viernes, 27 de noviembre de 2015

Porque tanto os quiero

 
 
 
Se abrieron mis entrañas para guardaros dentro.
Fui comida y calor,
y mi voz, vuestro cuento.
 
Se abrieron mis entrañas
para daros aliento,
resguardaros de todo;
proteger vuestro sueño.
 
Se abrió mi cuerpo entero
y dejó de ser mío
para ser todo vuestro.
 
Una cueva secreta
con una llave mágica
que cerraba la puerta.
Una cueva secreta
donde acunaros meses,
y daros de comer;
y teneros calientes.
 
Y pasaron los meses
y pasaron los días,
y al sentir vuestro aliento
tranquila me dormía.
Y pasaron los días
y pasaron los meses.
Os notaba allí dentro,
poco a poco impacientes.
 
Y cuando del calendario
volaron nueve hojas,
crecieron las patadas...
Crecían las patadas...
Creció también el miedo...
Os cogería en brazos,
ya no os tendría dentro...
 
Después de muchas horas,
ya se escapaba el día,
llegó Blanca y radiante
la niña de mi vida.
Con su piel tan morena
recubierta de sangre,
y su marca en el rostro,
y su pelo tan negro.
Sus ojos como abismos
que me veían por dentro...
 
Y tras pasar tres años,
y volar ya las hojas
de otros tres calendarios..
 
Cuando en el reloj ya
casi daban las cinco
de tarde veraniega,
lloró sobre mi pecho
y yo lloré de alivio
como niña pequeña
por el pequeño mío.
El de los ojos de agua
y de cielo, y de estrellas,
que guarda en la mirada
la luna llena entera.
 
 Y el miedo sigue ahí,
y ahí seguirá siempre
porque os quiero tanto, tanto,
que siempre está presente.
Por un posible daño,
un golpe, un arañazo.
Por si os hace llorar
algún niño en el patio.
 
Y el miedo sigue ahí.
Y crecéis sin remedio,
y sin remedio él crece,
y seguirá creciendo,
porque os quiero tanto, tanto...
Porque tanto os quiero...
 
 
Esto es de esos dos pedacitos de mí que ya caminan por el mundo; que forman parte de lo que tengo y de lo que soy; tendré y seré.
 
 

 


martes, 24 de noviembre de 2015

Continuidad

 
Continuidad...
 
 
 
 
No hay barro.
No hay trozo de costilla.
No hay sobras.
Sólo tú y yo.
Sólo nosotros.
 
No hay serpientes enroscadas
en nuestros árboles.
No hay culpas sibilantes enroscadas
en nuestros corazones.
 
No hay manzanas.
No hay mordiscos.
Sólo tú y yo.
Sólo nosotros.
 
No hay nada.
Hay todo.
Hay verdad.
Pies fríos bajo las sábanas.
Pelos en el desagüe de la ducha.
 
Días que se separan y se parten,
crujientes como un trozo de turrón.
Dolores de cabeza que se ríen de nosotros
mirándonos desde una esquina del cuarto.
 
 
Estaciones salvavidas
en la deriva de una historia.
Sólo tú y yo.
Sólo nosotros.
Insomnios y sueños.
Despertares.
 
No hay oraciones.
Sólo una piel que continúa a la otra.
La saliva de un beso curando la herida
de un amor abierto; que grita.
 
Y no quiero más.
Sólo quedarme en tu tacto;
en tu nombre
colgado de mis labios
 
Voy a guardar el amor
en las palmas limpias de mis manos.
Un invernadero de flores y suspiros.
 
Voy a guardar esta continuidad
donde nos continuamos y nos confundimos;
y somos dos,
y somos uno.
 
Voy a guardarla debajo de la lengua
para masticarla,
y que sus pedacitos de sal
bajen por mi garganta
y aniden en mi vientre
como una madriguera líquida,
caliente y oscura.
 
Se me erizan las palabras cuando te pienso.
No hay milagros.
Estamos nosotros.
Continuidad.
 
 
 

jueves, 19 de noviembre de 2015

Hoy hace seis años...

Hace seis años... seis años ya...
Hace seis años, un jueves, exactamente como hoy, yo tenía una cita. Había quedado con la que iba a convertirse en una de las personas más importantes de mi vida. 
En ayunas me presenté en el hospital a las nueve de la mañana; la noche anterior comí mi último antojo: un bocadillo de queso de cabra y miel.
Me despedí de Trufo y Cane y nos fuimos al hospital.
  Y, muchas horas después, a estas horas, aún no se había presentado.
Me dio tiempo hasta a tener hambre entre contracción y contracción. A leer revistas. A pensar en regalos para Reyes... a... a muchas cosas; me dio tiempo, tiempo de sobra a no saber cómo cambiaría todo; a preguntarme si todo iría bien; a desconocer cuánto iba a quererla.
Hace seis años, un día como hoy, a las nueve de la noche, mi doctora me dijo que la cosa no iba bien. Después de casi, casi, 10 horas esperando, mi cita no se decidía a aparecer. Era terca, casi como ahora, y un pelín perezosa.
 A las once ya no se podía esperar más y me llevaron a quirófano.
Recuerdo a todos allí con las mascarillas, y a mí en la camilla mirándolos, sin todavía ser consciente realmente de lo que pasaba.
 Al final tuvieron que dormirme del todo y fui yo la que faltó a la cita.
Cuando me despertaron me sentía confusa y aturdida. Sólo recuerdo que la doctora se acercó a mí para decirme que estaba bien; que la pequeña personita que esperaba había llegado.
Después sólo recuerdo lágrimas. Llore, llore y lloré sin saber muy bien por qué lloraba. Supongo que fue una mezcla de todo; un cóctel explosivo de agotamiento, confusión y mucho miedo.
Pasado un tiempo me subieron a la habitación, ya era mañana, y la conocí.
Estaba nerviosa; muy nerviosa.
Conozco a muchas madres que aseguran sentir un amor pleno e incondicional en el momento en que ven a su bebé.
Yo, sólo recuerdo un aturdimiento mental tremendo. Mis neuronas se pusieron en huelga, o se colapsaron; o qué se yo....
Cuando la enfermera me dijo: "Ponte a darle el pecho ya", y me acercó aquel pequeño ser envuelto en una mantita, yo me quedé paralizada. En ese instante todos los consejos de las clases de preparación al parto se esfumaron, igual que se esfuman los gases y los malos olores en los anuncios. Y es que así estaba yo, metida de plena en un spot de la teletienda; un antes y después:
Antes: una chica con una barriga enooorme.
Después: una mamá con una barriga que mejor no comentamos.
Y es increíble lo rápido que se transita entre ese antes y ese después. Sí, sí, una transformación mágica.
Necesité un tiempo, y no voy a mentir diciendo que sólo fueron unas horas, para aclimatarme; para hacerme consciente; para ese piel con piel que me faltó.
Y es que aquí resultó que no era como en los anuncios; no había garantías, ni reembolsos, ni instrucciones. Resultó que en realidad no era como nadie te podía contar. Cada uno tiene que escribir su propia historia.
El primer día le cerré tan mal el pañal que la pobre dejó esa primera caca verde en todo el pijama; un pijama precioso de leoncitos.
Veía su ombligo y apartaba la vista: Uuuy, qué grima!
Tocarla casi me daba miedo, por si le hacía daño...
Estuve casi una semana en el hospital. La última noche se me cerraban los ojos y ella seguía llorando. En la tele, una de esas que comía monedas sin parar, Grissom, de C.S.I Las Vegas, estaba a punto de resolver la muerte de una aspirante a actriz encontrada en su apartamento...
De repente, paró de llorar, y yo abrí los ojos; los abrí del todo; sin sueño, sin nada. Me asusté. ¿Por qué se ha callado?.
Me acerqué a la cunita. Dormía tranquila; plácida.
Le toqué la manita, la cara. La piel era tan suave... tanto... Y en ese momento empecé a ser mamá; mientras ponían los créditos de C.S.I. y Grissom y la rubia- medio pelirroja, se reían en el laboratorio.
Ni siquiera miré la pantalla cuando se quedó negra hambrienta de monedas.
Era tan bonita, y era mía. Mi bebé. Morena, tan morena; con esos ojos insondables que parecía, que parece, que se cuelan en mi interior; que saben lo que pienso. Tan bonita, con su marquita en la cara, por la que todo el mundo le pregunta aún hoy en día, porque ignoran la historia de los besos escondidos (esa que Peter y Wendy sí que conocen) que las mamás sabemos localizar tan bien. Tan especial...
Ahora seis años después, el amor ha crecido y crece cada día; no hay fin. No hay límites. Ahora, mi niña sirena de los veranos infinitos; mi pequeña que todavía se guarda en mi colo; que un día dijo que Trufo tenía la nariz de chocolate; que quiere ser una princesa- científica- antropóloga- pintora... y un largo etcétera. Ahora...


¡FELIZ CUMPLEAÑOS!
 
 
Porque tanto os quiero.... (Fragmentos)
 
 
...
Después de muchas horas,
ya se escapaba el día,
llegó Blanca y radiante
la niña de mi vida.
Con su piel tan morena
recubierta de sangre,
y su marca en el rostro,
y su pelo tan negro.
Sus ojos, como abismos,
que me veían por dentro.
 
 
 
La niña sirena (Fragmento)
...
Sirena en mi vientre
ya lo fue mi niña.
Hacía piruetas
y allí se dormía.
 
Ya era mi niña
sirena en mi vientre;
mi pequeña vida
que en mí estará siempre.
 
Y se abrió mi cuerpo
desbordado de ella.
Y se paró el tiempo
y nació una estrella,
de resplandor blanco
y de nombre Blanca;
mi niña sirena.
La niña encantada.


miércoles, 18 de noviembre de 2015

Poeta de ciudad

 
 
Poeta de la ciudad de mis deseos,
ciudad asfaltada con mis sueños.
Sueños alquitranados.
 
Te espero en la esquina de mis labios
mientras pongo precio a mi sonrisa,
mientras siguen comprando mis abrazos.
 
Te espero entre los gigantes de cemento,
en la calle desierta de mi alma,
jugando a prostituir mis sentimientos.
 
Te espero enredada entre caricias de mentira;
entre suspiros de pasión fingida y falsa.
 
Quiero que reescribas los versos de mi vida,
que cantes a la felicidad que tanto anhelo.
 
Te espero.


lunes, 9 de noviembre de 2015

La sombra y la niña robada

La sombra era mala; ansiosa. Perversa.
La sombra era un monstruo; el peor.
La sombra era el hombre del saco; sin condiciones; sin amenazas. Sólo hechos. Actos oscuros y sin remordimientos.
La sombra era el hombre que se come a los niños y deja sus huesos sin atisbo de carne. Una bestia con hambre perpetua.
 
La sombra era poderosa. Su poder mayor era el de la mentira. Se vestía con el traje del cariño para engañar a la mirada de cristal que abría los ojos de felicidad cuando lo veía.
Pero la sombra no aguantaba demasiado tiempo en reposo; en espera.
Intranquila; con el tiempo sus visiones empezaban a pasearse, sinuosas, dentro de su cabeza; de un lado a otro, como fieras enjauladas. Con el tiempo, el deseo empezaba a carcomerle las entrañas.
La sombra coleccionaba inocencias clavadas con alfileres, como mariposas muertas en un expositor de pared.
Ansiaba absorber las infancias. Renovarse como un vampiro con sangre fresca.
Se imaginaba limpiando con su lengua los dientes tan nuevos que todavía guardaban el gusto a papillas y biberones.
Se imaginaba explorando olores dulces; cabellos finos y suaves, tocados por un lacito o unas horquillas de colores.
 
 
La sombra era un depredador; el peor. El más peligroso.
 
 
Primero estudiaba a su víctima. la conocía bien; sus gustos, sus debilidades; sus flaquezas. La hacía sentir bien; diferente. Especial.
Luego... Atacaba.
 
Aquel verano ella fue su víctima. Con sus cinco años recién estrenados. Con sus coletas y sus zapatillas de lona de colores.
Era tímida; introvertida. La presa perfecta.
Vivía en un pequeño mundo garabateado con sus lápices de colores, con sus cuentos favoritos formando el horizonte. Y allí, en su mundo, él le tendió la mano, y ella le permitió entrar. Confió.
La sombra le contó cuentos, le pidió dibujos; le hizo sonreír...
Y, al final del verano, la devoró. Se la llevó sin dejar ni rastro.
 
Yo conocí a aquella niña. Pude ver su transformación. Pude verla primero jugosa, viva. Luego, vacía; seca.
Dejó las pinturas de colores, sólo quedó el gris en sus dibujos. Un grafito que le secaba los ojos, la aislaba y la endurecía. Dejó de dar besos y abrazos. Dejó de tocar.
Guardó las palabras y los recuerdos; y el odio. El odio también lo guardó. Todo dentro. Un lastre en el corazón; en la mirada.
 
A la niña se la robó la sombra, y sólo dejó una cáscara, que aprendió a ensayar ante el espejo lo que tenía que hacer, que decir, que ser, para que nadie supiera... Nadie podía saber... ¿Quién iba a creer?
 
La sombra acabó de veranear y de saciarse y marchó lejos, a su casa.
 
La sombra supuraba maldad por las puntas de los dedos y, en aquella piel nueva, quedaron marcadas sus huellas purulentas para siempre. La niña robada pasó muchas noches en vela recordando aquellos dedos amarillos.
 
La sombra murió hace mucho tiempo; mucho. La niña se preguntó siempre quienes fueron las otras niñas que la sombra robó; porque su intuición infantil le decía que había otras. Cuántas como ella. Jamás lo supo.
La sombra murió hace mucho tiempo; mucho. Eso no fue suficiente. Ojalá lo fuera... Pero las sombras siempre acaban proyectadas en alguna pared; al doblar una esquina; en una puerta que se cierra; en una pesadilla; en una noticia del periódico...
 
Ahora la niña robada ha crecido y está intentando encontrarse. Encontrar a la niña que fue; a la que tenía que haber sido.
Ahora, por la noche, cuando sus pensamientos revueltos y enfurecidos le hacen abrir los ojos, la niña robada clava los dientes en los labios y aprieta fuerte; muy fuerte, al descubrir, a la luz de las farolas que traspasa la persiana, aquellas huellas amarillas en la piel, como un tatuaje de su pasado.
Entonces, cierra muy fuerte los ojos e imagina. Se imagina contando en el escondite; acunando a su muñeca; jugando a pillar en el recreo... Se imagina matando a la sombra...
Y sonríe.
La niña robada está volviendo a casa.


viernes, 6 de noviembre de 2015

Infinito

 
 
Estoy viviendo el infinito
cuando tu dedo dibuja caricias en mi espalda,
cuando entre sueños camino de tu mano.
 
Estoy viviendo el infinito
cuando entrelazo mis pasos con tus pasos,
caminando entre las hojas secas de mi otoño,
escuchando el crujir de mi pasado.
 
Estoy viviendo el infinito
cuando me baño en las estrellas de tus ojos
y me sumerjo en la luna de tu abrazo.
 
Estoy viviendo el infinito
cuando cojo tu cara entre mis manos,
cuando vuelo en el cielo de tu beso,
cuando aspiro tu aroma de verano.
 
Y viviré así. Infinitamente.
Yo en tu corazón.
Y tú en el mío.
 
Y viviré así. Y viviremos...
Dejando atrás tantos pasos en las calles...
Momentos malos, otros buenos...
Y viviré así. Y viviremos...
Juntos.