jueves, 11 de febrero de 2016

¿Qué fue de Escarlata?





Ya han pasado tres semanas desde que la vi por primera vez.
Esperaba en la cola del comedor que regenta el Convento de San Francisco. Destacaba entre los demás; algunos sentados sobre enormes hatillos, mantas o mochilas; otros apoyados sobre las paredes de piedra y musgo. Pero ella no. Ella, erguida; recta como una vara. Sin más equipaje que una cartera de noche de terciopelo borgoña, colgada descuidada de su muñeca por una cadenita dorada.
Hace frío. Algunos saltan para entrar en calor; otros se frotan las manos. Pero ella no. Ella no parece notarlo.
Luce un vestido de lana gris y unas botas gruesas pero por encima tan sólo viste un abrigo liviano parecido a un kimono. La tela está llena de delicados dibujos que el tiempo ha ido comiéndose, hambriento como siempre de colores y formas; y alegrías.

Ella, los otros; el lugar, el paisaje; se contradicen.

Cruzo el paso de cebra hipnotizada, sin dejar de mirarla.
Soy un pez en la red de las hebras de plata que pueblan su pelo enmarañado; de la peineta de plástico que asoma entre ellas; de su clavícula huesuda.
Soy un pez fuera del agua al que la vergüenza deja sofocado y sin aire cuando sus ojos desafiantes se cruzan con los míos.
¿Qué miras?, parecen decirme.
¿Qué miro?. A nada  y a todo. A ti.

No soy la única. Más personas se vuelven a mirarla. Su sola presencia es un espectáculo. Una anomalía de lo cotidiano...
 Y es que cuando pasas todos los días por el mismo sitio te acabas familiarizando con cada palmo de realidad que paseas... Los edificios, los árboles; el cartel que revolotea con el viento en el portal anunciado una plaza de garaje...
Cuando pasas todos los días por el mismo sitio tuteas a las palomas y a los gorriones que ven correr las horas desde el tejado de la plaza; adivinas de qué color teñirá la lluvia el rectángulo de cielo que enmarcan las antenas de los edificios...
 Cuando pasas todos los días por el mismo sitio, memorizas los  rostros de las personas; el que pasea al perro; la que corre siempre porque llega tarde al trabajo; el abuelo que deja a los nietos en el cole; el chico que toca el violín en la esquina; los que esperan en la cola del comedor...

Ella era la novedad. La bombilla para los insectos en una noche veraniega. La telaraña donde se adivinan entretejidas mil y una historias entre la seda.

Durante muchos días pasé por allí levantando la vista hacia las escaleras, y allí estaba, como una estatua de mármol; cada arruga cincelada a pulso.
Su presencia despertó mi imaginación; la alimentó; le dio vida.
Cada surco en su piel servía para inventarme una vida para ella: cantante de ópera a bordo de un trasatlántico, pintora, ladrona de guante blanco, espía internacional, condesa centroeuropea caída en desgracia...

Hace un par de días, como siempre, alcé la vista mientras cruzaba el paso de cebra; ese junto a la librería. Ella no estaba, pero se quedó en mi cabeza, como una canción que intentas retener antes de empezar a olvidarla.

Por la tarde la vi en el supermercado que hay junto a mi casa. Fue una sorpresa, verla de cerca; verla allí.
Estuve a su lado. Sentí su olor; su frío.
Con los dedos rígidos y urgentes contaba un puñado de monedas de céntimo hasta conseguir pagar dos cervezas.
La escuché hablar con la cajera. A duras penas consiguió hacerse entender con un par de palabras en español y gestos. Quería una bolsa.
"Thank you". Y se fue.

Pude imaginarme su voz llena de nicotina sobre el escenario de un teatro. Una gran actriz, seguro. El color indefinido de sus ojos contemplando al público. Ahora eran opacos, pero guardaban en el fondo del iris un brillo; otros tiempos; otra vida.
No sé por qué me vino a la cabeza la joven Vivien Leigh, sonriente con su vestido de flores verdes, convertida en Escarlata.

Cuando salí del supermercado empezaba a llover.
La vi alejarse por la acera que lleva a la estación de tren. Se había puesto la bolsa de plástico en la cabeza. Bebía la cerveza y hablaba con alguien que sólo ella podía ver.

Ya no volví a encontrarla.
Muchos días, como hoy, me acuerdo de ella.
Me pregunto, ¿Qué fue de Escarlata?.

Quizás, al final, ha encontrado el camino a Tara...

13 comentarios:

  1. La tierra roja de Tara, muy bonito relato donde la imaginación construye con tanta fuerza que vence a la realidad. Enhorabuena y gracias, comparto. Te tomo prestadas cosas que me recuerdan cosas, valga la redundancia.

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    1. Muchas gracias! Me alegro de que te haya gustado!

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  2. La tierra roja de Tara, muy bonito relato donde la imaginación construye con tanta fuerza que vence a la realidad. Enhorabuena y gracias, comparto. Te tomo prestadas cosas que me recuerdan cosas, valga la redundancia.

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  3. Un recuerdo maravilloso a Escarlata, Muy bien narrado. Un abrazo

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    1. Gracias!, la verdad es que es un personaje único. Un abrazo!

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  4. Qué bello relato, a pesar de ese punto de tristeza, está narrado con una prosa muy poética que me ha encantado, Eva. Un beso enorme

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    1. Hola, Chari! Muchas gracias. Sí, es triste, es verdad, supongo que ese poso que me dejó el encuentro es lo que hizo que se me quedara dentro. Muchos besos!

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  5. Qué bonito!!!! La tierra roja de Tara marcó a muchas generaciones.
    Besos.

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    1. Gracias, Marigem!. Es imposible que no marcara. Me recuerdo sentada en el sillón frente a la tele con mi madre y mi abuela viendo y viviendo a Escarlata. Muchos besos!

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  6. Qué texto tan precioso, Eva. Precioso como tu Escarlata, para hacerle justicia. Realmente hay mujeres que no necesitan más que "ser" para dejar huella. Confieso que tal y como la describes a mí también me hubiera gustado tener la oportunidad de "conocerla"...

    Muy bueno, me ha gustado mucho.

    Besos y buen finde!!

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  7. Me alegro muchísimo de que te haya gustado, Julia. Es cierto. Ella me resulta inolvidable; un misterio en el que no he podido ahondar salvo con mi imaginación. Te diré que el sábado por la tarde mirando por la ventana (a ver si dejaba de llover para bajar a los perros) me pareció verla cruzando la calle. No estoy segura...
    Un besito y feliz comienzo de semana.

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