martes, 31 de marzo de 2015

Un soplido. Un deseo.

Estos días  parece que realmente se acerca la primavera y  he podido rescatar la costumbre de llevar a los niños al parque por las tardes. Un poco de sol, aire libre y que disfruten. Mientras les doy la merienda (es el único momento en que puedo estar sentada), me encanta mirar a mi alrededor. Observar. Me distraigo con las flores nuevas que pueblan los árboles, con las palomas que vienen a mendigar las migas de los bocadillos y, con las personas que están a nuestro alrededor. No puedo evitarlo y enseguida me imagino quiénes serán, cómo serán. A veces, tengo suerte y mis ojos se fijan en alguien especial; alguien que guarda una historia para mí. Esto me ocurrió el otro día.
Era una mujer mayor, muy mayor, sentada en un banco en una zona entre sol y sombra. Parecía que sonreía pero sus ojos estaban ausentes. Parecía recordar. Ella tenía esta historia; un cuento de amor...

Aquel día se levantó temprano para salir a caminar. Hacía mucho tiempo que no salía a caminar; demasiado. Hace ya mucho tiempo que salir a caminar empezó a darle pereza; miedo.
Ahora todo es distinto a su alrededor; todo. Ahora sólo encuentra gigantes de cemento y acero; el hormigón lo empapela todo, incluso el horizonte. Ahora, a su alrededor, sólo hay gente que pasa sin fijarse en ella; que no la saluda cuando sus hombros se rozan. Ahora, a su alrededor sólo hay ruido; ruidos que la aturden, que la marean y la ausentan todavía más de sí misma.
Hasta el sol le parece distinto. No calienta igual, con la misma fuerza. Quizás sea su corazón el que no siente el mismo calor...
Intenta recordar cuánto tiempo hace ya de sus paseos, pero no puede. Es raro que por las noches simplemente pueda recordar dónde ha dejado las zapatillas, o si ha cerrado el grifo del lavabo.
El presente se difumina a su alrededor, como el humo coloreado de las actuaciones de los magos. El pasado, en cambio, la acompaña siempre; jamás la deja, y Antonio tampoco, porque Antonio no es pasado. Antonio es su siempre.
Siente las huellas del tiempo que pasaron juntos en los surcos que cincelan su piel. El susurro de su voz resuena en sus oídos con la misma dulzura. Quema todavía el calor de su aliento. Y, más que nada, que ninguna otra cosa siente aún las lágrimas del último día. Las últimas antes de que se lo tragara la tierra.
Ahora, todavía ahora, ve su sombra junto a la de ella, reflejada en el mosaico grisáceo de la acera.
Quiere tocarlo. Devolverlo a ella. Coserle la sombra como una Wendy de cuento. Hacerlo real a través de sus manos, de sus labios. Quiere empezar a amarlo otra vez. Estrenar el amor que se tuvieron y se tienen.
Nunca se cansó de amar a Antonio. Jamás. Nunca se cansará. Lo sabe, igual que en sus momentos lúcidos mastica el dolor de su pérdida.
Le quedan los sueños; los sueños y las cartas. Su bálsamo; la medicina que la cura de la realidad de que a Antonio, un día, se lo tragó la tierra.
Por suerte no le faltan momentos de paz. Momentos en los que su cerebro hace caso a su corazón y, durante un tiempo, deja de distinguir sueño y realidad.  Puede vivir así minutos, horas, días incluso, amparada en su propia historia.
Y así, cada vez que le acecha la tentación de terminar antes de tiempo con su destino; cada vez que la espera se hace inesperable, sus dedos blancos y retorcidos se cuelan en el bolsillo y acarician el papel áspero, la cuerda deshilachada; la tinta negra, tan negra como su vacío, y sonríe. Sonríe porque tiene la certeza de que Antonio está ahí con ella, para ella. Falta poco.

En la mano derecha lleva una bolsita con un poco de pan que ha desmigado para las palomas; de la izquierda cuelga el viejo sombrero azul.
Apura el paso. Sólo le falta cruzar el semáforo para llegar al parque.
Desde hace un tiempo no se aclara bien con las luces. Tiene que detenerse a pensar: Rojo, no se cruza. ¡Verde!. No quiere olvidarse; no debe. Alguna vez se ha confundido y le gritaron; le pitaron, y ella quedó aturdida y asustada en medio de la carretera.
¡Verde!. Llega lo más rápido que puede al otro lado de la calle. Empieza a sudar pero no le importa, aún así quiere apresurarse. Llegar.
Enseguida distingue los pequeños árboles y el anticipo de su sombra, las flores y el ruido fresco de la fuente. Busca el banco de siempre y pronto está rodeada de palomas. Su vecino del banco de enfrente levanta discretamente la vista de vez en cuando mientras acaricia al perrillo que lo acompaña.. Ella también. La curiosidad es mutua. Se reconocen como semejantes. Dos seres que esperan.
A lo lejos se oye el llanto de un bebé... Recuerda cuando era un bebé su hijo. Recuerda el olor de la curva de su cuello... Qué lejos todo aquello, y qué cerca...
Le duelen los pies. La carne sobresale, hinchada y gorda, de los zapatos, pero no le importa. Falta poco.
Se levanta y gira hacia la izquierda. Camina lentamente esperando encontrarse con el césped que rodea el estanque. Ahí, en primavera, es donde florecen más margaritas.
Siempre le han encantado las margaritas; siempre la han acompañado; en el nacimiento de su bebé; en su ramo de novia; en la despedida... A las margaritas también se las tragó la tierra.
Los gorriones juegan al escondite entre las ramitas del seto. Los estorninos picotean la hierba.
Ella disfruta del momento, el trinar de los pájaros; el sol en la nuca.
No hay margaritas salpicando el césped a las que preguntarles, a las que deshojar, pero al dar un paso lo nota. Es el tallo de un diente de león que le roza la pierna. Ahí está. Un soplido. Un deseo....


Mira hacia ambos lados. No ve a nadie y cruza la hierba para llegar al árbol. Está enfermo; viejo.
La corteza se desprende del tronco en pequeños pedazos que caen a su alrededor como confeti gastado. Las hojas amarillean. El árbol también está cansado, como ella, pero su corazón todavía late.
Los dedos repasan el tronco. Ahí está. La estrella. Su estrella.
Las lágrimas le nublan la visión.
La estrella.
Cierra los ojos. Miles de mariposas revolotean en su vientre.
Un soplido. Un deseo.
El tronco del árbol resplandece, lo ilumina todo. La luz nace de entre las grietas, del corazón. Es la estrella. Su estrella. Ese es su camino.
De pronto, ve las hojas verdes otra vez, el tronco fuerte, nuevo. De pronto, las margaritas rodean sus zapatos.
Se deja ir apoyada en el árbol, y cierra los ojos.
Un soplido. Un deseo.
El diente de león se le escapa, desnudo, de la mano,.
Ahí está; entre los puntitos verdes, azules y púrpuras que aparecen al cerrar los ojos muy fuerte. Ahí está. Antonio.
Se cogen de la mano.
Ya está...
El aire ya se ha llevado el diente de león.

Este año las margaritas florecen antes; lo comentan los jardineros mientras talan el viejo árbol.

Después de un rato columpiando a los niños, persiguiéndolos, desesperándome, consigo organizarlo todo y nos vamos. El banco ya está vacío. Sólo queda el catálogo de un hipermercado; en el suelo, unas cuantas migas que las palomas todavía no se han comido y, esta historia.

viernes, 27 de marzo de 2015

Pequeña larga historia de cómo los perros llegaron a mi vida para mejorarla y cambiarla para siempre... (Parte IV)

Esta semana Trufo y Caela han ido a la peluquería, porque estaban muy, muy peludos, incluso para ser ellos, unos peludos. Cuando los fui a buscar la peluquera me dijo que eran buenísimos, que fue muy fácil, excepto por el miedo al agua de Trufo. Trufo y sus miedos... todavía...
Y que guapísimos están, y qué gusto da acariciar el pelo tan cortito y suave... ¡Y qué imprescindibles son...! cada día, todos los días...
Trufo y Caela llegaron a mi vida, a nuestras vidas, (muchos que me estéis leyendo ya conocéis sus historias) hace casi nueve años, y eso es bastante tiempo para un perro, aunque a mi me parece, como siempre pasa, que fue ayer; y es que es verdad ese tópico tan típico. Ya veis, esta historia tan, tan larga, a mi se me hace corta.
El tiempo pasa como un suspiro, como una ráfaga de viento cálido que un buen día se vuelve más frío y te despierta, y así más despierta te vuelves más consciente de tu alrededor. Y así, más despierta, soy más consciente de los pelitos negros que ya han blanqueado sobre la mirada de Trufo, o el mechón, que en medio de la cabecita de Caela, se ha vuelto más claro con cada año que ha ido pasando.
Pero hay cosas que no cambian...
Ayer salieron de la peluquería igual que siempre; Caela echándole morro a la vida y pidiendo mimos a quien se cruzara con ella, exigente como sólo una princesa suburbana puede ser; Trufo, huyendo despavorido de aquel lugar donde todavía podía escucharse el sonido de agua desde la puerta.
No pude evitar sonreír. Sonreír y sonreírles, porque sabía cómo iban a reaccionar; por lo bien que los conozco; por lo orgullosa que caminé con ellos hasta el portal, por lo buenos que son; por lo preciosos; por lo importantes que son...
A decir verdad, la honestidad que intento practicar (y digo intento), me obliga a reconocer que esa imagen idílica es posible que sólo la viera yo. Los demás puede que sólo vieran una escena rápida en la que dos pequeñas fieras sin pelo intentaban saltar y oler todo, y de paso, tirar a su dueña. Pero, claro, cómo no voy a verlo yo así. ¿No dicen que el amor es como una droga?. Pues yo en ese momento estaba así, como drogada, por su olor, por la risa que se les dibuja en la cara, en los ojos; porque Caela se sentaba a cada paso en la acera pidiendo una galleta... por tantas cosas... Era algo así como lo que crees que está pasando y lo que está pasando en realidad... Claro está, que yo creo firmemente en que la realidad es relativa...

Trufo y Caela llegaron a mi vida, a nuestra vida, hace casi nueve años, y aunque son ya unos abuelitos que peinan, o despeinan, canas, para mí son y serán siempre mis pequeños. ¿No dicen que para una mamá sus hijos son siempre niños?, pues eso... Ellos lo serán siempre. Mis pequeños hasta el final. Un amor para siempre....
Tenerlos fue una de esas decisiones que cambian la vida y lo cambian todo. ¿Quién sería yo sin la existencia de Luna, Trufo, Caela...? Alguien diferente; más pequeño; peor. Estoy segura.
 
Cuando Blanca era más pequeña le gustaba sacar las piezas de construcción y jugar en el suelo durante horas. Cuando ya estaba cansada siempre me decía "A casa mamá". Y yo formaba un triangulo con mis piernas para que ella se sentara en medio y allí, en el "abrazo" de mis piernas se quedaba tranquila y pensativa. Ahora es ella la que se sienta en el suelo y abre las piernas para que Trufo pase. Allí él encuentra su sitio. Blanca siempre me mira y me dice, Es un mimoso, verdad, mamá, y yo a veces casi no puede responder, porque me falla la voz, y sólo me quedo mirando a esa pequeña, pequeñita "mamá" de un peludo, que en edad humana podría ser su abuelo. Y ella pregunta, ¿Trufo y Caela son bebés, verdad?. Son pequeños.
Bueno, cariño, ya no son tan pequeños...
Pero no se van a morir, a qué no, mamá...
Y ahí, silencio...
Al final le digo, No son bebés, pero son como bebés. Frescos, verdaderos, inocentes. Y las dos nos quedamos calladas mientras los acariciamos.
Trufo y Caela llegaron a mi vida, a nuestra vida, hace ya casi nueve años. Les dimos una identidad (y ellos a nosotros). Fueron los que llegaron para hacernos sonreír, para desquiciarnos y preocuparnos, a veces, para mejorarnos. Les dimos un  nombre...
Pero, ¡Cuántos, cuantísimos siguen por ahí sin un nombre cálido que les abrigue el corazón!, un nombre pronunciado con cariño; uno pronunciado, a veces sin palabras.
Yo nací y crecí en una ciudad, una cualquiera. Allí el ladrillo y el hormigón; los escaparates de las tiendas y los restaurantes; los cines... ocultan mejor las realidades.
A los 26 años nos mudamos a un pequeño pueblo a las afueras de otra ciudad. Allí no había tantos escaparates, ni restaurantes, ni cines, y hubo cosas que vi más claras, sin maquillajes ni decorados.
Sólo quince días después de mudarnos ya había perdido la cuenta de cuántos perros hambrientos y solos vagaban por las calles. Un día de mediados de junio vi como desde la ventana de un edificio le lanzaban piedras a uno que huyó despavorido.
Recuerdo aquellos días con mucha tristeza, porque me acuerdo de todo y de todos, especialmente  de la siguiente primavera.
Un mañana un perrito apareció durmiendo en la alfombra del portal, y ahí siguió durante días. Una niña del edificio le dio de comer, y yo lo hacía a distancia de la puerta porque muchos vecinos empezaron a quejarse.
Era grande, y era muy, muy pequeño. Un cachorrón bruto y juguetón. Sus ojos buscaban los ojos de las personas y su piel, las caricias. Cuando empezó a hacer mucho calor le bajaba agua. Todos los mediodías sacaba a Trufo y le llevábamos un cuenco de comida.
Pensar en él me hacia llorar todos los días. Aún hoy su imagen es un agujero negro en mi pecho.
No podíamos quedárnoslo, o eso nos decíamos. Intentamos que nos ayudara el Ayuntamiento, que me dijeran a quién llamar, a dónde llevarlo... ¡Qué pequeña era yo entonces, y qué pequeña me siento ahora al recordarlo!. Quizás hoy lo hubiéramos recogido a pesar de las dificultades, no lo sé; siempre me quedará esa duda, ese clavo culpable haciéndome sangre. Un buen día; no, un mal día; uno malo, muy malo, ya no volvió.... Para él fue esto:
"No puedo dejarte ir
sin que lluevan mis lágrimas
sobre tu vida rota,
sobre tu pata herida.
No puedo dejarte ir
sin mirarte a los ojos
pidiéndote perdón
por la culpa de todos.
Sin que bebas el agua
que inunda la llanura
del adiós que te deben
y mastiques mi amor
para que tu alma llene
con la luz de la luna.
Sé que estarás mejor,
caliente y protegido
a salvo del terror
que te asusta dormido.
Sé que me encontraré
con tu cuerpo vacío.
Una tibia mañana
de clara primavera
se marchará tu alma
escapando del frío.
Sé que serás feliz
y correrás ligero
por las oscuras nubes
que flotan en el cielo.
Mas nunca olvidaré
estos días de marzo
en que te conocí.
Jamás olvidaré
tus segundos felices
rodeados de mil horas
solitarias y tristes.
Jamás olvidaré
el brillo en tu mirada
cuando me descubrías
desde tu manta ajada.
Jamás olvidaré
y todo me lo quedo
pues sé que a tu recuerdo,
no dejaré partir."
 
Él marchó..Pero vinieron otros, muchos otros...
En aquel Ayuntamiento se rieron de mi muchas veces. Escribí cartas al periódico; envié mails a la televisión autonómica... Pero la lucha tenemos que hacerla con nuestras propias manos; con nuestras propias vidas. Y por eso estaba preparada cuando un buen día; aquel sí que fue un buen día; llegó a la que por aquel entonces llamamos Canela y ese día decidimos cambiar las cosas de forma insignificante para el mundo, pero de una forma permanente para nosotros.
Hoy, muy contenta, veo como mis padres han decidido cambiar sus vidas, haciendo un huequecito en su corazón, aunque la cicatriz con el nombre de Luna aún está fresca; aún duele y siempre va a doler.
Ese huequecito es para Son.
Otro abandonado a su suerte, a su mala suerte. Hambriento, y sucio, y esquelético, porque sus dueños decidieron que ya no lo querían. Por suerte, unas hadas madrinas lo trajeron hasta nuestra familia.
Lo primero que me sorprendió cuando lo vi fue lo delgado que estaba. Las caricias servían para contarle las costillas.
Es joven. Juguetón. Son. Sonríe. Tiene un hambre eterna. Le encantan los mimos y tiene miedo a los juguetes de los niños. Son. Sonríe.
Si te descuidas roba la comida que hay sobre la mesa, o sobre la cocina, o sobre dónde sea... Roba los zapatos del armario; la ropa sucia del cesto... Roba el corazón. Son. Sonríe. Ahora, sonríe.
Le rechiflan las caricias y los mimos, ¿A quién no?, ¿Somos tan diferentes, si todos al final queremos que nos quieran?.
Blanca dice que Son se parece a Caela; que los dos están loquitos, y es verdad. Tienen en la mirada esa libertad solitaria de ese "Golfo", gris y somnoliento que se despereza tras una noche viajando de polizón en un tren.
Damas o Vagabundos; Lunas, Trufos, Caelas, Son... Gratitud, amor, inocencia; para siempre...
Ojalá más personas abrieran su corazón. A veces es cuestión de hacer limpieza y hacer sitio para el amor. Como una limpieza de primavera que prepara los armarios para acoger la ropa de verano.
Cambiar las cosas es cambiar nuestras vidas. Resetearnos con unos lametones y un pelo suave rozándonos la piel.
Como dice Forrest, mi viejo amigo, "Yo no sé mucho de casi nada", pero sé que tengo suerte; mucha. Ya dejé hace tiempo aquella parada de autobús. Lo he cogido. Y, en el viaje, me han enseñado lo que es querer sin condiciones, sin falsedades. Mi voz se ha transformado en un instrumento para fabricar alegría cuando digo sus nombres, o cuando me acuerdo de cómo lo decía... Luna.
No puedo imaginarme la vida sin ellos, sin su magia. Y sé que estarán conmigo siempre. Para siempre jamás, como en los cuentos; pero no un cuento de los del final feliz; mejor uno sin final. Uno en el que los finales no existen; ni los "adiós", sólo los "hasta pronto".
Ojalá el cuento fuera todavía más bonito. Ojalá los humanos nos volviéramos un poco más animales. Ojalá...
Sé que es un deseos muy difícil de cumplir, pero yo no quiero crecer en esto, no quiero dejar morir a mi hada. Hay que creer. La magia está en ellos. Así que, ya sabéis...
Cerrad los ojos y aplaudid tres veces mientras decís: "Creo en las hadas. Creo en las hadas. Creo en las hadas".
Yo creo.
No dejemos pasar lo mágico que está a nuestro alrededor. Intentemos ser capaces de verlo.
Yo quiero intentarlo.

Pueblo de perros muertos...
Tus calles ladran, tus calles gimen,
tus calles lloran.
Mas todos callan. Mas nadie escucha.
¡Olvídate!. No hay batalla.
No hay lucha.
¡No grites!. Llora y vete.
Lágrimas, horas días,
limpian la calle de muerte.

Pequeños condenados,
escuálidos y hambrientos
que andando a cuatro patas
os cruzáis con los coches,
perdéis vuestros alientos.
Suspiran por vosotros
caminos asfaltados.

Mi corazón, os lo entrego.
Casa y cementerio.
Un hogar para todos,
los vivos y los muertos.

Os pondré nombres
oscuros y callados
que no conozca el hombre,
para que no os encuentre,
para que no os masacre
su sucia indiferencia
del color de la sangre.

En mi vais a morar
aunque me duela el pecho,
aún en mi último lecho
sin poder respirar.
Os quedaréis conmigo.
Siempre estaremos juntos
como el mejor amigo
que debisteis de ser.

Aunque el mundo no entienda
que yo no entiendo a un mundo
que no intenta entenderse.
Aunque el mundo no entienda
que así está para siempre
destinado a perderse.

Fantasmas invisibles.
Ángeles en la tierra.
En mi tendréis reposo.
Nunca más nómadas,
nunca más vagabundos
en invierno lluvioso.

No olvido. No olvidaré.
En mi pequeño pueblo
de tumbas en la acera.
Traeré para vosotros
la primavera entera.
Siempre os recordaré.
FIN, de esta pequeña larga historia.
 


lunes, 23 de marzo de 2015

La nostalgia del eclipse

El viernes, ya sabéis, hubo un eclipse. Desde hace días lo anunciaban en todas partes detalladamente... que empezaría sobre las 9:00 y que aquí, en Galicia, podría verse en todo su esplendor.
El vienes me levanté pensando en él pero luego, la verdad... se despiertan  los niños, desayunos... , la verdad, se me fue olvidando... Pero sobre las 10:00, las gaviotas que anidan en lo alto del edificio empezaron a estar inquietas. Chillaban más que de costumbre volando alrededor de los tejados y, tras las paredes, fuera, la naturaleza parecía poseída por una extraña quietud.
El ambiente comenzó a volverse penumbroso, pero era una penumbra distinta a la del amanecer o a la del anochecer. Una penumbra coloreada de un gris frágil, tembloroso; un color de los que sólo pueden hallarse en la paleta de colores de la naturaleza.
 
El tiempo me parecía detenido, sólo perceptible a través de las ventanas de mis ojos. Un momento de calma. Un momento inmóvil. Instantáneo. Como si no pasara nada, pero ahogándome en la sensación de que estaban pasando muchas cosas...
 La tierra, el sol y la luna alineándose. La magia del universo trabajando y nosotros, pequeños espectadores sentados en las butacas de la última fila de esta carpa celeste.
 
 
Cuando ocurren estas cosas, siento que soy más consciente de que ahí fuera, más allá de lo que sube un avión; más allá de las nubes y del arcos iris, y de los puntitos de luz que contamos desde nuestra ventana una noche despejada; existe algo más.
Parece que nos damos (me doy) cuenta, de lo insignificantes que somos. Sólo motitas de polvo en medio del universo. Sólo afortunados inquilinos de estas parcelas en un régimen de multipropiedad que jamás respetamos.
Parece, y sólo parece, cuando la luz empieza a escapar y el reloj y la cabeza, e incluso el corazón me dicen que es de día; que puedo apreciar con mayor intensidad que la naturaleza, el universo, ese todo cómo queramos llamarlo, tiene sus propios engranajes que se mueven con sus propios tiempos y con su propio lenguaje, todo ajeno a nosotros.
 
Según los antiguos egipcios esta oscuridad diurna ocurría porque un cerdo mitológico decidía tragarse la luna. En la cultura maya era un jaguar; en la china un dragón; y, para algunas tribus australianas, el causante es un beso entre el sol y la luna.
Yo no lo sé. Yo, lo único que sé, es que había algo diferente a mi alrededor.
 
Yo, lo único que sé, es que el tiempo parecía detenido...
Mis manos se quedaron suspendidas en el aire. Era hermoso. Casi quería aplaudir, conmovida por el espectáculo, pero no conseguí unir mis manos para concluir la palmada. Mi boca permanecía abierta; los labios separados en una mueca indefinida, y la lengua, a la intemperie, reseca y blanca.
 
Todo es demasiado grande. Inmenso. Absoluto. Lo relativo somos nosotros, las pequeñas figuritas en esta gran maqueta.
¿Qué misterio hay a mi alrededor, al nuestro?. Todo esto, toda esta maravilla que tan poco respetamos, que no respetamos nada...
¿Cómo hemos tenido la inmensa suerte de existir aquí, ahora, para poder disfrutarla; admirarla; aprenderla?. ¿Cómo es que nos dedicamos a resquebrajarla hasta hacerla añicos; a ignorarla, a humillarla...?.
¿Qué nos pasa? ¿Qué me pasa?.
Sé que más tarde iré a comprar el pan; quizás unas gominolas y gusanitos para los niños porque por la tarde vamos a ver Mary Poppins. Sé que en un ratito volveré a ser la de siempre; con el bolso que vi el otro día en Zara rondándome la cabeza; con la promesa de volver a hacer deporte guardada en las comisuras de los labios, que se curvan formando una sonrisa incrédula cuando lo recuerdo. Sé que luego el sueño, como siempre, tentará a mis párpados con cerrarse después de comer. Sé que luego todo seguirá igual. Seguirá... Pero quiero aprovechar el momento. Ese instante místico y propio respirando esto; esta magia. Esta grandeza...
¿Cómo asumir ahora los titulares de las prensa, de las noticias...; las guerras; los informes sobre el cambio climático; el hambre; el maltrato; la falta de medicinas o de agua potable...?
¿Cómo asumir que todavía es marzo y en sólo tres días ha habido dos incendios enormes por aquí cerca; que pasada la temporada de caza en las protectoras de por aquí (y de por allá, y de por todas partes) no queda sitio para un sólo peludo más...?
Sé que luego todo seguirá igual. Seguirá...
¿Qué nos pasa? ¿Qué me pasa?
 
De repente me vienen a la cabeza dos cosas: mi abuela, y un fragmento del Diario de Anna Frank.
 
A Blanca, mi abuela, la pienso porque me la imagino allí arriba; no en el cielo bíblico, ni en cualquier Paraíso alguna vez imaginado, sino convertida en energía, flotando por el espacio, rozando la luna; camuflada entre la vorágine de partículas que forman los anillos de Saturno.
 
El fragmento del Diario de Anna Frank es este:
"Yo no creo la guerra sea sólo cosa de grandes hombres, gobernantes y capitalistas. ¡Nada de eso!. Al hombre pequeño también le gusta; si no, los pueblos ya se habrían levantado contra ella. Es que hay en el hombre un afán de destruir, un afán de matar, de asesinar y ser una fiera, mientras toda la Humanidad, sin excepción, no haya sufrido una metamorfosis, la guerra seguirá haciendo estragos, y todo lo que se ha construido, cultivado y desarrollado hasta ahora quedará truncado y destruido, para luego volver a empezar".
 
El eclipse fue pasando y la luz volvió a la normalidad. Las gaviotas marcharon volando en busca de comida, y yo fui a comprar el pan... ...
 
Nos queda soñar:
Muchas veces me paro a pensar. A la vuelta de la esquina mis pasos se detienen pero mi mente vuela. Mi imaginación es una nave sin piloto; una nave que porta todos mis deseos y sueños. Y esa nave aterriza en un mundo desconocido para mí; un mundo diferente, donde la paz no es sólo teoría sino también práctica, donde la palabra guerra no está en los diccionarios; donde nunca se ha oído hablar de discriminaciones de ningún tipo; donde unos no tienen demasiado y otros nada. Sí, está bien, ya paro, pues sé que es imposible algo así, mientras los hombres se dejen manejar por sentimientos de odio, codicia o ambición; mientras los hombres  prefieran transportar armas a transportar comida para niños muertos de hambre; mientras la superficialidad y los billetes rijan nuestra sociedad; mientras la gente etiquete a la gente como si fueran latas en función del dinero que poseen o de su aspecto físico, y mientras no pensemos que el mundo es de todos, que hay que compartirlo, cuidarlo y conservarlo, seguirá habiendo guerras, destrucción, hambre y muerte; un panorama tan negro para el futuro como el que ahora vivimos.
A medida que dejo que mi imaginación recorra ese país nuevo y maravilloso, preguntas taladran incansablemente mi cerebros. Sí, preguntas, preguntas sin respuesta, sobre el presente, el futuro, y tantas otras cosas.
Y entre ellas un consuelo: Nos queda soñar.
 
Este texto lo escribí a los quince años, tras terminar de leer el Diario de Anna Frank.
 
 
Todo vuelve a la normalidad y esa percepción, esos momentos y esos pensamientos dejan sitio para mi día a día, y para Mary Poppins en la pantalla.
Tengo una sensación rara en el estómago. Ya la conozco. Es nostalgia.
Puede que, nostalgia del eclipse...
 
"Viento del Este y niebla gris, anuncian que viene lo que ha de venir. No me imagino lo qué irá a suceder, mas lo que ahora pase, ya pasó otra vez". (Bert, en Mary Poppins).
 
 
 

jueves, 19 de marzo de 2015

Como diría Darth Vader... "Yo soy tu padre"...

En esta entrada no voy a hablar de un padre secreto que cae al lado oscuro de la fuerza; no.
En esta entrada no voy a hablar de un embrollo de comedia francesa donde unos bebés son cambiados al nacer; no.
Siendo sincera, en esta entrada no sé muy bien de qué voy a hablar. Sólo son un montón de ideas que han empezado a formar un revoltijo en mi cabeza con el eco de esta fecha; 19 de marzo.
Y es que las fechas sirven para mucho, eso es indiscutible. Son la excusa perfecta para darnos un homenaje gastronómico; nos permiten cumplirle a alguien el capricho con el que sueña desde hace tiempo. Las fechas sirven para tantas cosas.... Para reencontrarse con personas que hace tiempo que no ves.... Para felicitar cumpleaños... Para recordar a alguien que ya no está...  Para pararte a pensar un momento en cuánto quieres a alguien...
Las fechas sirven para ordenar los días, y hoy, 19 de marzo, la fecha me está sirviendo para hacerme, e invitar a hacerse a todo aquel al que le apetezca preguntárselo, la siguiente pregunta: ¿Quién es mi padre?.

Sé muchas cosas de mi padre...

 Sé que es el mayor de once hermanos. Le pusieron el mismo nombre que a su padre, y que al padre de su padre, e igual que ellos, su vida se unió al mar desde muy temprano.
Empezó a trabajar a los 5 años; pescando en el puerto, llevándole a mi abuelo la bolsa al muelle..., para ayudar en una casa donde no sobraba nada pero faltaban muchas cosas. A los 12 embarcó por primera vez ayudando en la cocina de un barco.( Sus peripecias darían para escribir no sé cuántos libros, quizás algún día me ponga a ello; puede...). A los 18 obtuvo el título de patrón de litoral, y al volver de la mili, el de patrón de altura.

Sé muchas cosas de mi padre...
A los 23 se hizo novio de mi madre, y a los 24 se casó con ella. A los 30, tuvo que embarcar rumbo a África, y no estuvo aquí cuando nací.
Sé que vivió momentos difíciles; que sorteó temporales, que vistos desde aquí, con los pies en la tierra, nos parecerían efectos especiales de una película. Sé que asumió su ausencia para sacar adelante a su familia. Sé que tengo su mismo color de ojos, que nadie sabe de dónde proviene, y que ahora ha heredado David, mi hijo.
 (Por cierto, veis qué importantes son las fechas, los números... también sirven para ordenar recuerdos desordenados)
Sé que me llevó a ver a aquellos cachorros inolvidables para mí, de los que he hablado hace poco; me cogió en colo... Agarrada a su mano fui a comprar mi tan deseado supermercado de juguete...
Ahora, tanto tiempo después de todo aquello, es el abuelo de mis hijos, de esos que se quedan con la espalda destrozada porque son ser incapaces de negarles convertirse en su columpio; de eses que les compran lo que yo no quiero o no puedo comprarles.

Sé muchas cosas de mi padre, pero tan pocas...

La palabra "Padre" es enorme; gigante. De esas palabras eternas que pesan toneladas y, a veces, se comen al hombre, al chico, al niño que fue ese padre.
¿Qué le gustaba hacer?, ¿Escuchaba música?; ¿Le gustaba ir al cine?; ¿Qué sueños tenía?...

La palabra padre es una palabra exigente...



Ahora que tengo a otro padre en mi vida; el papá de mi cuento; papá de mi hada y de mi osito, he pensado en esto muchas veces...
Ellos no van a conocer al chico que en la facultad llevaba su vida guardada en una mochila; el que me prestó los libros de "El Señor de los Anillos", o me presentó a Hermann Hesse.
Mis niños no sabrán que me enseñó a hacer cosas comestibles  en la cocina (yo antes era una auténtica pesadilla... en la cocina, se entiende); ni que con él probé el vino tinto (un Milflores en la Taberna de A Penela, en mi querida Coruña)... No sabrán muchas cosas, pero quiero contárselas, lo he decidido.
Quiero que sea el que los lanza al aire más alto que nadie (aunque eso a mí no me hace nada de gracia), el que los columpia y les enseña a nadar. Quiero que sea su monstruo de las cosquillas y el que se inventa canciones para ellos. Y también quiero que sea mucho más...
Un día les sentaré y les diré: Blanca, David, este es vuestro padre... Y me llamaran pesada, seguro; e intentaran con más o menos disimulo jugar con el móvil. Pero yo voy a decírselo.

Creo que todos los padres se merecen la oportunidad de ser más que papás, por mucho, muchísimo que eso sea...

Me he enfadado con mi padre muchas veces, y él conmigo. Me han molestado cosas, o no he entendido algunas; y al revés. Igual que mis hijos (aunque ahora que todavía son unos duendecillos, me parece increíble) se enfadarán con su padre. Pero en la fecha de hoy quiero pensar que debemos regalarle a los padres, a los papás, la oportunidad de ser más que eso. Ser personas que pueden cometer errores, estar tristes o alegres; o no saber cómo están. En la fecha de hoy quiero intentar tener presente que son seres humanos, personas, papás...

Y, como le dijo Osgood (Joe E. Brown) al femenino Jack Lemmon  al final de "Con faldas y a lo loco", pensar que... "Nadie es perfecto".
Dediquemos este día a la imperfección de nuestros papás.

"Feliz día del padre"

lunes, 16 de marzo de 2015

Pequeña larga historia de como los perros llegaron a mi vida para mejorarla y cambiarla para siempre... (Parte III)

... Qué pequeño eras, Trufo, y qué rápido creciste; pero siempre igual de bueno; bueno y conformista...
Cuando te llevamos a poner las primeras vacunas y el chip, mientras te pinchaba, intentabas darle besitos al veterinario....
Mi rey pequeño, te llamaba cuando te metía en tu cestita, y aún lo eres, Trufo, siempre lo vas a ser..
También fuiste cachorro, claro. Fuiste cachorro, y como todos los cachorros, robaste zapatillas, rompiste libros y revistas... y una mañana, taquicárdicos, descubrimos que habías roto el resguardo de una primitiva, de esas con números fijos, de todas las semanas igual; de los que tienes grabados en la parte del cerebro dedicada a los sueños imposibles; que a nosotros a perseverantes no nos gana nadie (bueno sí, Canela, pero ella aún no ha aparecido en esta pequeña larga, larguísima historia). Menos mal que la suerte esa de la hablaba aquel calvo del anuncio, no nos acompaña y los números, claro está, no habían salido... ¡Uff!
Tú pasión: las pelotas de tenis, aunque todavía no hemos conseguido que nos devuelvas ninguna, y lo sabes. Son tuyas, ya lo sabemos... sólo queremos volver a lanzarla, de verdad... si después de nueve años no me crees.... Tú otra pasión: correr, y correr y correr... cómo corres y cómo corriste siempre. Una vez, siendo todavía muy pequeño, te soltaste de la correa y empezaste a correr tan, tan rápido, que tardamos una eternidad en pillarte; ese día descubrimos ese espíritu de corredor que llevas dentro, Trufo; de corredor, pero no de escapista; de escapista nunca; en nuestros corazones encontraste tú sitio; estaba reservado, estoy segura. Una reserva V.I.P, de los Very Important Perros de toda la vida.
Teniéndote entre mis brazos encontré esos instantes de calma, de paz, que todos necesitamos a veces. No creo que haya un pelo más suave bajo unas manos, Trufo; unas caricias tan relajantes.
Cuando estaba embarazada siempre quería tenerte muy, muy cerca, para si estaba inquieta, nerviosa; asustada... acariciarte y resolverlo todo. El bebé se acomodaba, y yo respiraba profundamente. Aún no era el momento. ¡Cuántas falsas alarmas habrás impedido, pequeño Trufo!.
Eres la bondad vestida de perrito; siempre lo fuiste. ¿Recuerdas aquella perrita que encontramos un día de paseo; a la que sólo era un bebé?. La subí a casa, y te di una galleta mientras la acomodaba, y tú, Trufo, arrastraste la galleta con el morro hasta ponerla al lado de aquella enanita.
¿Sabes?, hasta personas que desconfiaban de los perros; que decían que no les gustaban, que les tenían miedo, pasaron un momento fugaz  en su vida sin sentirlo, estando cerca de ti. Seguro que te acuerdas de la vez que te llevamos a casa de mi tío Jose (seguro que te acuerdas, porque te pusiste las botas). Él no quería saber nada de perros, y os encontré en la cocina compartiendo un paquete de galletas. ¡Os tuve que reñir a los dos!. Gracias a ti, seguro que ahora, en el cielo, Jose se atreve a estar con Luna, sin miedo...
Eres la bondad vestida de perrito. Eres muchas cosas, Trufo, muchísimas. Consuelo, amigo, almohada calentita; superhéroe resignado a serlo .Cuántas veces te he encontrado desconcertado en el pasillo con la manta de Blanca atada al cuello como una capa; es mi súper perro, mamá, me decía. Y lo eres, claro que sí... hasta hicimos una canción... aunque mejor,  la canto otro día.
Aún hoy, tenemos que ir rápido a acariciarte, a echar a las pesadillas que siguen empeñadas en visitarte. Aún hoy te cuesta oír el sonido del agua sin intentar escapar, y eso que te esfuerzas, lo sé....
Eres la bondad vestida de perrito, Trufo...

Sólo fuiste hijo único un año, porque esta pequeña larga historia te reservaba la visita de una compañera que lo fue para el resto de tu vida... Pronto llegó Canela; bautizada como "Caela" por Blanca, porque no sabía ponerle la "n" cuando empezó a hablar. Ahora, para David también es Caela, aunque, en realidad, siendo sincera que ya hemos comprobado que para él todos los perros son "Caela"...
Con la incorporación de Caela a la familia, tuvimos que escuchar a mucha gente decirnos que nos complicábamos la vida, y más cosas, que por mi salud prefiero no recordar. Ahora, más mayor, casi diez años después, soy otra. Ahora les hubiera dicho que complicarse la vida es aguantar a algunas personas y no escuchar al corazón. Se lo hubiera dicho porque, gracias a vosotros, he aprendido a hacerlo. A escuchar al corazón, y a mí, aunque muchas veces soy una pesada. He aprendido a protestar, cuando os hacían algo, cuando os pasaba algo. Sois culpables del inicio de mi pequeña transformación; una Alicia que se come su Upelkuchen para crecer, y crecer, y crecer... Mis amores me importan tanto, tantísimo, que soy capaz de gritar, y de muchas cosas...

Canela llegó un día de octubre, muy temprano. Paseando a Trufo nos la encontramos sola, en medio de la oscuridad,. Nos siguió todo el rato. Le di un par de galletas que llevaba en el bolsillo y la acaricié muy despacio; sólo yo pude hacerlo porque rehuía las caricias de los hombres; cerraba los ojos y se encogía escondiendo la cabeza, quizás presintiendo algún golpe; seguramente, muchos.

Nos siguió como una loca, cruzando la carretera de un lado a otro. Por suerte eran las seis de la mañana y no había tráfico, excepto un coche. La golpeó. Fue rápido. Ella se levantó asustada y escapó. No la encontramos, hasta que nos encontró ella otra vez.
Cuando entramos en el portal, apareció asomada en el cristal de la puerta, raspando con la pata; llorando, pidiéndonos pasar. Insistente y luchadora, así es ella, así eres, Canela.
Subió con nosotros. Olía fatal y la metimos en la bañera. Debajo de toda la mugre apareció un color canela precioso que decidió su nombre. Canela; fuerte y dura como una ramita; dulce también, y diferente; única.
¿Te acuerdas de aquel día, pequeñaja?. Dormiste casi diez horas seguidas sin mover un  músculo, tapadita sobre el sofá. Bebiste y comiste dos cuencos llenos. Yo estaba asustadísima. A cada rato iba a ver si respirabas, de lo quieta que estabas.
Al día siguiente teníamos que llevarte al veterinario, pero te negabas a moverte más allá de la puerta. Los primeros días hubo que bajarte en colo, hasta que comprendiste que siempre iba a haber una vuelta, a tu cesta, a la comida; al calor y a las caricias que tanto te gustan.
Una cachorra eterna es mi Canela, nuestra Caela. Algún golpe, algún miedo inyectado en su sangre, en su ser, detuvo el avance del tiempo en su cabeza, y así permanece. Una abuelita que sólo juega con cachorros, y llora al ver algún perro grande. Destrozona todavía, a sus casi nueve años; ladrona avispada de comida, a veces, como si mañana su cuenco fuera a estar vacío. Al principio incluso no se comía toda y la escondía; en las macetas, bajo un cojín, por si acaso... Ese es el instinto de supervivencia, no confiar del todo, pero necesitarlo tanto...
Es increíble lo que somos capaces de hacerles a los animales. Romperlos por dentro y por fuera con nuestro "poder" humano; o sobrehumano, porque ante ellos nos colocamos en un pedestal, como un Dios, como un César que levanta o baja el pulgar: tú vives- tú mueres. Y tú, por suerte para nosotros, tú viviste, Caela.
Caela llegó para volvernos locos; ponernos la vida patas arriba; rompernos los muebles y, ensanchar un poco más las paredes de nuestro corazón. Llegó para ser la compañera y la "jefa" de Trufo, que la tolera y la adora. Inseparables juegan y pelean; comparten y se roban (ella le roba y él le deja). Llegó para enseñarnos lo que es querer sobrevivir; perseverar (no hay quien le niegue una caricia; es capaz de darte con la pata más de treinta veces; las he contado). Llegó para enseñarnos a no escuchar las palabras de muchos que no saben lo que es sentir las patitas de un perro caminando sobre su corazón. Y, ahora, llegó para ser la Caela de mis hijos; para que David aprendiera a decir su nombre casi antes que los nuestros. Para sentarse con ellos, paciente y golosa, mientras meriendan. Para tantas cosas llegaste...

Cada vez más lejos aquella parada de autobús donde empezó mi historia con los peludos; con mis peludos. Cada vez está menos llena mi caja de bombones, y no me importa, porque he aprendido a saborearlos; aunque confieso, que ahora que son unos abuelitos, tengo miedo; miedo del momento en que deje de oír la respiración de camión de Caela (ese ruido ronco que se le coló dentro cuando dormía sólo abrigada por la oscuridad); miedo de cuando me vaya muy temprano al salón con David en el colo, por gases o una pesadilla, y que no esté la nariz de chocolate de Trufo para recibirme rozando la palma de mi mano.
Intentaré seguir saboreándolos, a mis bombones; a mis momentos... Como diría mi querido Forrest "... Yo no sé si todos tenemos un destino, o si estamos flotando casualmente como en una brisa. Pero yo creo que pueden ser ambas; puede que ambas estén ocurriendo al mismo tiempo" (F. Gump).
Yo, lo que sé, es que no s hemos encontrado.
Yo, lo que sé, es que esta es una historia pequeña, pero una historia larga, muy larga; podría ser infinita, porque así los quiero, y así ellos me quieren. Y porque hay más; hay muchos. Y por desgracia, muchos que aún no han recibido siquiera el calor de un nombre.
Ellos también son seres especiales, y por eso he guardado también unas líneas para ellos que en mi corazón y en mi cabeza ya están escritas...
Ya lo advertí, esta es una historia pequeña, pero también es una historia larga, infinita; como un verso que nunca se acaba...

Seguiste nuestros pasos por la acera,
cazadora en busca de cariño,
con el pelo enredado y señalado,
eras inocente, como un niño.
Llegaste con el hambre retrasada,
y el cariño no lo habías estrenado.
Llegaste apestando y agotada,
princesa de aquel pueblo suburbano.

El reloj de tú cabeza se ha parado.
Tú te has quedado allí, joven y dura,
con lágrimas de miel en tú armadura
y el corazón blandito y esponjoso
latiendo en tú cuerpo maltratado.
Canela, niñera y besucona,
espíritu de cachorro; soñadora.
Canela libre, familiar, exótica.
Sólo tú podrías ser Canela sin "n",
Caela.

jueves, 12 de marzo de 2015

Pequeña larga historia de como los perros llegaron a mi vida para mejorarla y cambiarla para siempre... (Parte II)

...Ay Luna, Luni, cómo se te echa de menos, y ya hace año y medio desde que te fuiste; desde que tu cuerpo decidió que estaba demasiado cansado para continuar lejos de las estrellas; pero tu mirada; el tacto de tu pelo, tu olor, el calorcito de tu cuerpo... todo permanece vivo, latiente, y ayudando a latir a mi corazón gracias al combustible de amor con que lo llenaste.

Te encantaba el colo, ¿te acuerdas?. A veces, por la mañana muy, muy temprano te colabas en mi habitación y me pedías subir a la cama (aún eras demasiado pequeña para subirte sola); te acurrucabas bajo las mantas contra mi barriga, y ahí nos quedábamos las dos dormitando un rato sin apenas movernos; sin pensar. Era nuestro momento perfecto, como cuando el sol queda detenido a escasos milímetros de cruzar la línea del horizonte; como un café recién hecho en tu taza favorita acompañado por el crujir de los periódicos, en una mañana de domingo; como el frescor del mar preso en la piel, mientras te tumbas en una toalla cálida en medio de la arena... Cuántos momentos perfectos, pero ninguno como aquellas mañanas cuando tenía a Luni acurrucada junto a mi.
¡Ay Luni, cómo te echo de menos!... Me acuerdo tanto de ti... de tus primeros días (que también eran los mios)... de la urgencia que sentía por coger el autobús de vuelta de la facultad. Pasaba de cafés, de un pitillo más, de un rato más de conversación... Siendo sincera, la verdad es que tampoco en la facultad fui muy popular, pero contaba con dos grandes ventajas: mucha más gente entre la que esconderme, y te tenía a ti, Luna...

El primer baño en la playa te lo diste porque estabas jugando a perseguirme... No sé cuál de las dos se quedó más alucinada cuando entraste de golpe en el agua... Luego te tumbaste a secarte al sol, mimetizada con la arena... Aquellos días inolvidables, aquella primera Luna.
Esto igual te molesta un poco que lo cuente, (lo siento), pero es muy bonito, muy tierno: te "te enamoraste" del señor que vigilaba nuestro garaje y cada vez que lo veías se te escapaban unas gotitas de pis... Aunque para amor, ya sabemos que para amor, tenemos los mismos gustos... ¿verdad?
Le cogiste manía a la zapatilla de mi hermano, y cada vez que la veías en su pie, ¡A por la zapatilla, y de paso, a por el pie!...
¡Ay Luni, cuántos recuerdos!... Tantos días, tantas horas...
Cuando me fui de casa de mis padres pensé que la perdía para siempre, pero ella siguió queriéndome siempre, siempre. Hasta el final. Siempre conectadas, y aún ahora...

En tus últimos días ninguno pensaba que te ibas; sólo que estabas mayor y un poquito pachucha, pero tú cuerpo había dicho basta hacía ya rato...
Y una noche soñé contigo, Luna, igual que sueño ahora muchas veces que estás aquí todavía. Lo increíble es que fui, y sigo siendo, incapaz de recordar lo que soñé aquella noche, sólo sé que me levanté con una urgencia tremenda por verte. Una necesidad clavada en el estomago.
Llamé a mis padres y les pedí que te trajeran, y pude verte. Otro momento perfecto. El último...
Te acaricié, te cogí; te dije cuánto te quería.
Dos días después te fuiste y te quedaste para siempre en mi corazón. Un huequecito especial para ti, con tu silueta perfilada, y tu nombre; tus muchos nombres...Luna, Luni, Peque, Pequeñaja, Pitufa... Cuántas fuiste y cuántas sigues siendo: la de la cola a mil revoluciones; la de un mordisco inesperado; una paticorta dispuesta a caminar kilómetros; una viejecita con la mirada tierna y el cuerpecito muy cansado.
¡Ay Luna, Luni, Pitufa!, Cuántas fuiste, y cuántas eres y serás, porque a mis hijos les hablaré de ti, de mi primer amor peludo; de mi primer escalón fuera de la parada de autobús.

Mientras escribo mi corazón palpita tu nombre: Lu-na, Lu-na, y se que estás conmigo: tu tacto, tu olor, tu calor. Abriste la puerta de mi vida que estaba cerrada con mil llaves...
 Y después de ti, colándose por la rendija que dejaba pasar un poquito de luz, llegó él, que sigue siendo mi compañero a cuatro patitas; Trufo, mi pequeño con la Nariz de Chocolate...

Aquel uno de noviembre inolvidable, de hace ya nueve años, quedamos en la gasolinera de Cangas con Lela, una amante de los animales, una luchadora que los acogía en su casa como buenamente podía.
Nos subimos a su furgoneta, confusos, sintiéndonos un poco como en un episodio del Equipo A, contratados para luchar por los derechos de los animales; un poco como... un poco como ¡a dónde... vamos!. Nos metimos por caminos imposibles de rememorar. Ni hoy en día podría decir dónde estaba aquella protectora...
Era la primera vez que iba a un lugar así. Al cruzar el umbral todos los peludos vinieron a recibirnos. En sus miradas podía leerse que sabían a lo que íbamos. Todos querían una casa, un hogar, una caricia...
Vinieron todos los peludos. Todos menos uno. Un pequeño blanco y negro que se quedó acurrucado muy quieto, muy quieto, en una esquina de su canil intentando pasar desapercibido.
Nos acercamos muy despacio. Lela nos contó que lo habían dejado abandonado en el medio del monte; que tenías miedo de todo, y que ni siquiera te atrevías a reclamar tu parte de la comida, y dejabas que los demás se la llevaran.
Tu también estabas en una parada de autobús Trufo, perdido, en medio de ninguna parte... pero ya nunca más...
En el viaje de vuelta en la furgoneta ya nos diste besitos. Tenías (tienes) tanto amor que dar...
¿Recuerdas lo silencioso que eras? (A veces cuando suena el timbre me encantaría que siguieras siendo Trufo el silencioso), que los primeros meses pensamos que no tenías ladrido... pero es que el miedo gritaba más alto que tu voz...
Al poco empezaste a confiar... Te hiciste pis y caca en la alfombra a los dos segundos de entrar por la puerta. Y luego, salías a la terraza, pensando que no te veíamos, y nos dejabas allí los regalitos (la pillería nunca fue lo tuyo).
Al poco, nos acercabas tu nariz negra, tan negra como una trufa, Trufo, para pedirnos caricias.
Desde el primer momento viendo tus ojos, suspendidos en los míos, infinitos y cargados de palabras, contagiando bondad; supe que ibas a ser uno de los seres más especiales que iba a conocer nunca.
Tú llegada fue una práctica emocional para ser mamá... de verdad...
Eras tan vulnerable, tan indefenso...
Recuerdo una vez, muy al principio, que paseándote por la calle me preguntaron cómo te llamabas; cuando se lo dije se rieron y se burlaron... y yo... yo, casi salgo en las páginas de sucesos del periódico al día siguiente: Ataque de histeria de una joven vecina, que persigue gritando a unos adolescentes durante kilómetros, armada con unas bolsas de la caca y mucha mala leche...
Es que ni tu nombre podía pronunciar quien no debía... quién no lo merece. Trufo, el de la nariz negra como una trufa, como un bombón. Trufo, el que años después mi niña, Blanca, llamó, Nariz de Chocolate...

Otro bombón para mi caja de bombones...

Llovía en noviembre
y te conocimos
en tu jaula solo,
mi perro perdido.
Llovía en noviembre,
día de tormenta,
sucio y desconfiado
cruzaste la puerta.
Llovía en tus ojos
de frío noviembre,
tristes y llorosos,
de cariño ausentes

Se han abierto claros
entre nubes negras.
Ahora tus pupilas
reflejan estrellas.
Por eso has nacido,
era tú misión
mi perro perdido,
hacernos felices.

Ahora son tus ojos
dos rayos de sol
que nos traen la calma
y nos dan calor,
amigo del alma.
Tu cariño es elixir
que nos cura de los días.
No existen gracias bastantes
que agradezcan tu existir,
que hagan justicia a tu vida.

Otro bombón para mi caja de bombones...
Agarré tu correa con mucha fuerza, hasta que los nudillos se me pusieron blancos, y seguí alejándome de aquella para de autobús donde tanto me había acostumbrado a no vivir.

Adoptar a un peludo no es una buena decisión, es un cambio; una vida que muta, que se comparte, que se saborea de otra manera. Adoptar a un peludo es empezar a vivir otra vez, y otra, y otra...

Despistada, agradecida, ilusionada...

Despistada, agradecida e ilusionada... esa soy yo.
He descubierto que el 28 de febrero, Carmen Cardeñosa ha tenido la generosidad de nominarme en el Black Wolf Blogger Award y yo, como novata que soy en estos mundos blogueros y despistada que he sido siempre, pues no me había enterado. ¡Muchas gracias, Carmen!.
Siguiendo las normas, contestaré a las preguntas:
-¿El primer libro que leíste?:
Pues empecé con libros de cuentos (una colección de libros Disney que ahora tiene mi hija), pero el que considero el primer "libro" fue Mujercitas de Louisa May Alcott.
-¿Por qué escribo?:
Es una necesidad; plasmar mis sentimientos y vivencias en papel (o en pantalla), quizás para asimilarlas mejor; quizás para entenderme mejor al compartirlo...
-¿Tienes una musa o inspiración?:
Mi familia: mis hijos (peludos y no peludos) me han cambiado por dentro.
-¿Escribes lo que vives o vives lo que escribes?:
Yo creo que un poco de ambas cosas.


Piden que se nomine a 15 blogs; hay tantos que voy descubriendo cada día que... ahora escribiré los que tengo presentes en estos momentos: creo que todos hacen un gran trabajo, y muchos otros...:

- Mar V, Corazón en conserva.
-Carmen Cardeñosa,Jugando y aprendiendo juntos.
-Juan Carlos, Universo mágico
-Lydia Almansa, Historias de pitufines
-Marigem Saldelapuro, Pequeños trucos para sobrevivir a la crisis
-Carmen Pinedo Herrero, Carmen Pinedo Herrero
-Erika Martin, Anécdotas de Secretarias
Sé que sois muchos más, y cuántos más me quedan por descubrir, ahora me tengo que ir corriendo que el enano se está despertando de sus siesta mañanera...
Enhorabuena a todos.

lunes, 9 de marzo de 2015

Pequeña larga historia de como los perros llegaron a mi vida para mejorarla y cambiarla para siempre...(Parte I)

Esta es una historia pequeña, no porque sea una historia corta; podría escribir páginas y páginas... tengo un millón de cosas que contar sobre nuestros amigos peludos. Esta es una historia pequeña porque sólo somos  una familia en medio de millones de familias; sólo somos una familia con perros en medio de millones de familias con perros; sólo, una familia que ha adoptado a sus perros, en medio de muchas familias que adoptan; y, mis perros, sólo son un par de perros abandonados en medio de infinitos perros abandonados... Así de pequeños somos, un puntito insignificante en medio de un universo infinito, pero, gracias a Trufo y a Canela, y a todos los perros de mi vida, un puntito muy, muy brillante...

Esta es una historia pequeña, pero puede convertirse en una historia larga, larguísima... cuando hablo de perros no hay quien me pare... Desde que he tenido uno me he convertido en una mamá de esas que salen en las películas, con una cartera de la que al abrirse sale una ristra de fotografías de sus retoños; de las que hablan sin parar de lo que hizo tal día uno de sus hijos, o que al otro le están saliendo los dientes.  Pues sí, yo soy de esas... e imaginaros ahora, que también tengo hijos...Gracias a Dios ahora existen los móviles, con sus cámaras, etc. porque si no, no se qué cartera tendría que comprarme... Gracias a Dios, no tengo mucha vida social, si no acabarían repudiándome; aunque, ahora que lo pienso... ahora entiendo porque no la tengo... quizás ya me repudiaron y yo no me dí ni cuenta...

Bueno, a lo que iba... Esta es una historia pequeña, pero puede convertirse en una historia larguísima...

Desde que puedo recordar siempre he querido tener perro; siempre. La verdad es que desde siempre me han gustado mucho los animales y, de pequeña, no tener ninguno para mí era una gran frustración, hasta que en una preciosa playa de Pontedeume (La Coruña) a la que solíamos ir, estando yo sentada bajo las ramas de un pequeño sauce cayó un pajarito de un nido. Era precioso, con pequeñas plumas de pelusilla blanca alrededor de la cabecita; imposiblemente frágil; tremendamente desamparado. Y yo, por fin, tenía a quien proteger. (Quiero aclarar que todo esto es verídico, aunque muchos penséis que me lo estoy sacando de alguna reposición de La Casa de la Pradera, o que me quedé medio atontada ya en los 80 viendo todas las series de animales que ponían: La Aldea del Arce, David el Gnomo; hasta Sherlock Holmes, el único y genial, era un animal.... aunque todo esto es otra historia).
Lo cogí y lo metí en el interior de mi gorro de paja. Nos lo llevamos a casa y lo cuidamos mucho, mucho tiempo. Era Pavarotti porque su trino era totalmente operístico; tanto, que la vecina del séptimo, se quejó de que la despertaba...
En fin..., eso, que siempre me gustaron los animales...
Mi colegio estaba en un sitio,en un... , simplificando, en el medio del monte, y en mis recreos de la E.G.B, le tiraba las miguitas de mis galletas a los pájaros. Me quedaba muy quieta, y espiaba muda y fascinada como sacudían las plumas, se inflaban hasta parecer bolitas de pelo, o se bañaban en los charcos... Reconozco, y no por ir de víctima, sólo porque es la pura verdad, que esto de ser espía de gorriones, digamos que no me hizo muy popular y ahora, que lo miro desde la distancia... la verdad la escena era un poco...: yo sola sentada en un banco del patio mirando los pájaros... Sólo me faltaba una caja de bombones y cambiar el banco del patio por el de una parada de autobús... Pero qué bien se estaba al solecito, y qué ricos estarían los bombones, por cierto...

Todavía conserva un lugar de honor en las estanterías de mi memoria destinadas a las cosas importantes (ya sabéis, esas en las que justo en el momento adecuado, se enciende una luz sobre ella y pueden verse, como en una película, pequeñas motitas de polvo revoloteando a su alrededor), una mañana de principios de verano; tendría yo cinco o seis años, y mi padre me llevó con él al puerto, a la oficina de su barco. En el puerto casi todas esas oficinas tenían perro; en esa también, pero seguro que esa fue la única en la que una enana de cinco años vivió uno de los momentos más alucinantes de su vida...
Al entrar, el señor que estaba allí, le dijo a mi padre que la perra había tenido cachorros en el piso de arriba. Subimos las escaleras; crujían, y el aire se colaba entre los escalones separados. Tenía la piel de gallina, y de repente me entraron unas ganas enormes de hacer pis. El corazón me latía a mil por hora cuando llegamos arriba. El cuarto estaba en penumbra. Caminé a tientas. Mi padre se acercó a acariciar a la mamá, mientras yo intentaba descubrir qué pasaba a mi alrededor... De repente, empecé a notar algo cálido y blandito sobre mis pies; los tenía muy quietos y muy juntos metidos en mis brillantes zapatos de charol (porque mi madre me había vestido de domingo), y encima había de pronto, no sé cuántos cachorros; miniaturas negras y brillantes como la tinta.
Fue un momento mágico. Uno de esos que se inmortalizan, yo creo que en una foto estelar, y se quedan allí suspendidos, para siempre en el firmamento de la historia de cada uno. Supe que jamás iba a olvidarlo y tenía razón. Han pasado 30 años y aquí sigue, con las sensaciones frescas, y la emoción todavía con la suficiente fuerza como para hacer latir mi corazón con ese sonido que tiene la nostalgia. Aquí sigue, en la estantería de las cosas importantes, sólo con un poco más de polvo, un par de canas, y unas arruguillas impertinentes alrededor de los ojos. Pero si los cierro, ahí estoy, con mis zapatos de charol invadidos por los cachorros más bonitos del mundo...


En fin... que siempre me encantaron los animales, y siempre me encantaron los perros ... y que ya avisé al principio que esta era una historia pequeña, no porque fuera una historia corta...

Ahora, por el bien de todos, me voy a saltar unos 22 años. 22 años en los que los animales me siguieron encantando e importando, y en los que a veces me sentí como sentada en el banco de esa parada de autobús con una caja de bombones en las rodillas, hasta que en el año número 22 me comí por fin un bombón, y llegó lo que estaba esperando en aquel banco.

Tenía un mes, a finales de febrero, y era una bolita de pelo blanco y suave. La llamamos Luna, porque aquella noche había luna llena. Le pusimos un reloj, con un tic tac muy sonoro, bajo la mantita de su cesta, pero aún así la primera noche me la pasé despierta intentando consolarla cuando lloraba, como a un bebé que era; intentando enseñarle que seríamos su familia; y lo fue aprendiendo, poco a poco. Pero nunca fui capaz de enseñarla tanto como ella me enseñó a mi: a confiar, a querer, a perder la vergüenza a mostrar los sentimientos; a salir de mi introversión y dejar un rato aquella parada de autobús para probar la vida...

Luna...

Alguien me despertó una vez,
hace ya tiempo.
Aunque se han escapado los minutos
lo recuerdo.
Abrí los ojos en febrero,
tras un sueño de cuatro años
viviendo en la habitación de la
memoria.
Acunada por el frío del invierno y
el olor a naftalina del pasado.
Me sobresaltó el aroma a ropa limpia,
lluvia fresca corriendo por mis venas,
ladridos en los ojos sordos de mi alma,
mi imaginación volando en las estrellas.
Un trocito de vida jugando entre el
pelo de la alfombra.
Una bolita de esperanza blanca adormecida.
Y yo, sin saber muy bien lo que ocurría,
me dejé llevar por las caricias de sus ojos.
Por los ojos de caricias de la Luna.

"Mi mamá dice que la vida es como una caja de bombones, nunca sabes qué te va a tocar" (Forrest Gump)
... Qué suerte tuve yo aquella noche de finales de febrero...

sábado, 7 de marzo de 2015

Otro invitado a mi pequeño universo de fieltro

 


He terminado la primera bailarina, esta en forma de cuadro, para la habitación de una niña, o para donde quieras. Esta ya se la pidió Blanca... . Llegarán bolsas, broches, muñequitas...
Es hora de bailar...
Se aceptan encargos:
evafiguer@gmail.com
Hay precios especiales por grupo: p.e broches para comuniones, cumples, etc...

viernes, 6 de marzo de 2015

Hay vida en la habitación de Blanca...

Ayer por la noche empecé a reunir fotografías de mis compañeros peludos, Trufo y Canela, y de Son, el compañero peludo que acaban de adoptar mis padres. Quería empezar a preparar una entrada para el blog sobre ellos; sobre ellos y nosotros; sobre nuestra familia, pero como nos ocurre a cualquiera, a veces, el día siguiente, un pillo que siempre se las sabe todas antes que tú mismo, tenía guardados otros planes para mí.

Mi hija Blanca, de cinco años, llevaba dos días sin ir al colegio. Ayer iba a ir, ya estábamos vestidas, con David en la silla y, con la mano de David agarrada muy fuerte a una rosquilla; o sea, listos para salir sin demasiada "guerra", cuando, de repente, David agarra el bote de colonia, (de los de litro, que hay que ver qué fuerza tiene), le arranca la tapa y se tira todo por la cara... o sea, momento de stress y nervios:
-Blanca cierra la puerta, ¡Cierra!...
-Mami... Hay que ir al cole...
-¡Cierraaaaaa!...

Mientras David lloraba histérico y yo casi lo ahogo sumergido bajo el grifo del baño...
-Mami...
-Blanca, ¡No puedo ahora!-
-¡Sácate el abrigo que  no vamos a ningún sitio!

La pobre se quedó de pie abrazada a Princesa Purpurina, su muñeca, mirándome con esa carita de pena que pone y los labios temblorosos, pero mi energía, mi cerebro, mi cuerpo, estaban concentrados en David... que al cabo de una hora y media, estaba feliz y tranquilo con los ojos irritados, pero no demasiado molestos como para dejar de ver Pocoyó...

Así fue ayer... y hoy... hoy fue un día de esos que empieza raro; que huele raro...
Todo fue demasiado tranquilo: levantarlos, desayunar; llegar a un acuerdo sobre que dibujos poner mientras yo voy a la ducha...
Al cabo de un rato, cuando tengo que empezar a vestir a Blanca la llamo y no viene. Está llorando bajito en el salón. Me remango la chaqueta mentalmente, sé que tengo por delante un trabajo difícil: convencerla para que me cuente qué le pasa...

Al final lo consigo... Lo que me temía... ¿Por qué a un niño, a mi niña, me olvido de pedirle perdón?, si sé que a un adulto, se lo pediría inmediatamente: Oye, perdona por tal o cual...
-Ayer me gritaste mucho...
Y el labio tembloroso acusándome sin piedad, y con toda la razón...
-No quiero ir al cole... No me apetece salir a la calle si estás enfadada conmigo...

¡Qué fácil hubiera sido actuar bien!, ¡Qué fácil hubiera sido pedirle perdón ayer!. Explicarle que me puse muy nerviosa; que tenía miedo... Pero como luego ella estaba jugando y yo me puse a otra cosa, pues se me olvidó... Como nos olvidamos tantas veces de que lo que piensen nuestros niños tiene que ser lo más importante.... Y, lo digo, sabiendo que me olvidaré la próxima vez que David haga una de las suyas...
Ahora reflexiono, tranquila por un momento, mientras el terremoto duerme en la hamaquita, agotado de tantas réplicas a lo largo del día. Ahora me paro a pensar, y me doy cuenta de lo difícil qué debe ser ser Blanca. La hermana mayor, a la que le exigimos más, seguro, de lo que sus cinco años se merecen.  Lo siento Blanca. Lo siento mucho, muchísimo, y para que quede claro lo sentiré todas las veces que me vuelva a equivocar, aunque se me olvide decírtelo...

Por la calle, me pregunta si sus juguetes harán algo hoy mientras ella no está... Otra vez lo siento porque hace días que he dejado aparcada esa primordial investigación...
Por supuesto que harán algo, y qué va a ser, más que pensar en ti: su voz, su respiración, el latir de sus corazones, mucho más allá del plástico, o del peluche, o de lo que sea....















Qué van a hacer: echarte mucho de menos; aprender a restar para contar cuántas horas faltan para que vengas del colegio ....


Los juguetes de la habitación de Blanca tienen vida, porque ese soplo de aire; ese pequeño corazón que tiene fe en que así es no puede estar equivocado, y  en estas fotografías está la prueba. Alimentemos la imaginación, la fantasía de nuestros niños, para que las nuestras no se mueran de hambre mientras seguimos envejeciendo...

Y, aprendamos a pedir perdón las veces que hagan falta, aunque sea a nuestra niña de cinco años, por descuidar lo que consideramos más evidente. Decir te quiero nunca, nunca sobra.
Te quiero Blanca.
Y tus juguetes también...
Luego, cuando le enseñe estas fotografías, me dirá, como otras veces: Mami, ¡Hasta salen en el ordenador mis juguetes!, eso es que son famosos porque (sonriendo)... tienen corazón...

Bate palmas fuerte mientras repites tres veces: Creo en las hadas. Creo en las hadas. Creo en las hadas...  porque existen...

 

martes, 3 de marzo de 2015

Minientrada sobre mi pequeño universo de fieltro

Cuando tienes niños es imposible abstenerse a la influencia de los dibujos, de sus personajes. Cuando tienes niños, sabes que todos ellos, los que aparecen en la pantalla parpadeante cuando pulsas el encendido de la tele; los mismos que ilustran su cuento favorito; los mismos, que convertidos en peluche, descansan sobre su cama; ellos son muy importantes; muchísimo.
Y, la verdad, no me importa. No quiero vacunarme contra eso. Es más, lo confieso, disfruto cuando vemos juntos Ben & Holly (me rio muchísimo); Peppa Pig; Doraemon... aquel gato cósmico que recuerdo cuando yo, ya no tan pequeña, venía del colegio... Y que decir, si eres mamá de una niña, del universo Frozen,  (porque Frozen es un universo independiente, y en casa, la película la vemos un fin de semana sí y otro no, como mínimo... la primera vez fue en el cine, y mientras Blanca se zampaba un paquete gigantesco de palomitas, yo intentaba taparme un poco para que los otros padres no vieran que estaba llorando cuando Ana se descongeló, en fin...)
Y así, todos también son parte de mi mundo, de mi día a día, de mi pequeño universo de fieltro....

Ana de Arendelle
Sr. Potato
 
 
 
 
 
 
 
 
 


Elsa
Ben Duende y Gastón, la mariquita
(El Pequeño Reino de Ben & Holly)


Pato y Pocoyó


Y hablando de los niños... también hay en mi pequeño universo de fieltro, puntaditas de mi infancia, cuando la pantalla parpadeante nos mostraba la carta de ajuste, si nos levantábamos muy temprano...
Las canciones se escuchaban en cintas ...
Y Casimiro era el encargado de mandarnos a la cama a la cama, y había que obedecerle....












Hay muchos más habitantes en mi pequeño universo de fieltro, viven en mi imaginación, y cuando nacen ocupan un lugar en "Nariz de Chocolate", si queréis conocer más, animaros. Se aceptan encargos, y a partir de 4 euros puedes tener un pedacito de un pequeño universo de fieltro....

lunes, 2 de marzo de 2015

¿Qué tiene la lluvia?

¿Qué tiene la lluvia, que es a veces tan mágica, y a veces tan insoportable?

¿Qué tiene la lluvia necesaria y aborrecible al tiempo?

Sacia la sed de la tierra; acaba con las sequías que anuncian las noticias. Alimenta cultivos y ríos resecados. Refresca las bocas vacías de los perros callejeros; de gorriones y palomas que habitan los parques encharcados. También nos humedece los calcetines y nos empapa el pelo; es amiga inseparable de los catarros y de los dolores de huesos...

¿Qué tiene la lluvia... ?

 
¿Qué tiene la lluvia... que a veces bajo su manto nos sentimos invisibles, como un Harry Potter de película?, con esa invisibilidad tan intocable y tan de estar por casa, que una mañana lluviosa de domingo, puedes bajar a comprar el pan casi hasta en pijama, siempre que lleves paraguas, botas y abrigo, como si bajo la lluvia algunas cosas importaran menos...
Me recuerda una vez que era joven de edad y muy, muy vieja de espíritu, que me había quedado sin tabaco por la noche (también era muy, muy fumadora), y que, temprano, a la mañana siguiente, salí de casa con un chándal cualquiera, el rímel pegoteado en las pestañas y manchas difusas de pintalabios adornando mi boca ... El poder de la invisibilidad es lo que tiene...
 
¿Qué tiene la lluvia...  que otorga al ambiente esa irrealidad de los lugares inhabitados, desiertos..?
 
¿Qué tiene, que de repente puede convertir tu calle, conocida y reiterada en tu retina, en un lugar diferente, desconocido, casi...? Y, bajo el aguacero, los objetos cotidianos, anodinos, se transforman, y se ven diferentes. Bajo el aguacero, una papelera donde ayer tiraste el papel de un caramelo que tenías en el bolsillo, puede transformarse en un monstruo metálico y frío que se traga, voraz, todo lo que desechamos.... ¡Ay, la lluvia, qué cosas me hace escribir....!

Cada gota lleva impresa en su transparencia la palabra misterio... Por eso llueve tanto en los thriller (sólo hay que ver la reciente "La isla mínima", como ejemplo)...

La lluvia lo que tiene es que es capaz de muchas cosas importantes... a veces, hace volar nuestra imaginación mientras contemplamos un paisaje.... y nos parece que es el tiempo es capaz de detenerse sobre la piedra húmeda; consigue que un artilugio tan curioso como un paraguas se nos vuelva imprescindible, y nos haga sentir protegidos el sólo hecho de agarrar con fuerza su mango...

 
Será el misticismo del agua de la vida; será que no acabamos entender bien de dónde viene (todo aquello del vapor de agua del colegio...); será que a veces nos pone de mal humor (y si lo sumamos, a dos kilos más y si eres mujer, a esos días del mes... estás perdida por mucho que aquel anuncio dijera que: "Don´t worry, be happy"); será, que otras veces, nos sirve de excusa para buscar refugio entre las cuatro paredes de nuestro hogar, los que somos tan, tan afortunados de poder decir que lo tenemos, y que, allí, sintiéndonos seguros, podemos beber de la imaginación que trae consigo, y nos permitimos pasar tardes entre recortes y primeros dibujos con el murmullo de fondo de la tele...


Escuchamos "Había una vez un circo", y "Susanita tiene un ratón"... Yo también dibujo con ellos y, si cierro los ojos muy, muy fuerte, creo que yo también soy una niña, dibujando una tarde lluviosa, con mi rompecabezas de cubos de Petete, por si empieza la tormenta; una niña otra vez...

¿Qué tiene la lluvia que puede hacernos retroceder en el tiempo; que puede hacernos sentir seguros, y tan, tan afortunados de tener un techo, un lugar calentito; una familia....?

Qué siga lloviendo... (Pero por favor, que aparezca prontito el sol)....
 
 
 
 


 

 
 ¿