martes, 29 de septiembre de 2015

¿Qué trae el viento?











Viento


El viento me trae risas
de la infancia perdida.
El viento me trae mar,
y la luna adivina.
 
El viento me trae playa
y sol en los tejados.
Me trae tardes oscuras;
cielos encapotados.
 
El viento me trae migas
que darle a las palomas.
Tantas tardes de parque
y saltos a la comba.
 
El viento me trae lluvia
y el otoño crujiente.
Barcos entre las olas
de blanca espuma hiriente.
 
El viento me trae faros
alumbrando mi costa.
El viento trae montañas
plenas de brezo y sombra.
 
El viento trae estrellas
que encienden las farolas.
Viajes en autobús;
sabores a mi boca.
 
El viento me trae lágrimas
que lloran las ausencias.
Trae espacios vacíos
que dejan tumbas llenas.
 
El viento me trae letras
que anidan en mi pelo,
y bajan al papel
hasta formar un verso.
 
El viento me trae tiempo
que trepa las paredes;
tic tac en los relojes.
Trae pasado en presente.
 
El viento me llevó,
me lleva todavía.
El viento... Aquel,
otro; este.
Siempre el viento,
rozándome la vida.

martes, 22 de septiembre de 2015

Perro

Perro no recuerda su nombre porque su nombre muy pocas veces escuchó pronunciarlo a alguna voz. Su nombre pasó rápido por su vida. Pasó de largo, igual que aquellas voces; igual que su familia. Todos se han marchado; su nombre; las voces; las personas; se han ido juntos con la llegada del buen tiempo.
Perro tiene el pelo de color canela oscuro; los ojos de un avellana claro salpicado de manchitas verdes.
Perro utiliza sus ojos avellana claro para mirar a uno y a otro lado pero no ve nada; no encuentra nada. Está desorientado, en medio de una carretera enorme; de un pueblo enorme; de un mundo enorme. Perro busca olores que le traigan recuerdos, pero los olores conocidos se han perdido entre el polvo que levantan los camiones sobre el asfalto.
Perro ve pasar a las personas y quiere acercarse. Se acerca buscando a las que conoce; a las que conoció y que se han ido, con su nombre suspendido en las voces y perdido para siempre; perdido como él.
Perro tiene hambre pero no ve su casa; no ve su cuenco de comida por ninguna parte. Perro tiene sed pero no está tampoco su agua. Perro lleva días bebiendo el agua que encuentra en las zanjas. Tiene calor, tiene frío, tiene sueño. No tiene nada.
Perro llora cuando alguien aparta la mano que intenta lamer  buscando una voz nueva que pronuncie su nombre.
 
 
Perro está cansado. Cansado de caminar buscando rastros que el asfalto le esconde. Cansado del sol, del hambre; de la luna tan lejana a la que no puede llegar.
Perro tiene miedo. El miedo se le ha pegado a la piel; al pelo sucio.
Perro sólo consigue recordar cosas que no encuentra por ninguna parte. Recuerda una habitación y el olor a comida; recuerda a dos niños pequeños y sus caricias en la barriga, a veces un poco brutas, pero que tanto le gustaban. Recuerda su cola moviéndose al reconocer el olor de unos zapatos negros con cordones; y un gato de goma que, al apretarlo, hacía un ruido tan insoportable que a él no le quedaba más remedio que convertirlo en montones de pedacitos de gato silenciosos. Recuerda que está mal hacer caca y pis en casa...
Perro tiene miedo. El miedo se le ha pegado a la piel; al pelo sucio. Perro está preocupado por si ha hecho algo mal; por si no ha sido bueno...
Perro baja hasta el pueblo todos los días. Le da miedo el bosque. Hay ruidos que no conoce. No encuentra caminos que lo lleven a ninguna parte. No encuentra su pelota de tenis entre la hierba.
El sol aprieta con más fuerza. Son casi las tres de la tarde. El pueblo está más silencioso.
Casi no hay coches, pero hay otros perros; Perros como él.
Ve a dos tumbados sobre la sombra que un contenedor proyecta en la acera. Uno de ellos también lleva collar, como él. Huelen mal pero Perro se acerca. Quiere compañía. Pero los perros le enseñan los dientes y le gruñen sin moverse. Esos perros también tuvieron nombre un día: Perla y Dragón. A veces creen recordar palabras parecidas; muy pocas veces.
El perro con collar tiene una calva enorme en una pata. La piel está roja y líquida. Perro sabe que eso es malo.
Da la vuelta y sigue su camino. No hay personas para él. Ni siquiera hay perros para él. No hay nada. No hay nadie.
Junto a la rueda del contenedor encuentra un pequeño trozo de pan. Recuerda el pan; recuerda que le gusta. Lo coge entre los dientes. Siente más hambre. Pero este pan no es el pan que recuerda. Este sabe a podrido, a orina, a pisadas; a mordiscos de otros dientes. Aún así Perro mastica muy rápido y se lo traga. Le cae en el estómago vacío como una piedra y casi lo vomita. Se atraganta y resopla escondido tras un coche.
Sabe que sus amos se enfadarían si le vieran cogiendo comida del suelo. Pero no pasan personas por la calle. No hay nadie. No hay nada.
Sigue su camino.
Cruza las carreteras sin mirar. Una moto consigue esquivarlo. Perro, asustado, corre sin rumbo; desesperado; triste; sin saber qué hacer; empezando a olvidar quién es; quién fue.
A cada paso que da Perro siente como el cemento abrasa las almohadillas negras que son las suelas de sus únicos zapatos, y a cada poco tiene que detenerse para lamerse las patas pero no le queda saliva ya.
Al final se para. Olisquea una colilla aplastada. No es nada.
 
La familia también sigue su camino.  La familia se lleva el nombre de Perro en el coche, junto a las maletas, la consola y una neverita llena de agua y refrescos por si tienen sed.
El aire acondicionado les mueve los cabellos.
Canturrean felices acompañando una canción que suena en la radio y sonríen. Sonríen evitando mirar el retrovisor.
Creen que lo que no ven, no existe.

 
 

jueves, 17 de septiembre de 2015

En la habitación de Blanca

Es por la mañana. Blanca está en el colegio y acabo de conseguir, al fin, que David se quede dormido.
 Tengo muchas cosas que hacer; algunas que debo, otras que quiero, o quería, porque estoy muy cansada. Mucho.
Metida en esa espiral donde la eternidad de los días se estira hasta la noche; una noche que dura un suspiro; y que es un suspiro intranquilo e insomne donde los sueños tiemblan bajo mis párpados por miedo a sí mismos. Un suspiro donde se me adormecen las manos estrujadas debajo de la almohada, presas, obligadas a no ceder a la tentación de encender la luz para espantar a esos monstruos que tan bien conozco y ya tuteo. A esos monstruos que me acosan y me hablan al oído con su aliento metálico y tan familiar que sólo se reconoce en los que viven muy cerca, muy, muy cerca, pegados a las paredes de mi corazón con sus patas cubiertas de ventosas.
 
Estoy muy cansada y no consigo ordenar mis ideas. Creo que en realidad no quiero ordenarlas. No quiero hacer nada. No quiero pensar.
Camino por el pasillo como una autómata. De la cocina a la habitación. De la habitación al salón... Y vuelta al pasillo.
La puerta de la habitación de Blanca está entreabierta y me acerco a cerrarla para que no vaya Canela, porque se que luego me va  a costar que salga.
Me acerco a cerrarla, pero al final entro.
El olor me sorprende suave, como una caricia inesperada en el rostro. Me sorprende y me tranquiliza. Respiro hondo para guardarlo dentro, muy dentro. Ese olor tan de niño a colonia fresquita y vida casi sin estrenar. La habitación respira y expira Blanca por todas partes; las paredes, la alfombra, la colcha de lunas y estrellas.
Entro en su habitación muchas veces al día; para recoger y para pedirle que recoja; para leerle un cuento; para darle las buenas noches; para darle los buenos días; pero pocas veces miro a mi alrededor con los ojos tan abiertos y el corazón tan necesitado de abrirse; pocas veces me detengo a observar.
Paseo mi vista por la estantería, por los cuentos; por los dibujos...Una sonrisa llega sin invitación cuando veo que no ha olvidado dejar a sus bebés bien tapaditos antes de irse a clase.
Me siento un poco espía pero no quiero evitarlo; no puedo; y esta vez dejo a mis manos libres para explorar; para sentir y para echar de menos.
Su habitación es una pequeña entrada a su mundo. Un portal a otra dimensión donde las cosas se dimensionan de otra forma, a su manera; a una manera mejor que a este otro lado.
 
 
Junto a la ventana parecen esperarla un grupo de juguetes. Por un momento me pregunto si cuando yo me vaya se asomarán para ver si ya empiezan a volver los niños del colegio.
Me quedo abstraída un rato; pasmada más bien, con la cabeza enterrada en una montaña de pensamientos sin orden ni control.  Y vuelvo a mirarlos.
Hay un par de princesas venidas de un lejano reino congelado. Un león leyendo un cuento sobre leones. Hay peluches; muñecas de otra época, cuando otras éramos niñas y podíamos entrar en el "Mundo de los Juguetes" (así lo llama Blanca) siempre que quisiéramos. Hay un unicornio; un marciano rosa que me mira con su único ojo abierto como un plato...
Todos diferentes y venidos de sitios diferentes, y con todas sus diferencias encajadas en ese universo perfecto donde no hay fronteras, ni barreras de alambre de espino. Un universo envasado al vacío tan, tan lleno de la imaginación de una niña, paralizado ahora sin su presencia como sumergido en un formol de inocencia. Ese formol donde todos deberíamos darnos un baño de vez en cuando para conservar lo que la vida va a querer quitarnos, siempre egoísta, cuando nos araña los ojos con imágenes de la verdad y las verdades que suceden en el mundo. La inocencia se pierde y, aunque no queramos, el corazón de muchos se encoge y se encoge, hasta que sólo queda espacio para no dejar espacio; para no dejar respirar.
 
David despierta. Miro el reloj. Sólo han pasado quince minutos... Cojo el mando de la tele. Unos pocos de dibujos y a acunarlo otra vez.
On.
Un chico joven, muy joven, casi un niño mira a la cámara. Sus ojos llorosos destilan ilusión, una ilusión de esas tan fuertes que consiguen casi engañar al mismo miedo.
A su alrededor las personas corren; tropiezan; se empujan. Unos niños lloran; otros duermen. Al fondo una enanita que tendrá tres años da sorbitos pequeños a una botella de Coca Cola.
¿Qué te gustaría ser si consigues llegar a Alemania?, pregunta el periodista al chico; al niño.
El chico sonríe, sonríe muchísimo. Y, yo, no sé por qué también sonrío.
 Artista, dice. Poeta. Me gustaría ser poeta.
Off. Off para muchos, para tantos... para demasiados...
Pongo el canal de dibujos. No quiero que el chico me vea llorar ahora, sólo cuando leamos poesía.
 
Siento un escalofrío. El otoño martillea en la ventana. Cojo a David en brazos y me lo llevo a otro sitio, a otra dimensión. Vamos a la habitación de Blanca.
 


jueves, 10 de septiembre de 2015

Poemas de un día gris tirando a negro

Un papel ya conocido y estudiado,
la imagen de un rostro joven ya olvidado.
Intrusos negros de lo blanco en mi cabeza,
confusión y confusión que trae tristeza
y el tic tac de un tiempo que ha pasado.
 
Verdad o mentira en un espejo.
Edad de la confusión y edad del miedo.
Tiempo pretérito nunca imaginado.
Cuando el lugar futuro no ha llegado,
la vida nos aplasta con su peso.
 
 
 
 
 
Un saber y un no saber si sabes algo,
un caminar mirando sin ver nada.
La pregunta en mis oídos, yo qué valgo.
La respuesta en tus labios, silenciada.
 
El miedo a tener miedo, y el silencio,
y el sonido que es tuyo cuando callas.
Risas interiores, gesto serio,
porque a nadie le importa si tú amas.
 
Y te dices que da igual. ¡Estás mintiendo!.
La ignorancia te saluda cuando pasas,
porque nadie te dice, Te comprendo.
 
Enorme multitud. Caretas con mil caras.
El charco del vacío va creciendo
y sólo y asustado en el te bañas.


martes, 1 de septiembre de 2015

Óxido en la garganta

Despierta.
El cielo es de hierro. La fuerza magnética de las nubes atrae su frente y sus sienes, convertidas en imanes que atraen el dolor de un día nuevo; un día repetido, otra vez como los otros; idéntico al anterior; igual a los demás.
Nada nuevo. Nadie nuevo.
Cuando la noche se introduce por sus ojos todo vuelve a terminar; a terminar y a empezar.
El cielo es de hierro. El cielo es metálico y frío.
Se lava el pelo y se lo recoge en la nuca sin secarlo, bien pegado al cráneo. La humedad parece aliviar el dolor.

La cera de la vela se derrama sobre la magdalena, y ella no siente, no tiene, deseos para detener la muerte descompuesta de la llama entre las migas.

Es su cumpleaños. Los cumpleaños siguen existiendo aunque nadie los recuerde; aunque el teléfono no suene; aunque el cartero olvide dejar en el buzón las postales que nadie ha recordado enviar con un beso en el sello.
La cera se vuelve sólida. La herida en la magdalena se vuelve sólida, y su voz se le queda atragantada en la garganta. Un pegote sólido que nadie va a escuchar.
No hay sueños para pronunciar en voz bajita. No hay esperanzas para apretar muy fuerte los párpados. No hay hambre para magdalenas de cumpleaños.

La vela es de hierro. La vela es el cielo; incombustible al fuego de los deseos que no se expresan.
Se ríe. A solas. A medias.
Nadie la ve, nadie la escucha tras la cárcel de niebla que tapia la ventana.
Acerca el dedo índice a la llama marchita y permite que la cera envuelva su piel como una crisálida. Piensa en gusanos; nunca en mariposas. Ella no puede volar.

La piel le duele un momento pero no hay lágrimas. El corazón escuece pero el hierro no hace astillas.
Piensa en el año que empieza, en la vela, en el cielo; en nada.
Respira hondo; el primer paso para volver a programarse a sí misma para no salirse de la línea, del sistema que se ha inventado para olvidarse de que sus magdalenas están cubiertas de cera; de que nadie echa de menos su voz.

Se ríe. A solas. A medias.
La risa es de hierro. El sabor de la lengua es de hierro. Le escuece la garganta. Las lágrimas que se traga han ido oxidando sus paredes.
Cumpleaños feliz, canturrea. Feliz...
El sabor es de hierro. Ella es de hierro, y el hierro no hace astillas.