sábado, 30 de mayo de 2015

El corazón del roble (Parte IV)

Viendo todo aquello, la Madre Naturaleza primero se molestó, luego se enfadó y, finalmente se enfureció e hizo estallar miles de rayos y truenos sobre el reino del bosque. Con el viento más fuerte y el más cegador de los relámpagos lanzó un poderoso conjuro que cayó sobre los reyes en forma de gotas de lluvia con sabor a hiel, hechizando sus almas y condenando sus vidas.

Tras la tormenta quedó dicho que, a partir del siguiente amanecer, la reina tomaría la forma de un hada diminuta, y el rey y su primer hijo varón se convertirían en robles solitarios; uno en el centro del bosque; el otro junto al lago. Obligados por siempre a habitar entre el espesor de la vegetación privados de forma humana.
Pero la Madre Naturaleza tenía un gran corazón y, junto al hechizo, entonó también un desencantamiento para el hijo de los reyes, aún un niño, que no era responsable de la avaricia de los adultos. Así, el pequeño príncipe, recuperaría su verdadera forma cuando el paso de los años y el frío de la soledad en sus corazones, les enseñaran lo que habían llegado a olvidar y, sólo así, cuando sus almas volvieran a ser puras, o lo más puras posibles para unos seres humanos, podrían salvar a su único vástago del tormento al que ellos estaban destinados para siempre jamás. La Madre Naturaleza quiso que el amor a su hijo les abriera los ojos, al igual que ella, para defender a sus hijos; al bosque, al cielo, al río, a los animales, tenía que explotar y enfurecerse.

Cumpliendo el mandato del conjuro, la tierra tembló y el reino se dividió en tres, dividiendo así las riquezas para que los habitantes de aquel territorio no cometieran el mismo error que sus soberanos y destruyeran, ansiosos de poder, lo que naturaleza les había regalado.

Los reyes nunca más recordaron su trono ni su castillo. Tuvieron que aprender a vivir de nuevo, como hada y árbol, lejanos y cercanos a un tiempo.
Y así fueron pasando las estaciones, los años y los siglos. Poco a poco sus almas se fueron limpiando, contagiadas de la bondad de los animales, la pureza de las flores y la claridad de las aguas.
Aprendieron los dialectos del cielo y de la tierra; comprendieron, sintiendo amor por todo lo que les rodeaba, cuan minúsculas somos las personas ante la inmensidad del mundo que se extiende ante nosotros.
Y esperaron mucho tiempo, esperanzados, viviendo una vida tranquila y apacible en el bosque, a que se cumpliera la última parte del conjuro, la salvación de su hijo, sabiendo que ésta llegaría tarde o temprano, de tierras lejanas, de un lugar verde y mágico como el que ellos habitaban, vestida de hiedra e inocencia.
Se prepararon para reconocer el momento; sabiendo que sólo podrían hacerlo cuando fueran capaces de mirar con el corazón; cuando sus ojos fueran inocentes de nuevo.

En ese instante el tiempo volvió a retomar su curso y las melodías cesaron.
Ella estaba ante ellos. La habían reconocido. Violeta. Portadora de una misión anterior a su propio nacimiento; guardiana de las palabras universales y de la llave del alma del mundo.
Convertida nuevamente en bruma fue atravesando los corazones de todos los allí presentes; animales y plantas; piedras y agua; hasta llegar ante el roble solitario que miraba hacia el río.

El sonoro silencio de su invisible voz cantaba:
"Corre, salta, vuelta
tiempo.
Entre montañas, ríos
y praderas.
Corre, salta, vuela. Ven aquí.
Abre la puerta que está
en el tronco.
Sal del árbol
que te alberga".

Las palabras fueron desnudando al árbol de su ropaje de resina y madera.
Ante los atentos ojos del bosque apareció un niño de piel morena, que olía a verano; brillante y tímido, como el sol cuando amanece; con la marca de una flor coronando su frente. Una violeta.

Ambos se tocaron suavemente explorando sus rostros, reconociéndose por las imágenes que les mostró en sueños el libro del destino. Reconociéndose, sabiéndose dueños del beso escondido en los labios del otro; navegando en sus miradas de agua dulce y salada. Convirtiéndose en su imagen reflejada en otros ojos.

Amaneció y anocheció un millón de veces hasta que se adueñaron del tiempo que había pasado. Jugaron como niños, entre abrazos y risas, y la noche y el día, por fin, volvieron a juntarse para siempre.
Desde lejos, el anciano roble y el hada los contemplaban con una mezcla de alegría y tristeza.
Se dieron cuenta de lo fácil que hubiera sido comprender que el secreto de la magia que nos impulsa a vivir se encuentra apreciando y amando la misma vida que nos rodea y nos hechiza; que puede convertirnos en príncipes y princesas de nuestros propios cuentos si permitimos que nuestro corazón lata en el corazón de aquellos a los que amamos.


Los que lean esto deben saber que se trata de una historia milenaria; una historia traducida del lenguaje mágico de los animales al lenguaje humano permitiéndonos a unos pocos conocer el secreto.
Y en cada atardecer, cuando el sol comienza a ocultarse tras edificios o montañas, es deber de todos aquellos a los que se nos desvela esta leyenda, contarla, como un secreto, en un  susurro, a las personas más especiales, a nuestros seres más queridos, cuando llegue el otoño, bajo una bombilla encendida.

FIN
 
 
Ha sido difícil para mí poner este punto y final. Es como despedirme un poquito de mis hadas, de mi bosque, de mis animalitos; y esa despedida me cuesta mucho (incluso de las mofetas que olvidan usar desodorante).
Llevan conmigo tanto tiempo...
Desde pequeña el bosque y todas sus criaturas han ido ganando espacio en mi cabeza, en mi corazón.
Han sido mis amigos y me han acompañado también en mis momentos más oscuros cuando intenté ignorarlos para "crecer" y lo único que conseguí fue que creciera mi tristeza. Uno no se puede negar a  sí mismo... Pero todos ellos permanecieron fieles, esperándome.
¡Qué poder increíble tienen las palabras que vuelven real, tangible; casi corpóreo lo que en principio creemos sólo imaginario e imaginado!.
 
Al plasmar esta historia que tan bien conozco los he visto. Los veo. Cómo son; cómo se mueven; qué desayunan (un sorbito de agua de rocío antes de nada, las hadas más sanas. Las más golosas, pastelitos de almendras y bayas silvestres).
 
¿Sabéis esos puntitos de luz nacidos al chocar los rayos de sol con las esferas de los relojes; esos que bailan por paredes y techos; por las cortinas; por todas partes? Cuando Blanca los ve siempre me dice: Mamá, he visto un hada.
Y yo siempre le contesto: Ojalá las sigas viendo para siempre.
Han estado conmigo mucho tiempo y ahora están con ella. Cómo negar la magia, si anida en el brillo de sus ojos mientras me habla.
 
 
He de decir también que no podría haber escrito esto cuento sin haber experimentado la soledad aferrada a un libro;  sin horas de cerrar los ojos para vivir en otros mundos y sin ti, que me conociste ya de adulta y que no te asustaste ante mi entusiasmo al ver aquellos escaparates de casas de muñecas y compañeros de lana; ante mi predilección por el osito Pooh y toda la infancia y las infancias que guarda en su cuerpecito de trapo dese que A. A. Milne lo creara para su pequeño Christopher Robin. Que no te asustaste ante lo "rara" que yo creía que era; que quizás era; y que quizás soy. Y, por supuesto, sin las inyecciones de ilusión que me dan los dos haditos que tengo en casa, que de vez en cuando, me dejan utilizar su mirada para ver el mundo de otro color.

Por último sólo un par de citas:

"Si quiere que tus hijos sean más inteligentes léales cuentos de hadas. Si quieres que sean más inteligentes, léales más cuentos de hadas": (Albert Einstein)

Y, mi favorita:
"Venid, hadas, sacadme de este aburrido mundo pues yo volaría con vosotras sobre el viento y bailaría sobre las montañas como una llama" (William Butler Yeats).

miércoles, 27 de mayo de 2015

El corazón del roble (Parte III)

De pronto, se hizo el silencio; sonoro, sobrecogedor; tranquilo y excitante a un tiempo.
La madre de las hadas cesó en su aleteo y acomodó sus pies descalzos sobre la cálida, familiar y añorada corteza del anciano árbol. Respiró profundamente cinco veces y contó hasta quince intentando calmarse.
Como por arte de magia sus alas se fueron desplegando lentamente, poco a poco, y, a medida que se iban abriendo, ella se  volvía más y más grande, al tiempo que nacía una canción desde lo más profundo de su garganta. Una melodía dulce, con aroma a cacao y a menta silvestre, que se mezclaba como perfecto ingrediente, con el aire de la mañana.
Todos los animales enmudecieron. El río dejó de canturrear entre las piedras; el aire se detuvo, y la tierra no emitió ni un suspiro. Hasta los girasoles dejaron de buscar el sol. El mundo entero quedó hipnotizado ante tanta belleza.
Era una música más allá el tiempo, de la memoria y de las agujas de los relojes; de los días o los meses; de los calendarios. Era una canción que sabía a eternidad; vieja e infantil como el llanto que tras una palmada anuncia el primer aliento de vida de un recién nacido.
La hermosa hada flotó unos instantes más, acunada por los rayos de sol que traspasaban la frondosa arboleda y, lentamente, comenzó a desplazarse al ritmo marcado por la música, como si bailara; un baile aprendido hace mucho, mucho tiempo.
Primero danzó despacio de la mano de las notas, jugando con los acordes; apareciendo y escondiéndose entre las líneas del invisible pentagrama. Luego, rápido, volando sin control, como una hechicera pronunciando un encantamiento; invocando la lluvia, las estrellas, el cielo; llamando a la risa, a las lágrimas; al amor y a las palabras que hay sobre la tierra....
Sus piruetas se reflejaban en los cientos de pequeñas pupilas que se habían quedado adheridas a su sombra, persiguiendo cada paso que daba; brillantes, curiosas, asustadas también. Hechizadas.

De paseo sobre una mariposa, Félix Lorioux, 1912, Francia.

 
El sol brilló con más fuerza, y el arco iris que no quería perderse nada, hizo su aparición en el cielo despejado, como una ola del mar coloreada de mil colores. El río se detuvo, convirtiéndose en una alfombra plateada que los animalillos del otro lado del cauce aprovecharon para cruzar. Las flores abrieron sus pétalos coloreando praderas y valles de primavera. Los árboles se vistieron de frutas veraniegas perfumando el aire con su aroma apetitoso y dulce y, la luna se convirtió en un inmenso espejo, capaz de reflejar el maravilloso espectáculo para que todos los que fueran capaces de intuirla en el cielo mañanero, pudieran verlo.
 
Y así, serpenteando entre el algodón del cielo, planeó, bajando poco a poco hasta rozar nuevamente las copas de los árboles. Se detuvo, fatigada y divertida, con las mejillas adornadas de un rubor de purpurina y la barriga repleta de juguetonas mariposas como las que alborotaban sus cabellos, enredándolos con las imágenes del pasado que el hada guardaba celosamente, como el mayor de los tesoros, en el frasquito de su corazón, donde escondía también la esencia de la felicidad perdida.
Sus labios dibujaron una sonrisa, distraídos con sus recuerdos mientras volvía a posarse sobre la arrugada rama. Suspiró y recogió las alas, mientras sus pupilas se perdían en el horizonte.
Sostuvo así su mirada durante un tiempo, que a la mayoría de los allí presentes les pareció eterno hasta que, de pronto, como un espectro, etéreo y misterioso, todos fueron rodeados por una neblina del color de las uvas negras y del atardecer, que flotó difusa durante unos momentos.
 
La madre de las hadas se acercó a la bruma y, casi envuelta en ella por completo, la tocó livianamente con las yemas de los dedos y sin apenas mover los labios, susurró:
Por fin has llegado, Violeta. Te esperábamos desde hace mucho tiempo.
En aquel momento, ninguno de los presentes recuerda cómo ni en qué exacto instante , se presentó ante ellos, nacida de la niebla, una criatura maravillosa.
Era una niña, de piel blanca como las nubes del verano y enormes ojos, oscuros y brillantes como pozos de agua fresca. Sus negros cabellos caían sobre su mirada, resguardando su alma en las profundidades de sus pupilas.
Vestía un traje de gotas de lluvia y hiedra silvestre, ceñido a la cintura por un cinturón de lirios frescos. Sus alas eran azules; se confundían en la oscuridad con el cielo y con las sombras. Cuando se movía, las puntas de los dedos de sus pies sembraban en el aire un rastro de rayos de luna.
 
La madre de las hadas rompió el silencio, repleto de cientos de gritos de asombro contenidos.
Ven conmigo, dijo tomándola de la mano. Realizando tres delicados aleteos se detuvieron ante  El Mayor.
La madre de las hadas posó su mano sobre el corazón tallado en el tronco del árbol que en ese instante quedó oculto bajo una luz deslumbrante. Con la luz, empezaron a surgir de las ramas del árbol, viejas canciones en idiomas desconocidos para casi todos; unos inventados por la fantasía de los hombres cuando todavía son niños; otros cultivados en lo más profundo de los mares por las sirenas, bajo las perlas que crecen en el interior de las ostras.
El tiempo se confundió. No sabía si avanzaba o retrocedía.
Las melodías hablaban de épocas pasadas; del mundo antes de ser mundo; de la vida, y del corazón.
Con cada nota se iba tejiendo un fino tapiz de palabras que contaban una historia lejana y antigua sobre dos reyes de enormes poderes mágicos, llegados a aquellos parajes hace más tiempo del que se pueda siquiera imaginar. Venían de muy lejos buscando un lugar tranquilo donde poder criar al hijo que esperaban y estaba a punto de nacer.
Después de mucho camino, cuando sus ojos se posaron por vez primera sobre el bosque, supieron que ese sería su hogar; un hogar feliz donde vivir con sus hijos, y con los hijos de sus hijos, y construir su reino.
Con el nacimiento de su primogénito llegaron años de prosperidad y alegría. Comenzaron a llegar al bosque gentes de todas partes atraídas por la belleza y encanto del reino, que pronto se fue haciendo más y más grane.
Pero la prosperidad trajo de la mano la desgracia.
Los reyes pronto se sintieron repletos de poder. Sólo se preocupaban e sus riquezas, descuidando el bosque, los animales, el río; todo...
Y olvidaron dar las gracias por el azul el cielo; por el oro que traía el sol; por el canto de los pájaros y el frescor del agua. Comenzaron a comportarse como si todos les perteneciese; como si el cielo y la tierra fueran otras más de sus riquezas. Sintieron codicia y quisieron poseerlo y dominarlo todo, olvidando que al fin, no eran tan poderosos...


 

viernes, 22 de mayo de 2015

El corazón del roble (Parte II)

Mientras esperaban la llegada de la enigmática visitante, las pequeñas hadas se debatían entre la alegre sensación de mariposas revoloteando en su barriga, y la de oscuros celos, culpa, como todo el mundo sabe, de su pequeño tamaño; insuficiente para albergar esos pequeños corazoncitos siempre tan intensos; repletos de mil emociones que, sin espacio, giran y giran sobre sí mismas, confundiéndose unas con las otras hasta multiplicar su fuerza. Por eso, el amor puro que sentían hacia su mamá, acababa transformado en tremendos celos.

Las visitas eran comunes entre hadas, magos, elfos, duendes, brujas buenas, ogros azules y demás mágicas criaturas. El contacto telepático era continuo, y  acudían a donde eran llamados para ayudar en las labores a cada uno encomendadas. Como ocurría cuando el verano se prolongaba más de la cuenta y las hadas del otoño se encontraban con muchísimo trabajo. ¡Campos plagados de flores y altas temperaturas casi llegado el mes de octubre!. Entonces se hacia necesaria la presencia de algún sabio otoñal venido de un reino al otro lado el mundo al que en aquel momento llegaba el verano, y por eso estaba de vacaciones.
Pero en esta ocasión todo el trabajo esta hecho desde hace tiempo y la falta de motivos aparentes para la visita  hacía que la curiosidad picara como una abejita incansable en las diminutas naricillas de las hadas. Les intrigaban los motivos, la identidad de la visitante, y sobre todo que aún no se hubiera llegado a cabo ningún preparativo extraordinario.
Cuando venía Eolo, se preparaba para su estancia, una cueva llena de corrientes y, en varias ocasiones, tuvieron que habilitarse estanques de agua salada porque visitaron el bosque, en viaje de estudios, varios hijos de Neptuno. Pero en esta ocasión la madre de las hadas seguía guardando un implacable silencio, lo que provocaba que mil rumores confusos cruzaran incansablemente el lugar de un lado a otro, unidos a demás a una lluvia de apuestas, un mar de adivinanzas y premoniciones, y un aumento de ventas en la Galería de los Olmos, donde se asentaron vendedores de bolas de cristal y echadoras de cartas ambulantes.

Hadas acuáticas bretonas, E.Zieu, Journal des Voyages. 1896, Francia. (Ilustración sacada de El libro de las Hadas, Susannah Marriott).

 
 
Amanecía en el bosque.
Los primeros rayos de sol asomaban tímidamente entre la esponjosa cortina que la niebla formaba sobre las copas de los árboles.
Los insectos comenzaban a desperezar sus húmedas alitas transparentes mientras, las hadas de la primavera y el verano soñaban con lejanos días de sol, invernando acurrucadas bajo tierra, tapaditas con sus mantas de raíces y semillas; y, las hadas del otoño y el invierno apuraban sus últimos minutos de plácido letargo.
Las lechuzas y los búhos acababan de dormirse tras largas horas de nocturna vigilia. Las últimas estrellas apagaban la luz para que la luna pudiera irse a la cama, muy cansada tras una noche cargada de obligaciones; iluminar a los enamorados, convertir el mar en una lámina de plata, y posar para infinidad de telescopios y cámaras.
 
Amanecía en el bosque cuando, de pronto, un enorme ruido sacudió hasta el último pelo de ratón, hasta el último cabello de hada; hasta la más diminuta ramita del bosque.
Era un ruido extraño; ensordecedor e hipnótico como mil sinfonías, quinientos estornudos y toda una clase infantil dando palmas a un tiempo. Era un ruido que despertó a todo el bosque, al mundo, al universo entero.
Las hadas de la primavera y el verano se removieron entre sus mantitas de raíces de tulipán y, las estrellas, encendieron nuevamente sus nocturnas lamparitas. La luna se despertó sobresaltada, casi sin tiempo a soñar y brilló en el cielo claro del alba, como si de una noche veraniega se tratara, en comunión con el sol, cuyos rayos comenzaban a despuntar tras las lejanas montañas, sin eclipsarse el uno al otro. Parecían iluminar el mundo con una misma luz.
Algo había cambiado desde el día anterior. Todo semejaba igual, pero todo era diferente.
El planeta entero respiró una misma bocanada de aire puro. El universo bailó de alegría disfrutando de la vida que albergaba.
Las más altas ramas de los árboles comenzaron a susurrar mecidas por una suave brisa que llegaba de muy lejos, portando un extraño aroma mágico y milenario que, una a una, fue atravesando las copas de olmos, eucaliptos, robles y sauces y, poco a poco, se fue colando en los corazones de los pequeños habitantes del bosque, tan veloz como una flecha; tan ligera como una pluma.
Y todos lo supieron. Enseguida estuvieron seguros porque sus corazones se lo dijeron. La misteriosa visitante había llegado. Y, de pronto, sin poder explicarse por qué, se sintieron embargados por una inmensa alegría que los dominó por completo.
Los pájaros comenzaron a cantar, desde el más tierno gorrión al más oscuro de los cuervos, compitiendo por alzar más alto sus voces.
Entre todo el alboroto, los que conocían bien el lenguaje de las aves, pudieron descifrar un importante mensaje. Se anunciaba una reunión urgente, convocada por la madre de las hadas. Se celebraría en el valle del consejo de robles y todos los animales del bosque debían acudir.
Cuando cesaron los trinos, gorjeos y graznidos, todos empezaron a sobreponerse de la sorpresa y recuperaron la audición. Entonces, no lo pensaron dos veces, y toda la población del bosque tomó rauda el sendero de las grosellas.
Por él fueron desfilando, en alocada procesión, enormes familias de conejos; ranas saltarinas con cochecitos- pecera en los que dormitaban sus renacuajos,guiados por escurridizas y brillantes nutrias; águilas vegetarianas venidas de sus escondites montañosos acompañadas de algún que otro halcón; ciervos con los lomos cargados de filas de ardillas en pleno disfrute de sus nutritivos desayunos de nueces y bellotas; zorros ataviados con sus mejores galas color de otoño; búhos y lechuzas bostezando, adormilados y perezosos; ratones de agua... sin olvidar a los tejones, y a los castores albañiles que vivían en el río.
Todos ellos corrían seguros y confiados siguiendo el rastro luminoso que dejaban las alitas de las hadas a su paso. Ellas encabezaban la marcha, retándose y divirtiéndose con arriesgadísimas acrobacias aéreas, a través de angostos y húmedos caminos silvestres.
Tras unos instantes de confusión y nervios, pues todos sentían una enorme curiosidad por lo qué sucedería a continuación, cada uno ocupó su lugar y la reunión quedó formada.
Cada animal, del más grande al más pequeño, buscó un sitio para acomodarse. Las ramas de los robles se vieron instantáneamente colonizadas por cientos de pájaros. Petirrojos, pinzones silvestres, martines pescadores, jilgueros; tórtolas y palomas; además de los búhos y lechuzas que casi se quedan sin sitio por pararse a descansar un ratito por el camino a la sombra alargada de un ciprés.
Un enjambre de dorados y azules colibríes se mantenía flotando en etéreo levitar, como descansando en las apacibles aguas de un lago, sobre un lecho de lavanda, camomila y margaritas.
Los pavos, que sobrevivieron a   las pasadas fiestas navideñas gracias a Pepe(un pato silvestre de los alrededores, que desde entonces fue considerado un héroe en todo el bosque, aunque esa es otra historia que ya contaré otro día), aún no se habían repuesto por completo del susto que les habían dado los más grandes enemigos de la madre naturaleza, una especie conocida como los caminantes a dos patas; además eran muy tímidos y casi no conocían a nadie, por eso encogieron sus cabecitas y extendieron sus diminutas alas para formar un círculo cerrado alrededor de un grupo de níscalos.
Surcando el cielo sobre las cabezas de los allí reunidos se movían las aves que vivían en las más altas rocas, planeando sobre la reunión para no perder de vista los escarpados nidos donde descansaban sus polluelos bajo los cuidados de dos gaviotas amigas llegadas de las marismas.
Liebres, conejos, ardillas, castores, nutrias, mapaches; ratones de campo y de río, se agruparon en pintoresco clan, teniendo mucho cuidado de dejar pequeños espacios entre ellos para que los topos, miopes casi todos y muy descuidados con sus gafas y anteojos, pudieran asomar las cabecitas por las puertas de sus palacios subterráneos.
Detrás de todos ellos, guardando sus espaldas, se reunieron los más altos. Una familia de gamos; dos ciervos que luchaban por alzar más y más alto sus cornamentas; un trío de cabras montañesas de blancas perillas y bastante malhumor, y dos osos pardos entretenidos con sus tarros de miel, mermeladas de ciruela y naranjas de la china.
Un poco apartadas quedaron las mofetas, porque nadie quería colocarse junto a ellas cuando olvidaban cepillarse los dientes y utilizar desodorante y, en primera fila, unas volando, otras columpiándose de los hilos de seda tejidos especialmente para la ocasión por las arañas costureras, las hadas del otoño y el invierno formaron un mágico corro alrededor de El Mayor, iluminando el tronco del viejo árbol más que mil luciérnagas y un millón de cielos nocturnos plagados de estrellas.
Y muy, muy arriba, donde casi la vista no podía alcanzar, sobre la rama más alta y fuerte del roble, se acomodó la madre de las hadas, acariciando cariñosamente, con cada sonrisa y cada aleteo, la corteza de ámbar y madera el árbol, que sentía cada contacto con el mismo placer que un niño ante un magnifico regalo; como una promesa de eterno amor.
El roce de las alas del hada y el calor de su sonrisa entre sus ramas hicieron cosquillas en su memoria y despertaron los recueros que dormían entre los anillos de su tronco. Y así, despiertos, los recuerdos comenzaron a danzar, jugueteando entre las hojas de su frondosa copa, colándose entre los surcos que la edad había formado en su madera, silbando en sus oídos, como una brisa jovencita. Deslizándose, escondiéndose, filtrándose como un elixir mágico hasta el corazón que el viejo roble albergaba tallado en el centro de su pecho.
 
 
 
 
 
 
 
 


martes, 19 de mayo de 2015

El corazón del roble (Parte I)

Hace poco he vuelto a pensar en las hadas; a pensar en ellas porque sí, no por un cuento; no por una película. He vuelto a pensar en su mundo de claroscuros, tan infantil, y tan adulto. He vuelto a pensar en lo necesarias que son; en lo necesaria que es la risa de un niño para que sigan viviendo; en como ellas hacen posible que esas risas vivan. He vuelto a pensar en lo necesario que es creer en la magia; en un chispazo; en algo escondido; en los deseos que se les piden a las estrellas fugaces aunque parezca imposible en los tiempos que corren, y que corren tanto.
Y pensando, pensando me he acordado de una historia que alguien me contó hace tiempo y mientras la recordaba, he sentido un cosquilleo en la nuca, un aleteo quizás, justo al lado de mi oído; una risita. Un... un hada que me pide escribirla  y contársela a mis niños, y a los que no tan niños, también quieran escuchar...
Por suerte la recuerdo muy bien porque es una de esas historias; de esas que  nunca jamás se perderán; que nunca serán papeles olvidados en un desván olvidado, ajados por el paso del húmedo y frío invierno. Son historias que perviven para siempre, resguardadas en los silencios del aire; flotando a nuestro alrededor; rozando nuestra piel; robándonos un beso que permanecía escondido en nuestros labios. Son historias convertidas en viento susurrante entre las copas de los árboles; en olas furiosas que lamen la arena de la playa en algún lugar; en olor a otoño... Hasta que un día, sólo cuando estamos preparados para descubrirlas, una voz, o unos dedos que juguetean sobre las teclas de un ordenador, las rescata de su mágico escondite, y entonces, sólo entonces, están preparadas para despertar imaginaciones dormidas; para convertirse en cuadro, en libro, en melodía; en erase una vez; en por siempre jamás. En efímeros y eternos momentos de magia.

Una estrella fugaz, Elfin Song, Florence Harrison, 1912, Gran Bretaña.
(Ilustración de El libro de las Hadas, de Susannah Marriott)


Corrían tiempos remotos.  Era una época que ahora sólo recuerdan los bebés antes de que sus ojos cambien de color; los perros cuando mueven la nariz; los gatos cuando se suben a un tejado; las ardillas cuando comen una bellota o una nuez, y los gorriones de la gran ciudad; sólo ellos.
Eran años de bosques habitados por náyades y duendes, castillos con una doncella de largos cabellos en su torre; brujas y calderos mágicos; solitarios unicornios, y leyendas...
Y en uno de esos bosques ocurrió esto:..

Los comerciantes, caballeros y titiriteros que se veían obligados a cruzar el bosque con frecuencia siempre estaban alerta. Caminaban despacio y en silencio aguzando su olfato, su oído, su tacto y sobre todo, sobre todo, su intuición, porque sabían que en la espesura, la naturaleza, alimentada por la magia de las gotas de rocío mañanero, guardaba mil y un secretos. Secretos mágicos de los más peligrosos; de esos que engañan a la vista y que anulan la razón. Y así, a veces nada era lo que parecía, y siempre, todo podía ser cualquier cosa. Los príncipes eran ranas o robles; las princesas, luciérnagas, hadas o margaritas; los cervatillos, niños encantados; las piedras, arroyos, y los arroyos, lágrimas de una sirena que soñaba caminar.
Este bosque del que hablo era el más importante de aquellos tiempos. Se decía que se encontraba en medio de tres reinos, pero los habitantes de cada uno de ellos no lo creían, ya que nadie había llegado nunca hasta los confines del bosque y, por tanto, no sabían qué se ocultaba tras él.
Era un bosque poderoso, tan sólo gobernado por las estaciones y amparado por los cuidados de una población de sabios robles centenarios que habitaba en un pequeño valle, junto a la casa del búho, torciendo por el sendero de las grosellas, a la derecha.
Formaban un poderoso y respetado consejo al que todos los habitantes acudían cuando tenían alguna pequeña disputa con un vecino, o para pedir permiso de acogida para un amigo o pariente lejano llegado del otro lado del horizonte. Si la decisión del consejo no era bien acogida siempre podía apelarse a los consejos menores, el de pinos o el de sauces; aunque los sauces no tenían muy buena fama como consejeros, porque se disgustaban fácilmente y entonces les solía entrar una gran llorera.
El presidente del consejo era un roble de 454 años; ningún otro era más viejo. "El mayor", le llamaban. Se decía que sus raíces ya se adentraban en la tierra cuando el sol y la luna se separaron para siempre formando el día y la noche. Le acompañaba la leyenda de que había nacido de la primera gota de rocío llegada a esos parajes, envuelta en un trocito de corteza de arco iris, en manos de la madre de todas las hadas.
Por todo esto, y porque siempre fue un buen roble y un paciente y justo consejero, sus decisiones siempre eran acatadas y, ni los pinos, ni los sauces tenían nunca mucho trabajo.
Junto con el anciano árbol, el Consejo lo formaban robles de todas las clases. De tronco más grueso o más fino, descontentos con su peso; sedientos, anhelando siempre la llegada de la estación lluviosa, aún cuando en ella se encontraban; gruñones, que agitaban sus ramas a la menor ocasión y prohibían los nidos y las madrigueras; barbudos, con el tronco cubierto de liquen; y así, un sinfín más; todos distintos, todos especiales, pero ninguno como el inmenso roble que se erguía al final del valle, entre el prado de las lilas y el estanque de nenúfares formado al final del río.
Era el árbol que vivía más alejado del grupo. Callado. Nunca se oía el rumor de sus ramas. Solitario.
En ocasiones, cuando se celebraba una reunión del consejo, él se retorcía completamente, desde las raíces hasta la copa, haciendo incluso saltar a su alrededor pequeñas astillitas de madera, para volverse hacia el río, buscando un círculo de plata en el cielo nocturno.
Sus hojas reflejaban el color de todas las estaciones; verdes de mil tonos; marrones, ocres, dorados y naranjas... Sus ramas acogían una población infinita de ardillas, búhos y lechuzas; gorriones, jilgueros, palomas y tórtolas; además de toda clase de insectos; desde orugas mariposeadas y mariquitas presumidas, hasta paseantes ciempiés y grillos cantautores.
Noche tras noche, cuando la luna desaparecía bajo las aguas del río, todos ellos se colocaban en formación sobre sus ramas, en su tronco, o volando a su alrededor, mezclándose entre las hadas que también acostumbraban a acercarse para escuchar cuentos, historias y leyendas que el viejo roble aprendía del viento; respiraba en el aire, y bebía del corazón de la tierra a través de sus raíces.
Los demás robles creían que era un árbol extraño, incluso le tenían cierto temor. Guardaban hacia él el respeto que se siente hacia lo desconocido, y muchos, incluso, lo rechazaban, sin atreverse a decir nada, porque sabían que El Mayor lo protegía.
Como ocurre en todos los bosques, las hadas estaban encargadas de asegurar el paso de una a otra estación, para lo cual se dividían en cuatro grupos, cada uno con un cometido.
Las hadas del invierno, con pequeñas capas confeccionadas por suaves copos de nieve, y los cabellos entretejidos con brillantes gotitas de escarcha. Dominaban el frío y la llegada de las nubes de lluvia; el viento del norte y las heladas nocturnas.
Las hadas del otoño, con vestidos del color de las hojas de los árboles, y el pelo cayendo por su espalda, cual castaña enredadera. El sonido de sus alas podía confundirse con el crujir de las hojas caídas bajo los pies. Manejaban con soltura una paleta de colores ocres, marrones, verdes y dorados, que empezaban a extender, pincelada a pincelada, con la llegada de septiembre.
Las hadas de la primavera, vestidas de todos los colores del arco iris, con guirnaldas de flores coronando sus pequeñas cabecitas. Montadas en abejas transportistas saltaban de flor en flor, lanzando dardos cargados de amor a todos los animales del bosque, para hacer explosionar la vida en aquellos parajes un año más.
Y, claro, las hadas del verano, morenas y despeinadas; danzando de un árbol a otro, casi siempre en bañador, en un banquete sinfín de fruta de temporada; soñando cada noche calurosa, bajo el cielo despejado, con las próximas vacaciones.
La madre de todas ellas era la más anciana  y la más bella de todas las hadas. Quien conseguía mirarla de cerca comprendía en un segundo cuántas primaveras, veranos, otoños e inviernos guardaba en su memoria, y en el polvillo mágico de sus cansadas alas.
Vivía en el corazón del bosque; en un árbol, una seta o una flor; nadie sabía con exactitud el lugar y, al mismo tiempo, habitaba en un rinconcito de los corazones de todas las criaturas del lugar.
Se decía que guardaba una gran historia; el enigma de la vida, o el de la magia y que, por las noches, cuando el bosque soñaba, salía de sus escondite para conversar hasta el alba con el roble más anciano, sobre los viejos secretos que sólo ellos compartían.
Por aquellos días un novedoso acontecimiento sacudió el sosiego y la calma otoñal instaladas entre los árboles. La madre de las hadas anunció la llegada de una maga venida de un país muy, muy lejano llamado Galicia...

viernes, 15 de mayo de 2015

Pero llegaste tú


 
 
Había un agujero, un hueco,
un lugar vacío...
Yo nunca sonrío;
mi corazón es viejo.
Pensaba eso;
eso creía.
Pero llegaste tú...
 
Cerraba los pulmones.
Olvidaba los rostros,
olvidaba los nombres,
para no encariñarme,
para no entristecerme
al tener que olvidar
lo que costó aprenderme.
Pero llegaste tú...
 
 
Vivía disfrazada
y vivía escondida.
Caminaba en el mundo
callada y de puntillas,
con un libro en la mano
que jamás olvidaba,
como pluma de Dumbo
para poder volar
y cruzar a otro mundo.
Pero llegaste tú...
 
 
Y cuando tú llegaste
aún más quise esconderme.
Mi muro de ironía
creció hasta el infinito.
Crecía el miedo mío,
porque yo lo sabía.
Sabía que quería
llegar a conocerte.
 
 
Y al final me rendí.
Me rendí sin saberlo.
Dejé escapar la pluma
y me quedé en el suelo,
muy cerca de la luna.
 
 
Había un agujero, un hueco,
un lugar vacío...
Me faltaba una pieza...
Pero llegaste tú...

 


lunes, 11 de mayo de 2015

La metamorfosis

Estoy frente al espejo.
A ver... Un momento... Tengo que asegurarme de que soy yo:

1. Me pellizco. ¡Ay!. Duele. O sea que no es un sueño. O sea que soy yo. Debo ser yo.
2. Lanzo un beso al espejo. Él me lo devuelve. Saco la lengua. La del espejo hace lo mismo. Así que es un reflejo; mi reflejo. O sea que soy yo.
3. Me agacho, y desde la esquina del mueble del lavabo miro hacia el espejo. No hay nadie. O sea, que si yo me agacho y no hay nadie en el espejo... A ver... otro momento. Arriba. Abajo. ¡Ay, mi rodilla!. Aparece. Desaparece.
Sí. Soy yo. Uy, ¡Qué cantidad de pelusillas se me han quedado en el calcetín!. Nota mental: limpiar debajo del mueble.

Vale. Entonces... ¿Por dónde iba?...
A ver, una vez comprobado empíricamente, puedo decir que estoy frente al espejo, y el resultado del experimento me obliga a reconocer, aceptar, y asumir que soy yo.

 ¡Porras!. Y yo que aún tenía una pequeña esperanza de descubrir que el tornillo que encontré en el bolsillo de mis vaqueros fuera mío, y no de algún mueble de ikea  que tengo por ahí...

¡Soy yo!. ¡Soy yo!. Me siento un personaje kafkiano. Un Gregor Samsa convertido en una mujer que es está convirtiendo en otra cosa, en otro ser; en otro... en otro yo. Porque no lo olvidéis (y no te olvides tú tampoco, me digo a mí misma muy severamente, porque me conozco), la del espejo soy yo.

No os asustéis. No estoy flotando sobre el portátil agitando mis transparentes y membranosas alas. No me froto el primero de mis tres pares de patitas entre frase y frase.
No me estoy convirtiendo en mosca, esto puedo afirmarlo (al menos todavía. Luego, nunca se sabe). Pero, la verdad, no sé en qué me estoy convirtiendo.


Mi cabeza baraja (y tengo que decir que barajo como un mal mago) varias opciones.
Puedo coger el DSM-V (el súper manual de psiquiatría) e intentar auto diagnosticarme. El problema es que dudo bastante de mi objetividad.
También he pensado en hacer un ejercicio de flash back hasta mis últimos años de facultad para recordar los transtornos que estudiábamos. Pero, claro, todos tenían un componente de relación con la actividad criminal, por eso creo que cualquier posible identificación iba a darme un poco de miedito.
Me imagino enchida de espíritu justiciero, poniéndome en plan "no te paso ni una" conmigo misma; y sobre todo, en plan paranoico- minority report. Me imagino auto denunciándome antes de que ocurra nada. Así, iré a entregarme a la comisaria que hay dos calles más abajo. Oiga, que resulta que he viajado al pasado y según los apuntes de la carrera creo que mi personalidad se está volviendo un poco... muy antisocial con unos toquecitos paranoides. ¿Sabe?, creo que dentro de poco seré capaz de cualquier cosa. Así que, muy dramática extiendo los brazos, pónganme las esposas. Me entrego para salvar a mis vecinos, a mi ciudad; al mundo entero.

Mi metamorfosis tiene tela; telita, la verdad.

A nuestro alrededor existen metamorfosis todos los días. Las hay auspiciadas por la sabia naturaleza: una oruga que se convierte en mariposa; una semilla que se transforma en flor... Viendo uno de esos documentales donde ponen las imágenes a cámara rápida, la verdad es que se es mucho más consciente del milagro que supone cada pequeño acontecimiento. Las hay amparadas en nuestra mirada: un dibujo con ceras que se vuelve una obra de .arte; un roce que se convierte en un gesto de amor; un aleteo de pestañas que se vuelve caricia.
También existen otro tipo de transformaciones, igual de milagrosas pero mucho menos hermosas. Son las de cortar, pegar y rellenar; aunque queda un poco más elegante llamarlas las de Benjamin Button o Dorian Gray... ¿Pero esa no tenía 85 años?. ¿Pero entonces, cómo es que yo parezco su madre, y mi madre su abuela?. ¿Por qué su hija parece su padre?. ¡Anda!, en la revista explican que se ha ido a dar unos baños especiales a un balneario. Parece que fueron con unos barros extraídos, con unos complicados sistemas, de los fondos abisales, y tocadas por la baba de un pez prehistórico que jamás envejece. ¡Eso lo explica todo!.

Mi metamorfosis no tiene que ver con ninguna de estas (aunque he tenido gastroentiritis hace unos días y también fue una metamorfosis). Yo no me he encerrado en una crisálida. No he tocado ningún tipo de barro abisal ni prehistórico (del normal limpio mucho, muchísimo). Entonces, ¿Qué me pasa?.
....
Físicamente lo tengo claro, y es que me he traído un souvenir de ese viaje de nueve meses que ahora se llama David; y el recuerdo se llama "barriguilla". Las ojeras se han hecho mis compis inseparables y el sueño, claro, es su mejor amigo; y mi peor enemigo. A veces invitan a la palidez a su fiesta, y luego pasa lo que pasa en el portal. Le sonrío a la niña que vive en el quinto y ella grita: ¡Mamá, mira, un fantasma saliendo del ascensor!. No hija, es la vecina del primero...

Para poneros en situación diré que todo comenzó a volverse más preocupante hace poco.
El otro día fui a una tienda que hay cerca de casa. He ido muchas veces y me conocen, pero no el lado "ay qué miedo" de mi personalidad, claro.
Empiezan a preguntarme por los niños; que qué tal duermen, comen... El típico interrogatorio. Yo les digo que duermen poco. Respuesta: Ya se nota. Es que a veces te veo y hasta de lejos te noto la mala cara, y pienso ¡ay, pobre!.
Yo sonreí. Sonreí tanto que tengo un bulto nuevo en el abdomen. Creo que será una hernia, de tanta sonrisa.
Y así empezó todo, con esa sonrisa que me hizo tanto daño.
Fui acumulando rabia, y ahora me estoy transformando en una gruñona. Sí, una gruñona.
Yo sonreía mientras me imaginaba en plan Khaleesi, con mi barriguilla y el pelo corto y moreno, pero por lo demás, igual.
A ver: un dragón por cada lado y no quiero ninguna extremidad en su sitio.
¡Qué maravilla volver a imaginarlo!. ¡Ay, cómo molesta el bulto!.

Ese mismo día...
Después de comer bajé a los perros (o ellos me bajaron a mí, para ser más purista con la realidad). Siempre se ponen muy nerviosos cuando están llegando al parque. Delante iba una señora con un perrito pequeño. Vi que miraba continuamente hacia atrás. Al fin se giró: ¡Ay, qué tus perros se lo quieren comer!. ¡Sujétalos. Edúcalos!...
Y yo...
¡Cuidado, cuidado, señora!. ¡Apártese!. La señora mira a los perros, y Trufo y Canela sin hacerle ni caso pensando en sus cosas: pis por aquí, caca por allá...
No, no, señora, míreme a mí. Yo soy la que muerdo.
La señora se queda estupefacta y yo riéndome y riéndome con mi risa psicopática que hacia tanto tiempo que no usaba. (Voy a abstenerme de decir si esto ocurrió realmente o se trata tan sólo de una imaginación muy satisfactoria).

Más tarde bajé a la calle con los niños. Parada en el cajero. Los niños jugaban entre ellos. David se balanceaba en la silla.
Pasa una pareja que mira hacia mi. Yo, ilusa y contenta, pienso que me van a decir que tengo a unos niños muy ricos. Pues no. Y venga el bulto a darme la lata.
-Nena, aunque lleves silla, la calle no es tuya.
Ni mi risa psicopática, con lo que le gustan estas situaciones, tuvo ganas de salir. Y yo, yo sólo tenía ganas de llorar. Pero pronto esas ganas se deslizaron por mi garganta como por un tobogán. Me las tragué, y alimenté con ellas esa bola tragona que ya crecía desde hace tiempo en mi estómago ( ahora que lo pienso,puede que tenga relación con el bulto). Es una bola como las bolas de pelusillas que viven debajo de las camas o de los sofás; que tienen un poco de todo, pero nada muy bonito.

Subimos a casa.
Dejé a los niños viendo los dibujos y me metí en el baño ( un espectáculo en plan Doctor Jekill y Mr. Hyde me parecía un poco fuerte para ellos), y me puse frente al espejo dispuesta a analizar mi estado.
Después de un rato imaginando un montón de locuras ( a veces imaginar locuras es la mejor medicina, y escribirlas, ni os cuento), miré el reloj. Era la hora de empezar con la cena.
Casi, casi, sonreí. Casi, casi, fui capaz de pensar que mi aspecto no era tan horrendo y que no me estoy convirtiendo en mosca. Para ser más exacta:  Al menos no ahora; luego, tal vez sí. Si le pasó a Gregor Samsa, puede que también a mí.
 Así que por ahora voy a aceptar la hipótesis de que el tornillo de mi bolsillo es de alguno de nuestros muebles de ikea; que la del espejo es mi versión actualizada y que quizás, sólo quizás, sólo tuve un mal día. (Un mal día y una gastroenteritis). Pero sólo es una hipótesis.

martes, 5 de mayo de 2015

El collar de castañas

He tardado un poco más  tiempo del que quería en escribir esta entrada. Para hacerlo he necesitado hablar con mi abuela, y eso puede no resultar fácil.
Ella vive muy, muy lejos, y muy cerca. Digamos que en una lejana cercanía, o una cercanía muy lejana. En algún lugar cuya ubicación exacta no conozco. Sólo sé que es un lugar especial, creado por los pensamientos de todos nosotros, que seguimos queriendo, extrañando y recordando a aquellos que ya no están.
El cemento de las columnas es muy fuerte. Está hecho de una mezcla de amor, de abrazos, y de los besos que les hemos dado. Cada baldosa del suelo intercala una lágrima con una sonrisa. Y en el sótano oscuro habitan las cosas que se han dejado de hablar a propósito, y tantas que siempre quedan por decir.
Las paredes están empapeladas por infinitos nombres. Listas interminables de pensamientos coronan el tejado tan alto, altísimo, por cuánto pensamos a los que se han mudado a ese lugar.

Desde que mi abuela se mudó allí, va a hacer ya 19 años, nos las hemos ido arreglando para estar en contacto. Tiene línea directa con mi corazón. A veces, incluso, me ha "llamado" para avisarme de algo que todavía no ha pasado.  Así ocurrió unos días antes de enterarme de que estaba embarazada de mi hija Blanca, cuando la soñé diciéndomelo...,
Pero claro, en ocasiones en esa línea directa surgen problemas técnicos. Eso es porque de vez en cuando el corazón se colapsa; se satura. Aunque tiene un espacio infinito, debemos organizarlo para impedir que los sentimientos se descontrolen. Esa es la única manera de poder seguir adelante, porque para curar el descontrol del corazón no se puede ir al médico, ni tomar pastillas. Sólo debemos respirar hondo, darnos tiempo, y pensar...
En esos días de caos sentimental, cuando las emociones toman las riendas y nos gobiernan sin que podamos hacer nada, es cuando las líneas de comunicación sólo pueden captar palabras confusas, sílabas metálicas y ecos perdidos. Entonces, si necesito hablar con ella, tengo que asomarme a la ventana y mirar al cielo. Las estrellas se comunican con un código especial muy parecido al código morse. Estoy casi segura de que Marconi acostumbraba a observar las estrellas, y acabó transformando cada centelleo en un clic. También las estrellas dicen a veces, "Save Our Souls"... Pero puede pasar, y ya es el colmo de la mala suerte, que las nubes impidan verlas; a las estrellas, digo. Y así, la comunicación se complica aún más. Y, claro, la impaciencia no es una buena amiga para estos casos; además a los que viven allá arriba no les gusta nada andarse con prisas. Y es que hay días en los que las nubes pueden más que el corazón. Y por eso, por todo esto, al final tuve que esperar, y no fue hasta cuando me olvidé de que estaba esperando; cuando me relajé; cerré los ojos y me dejé llevar por el sueño, que vino hacia mí...

Mi abuela nació el 27 de junio de 1924 en La Habana (Cuba). Le pusieron tres nombres; sí, tres: Blanca Flora Aida. Parece ser que los nombres compuestos, y por partida triple, estaban muy de moda en La Habana en aquella época. A mí siempre me parecieron  tres nombres muy especiales: el primero un nombre de luz, que ahora es todavía más especial, cuando mis labios lo pronuncian mil veces al día nombrando a mi niña; el segundo, el nombre de una de las hadas de la Bella Durmiente; y, el tercero, el de una maravillosa ópera de Verdi. Al cabo de un tiempo su padre, que como en todas las familias de la época, era el que mandaba, acabó llamándola simplemente Aida, y así le quedó.




Allí vivió su infancia más temprana, hasta que a los siete años su padre decidió llevarlas, a ella, a su madre, y a su hermana Elvira, a España. Las instaló en una zona rural, una aldea en medio de ninguna parte; Caxigueira, se llamaba. Su padre volvió a Cuba, para seguir con sus "negocios" y las dejó allí, con sus nombres compuestos y los lazos y los vestidos guardados en unas maletas que jamás volvieron a abrir, y que pronto no fueron más que un puñado de recuerdos amarilleando con el paso del tiempo.
No sé cómo hubiera sido su mirada de haberse quedado. No sé que hubiera pasado si él no las hubiera abandonado allí. No sé cómo hubieran sido sus ojos de no tener que cargar con sus maletas cerradas, con sus tres nombres inservibles en aquel lugar que ni siquiera salía en los mapas; con sacos de 25 kilos en sus espaldas infantiles. Porque así fue, las dejó allí para trabajar. Ni juegos, ni risas, ni nada. Sólo trabajo.
No sé. Pero intuyo que ahí, en medio de ninguna parte, empezó a entristecerse su mirada y a convertirse en la que yo conocí muchos años después.
Mi abuela fue una niña con tres nombres y con la mirada triste e infinita. La niña con los tres nombres que yo de pequeña imaginaba mágicos, pero sin magia suficiente para alegrarle el alma. Y así, en su alma impermeable a la alegría, empezaron a colarse presentimientos, angustias y fantasmas que la iban a acompañar para siempre.
Recuero oírla contar que un día, volviendo a casa, por el medio del campo junto a su hermana Elvira, vieron un ser agazapado junto a un muro de piedra. Nunca supieron explicarse con precisión, o describirlo minuciosamente; puede que nunca se atrevieran, o simplemente que yo no llegué a escuchar esa explicación. Pero estoy segura de sus palabras cuando hablaban de una cola puntiaguda; de una altura que se multiplicaba por momentos, hasta volverse gigante; de una carrera para volver a casa que las dejó sin aliento. Estoy segura del miedo que pasaron; que pasó.
Mi abuela creía en los fantasmas. En los cuentos que se susurran a la luz del fuego; en las cosas que llegan para ensombrecer y confundir a los espíritus de los vivos.

Cuando cumplió 16 años, su padre decidió que debían marcharse todos a Ferrol. Y allí se fueron con todo el equipaje. En las maletas también viajaron los fantasmas; bien dobladitos para dejar sitio a las bragas, a las medias, y aquellos lazos amarillos de la niña que una vez fue.
En Ferrol vivieron mucho tiempo. Su hermana Elvira se casó muy joven y marchó. Y aunque tuvo otro hermano, a ella, por ser mujer, le quedó la responsabilidad de cuidar a sus padres. Otro peso más que cargar sobre los hombros. Pesos que jamás dejó caer, y que jamás la dejaron descansar.
Una tía suya, María, tenía un bar muy conocido en la Calle de los Olmos, en La Coruña. A veces podía escaparse unos días, cuando la tía la llamaba para ayudarla en el bar. Y allí, una de esas veces, conoció a Julio, el que fue mi abuelo.
Se casaron cuando ella tenía 24 años y empezaron su vida en Ferrol.
 
 
Alquilaron la planta baja de una casita en el barrio de Fajardo, junto al Colegio de las Madres Mercedarias, donde luego estudiarían sus hijos. Las propietarias eran tres señoritas solteras de familia militar.
 
Julio se ganaba la vida en el mar, embarcando desde La Coruña. Ella, junto a los que hijos que fueron llegando, vivía entre una cocina-comedor y dos habitaciones. Una casita humilde, con un patio y una huerta que compartían con Manola, la vecina.
Mis abuelos tuvieron cuatro hijos; dos chicos y dos chicas. Mi madre, María José, es la segunda. Esos cuatro hijos para ella fueron un premio. Un respiro. Una suerte. Una bendición.
El amor que sintió por ellos consiguió fortalecer su corazón tan herido. Y a su corazón le fueron creciendo alas poco a poco. Dos alas blancas, esponjosas y dulces como nubes de azúcar. Alas de hada.
Los hijos fueron sus salvavidas. A ellos se agarraron con todas sus fuerzas ella, sus tres nombres, y sus ojos tristes, para salir volando y alejarse un poco de la realidad.
Le encantaba estar con ellos; siempre le encantó.
Con los dos pequeños metidos en un antiguo cochecito de bebé (ella lo llamaba góndola), y los dos mayores bien agarrados uno a cada lado, caminaba kilómetros, alargando las tardes de verano hasta enterrarlas en la arena de la antigua playa Copacabana. Un nombre exótico para Galicia, que hoy ya no se escucha, pues su nombre, su arena, y sus recuerdos, quedaron  todos enterrados bajo el estadio del equipo de la ciudad, el Racing de Ferrol.
En el jardín de la parte de atrás de su pequeña casita, los metía en un cesto enorme mientras ella tendía la ropa que lavaba a mano a diario, con sol o lluvia; frío o calor.
A pesar del cansancio, de los fantasmas, de sus tres nombres, y de la tristeza que guardaba en sus ojos, rodeada de sus hijos por momentos parecía otra.
En la habitación que compartían los cuatro niños, con dos camas de plaza y media en cada pared, se reunían por las tardes, después del colegio, y ella, de rodillas sobre el colchón, les ayudaba con los deberes.
 
Teniendo más o menos cuarenta años se trasladaron a Coruña; un traslado que agradezco porque propició que unos años después mis padres se conocieran, y tras otros pocos de años, naciera yo.
 
De mi infancia me han quedado grabadas a fuego  dos cosas: su mirada, y cuánto nos quería.
Sólo cuando estaba rodeada por sus hijos y sus nietos, sus ojos parecían a punto de libarse de aquella cortina oscura que tantas cosas contenía.
 
En otoño confeccionaba pacientemente un collar de castañas asadas para cada nieto. En el bolsillo de su mandilón guardaba la paga que nos daba a todos, de la que jamás se olvidó; igual que jamás pasó por alto ni un solo cumpleaños.
En su cocina no faltaba un tarro de nocilla para endulzar nuestra merienda, o unas galletas adornadas por una lámina de mantequilla y nevadas por el azúcar que dejaba caer sobre la azucarera metálica.
Cuando de pequeñita me quedaba a dormir en su casa y venía a arroparme, colocaba la almohada a mi alrededor y me decía que era un nido para un pajarito.
Con los años, dejó atrás sus nombres y los sustituyó por otros: mamá y abuela. Cuando alguien los pronunciaba ahuyentaba a los monstruos que se volvían gigantes junto a los muros que poblaban sus recuerdos.
Así pasó el tiempo desde su sofá, con su piel que jamás vistió arrugas y, con su cuerpo, que ella cada vez dejó ir más. Así pasó, organizando Navidades familiares hasta que estuvo demasiado cansada para hacerlo. Esperando las visitas de los hijos que llegaban con sus propios hijos y, luego, cuando fuimos mayores, de los nietos que jamás dejamos de visitarla.
Así pasó, siempre viendo el telediario en el mismo canal, preocupándose por las desgracias que pasaban en el mundo.
Así pasó el tiempo desde su sofá.
 
Su partida fue triste. Con una estancia en el hospital que se nos hizo eterna, porque se nos hacía eterno ver su sillón vacío. Mediado julio, el día del Carmen se la llevó, a ella que vivió rodeada de hombres de mar. Yo creo que por ahí arriba movieron algunos hilos para que se mudara al cielo en un día tan especial.
 
Entrar por primera vez en su casa después de su entierro fue uno de los momentos más extraños de mi vida. Todavía hoy no he vuelto a sentir una habitación tan vacía, como sentí en aquel momento su salón.
Echarla de menos fue automático; natural. Todos lo sentimos.
Por suerte, muy poco después comprendí que seguía cerca; que sólo tenía que pensarla, recordarla; y un día sin nubes mirar las estrellas.
 
Este primer domingo de mayo me he acordado mucho de ella; la madre de mi madre.
A última hora del día, con Blanca y David metidos en la bañera, entre maremoto y maremoto, Blanca me dice:
Todos los días ya han pasado, ¿Verdad, mamá?
No sé. ¿Qué quieres decir?.
Pues que el mundo gira, y los días también, y entonces se repiten.
 
Nos miramos largo rato, pensativas las dos. Saqué el tapón la envolví en la toalla y le dejé un beso en el pelo, mientras sus palabras no dejaban de golpearme en el hombro con sus deditos gordos, obligándome a responderme a la pregunta: ¿Estás ahí abuela?.
 
Aunque muchas cosas quedan atrás, no quiero dejar extraviadas entre las teclas del portátil estas:
-El fluorescente rosa que me compraba en el quiosco de Maruja.
-El collar de perlas que le rompí.
-El zumo de melocotón de marca "Néctar".
-El día que sus nietos decidimos "lavar" sus vinilos y tenderlos a secar en el patio.
-Los roscones pequeñitos que repartía entre los nietos en Pascua...
-Los collares de castañas.
...Y, el que para mí fue su nombre: Abuela.
 
Me trae la noche una estrella
con tu nombre bautizada.
En las canas de tu pelo
nos ilumina enredada.
Nos contemplas desde el cielo
espiando tras la ventana
sonriendo como lo hacías,
ausentando tu mirada
perdida en tus pensamientos,
siempre en tu sillón sentada.
 
Me acunaba tu regazo
y quedaba adormilada.
Tú, con tu collar de perlas
que yo rompí una mañana
queriendo buscar tú abrazo.
 
Has bordado mi pasado
en el tejido del tiempo
que para mí te ha atrapado
en el ámbar del recuerdo.
 
Siempre en tú sillón sentada,
perdida en tu pensamiento.
Mi abuela.
Mi hada.
 
 
He pensado, que este otoño, haré para mis niños un collar de castañas.