigue tapar.
Posa la mano sobre la repisa de la ventana llena de nieve recién nacida. La siente viva en la piel devastada por la lejía, hace ya tiempo.
Un rayo de sol ilumina la cara de Pablito que se ha despertado. Ella sonriendo lo toma en brazos, y colorea su frente tranquila con un beso. Él extiende la mano con la Tortuga Ninja lisiada en lo alto. Otro beso para ella.
Lo viste deprisa, ahuyentando el frío con su cuerpo y con su amor.
Calienta un poco de leche. El pan negro se ablanda en medio del cuenco. Como una isla rocosa medio hundida. Poco a poco Pablito come.
¡Uga!, dice exigente. Y ella también acerca la cuchara a la  pequeña tortuga.

Se ata el pañuelo de flores al cuello. Su pañuelo de seda. Su pequeño tesoro.
Está preciosa. Es preciosa.
Coloca a Pablo sobre sus hombros. Él juguetea con la tortuga sobre su cabeza. Y ella, juguetea con las monedas que tiene guardadas en el bolsillo.
Respira un poco aliviada. Sin gastarlas todas puede comprar un paquete de macarrones. Hoy Pablito y la tortuga estarán contentos. Sonríe pensando que quizás, sólo quizás, en un par de días pueda comprarle un caramelo de palo, o un ramillete de regaliz.
Pablo. Pablito.

Salen del portal. El sol ha ido ganando terreno. Pablito ríe con esa risa que sólo los niños conocen.
La calle se presenta desierta y tentadora ante ella.
Sujeta fuerte a Pablo.
Comienza a correr. A correr y a reír. Ríen los dos. Y el pañuelo de flores se convierte en una capa; una capa mágica de viajera en el tiempo.
Ríen los dos con esa risa que sólo los niños conocen. Esa risa que espanta a los monstruos que se atreven a subir a lo alto de las torres.
Se siente bien, con el peso de su pequeño rebotando sobre su cuerpo. Se siente un rayo, veloz, luminoso, atravesando el aire; el aire y todo lo demás.
Las paredes tenían razón. Aún puede ganar. Aún puede recordar cómo se hace para intentar ser feliz.


Poeta de la ciudad de mis deseos,
ciudad asfaltada con mis sueños.
Sueños alquitranados.

Te espero en la esquina de mis labios
mientras pongo precio a mi sonrisa,
mientras siguen comprando mis abrazos.

Te espero entre los gigantes de cemento,
en la calle desierta de mi alma
jugando a prostituir mis sentimientos.

Te espero. Enredada en caricias de mentira,
entre suspiros de pasión fingida y falsa.
Quiero que rescribas los versos de mi vida,
que cantes a esa felicidad que tanto anhelo.
Te espero.


viernes, 24 de abril de 2015

¿Qué se hace cuando se tiene un hijo escalador?

A los que nos gusta escribir se nos repiten los temas. Es frecuente que el bolígrafo tome un rumbo conocido; que los dedos siguiendo el laberinto de teclas arriben al mismo lugar. Las obsesiones buenas, las no tan buenas y las regulares, se quedan pegadas como lapas a nuestra pluma, y al menos en mi caso, no hay oleaje tan fuerte que consiga despegarlas.
Hay millones de pensamientos recurrentes en mi cabeza. Frecuentes. Constantes. Inquilinos que pagan una renta antigua y ejercen, sin remedio, el derecho de usucapión sobre su parcelita de materia gris.  Pueden cambiar las formas, los enunciados, pero el trasfondo de nuestra personalidad; nuestras pasiones, nuestros odios y nuestras preocupaciones, placeres o felicidades. Todo eso está ahí; ahí es en la cabeza; y en la mía, como no podía ser de otra forma, están mis hijos. Metidos a presión en mi cerebro, envueltos en mi materia gris a cada minuto de cada día.
Soy madre, mamá, y esto me convierte en muchas cosas. Soy pesada, repetitiva, insegura. ¿He dicho pesada?...

Quién me lo iba a decir a mi cuando me vestía toda de negro y me ahumaba la mirada. Quién me lo iba a decir a mi cuando de mi boca no salían más que bocanadas de un gris más gris que el maquillaje de mis ojos, y me imaginaba soltera, rodeada de una gran familia perruna.
Un día, estando en la Facultad, el hermano de una amiga empezó a preguntarnos a todas si queríamos tener hijos algún día. Yo contesté que no, y el riéndose dijo: tú serás la primera.
No tengo contacto con aquellas chicas, pero, lo admito, soy humana y tengo muchas horas muertas mientras sujeto un biberón o una cabecita despeinada se duerme sobre mi hombro; y ya sabéis, las redes sociales y el conocimiento están tan sólo a un clic de ratón. En fin, que aunque de vez en cuando me avergüenzo de estas cosas, las he buscado, y resulta que el hermano de aquella amiga tenía razón. Yo, la que se escondía detrás de un libro; la del pitillo pegado a los labios; la solitaria...

La maternidad, ¡Menudo tema!
La maternidad es un planeta propio. Un planeta rodeado de satélites. A su alrededor orbitan miedos e inseguridades; dudas prácticas; sentimientos encontrados; algún objeto no identificado que se cuela sin invitación en su espacio y a punto está de ocasionar algún que otro mega estallido cósmico: interacciones con otras madres/padres/niños; acuerdos y desacuerdos de pareja (ojalá fueran acordes, Woody), y luego está todo lo demás...


He desterrado hace ya tiempo los tacones y el maquillaje gris y me he puesto cómoda. El otro día viendo una serie, "Jane the Virgin" (una especie de parodia sobre los culebrones que está bastante entretenida), la madre de la protagonista, que siempre va con tacones, shorts..., le pregunta: ¿Preferirías que hubiera sido una madre de las de sudadera?. Me sentí un poco aludida, porque yo ¡Uso sudadera!. Y me dio la sensación de que identificaban el hecho de usarla con perder un poco tu identidad como mujer, como individuo, únicamente por una opción de vestuario. Sí, lo he dicho, yo la uso, pero siego siendo Eva: mamá, claro, pero también, mujer, brochera (como dice mi hija), amiga, compañera, hija; todavía nieta, y muchas cosas... ¡Buff, qué alivio he sentido con esta enumeración!.
A ver... recapitulemos: soy mamá, soy pesada, hablo mucho de mis hijos, uso sudadera, y digo muchas veces que soy madre.
En fin, que pienso mucho en mis hijos, y estas "tropecientas" líneas van de eso, aunque no sepa qué es eso exactamente. Lo que sí sé es que no voy a hablar de cómo bañar a los niños, limpiarlos, darles de comer. Para eso hay pediatras, abuelas y cuñadas; hay guías (diré, por cierto, que mi marido todavía piensa en que habría que denunciar a los que escribieron la guía que nos dieron en las clases de preparación al parto..., aunque esa es otra historia); hay consejeros; incluso cualquier desconocido en la cola del supermercado puede dar su opinión: "Ese niño tiene hambre". "Ese niño está estreñido por la forma en que llora". Menuda investigadora se perdió la Universidad de Massachusetts , para esos estudios que luego publican por ahí: Señora descubre su talento natural para interpretar el llanto de un bebé la primera vez que lo ve...
Pero vamos a ver, señora... (dejo claro que hablábamos yo y mis horas sin dormir), ¿Usted come bien?, ¿Va al baño con regularidad o precisa cereales integrales?. La verdad es que hasta he llegado a tener aprensión a ir al supermercado. Hoy en día, la costumbre, o quizás la actuación silenciosa de la selección natural (supongo que el instinto de supervivencia es lo que tiene) han ido desarrollando un sistema de muelles invisibles en la comisura de mis labios. Así cuando alguien empieza: "Ese niño...", yo sonrío. Es cierto que a veces la sonrisa parece más una mueca, o, bueno, una amenaza, o un... "Señora corra, por su bien", pero es que yo soy su mamá; estoy en modo multitarea con la lista de la compra y cinco mensajes pendientes; tengo hambre, y estoy muy, muy cabreada.

Se puede hablar de tantas cosas sobre la maternidad... de que nunca estás preparado; de que la primera vez que te enfrentas a un cordón umbilical puedes acabar en urgencias, no sabes si por tu bebé, o por un ataque de ansiedad encubierta...
Se puede hablar de tantas cosas... de que todo eso de que es color de rosa es una patraña, y que igual ves todo de color de rosa porque estás flipando después de aspirar tanta crema de culete y polvo de la leche.
Se puede hablar de que los quieres un montón, y de que no sabes cuando has empezado a quererlos tanto.

Esta que quería ser una entrada alegre (estoy contenta aunque no lo parezca), es al final una entrada confusa; una divagación. Supongo que será por esto, porque ser padres es una confusión continua.
Las dudas surgen en todo momento, ¿Come bien?, ¿Paso suficiente tiempo con ellos?.
En estos momentos que miro a David, me viene a la cabeza la de: ¿Qué hago contigo?, y es que, ¿Qué se hace cuando se tiene un hijo escalador?.
De Blanca hablé ya en varias ocasiones, pero de David no, porque no se muy bien que decir. Me tiene desconcertada; asombrada; si estuviera en un reality, diría incluso "ojiplática".
Ojalá me acordara mejor de aquello de las Leyes de Mendhel y de las mariposas para intentar comprender de dónde le viene ese complejo de pequeño Houdini escalador. Escapista; alpinista. Embaucador, peligroso y encantador. Pone en riesgo su pellejo a cada segundo; como si necesitase un subidón continuo de adrenalina.


Cuando la gente me pregunta si es bueno, (típica pregunta), siempre me abstraigo un instante mientras busco las palabras apropiadas. Veo con los que me han preguntado siguen moviendo los labios mientras mi cerebro trabaja como un ordenador del FBI buscando huellas y sus coincidencias.
Será algo como las "Supernenas", ellas estaban hechas de azúcar, especias, y cosas bonitas, pero el profesor hecho sin querer la sustancia "X" a la combinación. En el caso de David...
Sí, respondo al final. Es bueno. Es bueno y se sube a todo; a la mesa; al mueble de la tele; encima del portátil; a la alacena de los platos. Es bueno, y abre la nevera para comerse los tomates. Las manzanas del frutero aparecen misteriosamente cubiertas por diminutos mordisquitos. En medio del pienso de los perros aparecen muñecos que se habían perdido en combate. Últimamente ha convertido su hamaquita en un balancín que podría mandarlo al espacio. Ha aprendido a soltarse de los arneses de la silla y por la calle camino con el corazón encogido preocupada por si se suelta en algún momento.
Pero, a pesar de todo esto, intuyo la pena que me va a dar cuando deje de escalar y llegue sin dificultad a cualquier sitio, sin necesitar mis abrazo para protegerse de la caída.

¡Ayy!, no es por ser melodramática, aunque no me niego a ella, claro, pero "Vivo sin vivir en mí", y no soy una Santa y me llama Teresa, pero así estoy.
Estoy poseída por estos dos locos bajitos que caminan por mi casa (me refiero a los dos menos peludos y, claro, a los peludos también).
Quién me lo iba a decir a mi; madre, con sudadera, frente a un portátil; y como no podéis ver si estoy más roja que un tomate... pues contando todo esto: que me desespero y me vuelvo loca; que a veces grito y a veces lloro, y al rato me da un ataque de risa cuando el suelo del salón aparece alfombrado de muñecos y gusanitos; que a partir de las 21:00 paso de la sudadera al pijama y que hace muuucho que no voy a la peluquería.
A veces me miro a los ojos en el espejo a ver si encuentro a aquella otra de los ojos cubiertos de gris, pero ya no está. He cambiado, y eso, no es malo, por muchas cosas, y por mis dos locos bajitos.

martes, 21 de abril de 2015

¿Real?

Llueve. Hace frío.
Julia se acurruca en el interior de la chaqueta de lana mientras contempla a través de la ventana la ciudad herida por el viento.
El agua hierve. El ruido de su borboteo contra la tapa de acero la arranca de su ensueño.
Los spaghettis pronto pierden rigidez. El agua y el tenedor de madera los modelan a su antojo; círculos, espirales, hondas; una batuta de director de orquesta para un ballet acuático.
Los spaghettis son felices. Sonríen mareados desde el fondo plateado. Sonrisas de trigo.

Los azulejos de la pared están sudando. Julia activa la campana extractora y saca el abanico que siempre tiene a punto dentro del cajón de los cubiertos. Ella también está sudando.

Corta los tomates sobre la tabla rallada por mil y una historias; la vez que hicieron las verduras con la vinagreta de mostaza; aquella cena donde se atrevió por primera vez a hacer la salsa con cebollino y zanahorias... El queso cortado y las copas de vino de aquel mediodía tan importante. A veces también un mediodía, con su simplicidad y su nombre compuesto, puede cambiar el resto de una vida; de dos; y sumar una más. Tres.



El aceite ruge cuando el tomate le alcanza. Chispea. Disfruta.
Desgrana las hojitas de romero sobre su alfombra roja. El perfume se le cuela por la nariz. Adora ese perfume. Cierra los ojos.
Piensa que colocará ramilletes de hierbas en el armario de la ropa del niño. Piensa que quiere extender ese perfume hacia delante. Hacia la prolongación de su vida.








Cierra los ojos.
De pronto, la palma de la mano ya descansa sobre la barriga antes de que Julia siquiera piense en hacerlo.
El suspiro que se le forma en la garganta tiene sabor a romero. Las lágrimas que nacen de sus ojos son crujientes como picadillo de cebolla.
Es la felicidad contradictoria como el agua crujiente; alegría y miedo; calor y frío. Ruido y silencio.

Se limpia con un trapo y remueve la pasta.
Descorcha el vino. ¡Pop!. Hoy será su última copa en mucho tiempo. Un último vino para bautizarse con su nuevo nombre; "Mamá".

Repasa mentalmente todas las tareas. No le llegan los dedos de las manos y tiene que reutilizar los de la mano derecha, con un beso en la alianza de pasada, mientras las lágrimas crujientes salpican los nudillos.
Mario. Los dos. Los tres.

El suspiro que se le forma en la garganta tiene sabor a romero.

El tomate se deshace, aderezado por los cristales de sal. La carne mezcla sus sabores, con el gusto de los granos de pimienta y el vinagre de manzana mezclados en el cuenco verde de florecillas.

El agua sigue hirviendo. En el horno, los flanes de pera están a punto de cuajar. Y, en su vientre...

Consulta el reloj que corona la alacena de los platos. Las ocho y diez.
Calcula que Mario todavía tardará un cuarto de hora por lo menos; quizás un poco más, por culpa de la lluvia y el tráfico.

Otro suspiro. El romero choca contra el paladar; contra la humedad de la lengua.

Se siente llena. Todo a su alrededor está lleno; el borboteo del agua; los chasquidos del pan atacado por los dientes del cuchillo; el crujido de las lágrimas. Ruido. Las gotas de agua repiquetean incesantes, estrellándose contra el alféizar de la ventana. Ruido. El mundo, que sigue girando y girando, que baila con ella. Ruido.
Ruido, y de pronto, silencio. Y a Julia no le gusta el silencio, cuando hay tantas voces dentro de ella. Cuando hay tantas cosas que decir.
Camina por el pasillo en dirección al salón. Allí, lejos de la magia cálida de la cocina, el silencio ha extendido sus dominios hasta casi hacerse audible.
La música ha terminado y Julia se dirige al mueble para ponerla de nuevo. A Julia no le gusta el silencio, cuando tantas voces cantan dentro de ella.
Quiere recibir a Mario con música; con ruido; con el mundo girando y ellos en medio bailando con él. Los dos. Los tres.

La mano reposa de nuevo sobre la barriga y esta vez Julia ni siquiera ha percibido el movimiento en el aire.
De espaldas a la ventana siente un escalofrío recorrer su espina dorsal; un ciempiés rápido con su fila de patitas de cristal helado.
Se le eriza el vello de la nuca. La boca ya no sabe a romero; no sabe a nada. Se obliga a girarse tras un momento temiendo, como la protagonista solitaria de una cinta de terror, toparse con un monstruo.
Julia odia los monstruos. Julia hoy se siente; está, demasiado viva, dos veces viva, como para que puedan matarla.

Empieza la canción y sube el volumen. La música ahuyenta a los monstruos y ya no está sola.
La mano otra vez en la barriga y baila alrededor del sofá.
Serán tres. Ya lo son.

De pronto escucha la llave girando en la cerradura y no corre, vuela, con la música impulsando sus pies; las notas formando sus alas.
No corre; vuela. Pero se detiene. Tiene que detenerse. Se interpone entre la puerta y ella; entre su vida y ella el pitido. Parece el temporizador del horno... Piii... Piiii.
El pitido no la deja seguir...
El pitido... Un pitido...

Julia está viva. Eso dice el pitido. Todavía vive. Late su corazón; bombean aire los pulmones...

No puede llegar a la puerta. No le deja.

Está sudando; como sudaban aquella noche los azulejos de la cocina.
Está llorando. Sus lágrimas son crujientes; son pedacitos de ella que se va rompiendo poco a poco sobre la camilla.
Está llorando. Llora por muchas cosas; porque no sabe si se han hecho los flanes; porque no ha podido volver a verlo... porque la barriga, ya no se acuerda de cómo era sentirla bajo la palma de  la mano.

Julia llora. Está cubierto de agua la barbilla, el cuello del camisón. Julia es agua. No hay más. Sólo eso porque ha tenido que volver.
 El pitido...
Dos mundos paralelos y Julia cruzando al abrir y cerrar los ojos. Dormir y despertar. Dormir y despertar y muchos asuntos pendientes que no la dejan tranquila. Dormir y despertar y pensar en muertos o en su muerte.
Quiere decir algo; despegar los labios. Quiere mover las manos cicatrizadas para escribir sus pensamientos; su testamento. Para desconectar el pitido que le ancla los tobillos al borde de la cama.
Quiere volver a conmocionarse y a alejarse de la consciencia con sus últimos alientos malgastados en lo que sea, pero malgastados porque no tiene en que gastarlos bien.

Julia quiere decir algo; despegar los labios. Decirle al pitido que se calle, que la deje; que ella ya lo ha dejado todo.
Julia quiere morir para reunirse con sus muertos, para dejar de pensar en ellos, y que ellos sigan pensando en ella para siempre.
Julia quiere morir, y cuando muera al fin como desea morirse, quiere que escriban la palabra amor con letras mayúsculas en el apartado de causa de la muerte. AMOR.
A su cuerpo no lo corromperán las enfermedades de la carne. No tendrá su piel un rastro de vendas al que seguir la pista... pero su vientre estará vacío. Será un vacío enorme el de su vientre, con una cicatriz formada por las cinco letras de un nombre sin estrenar: Oscar. Y su corazón; su corazón estará lleno de agujeritos diminutos, como el tul de una novia, comido por las polillas de los recuerdos que no se airean lo suficiente.

Quiere decir algo. Quiere decir que no sabe dónde está; qué es real... Pero ahora, otra vez, se deja engatusar por el sueño; por ese otro mundo más cierto y más cercano; más feliz. Ahora, otra vez, se deja seducir como una jovencita por el amor. Y, cerrando los ojos se deja llevar por el pitido monocorde del horno, o puede que sea el de su corazón.
Y, cerrando los ojos, vuelve. O se va...




"La realidad no es otra cosa que la capacidad que tienen de engañarse nuestros sentidos" (Albert Eisntein)

viernes, 17 de abril de 2015

Ella y esa otra

Quisiera olvidarse incluso hasta de su nombre, para no tener que recordar que no hay quien la recuerde.

Quisiera ignorar los extraños crujidos que escucha cuando no hay nadie cerca, como si la casa se estuviera quejando. Como si la casa intentara hablarle. Como si intentaran hablarle los fantasmas.

Quisiera flotar en aguas tranquilas, donde la paz azul ahuyenta las burbujas de la respiración de los peces. Aguas donde el silencio amordaza la inquietud y tranquiliza el corazón.

Quisiera habitar en las profundidades desconocidas del océano, donde residan con ella todas las cosas que no existen, y las que no tiene; sólo las que ha podido imaginar.

Quisiera convertirse en un cangrejo, a veces lo quisiera para siempre. Ser un cangrejo para volver a todas partes donde ha estado, caminando eternamente hacia atrás, siempre pisando arenas removidas donde no se hundiría nunca, porque sus propios pies ya las han pisado antes.

Quisiera habitar un país de sueños dulces; del dulzor del algodón de azúcar de las ferias; donde el miedo no ataca con sus ejércitos de monstruos deformes y heridos.

Quisiera vivir en un mundo absurdo, donde lo absurdo no es trágico; lo absurdo no es horrible. Donde lo absurdo es inofensivo; mágico. Y allí, en el absurdo, pintar un cuadro abstracto y engañoso; dibujar un país con la entrada vetada a las venganzas y a los odios que estallan como bombas de sangre. Y allí, en el absurdo, atrapar el viento en una bolsa de papel para fundir todos los suspiros tristes en sus ráfagas, y no tener que utilizarlos nunca más.
Y en el absurdo, allí; en el absurdo más certero que la lógica, esconder caracoles en los zapatos de la tierra, para poder recorrer la vida más despacio.

Quisiera...
Pero querer no es suficiente para cambiar las cosas. Y los crujidos continúan llenando el vacío que amenaza con sitiarla entre las cuatro paredes de su propia existencia.

Las cortinas se mueven con respiraciones que no son de nadie.
Las maderas de los escalones reaccionan bajo pesos que no puede ver; ni tocar.
El miedo está más vivo que nunca, y más vivo que ella; y está en todas partes. Está en ella. Y al miedo quisiera desalojarlo; desahuciarlo y obligarlo a buscar nuevas moradas muy lejos. Quisiera echarlo a la calle, como una casera cansada de un alquiler que se prolonga demasiado, de un vecino inoportuno; molesto. Agresivo.

Quisiera invernar su congoja, como un oso agotado; y descansar en su cueva de nada e infinito.


Su silla preferida, los días que todavía es capaz de preferir algo, la coloca Adela junto a la ventana.
Observa a las personas que se frotan las manos y sacuden sus paraguas. Observa a los que pasean a sus perros antes de que la oscuridad apague también las luces de las farolas.
Los niños descienden del autobús escolar y el conductor escupe por la ventanilla. Cada uno toma el camino hacia su casa. A la de ella no. A la de ella no viene ningún niño. No viene nadie.
Un hombre, quieto en un portal, no deja tranquilo su reloj. Por un instante le parece que la está mirando a ella; que la ha descubierto.  Pero no. Enseguida llega una chica y caminan juntos hasta el final de la calle. Ella lleva un gorro rosa con un pompón azul.

Adela piensa que algún día le gustaría atreverse a llevar un gorro así. Pero entierra ese pensamiento bajo las filas y columnas de un crucigrama. Poético. Esplendor. Contrariedad. Cuántas palabras, pero ninguna voz.
Quisiera una voz para ella; una voz para hablarle...
Pero querer todavía no es suficiente para cambiar las cosas. Y las cosas no cambian sólo con quererlo...
No cambia que ella está sola. No cambia que la realidad, su realidad, está cubierta por una fina gasa de calima. Y la calima es música. La misma música de siempre. La misma canción en la cabeza.
Las notas se le clavan como metralla en los brazos que asoman por encima del cobertor, y la tinta sigue su curso al ritmo de aquella melodía de Sabina, "Y algunas veces suelo recostar, mi cabeza sobre el hombro de la luna. Y le hablo de esta amante inoportuna, que se llama Soledad".

Soledad
Lágrimas de lluvia en la ventana
y en el tejado mil secretos escondidos.
Un silencio inundado de suspiros
y la imagen del espejo que me llama.

Mil primaveras han pasado por mi vida,
pero ahora llega el frío del invierno,
y el primer amor; amor eterno,
es el frágil recuerdo de una huida.

No quiero mirar, y aún así miro.
Del otro lado del cristal, ella riendo.
Yo quieta, muy quieta. No respiro,
y todo alrededor se va muriendo.

Las agujas del reloj de mi se ríen.
Estúpidas fotografías en mi mente.
Se escurre entre mis dedos el presente,
y sombras del pasado me persiguen.

15 de septiembre
Las lámparas apagadas
pero la luna encendida.
Hay luna llena; septiembre.
Es un día 15; viernes,
y escribo esta poesía.

Mientras acabo el pitillo
va cayendo la ceniza,
echada sobre la cama.
La luna sigue encendida.
Es un día 15, viernes
y escribo esta poesía.

El papel va reflejando mis palabras,
que van naciendo grises y vacías,
que van naciendo confusas y enredadas
entre la música, el humo y mi sonrisa.

Pero ya no son mías mis palabras,
el olvido se olvidó de confesarlo,
y el mago ya no dijo abracadabra.
Son de la hoja, del lápiz,
del humo; del viento.
Se van escapando. No lo entiendo.
La música, la sonrisa...
Se van perdiendo en el tiempo.

Ya me terminé el pitillo
echada sobre la cama.
Espero y sigo esperando,
pero nunca pasa nada.

La luna queda apagada
porque mis ojos se cierran.
Sábado. 16, Septiembre.
Un día más...
Ayer, hoy, mañana...
Siempre.

Se oye música...


miércoles, 15 de abril de 2015

Premio Dardos

Hace unos días Carmen Pinedo, desde su maravilloso blog, ha tenido la generosidad de incluirme entre sus nominados para el Premio Dardos. Al igual que ella, y tomándolo de su entrada, a continuación cito el propósito de estos premios:

"Con el Premio Dardos se reconocen los valores que cada blogger emplea al transmitirlos. Valores culturales, éticos, literarios, personales, etc. que, en suma, demuestran su creatividad a través del pensamiento vivo que está y permanece intacto entre sus letras, entre sus palabras.
Estos sellos se crearon con la intención de promover la confraternización entre bloggers, una forma de demostrar cariño y reconocimiento por un trabajo que añada valor a la web".



Las normas de los premios son:
- Agradecer a quien te nominó... Muchas gracias Carmen, por abrir esa ventana al arte que es tu blog, y por asomarte al mío.
-Poner el sello en tu blog.
-Nominar a 10 candidatos y avisarles.
-Hacerte seguidor del blog que te nominó.

Como soy bastante nueva en todo esto, la verdad es que no paro de descubrir blogs interesantes, así que me quedaran muchos, muchísimos por teclear. Estos son mis 10 blogs:

-Luis Mariano Gómez Pascual con Mi Mayor enemigo soy yo mismo.
-Alejandra Sanders con Cuentos de terror y profecías
- Lleno de estrellas con Lleno de estrellas
-María Campra Peláez con Mama escritora
-Ana I. Sanso con Hadas Suburbanas
-Entre altibajos con Entre altibajos
-Montserrat Gracia con Pasión por el cine clásico
-Marigem Saldelapuro con Pequeños trucos para sobrevivir a la crisis
-Alicia Valverde con Buenos días princesa
-Laura Mir con Libres relatos

Enhorabuena a todos!.
Se que se me quedan muchos atrás, y muchos más por conocer. Estoy deseando ponerme a ello.

lunes, 13 de abril de 2015

La niña reflejada

Sucedió un día cualquiera por semana. Un día de esos que se confunden porque no importa el nombre que le da el calendario; lo único que importa es sobrevivir a los golpes anarquistas de los niños siguiendo una rutina: Baño. Cena. Lavado de dientes. A dormir.
Estábamos en el tercer paso. Blanca en el baño mientras yo recogía por aquí y por allá los restos de las últimas batallas libradas mientras anochecía.
Tarda mucho en llamarme para ir a ayudarla; la llamada de todas las noches. Tampoco se oye el agua del grifo.
Me acerco silenciosa hasta la puerta del baño. Sí, allí está. Muy quieta, con el cepillo de dientes en la mano y la pasta todavía intacta sobre las cerdas extra suaves. El erizo de peluche lo observa todo.
Se está mirando detenidamente en el espejo.
Me acercó un poco más hasta colocarme detrás de su espalda y nos miramos a través de nuestros reflejos.
¿Estás bien?, le pregunto.
Mamá... ¿Soy guapa?
Claro que sí. Eres preciosa, le digo mientras le acaricio el pelo. Y luego, la pregunta obligada: ¿Por qué me lo preguntas?
Es que hoy una niña me dijo que no era guapa. Igual sin las gafas... o si tuviera el pelo rubio, como lo tenía aquella niña de los rizos, ¿Te acuerdas, mami?.


Noto como mis labios se colocan rápidamente listos para pronunciar, ¿Qué niña?. Consigo detenerlos a tiempo. ¿Acaso importa?, les digo. ¿Qué más da que niña sea?. No es cuestión de ponerla en contra de nadie, así que vosotros callados y apretaditos para no meter la pata. Cuando yo os de la señal me ayudáis vocalizando bien las palabras adecuadas. Se aprietan uno contra el otro hasta ponerse blanquecinos esperando órdenes.
A ver... Listos. Ahora. Mis labios se preparan, y hablo:
¿Sabes qué pasa?, puede que esa niña no vea bien, o, como nos pasa a veces a todos, puede que estuviera un poquito enfadada por algo y dijo eso aunque no lo piensa de verdad.

Permanecemos así, sin movernos y sin hablar, durante unos segundos. Ella parece estar decidiendo si acepta o no mi explicación. Yo, estoy rezando para que la acepte; para que no tenga que enfrentarse a esa preocupación a los cinco años, sobre todo porque sé que por desgracia, el tiempo le va a brindar muchas oportunidades para preocuparse; sé que las inseguridades llegaran como perros de presa; como monstruos pacientes que durante el día esperan en el armario a que la noche despierte nuestra vulnerabilidad. Pero no. Por ahora no. Ahora yo espantaré a los monstruos. Vosotros y yo, les digo a mis labios.

Permanecemos así, sin movernos y sin hablar, durante unos segundos más. Ella parece pensativa, yo fantaseando con la posibilidad de colarme en su cabeza, como una exploradora, polizón de algún sonido, quizás, introduciéndome por su oído; como una electricista, para conectar aquí o allá, o desconectar y eliminar esos impulsos de preocuparse que nacen tan temprano.
Ella, pensativa.
Yo, con la mirada fija en nuestro relejo; en el mío; sin verlo. Sin verme.
Yo, sacudida por un bombardeo de imágenes. Muchas; muchísimas, que saltan hacia mí intentando despertar los recuerdos dormidos que van unidos a ellas como los hijos a sus madres, por un cordón sanguinoliento que los alimenta y los sostiene.
Son recuerdos comprimidos. Aplastados con todas mis fuerzas dentro de una caja hace ya mucho tiempo. Es una de esas cajas donde se aplastan un puñado de serpentinas, o un payaso, y que una musiquita va anunciando poco a poco mientras tú, inocente, mueves la manivela ajeno a lo que está por venir.
¡Pam!. Me asustaron.
¡Pam!. Me asusté.
¿Soy guapa?. Yo también me lo pregunté una vez; muchas; seguramente fueron muchas veces. Quizás no fui tan valiente como para confesarlo en voz alta, como ahora, que sólo se lo cuento a la pantalla del portátil.
¡Pam! Me asuté. Me asusto por lo poco que cambian algunas cosas; muchas cosas. Cambian tan poco que veintitantos años después de mi pregunta, esa pregunta sigue acudiendo a perturbar a pequeñas cabecitas en cuartos de baño que huelen a pasta de dientes de fresa.

Normal. Es normal, me digo. Es normal aunque sea un asco. Al final, los niños son un espejo. Reflejan el mundo en el que viven, y estamos en un mundo en el que el aspecto todavía se utiliza como arma para hacer daño. Es un asco. Es triste.

Mamá...
Estrujo a las imágenes y a sus hijos de vuelta a su caja y pongo la tapa.
Mamá...
La incertidumbre sabe a fresa y está atascada en mi garganta.
Dime...
¿Las niñas podemos hacer lo que queramos?
Sí...
¿Jugar al fútbol?

¿Ser astronautas?

¿Bomberos?

¿Y agentes de policía?
Sí...
La lista puede ser interminable y me siento en el borde de la bañera.
Quise hablarle de los cambios que ha habido. Quise hablarle de los logros; de lo que mi abuela no podía hacer; de lo que mi madre no podía hacer. Podría contarle un cuento: Hace muy, muy poco tiempo, en este reino vivían muchas reinas y princesas que no sabían que lo eran...
Quise hablarle de que las mujeres eran propiedades; de que la ley decía que las mujeres no podían tener dinero propio; nada propio. Quise hablarle de que esas reinas y princesas, aunque quisieran, no podían ir a la Universidad, o ser policías, o taxistas.
Quise contarle la historia de princesas y reinas luchadoras, de aquí, de nuestra tierra, Emilia y Concepción, cuyos nombres quedaron grabados en mi niñez, cuando utilizaba sus monumentos para trepar y despellejarme las rodillas. Contarle las historias de reinas y princesas cotidianas que sacaron a sus hijos adelante y trabajaron en su casa día a día y sin descanso, y cuyo nombre no saldrá jamás en ningún libro, ni quedarán sus estatúas decorando un parque a merced de las palomas y los niños.
Quise decir muchas cosas pero no lo hice.
Claro que sí. Puedes ser lo que quieras.
Quise decir muchas cosas pero no me dio tiempo a más.
Es verdad, dijo sonriendo. Como en la Princesa Sofía (para los que no lo sepan son unos dibujos animados emitidos en el canal Disney)..
En ese momento creo que me nacieron interrogantes en las pupilas.
Sí, mamá, ¿No te acuerdas?. No le dejaban participar en la carrera de caballos voladores y cantó: "Las princesas pueden ser lo que ellas quieran ser...".
Es verdad, es verdad... dije (¡Bien por Disney!, pensé).
... Y tú, ¿Qué quieres ser?.
Pues yo... Astrofísica y astronauta; arqueóloga; doctora de animales y niños; pintora; estrella de rock; conductora y mamá... Pero, ya sabes que vas a tener que ayudarme mucho con mi bebé, porque con lo ocupada que voy a estar...
Sí, claro...
No dije más porque las palabras estaban enmudecieron.
Y así, tranquilamente, empezó a cepillarse los dientes.
En verano se me pone un color de pelo muy bonito, ¿Verdad, mami?.
Sí, precioso.

Mientras le ayudo con el segundo cepillado (órdenes del dentista), una bofetada de aroma de fresa golpea mi mejilla; una bofetada de orgullo, y también, sí, también de envidia. Envidia... de la niña que fui... Todo eso se queda pegado a mi piel; todo eso y una canción...

"Para encontrar la niña que fui
y algo de todo lo que perdí
miro hacia atrás y busco
entre mis recuerdos...
...
Cada momento era especial,
días sin prisa, tardes de paz.
Miro hacia atrás
y busco entre mis recuerdos.
Yo quisiera volver a encontrar la pureza
nostalgia de tanta inocencia
que tan poco tiempo duró..." (Entre mis recuerdos, Luz).

Los pasados carnavales Blanca se disfrazó de superheroina: La Chica Rayo, quiso llamarse.
 
Esta es ella luchando contra un monstruo verde que echa fuego azul por la boca.
 
 
 
Niña:
 
Dar un paseo por el espacio,
hablar con los selenitas.
Cerrar los ojos un rato
entre murmullos de risas.
 
Viajar hasta el infinito
y sin billete de vuelta,
allí encuentras tu sitio
y vives en una estrella.
 
Colgada de un cohete subes,
saludas a los aviones
y te pierdes por las nubes.
 
Los años luz van pasando
pero allí no hay calendarios,
no hay relojes; no hay horarios.
 
Estás en tú habitación.
No has salido de tú casa.
El sol calienta en el patio
y el zumbido de la radio
te levanta de la cama.
 
Sólo has estado soñando
y te vuelves a dormir
para entre sueños volar,
entre ilusiones bailar...
 
Lucha, mi niña.
 
 

 


miércoles, 8 de abril de 2015

Ya se marcharon los árboles...

Durante esta Semana Santa ha hecho muy buen tiempo. Sol, calor... Pero no ha sido así para todos, para los árboles ha hecho muy mal tiempo; muy malo. Han empezado los incendios: descuidos, accidentes; asesinatos, muchas veces... Pierden la vida árboles, plantas, animales...
Es descorazonador pasar en coche y ver que el paisaje se ha tapizado de colores oscuros y crujientes.  Es descorazonador abrir la ventana y notar las cenizas en el aire confundidas con el polen que trae la primavera.
El aire se pone de luto. Es triste.


Ya se marcharon los árboles
buscando su propio cielo,
arrastrando entre crujidos
sus raíces mutiladas.

Ya se marcharon los árboles
y nos quedamos marchitos,
y nos quedamos muriendo,
abrasados en las piras
que con sus cuerpos prendemos.

Ya se marcharon los árboles.
Se van alejando en fila,
en señal de velatorio
por el bosque que agoniza.

Aún resuenan en sus copas
las canciones de verbena.
Aún resuenan en sus copas
los amores de verano,
los villancicos de nieve;
los olores de merienda.

Ya se marcharon los árboles,
llevándose los recuerdos
grabados en sus cortezas;
un paquete de iniciales
y una maleta de adornos
de alguna pasada fiesta.

Van desfilando los pinos,
y los robles, y los cedros,
entre lágrimas del sauce,
y los frutos del almendro.

Ya se marcharon los árboles
porque expiró su contrato.
Porque si no hay corazón,
no es humano el ser humano.

Ya se ha quemado en el fuego
el ámbar con que firmaron
darnos sombra en el verano
y calor en el invierno.

Ya se han quemado en el fuego
la confianza y las promesas.
Ahora ya no queda bosque,
sólo son madera muerta
y mil rincones vacíos
que cubrirán las aceras.

Adiós árboles, viento y agua.
Adiós verano e invierno,
primavera inaccesible,
otoño dulce y tostado,
invierno frío y espeso.
Adiós árboles soñados.

Aunque no sea consuelo,
nos volveremos a ver.
Estáis en mi propio cielo.

lunes, 6 de abril de 2015

La familia.... (dicho con voz mafiosa)

¡Ay, la familia!!!. Ese monstruo de dos cabezas: el yin y el yang; blanco y negro; positivo y negativo; bueno o malo...
¡Ay, la familia!!!. Ese Gremlin al que mejor no alimentar después de media noche porque si no...

En un momento de la gran película El Padrino, Don Corleone advierte a su hijo Sonny: "Nunca vuelvas a decir lo que piensas a alguien que no sea de la familia". La verdad, que ingenuo para ser un "padrino" de la mafia o, la verdad, que suerte, si realmente tiene una familia tan fiel (otra cosa es entrar en por qué le guardaban tanta fidelidad).

Ojalá se pudiera seguir esa máxima tan "mafiosa". Ojalá en estas fechas donde nos empachamos de roscones y chocolate no nos tuviéramos que tragar a demás contrariedades, enfados y un montón de cosas no dichas.
Y es que la familia es algo complicado; complejo...
¿Qué es la familia?. ¿Qué es más allá de las definiciones jurídicas o administrativas? ¿Qué es si dejamos de lado términos técnicos; religiosos o tradicionales?.
No hablo de la persona que elige cada uno para compartir su vida (salga bien o mal, al menos lo eliges tú), ni, por supuesto, de los hijos que tengas con esa persona; amor, instinto, fuerza, ternura, pasión... son las definiciones que se me ocurren para los sentimientos hacia ellos. Esta reflexión trata más de las personas que se convierten en tú familia sin posibilidad de elección; que vienen en el "paquete", como un plus al amor que sientes por alguien.

Y es que la familia es algo complicado; complejo...
Yo creo que en la familia cada uno tenemos nuestro rol. Representamos cada uno un papel como en una obra teatral. Y, en esa obra, cada uno conoce el guión (decisión suya es salirse o no de sus líneas).
 Hay familias de todos los tipos; para todos los gustos (o disgustos).
Supongo que las habrá numerosas y bien avenidas. Eso por lo menos es lo que nos dice el cine.
Hace poco vi, de casualidad, la versión más reciente de "Tuyos, míos, nuestros", una especie de "The Brady Bunch", muy en la línea de "Doce en casa". Una familia extra- numerosa, con amor, comprensión y perdón de sobra. Unos hippies de mansión junto al mar. Incluso con un sistema de comunicación muy dialogante: en las reuniones familiares se pasaban un palo (sí, un palo) de lo más tribal, para pedir la palabra y poder expresarse cada uno por turno, sin ocultar nada a los demás, por supuesto. Pero, claro, yo vivo en una ciudad pequeñita (encantadora, pero pequeñita), y tengo una piscina desmontable para los niños en la terraza, así que por mucho que me atraiga la idea de ser una hippie de mansión, pues Hollywood me queda un poco a desmano.
Y es que la familia es algo complicado; complejo...
Cuando era pequeña (y, lo confieso, no tan pequeña) me encantaba ver esa película tan nuestra; "La Gran familia", y qué mal lo pasaba, y lo paso con el sufrimiento del abuelo cuando se pierde Chencho por la Plaza Mayor. En esta película, una "gran familia", con sus problemillas; sus desacuerdos, sus pequeños y grandes dramas, sale adelante; siempre con la ayuda del padrino de tan gigantesca cantidad de ahijados. Un padrino gruñón y pastelero, al que no le pega nada pasearse con una "dentadura" de cáscara de naranja.

Y, claro, hay familias monstruosas, y no me refiero precisamente a la familia Addams.
En la familia de cada uno, donde cada uno nace, tú papel lo tienes asumido desde la infancia, y te fastidie más o menos tienes tiempo para acostumbrarte; para decidir que no quieres ser esa persona e intentar cambiar; o simplemente, para "pasar" de todo. Pero la familia política es un subgrupo todavía más complejo. Un tema muy... muy interesante, dejémoslo ahí...
Cuando entras en "otra" familia te encuentras con un montón de desconocidos; nuevas reglas, nuevas costumbres....
La verdad, supongo que debe ser difícil no desconfiar en cierto modo cuando llega alguien "nuevo", pero creo que hay que intentarlo. Yo, hace tiempo que me prometí a mí misma, que cuando mis hijos (sé que aún quedan mil años) traigan a alguien, intentaré ser amable, abierta, comprensiva, y sobre todo, pensar en su felicidad. Es posible que estos propósitos tan nobles se queden en eso, en propósitos, y en unas cuantas líneas tecleadas veinte años atrás. Pero al menos espero, en esos momentos, tener la capacidad de reflexionar sobre todo esto.
La situación es difícil para las dos partes, pero suelen ser muchos contra uno, y ese uno tendrá que conformarse, al menos en principio, con el papel que le asignen. Ese papel, además, no suele ser muy acertado, porque se toman las medidas tan rápido y tan a la ligera que es difícil que el vestido que te ofrecen se adapte perfectamente a tú silueta. Puede que, si tienes suerte, con el tiempo te den la oportunidad de ir a la modista a ajustar tú traje.
Y es que la familia es algo complicado; complejo...
Son unas relaciones muy cercanas, estrechas, aunque no te veas en semanas o en meses. Hay un trasfondo demasiado hondo; relaciones previas; conflictos previos no resueltos a los que se van sumando los nuevos. Al final, existe una montaña de ropa sucia tan grande que es muy, muy difícil lo de "borrón y cuenta nueva" aunque pongas mil lavadoras.
Existen rivalidades siempre; siempre... de esas rivalidades que ni nos confesamos a nosotros mismos: mejor coche; mejor trabajo; mejor mujer/marido; mejor ropa... Y, cuando llegan los hijos, esa rivalidad de incrementa exponencialmente: cuál es el más guapo; cuál el más listo...
¡AAyy!!!, la familia...
En la familia siempre hay demasiadas expectativas y demasiadas opiniones sobre quién debe hacer qué y cómo; y cuando hay demasiadas expectativas siempre hay demasiadas decepciones.
La familia es algo complicado; complejo...
En un momento de la saga, Michael Corleone (el gran Al Pacino) dice: "Fredo, eres mi hermano mayor y te quiero. Pero nunca vuelvas a tomar partido contra la familia. Nunca".
Y es que esta es otra de las extravagancias de este extraño ente. La familia se toma como algo "sagrado". Nunca debe consentirse que nadie de "fuera" diga nada en contra de la familia; será porque desde dentro ya nos bastamos y nos sobramos...

Poco después de Navidad estaba yo en la oficina de correos esperando en una fila interminable. Dos chicas, detrás de mi, comentaban cómo habían pasado las fiestas....
..."Pues mi cuñada sirvió gambas congeladas diciendo que eran frescas, pero yo me di cuenta perfectamente. Le pregunté, y me dice: No, no... Son frescas... Sí, claro... Y su marido, qué no habla nada, y el hijo, salió igual que el padre..."
Cuando me fui aún seguía soltando por esa boquita...
Tan típico y tan tópico. Y está claro, es tan tópico, porque es muy, muy típico. Y es que los humanos somos demasiado complicados. Hemos ido perdiendo esa esencia primitiva; esa necesidad de sentirnos arropados por la manada, a la que defendemos con uñas y dientes.
Ahora, con nuestro raciocinio la manada vive distanciada. Ahora, con nuestro raciocinio, razonamos que es peor una celebración familiar con gambas congeladas, o que tú cuñado es peor persona quizás, sólo porque es tímido. Ahora, con nuestro raciocinio, razonamos que es muy "cutre" lo que le han regalado al niño por la comunión (preferimos que pidan un préstamo sobre otro y sobre otro y otro más siempre que el niño tenga la mejor consola), o que una cuñada con dos kilos de más y una ropa, que descubrimos de soslayo, es del Carrefour, es patética. Ahora razonamos que las nueras educan fatal; que las suegras nos tienen manía; razonamos mil cosas.... pero las palabras no se dicen,  ni los sentimientos. Nos lo tragamos todo en las reuniones; en los cafés; bodas; bautizos; funerales...
¡Aayy, la familia!!!. ¿Qué puedo decir?...
Siguiendo la filosofía de Don Vito, sólo una cosa: "La familia es la familia".
(Y que, después de fiestas familiares, siempre hacen falta unas buenas vacaciones)