domingo, 28 de junio de 2015

Premios

Hoy quiero agradecer  a esos generosos compañeros que en los últimos tiempos se han acordado de mí y me han incluido entre sus nominados a algunos premios:
Consciencia y Vida Magacine por el Premio DF.
Carmen Cardeñosa y Flora Rodríguez por el BOR Litarchis Blogger.
Luis Mariano Gómez Pascual por el Parabatis.
Últimamente mis días se terminan tan deprisa que me parece que han comenzado hace un minuto.
Desde hace ya un tiempo mi pequeña familia vive una de esas etapas donde capturar una sonrisa y guardarla en los labios un rato es el mejor premio del día. Nuestro peque, el escalador, está algo malito, la salud de los abuelos regular... En fin... cosas de la vida cotidiana que hacen la vida cotidiana más difícil. En estos momentos escribir en el blog es un privilegio, y aunque tengo que raspar los minutos a las paredes del día antes de que se derrumben,  no quiero dejar de hacerlo. Es un placer, un desahogo; un pequeño  momento de tranquilidad.
Ojalá tuviera tiempo para hacer una entrada como se merece, enlazando  blogs, nominando a otros, pero hoy a mi cerebro le cuesta ordenar las ideas.
Os agradezco la sonrisa que me regalasteis con vuestras nominaciones. Os agradezco a todos los que regaláis preciosas palabras que me encanta leer y saborear; que dais ideas , que me hacéis pensar; disfrutar de imágenes.... soñar.
A todos los que ya he descubierto, y a los que me faltáis por descubrir. Gracias!!!
Os espero en Nariz de Chocolate. Besos a todos
No puedo dejar de agradecerle a mi hija Blanca su premio en forma de trofeo que ella misma coloreó y recortó. Me lo otorgó el otro día por "trabajar mucho y tener mucha paciencia". Ella también es muy generosa, porque últimamente me falla un poquito. Gracias Blanca!!

viernes, 26 de junio de 2015

Avión de papel

...Y cuando estaba sola
siempre emprendía el viaje,
en medio del silencio,
acariciando páginas.
Y volaba muy lejos,
sin llevar equipaje.
Desayunaba cuentos
y comía novelas.
 En medio de la noche
dormía en las estrellas
y volaba muy alto,
y volaba muy lejos.
 
Escalaba montañas,
me fundía en el viento
y me hacía unas alas
cosiendo letras negras.
Montada en un navío
desplegaba las velas
y surcaba los mares...
 
Me convertía en otra,
en otro; en mucha gente.
Alrededor el mundo
esperaba silente
a cambiar de escenario...
 
Traspasaban mi carne
un montón de palabras.
A veces los finales
se bañaban en lágrimas.
A veces se rendían
y deponían armas.
Otras, mil corazones
se leían entre líneas,
o al cerrar la cubierta
aún se escuchaban risas.
 
 
 
...Y cuando estaba sola,
nunca en verdad lo he estado.
Siempre en medio de un viaje
sobre mi amigo alado.
Corrí mil aventuras,
me enamoré cien veces.
Di besos a escondidas,
fui de las más valientes
de incontables batallas.
 
...Y cuando estaba sola,
nunca en verdad lo he estado.
He remontado el vuelo
con destellos de sol
o con cielo nublado.
Un avión de papel
ya me estaba esperando
anclado a mi ventana
para pasar sus páginas
y dormirme con él
hasta empezar mañana.
 
 
A los libros, que jamás me han dejado sola.
 


viernes, 19 de junio de 2015

El deseo pegado a una moneda

En ocasiones Manuela se extravía; se pierde. En ocasiones Manuela se aleja de sí misma y de todo. Del reloj; del calendario; del presente y del pasado. De todo.
En ocasiones Manuela se evapora como una gota de agua al sol. Desaparece, devorada por un bosque que sólo habitan sombras.
Y, de repente, pasado un tiempo indefinido, la vegetación vuelve hacia atrás; camina sobre sus propios pasos y la libera. Se repliegan las ramas y se desentierran las raíces de los árboles. La realidad tritura las hojas, convirtiéndolas en polvo rojo y dorado; en puesta de sol; en nada. Se vacían los campos de flores negras y vuelven los sentidos.
Un incendio lo arrasa todo, y entre el humo y el crepitar de los troncos, surge Manuela, llena de confusiones y confusos pensamientos. Y, alrededor del cuerpo que vuelve a pertenecerle, que el bosque le ha devuelto; todo permanece. Todo sigue igual. Todo sigue.
El té continua sobre la servilleta que antes Manuela dobló formando un rectángulo esponjoso y absorbente. A veces todavía se mantiene cálido dentro de la taza templada; otras, está frío ya hace mucho tiempo.


Las páginas del libro medio abierto casi siempre han caído exhaustas hacia un lado, cansadas de esperar demasiado tiempo las caricias de aquellos ojos que se han distraído mirando hacia nada. El peso del tiempo se lleva la lectura, y la consciencia, y el presente. Se cae el punto de lectura y el argumento vuela por el aire, llevado por la brisa que levantan las hojas, hasta el lugar donde esperan su turno y su oportunidad aquellas cosas que no pueden recordarse y no son capaces de hacerse recordar.
Tras el cristal de la ventana, que se levanta como un enorme lienzo a ras de los muebles, el día sigue prolongándose hacia la noche y la noche encogiéndose hacia el día, con sus tonalidades mezclándose en un abrazo que se aclara o se oscurece según la hora que sea, y la que se haya olvidado que es.





Y eso es todo. La nada viene a buscarla y, al volver, todo sigue. Todo permanece como la estatua de sal de una vida que intenta mirar atrás. Más temprano o más tarde, no importa. Antes o después, da lo mismo. Nada cambia, excepto el tiempo que ha desaparecido y que hace sus travesuras con el té, o el libro, con sus pensamientos enredados. Nada cambia excepto el tiempo perdido; que perdido está.
A veces ese tiempo es un instante. A veces Manuela se alegra de poder llamarlo "pequeño despiste sin importancia" porque es un nombre que no da miedo; que no significa el olvido de todo lo que fue. Y Manuela sonriendo se golpea la frente con la mano, para hacerlo más creíble ante sus propios ojos, que ya han empezado a desconfiar de ella.
Otras veces, el tiempo son minutos. Minutos que se alargan como las gomas estiradas de una carpeta vieja, o los últimos días que se arrastran antes de la llegada de unas vacaciones. Minutos tras los que Manuela encuentra las gafas. Minutos tras los cuales la cajetilla se aparece mediada, a pesar de que Manuela cree haberse prometido no fumar durante un buen rato. Minutos tras los cuales la boca conserva el sabor del tabaco, y Manuela todavía guarda un hilo de humo entre los dedos de la mano derecha.
Y otras veces, muchas veces; cada vez más veces, el tiempo son horas. Y Manuela se encuentra en pijama cuando el despertador parpadea que ya pasó el mediodía. O se halla con la piel erizada envuelta en una toalla que ha absorbido toda la humedad de su cuerpo destemplado, y el aire, impregnado por las gotitas de agua  del baño nubla el ambiente que la rodea, su mirada, sus recuerdos... Sólo está ella reflejada en el espejo empañado con la interrogación empañando su rostro.
¿Dónde está el tiempo? ¿A dónde se ha ido? ¿Dónde ha escapado? ¿Quién lo roba?.
¿Soy yo?. Eso dice el interrogante en el rostro de Manuela. ¿Me estoy robando el tiempo? ¿La vida?.
Intenta pensar que no es ella; que hay alguien más. Ella jamás ha robado; ella es buena....
Y sí, hay alguien más. Alguien peligroso, importante. Aterrador.
Cuando Manuel vuelve del trabajo se la encuentra así. Igual y distinta; cada vez más borrosa, ella y su historia juntos.  El monstruo que la ataca es insaciable; indomable; voraz. Le gusta comerse las vidas de la gente; sus recuerdos, sus secretos. Y Manuel se traga las lágrimas, voraz también. las absorbe para hidratar su historia, para que jamás se reseque y poder recordarla por los dos.
Manuel y Manuela, unidos por sus nombres. Una sola "M" significaba amor entre ellos, para ellos. Manuel recuerda cuando le dejaba "emes" pintadas por toda la casa. "Te quiero" le decía. "Te quiero".
Ella dormita en el sillón y él se sienta a su lado. Cierra los ojos.
Una vez, hace mucho tiempo, en un viaje que hicieron al poco de casarse, se detuvieron en un pequeño pueblo. En medio de la plaza empedrada se alzaba una fuente. Manuel rebuscó en sus bolsillos y sacó una moneda. Besó una de sus caras. Ahora  mi deseo está pegado a la moneda y jamás va a soltarse, le dijo.
 Deseó toda una vida juntos, y va a cumplirlo. Pegado a ella, sin apartarse, sin soltarse, como el deseo a la cara de una moneda.

lunes, 15 de junio de 2015

Donde late mi corazón

El corazón ya no me late en el pecho...
Me late en la sonrisa,
me late en la mirada,
cuando cerrando los ojos
me voy quedando dormida
recordando nuestro día,
esperando la mañana.
 
Mi corazón late en los castillos en la arena,
en las olas perseguidas que se escapan.
En los sábados, con una peli y una cena.
En el desayuno, un domingo de mañana.
 
Late en los dibujos con esas ceras que se rompen
y que van empapelando las paredes.
Late en dos rostros pequeñitos que se esconden,
sonriendo divertidos e inocentes.
 
El corazón me late y me relate
cuando en vuestra piel me sorprende un arañazo;
cuando me cogéis fuerte la mano.
Me late cuando os canto una canción.
 
 
El corazón me late en las yemas de los dedos,
en las huellas que han dejado de ser mías,
que se han borrado de mi carne poco a poco,
y en su lugar ahora están vuestras caricias.
 
El corazón me late y se marea
en dos colas que giran como locas;
en las patitas quietas, a la espera
de a ver el paseo cuándo toca.
 
Mi corazón late en este mundo
que vamos construyendo día a día,
apretando los dientes contra el miedo
de que se destruya en un segundo;
de que el sueño sea de mentira.
 
Mi corazón hace tiempo saltó el muro,
de costillas que lo anclaban a mi pecho.
Ahora se reparten sus trocitos,
 habitantes de  lugar seguro
en los corazones que  más quiero.
 
 
 
 
 
 


lunes, 8 de junio de 2015

Este momento

Cuando sale de la cafetería está anocheciendo.

Apura el paso para desenredarse de los nudos que forman los cuerpos de las personas que empiezan a amontonarse en la entrada.
Persigue el aire fresco igual que una mosca persigue la claridad de una bombilla; atraída, secuestrada por el sortilegio de su luz.
Los sofocos le acuchillan el pecho y las heridas se van abriendo. Son como bocas; bocas exigentes que tienen hambre y quieren alimentarse de ella.

Está anocheciendo. Anochece, y los ojos de María agradecen el manto que nubla la ciudad. La oscuridad le regala su abrigo; para ocultarse de los demás; para ocultarse de sí misma.
Está anocheciendo. Anochece y la negrura de la noche parece traer consigo la promesa de que nunca más va a salir el sol. Nunca más.
María contiene un suspiro. Nunca más es una esperanza ingenua, lo sabe, y el suspiro se le escapa dejándola como un globo vacío y deforme que ya no puede flotar.
Nunca más es una desilusión. Una promesa que María sabe que no puede cumplirse.

El terreno se vuelve abrupto bajo sus pies. Los adoquines se levantan formando montañas separadas por baches abismales. Es difícil moverse. Es difícil caminar, respirar; mantener los ojos abiertos. Todo es difícil.
La gente va y viene. Apresurada, parsimoniosa. Demente y cuerda. Todo a la vez. Todos a la vez.

El vértigo llega maleducado, como siempre, sin avisar de su visita.
Los bares están atestados de alientos pegajosos y alcohólicos, como el suyo. María imagina las colillas, las pelusillas, las cáscaras de pipas pegadas en las lenguas pastosas y duras como suelas de zapatos que lamen el suelo.
El vértigo.
Está mareada y aturdida y el aire fresco no llega nunca, ni ella nunca llega al aire fresco que escapa de sus pasos, envasado en el vacío del horizonte; de esa línea horizontal, recta y estable, donde se funde todo en uno, uno en todo. Y el horizonte es un imposible.
María no sabe si podrá avanzar más.
Las personas chocan unas con las otras y con ella, rozándola con fuerza, empujándola. Fricciones y respiraciones en la nuca.
Un dolor en el pecho izquierdo. Siente como se endurece el pezón dolorido bajo la blusa.
Apura el paso. Apura más.
Los calambres llegan a las piernas, tan poco acostumbradas a moverse deprisa.
El corazón le late en los oídos. Durante un segundo deja de ver. Durante un segundo vive la fantasía de haberse sumergido en un guardarropa cálido y mullido. Abrigos y bufandas. Chaquetas de lana envolviéndole el cuello y los hombros. Ahogándola. Matándola. Adiós, dulce adiós...
La calidez se vuelve agobio, y las prendas mullidas se le clavan en la carne con mil clavos de faquir. Y el agobio da paso a los sofocos. Y la seguridad, la seguridad es la mayor fantasía. La ropa viste cuerpos. Y los cuerpos tienen ojos. Y los ojos tienen voz. La seguridad es la mayor fantasía...

Apura el ritmo. Más. Más. Más.
Corre.
Cuenta los movimientos mentalmente. Un paso. Otro. Otro. Uno, dos. Uno, dos. Cuenta como si estuviera bailando un vals con miedo a equivocarse. Y entre cuenta y cuenta María olvida mirar hacia los dos lados de la calle.
Uno, dos. Uno, dos. Otro paso, otro más...

De pronto, un frenazo.
El estómago se le encoge como un erizo. Y eleva las púas. Y duele.
El corazón lo vomita por la boca. Contempla como sigue latiendo en el suelo...
El frenazo.
Le tiemblan las piernas.
Casi puede sentir el golpe contra las rodillas, a pesar de que el parachoques ha absuelto a su cuerpo y por escasos milímetros no ha dejado su huella de acero en la carne.
El frenazo.
Y los recuerdos que sí la atropellan; una avalancha de recuerdos en estampida implacable, imparable. Mortal.
Los recuerdos. Los huesos y los tendones partidos como figurillas de arcilla. El alma envuelta en la sangre coagulada de la verdad; de su verdad.

La gente se vuelve para mirar el espectáculo. A ella.
María piensa en cuánto le gustaría a veces atreverse a decir alguna tontería; lo primero que se le ocurra, aunque suene ridículo; aunque suene horrible o salvaje; estúpido.
A veces le gustaría hablar sin sentido; sin miedo a herir. Hablar para acallar las miradas que hablan tan alto, y los silencios que la compadecen.
Levanta la cabeza y mira al frente. Alza levemente la mano ofreciendo al conductor sus disculpas. No alcanza a entender si las acepta o no; tampoco importa.
Varias personas se han quedado congeladas por  la hipnosis del voayeur, y María tiene que desplazarse por medio del pasillo de individuos hipnotizados que se abre ante ella, como una novia camino del altar, e intenta no perder el paso esta vez. Intenta contenerse y no imaginar que se vuelven hacia ella con los brazos extendidos como los ángeles y demonios del cuadro de aquella iglesia maldita donde los vio por última vez. Intenta no perder el paso y no perderse en medio del cielo y el infierno. Lo intenta.
Intenta fundirse en la oscuridad; con la oscuridad. Intenta distraerse pero no hay nada que logre distraerla porque a todas partes donde mira está ella misma. Y al verse, distraída con su propia imagen, le escuecen los ojos; le escuecen las lágrimas retenidas. Se percata de que bajo el velo que son sus iris, sus pupilas, sus pestañas; allí, en las profundidades de sus ojos habitan los ojos de un fantasma. Un fantasma joven que carga con la vejez prematura de sí mismo. Un fantasma que camina de puntillas, rozando apenas la vida con los dedos de sus pies descalzos, en busca de cementerio; de luz; de paz. Buscando quizás una lápida donde grabar sus palabras, con las uñas largas de los pies que apenas rozan el suelo; sus pies descalzos porque las zapatillas aquel día cayeron muy lejos del coche. Con los pies descalzos para escribir sobre el mármol sus epitafios y sus cartas de libertad.
¿Por qué tuvieron que irse aquel día?. ¿Por qué?
Y tanto tiempo sola; tanto sin ellos, sintiendo cada día la amputación del amor. Murieron con los pies descalzos. La zapatilla izquierda de Alberto jamás apareció. Puede que un fantasma ande por ahí sólo con una zapatilla. Puede...
Tropieza con los escalones de la entrada y se araña la palma de la mano con los adoquines.
Desearía no haber puesto la mano. Desearía haber caído y romperse en mil pedazos como un vaso de cristal. Pero sigue entera. Las zapatillas cada una en su pie. María sigue en pie y el coche en el garaje. Todavía hay un babero en el suelo de la parte de atrás. Nunca se ha atrevido a recogerlo. Todavía no. Ya se lo llevará ella, cuando vuelva a darle la papilla de frutas, o el biberón... o un millón de besos.
Respira.
María sólo quiere que pase el momento; uno; este. Este momento.
Esperadme, susurra.

miércoles, 3 de junio de 2015

En una pompa de jabón


Quiero vivir en una pompa de jabón.
Quiero flotar sobre tu cuerpo adormecido.
Quiero vivir en una pompa de jabón,
limpiar de tu piel los días repetidos,
 y dormirnos entre nubes de algodón
con el sol amaneciendo claro y tibio.
 
Quiero vivir en una pompa de jabón
 y sobrevolar el cielo de tus ojos.
Quiero estallar en el beso de tus labios
y derretir la escarcha de tu boca
como un soplo de aire de verano.
 
Quiero vivir en una pompa de jabón
y mecerme en el viento de tu aliento,
escribiendo línea a línea nuestro cuento.
Quiero vivir en una pompa de jabón...
contigo.