domingo, 16 de octubre de 2016

El día que ya no pude ver mis pies




Esto es lo que veo yo cuando miro hacia bajo... ni rastro de pies.


Estoy segura de que siguen ahí, al final de mis piernas. Estoy segura porque puedo caminar; porque noto el suelo bajo ellos; porque el otro día me picó un mosquito en el dedo gordo del pie izquierdo y todavía noto cierto escozor de vez en cuando.

Estoy segura de que siguen ahí, pero la verdad es que he dejado de verlos ya hace algún tiempo. He dejado de verlos, igual que he tenido que dejar otras cosas por este barrigón gigantesco que se ha convertido en un anexo a mí; en una prolongación de mí; en mí. Con dos pasajeros que ocupan las dos plazas del zeppelin en que me he convertido. Sí, un zeppelin biplaza, donde yo conduzco, aunque ellos realmente son los que me conducen... Y eso que todavía no nos conocemos en persona...
Y yo, con el permiso de conducirlos a punto de caducar tras treinta y pico semanas, sigo recorriendo estar carretera llena de "cosas que he dejado de hacer":

-He dejado de salir de la cama de una manera normal, ya sabéis, los pies afuera y "arriba". Ahora salgo en "modo croqueta": ruedo hacia un lado, me agarro a la mesilla para tomar impulso y rezo para que al menos uno de mis pies encuentre el suelo.
-He dejado de preguntarme qué me pongo hoy antes de salir de casa. Ahora debo preguntarme "¿Qué me cabe hoy?".
-He dejado de distribuir mi tiempo a mi antojo. Ahora tengo que empezar a hacer las cosas (con cosas me refiero a cualquier cosa que implique movimiento) con un tiempo de antelación. Se trata de "ese tiempo de más" que me llevará agacharme y levantarme; o el que necesitaré para las pausas que preciso cuando camino por la calle... O ese tiempo, tanto tiempo de más, que me llevará ponerme los zapatos; ese mucho más tiempo que tardaré en conseguir unos cordones medianamente atados, aunque sea siempre hacia un lado (que se ha convertido en la única posibilidad).
-He dejado de depilarme con conocimiento. Ahora me depilo las piernas intuitivamente, y las uñas de los pies me las corto, digamos que de una forma muy artística...
-He dejado de llevar camisetas limpias. Aunque debo reconocer que ahora sé anticipadamente dónde caerá esa gotita de sopa que veo resbalar de la cuchara, o el rastro de cola cao que se descuelga de mi barbilla... Lógicamente en medio de la diana natural que tengo pegada al abdomen.


Pero a pesar de todos estos baches, de todos los "dejar de hacer", en esta carretera cada curva puede traer una sorpresa; una cosa que ahora puedo hacer:
-Puedo apoyar la libreta en la barriga mientras escribo, o la taza de cola cao mientras vemos la tele (sí, lo hago aunque sé que luego acabaré con la camiseta manchada).
-Puedo hablar con alguien siempre que quiera; compartir canciones, cuentos...
-Nunca estoy sola. Puede parecer que lo estoy, pero no es así.
-Puedo experimentar cada día un milagro; un cambio en mi cuerpo a cada minuto.
-Puedo compartir esas pataditas, o patadones, con mis niños, y dejarles que me den besos en la tripa; y que les hablen a sus hermanitos...
-Puedo esperar y desesperar; estar nerviosa, feliz; tener miedo...
-Puedo doblar ropita minúscula con una sonrisa tonta en la cara.
-Puedo asustarme con unas contracciones inesperadas.
-Puedo experimentar por tercera vez en mi vida tener la vida en mí.
-Puedo seguir caminando por esta carretera sabiendo que pronto nos encontraremos.

Os estoy esperando.