sábado, 10 de noviembre de 2018

Amalia Moreno



Amalia Moreno puede ser un nombre bonito para muchos. Sonoro, musical; indiferente para otros. Puede que anticuado; incluso feo.

Amalia moreno es un nombre que no sale en los periódicos, ni lo pronuncia una voz de lata desde el altavoz de la radio. Ya no.

Amalia Moreno es un nombre anónimo e insignificante; un nombre cualquiera en los tiempos que corren.
Nadie lo conoce. Nadie lo reconoce ya.
Alejado de las luces de candilejas y de las portadas de las revistas, el nombre de Amalia Moreno y su dueña se refugian en el pueblo que los vio nacer y unirse; crecer y marchar. Y, agazapados entre los ecos de los aplausos que todavía les parece oír en la distancia, ambos se embellecen cada día, mirándose en el espejo cuyo marco conserva aun el brillo de tiempos pretéritos, de los que únicamente pueden rememorarse dentro de oscuras hemerotecas.
Se engalanan para no defraudar a sus admiradores, estén dónde estén, si siguen estando. Se arreglan a diario para no caer en la sencillez a la que sólo, como se confiesan el uno a la otra y la otra al uno en la intimidad, sucumbirán al toparse con la muerte.

Amalia se sujeta los cabellos con mil horquillas que luego sus ojos medio ciegos tardan horas en recuperar. Se viste con la bata burdeos; la que siempre aguardaba los finales de actuación tras la puerta de un camerino accidental en alguna parte del globo.
La bata es una bata mágica; una alfombra voladora de seda y gasa que la transporta, meciéndola cálida y suave, hasta esa otra vida envuelta en hileras de plumas teñidas de colores.

La bata está, sigue, viva. Y en los bolsillos de la bata están guardados los recuerdos y los aplausos,  las repeticiones suplicadas a viva voz; las canciones que tararea mientras se peina; las sonrisas de las personas que aguardaban expectantes su salida desde las primeras filas.

Amalia corona su cabeza de princesa con un moño alto, elegante y dorado, con el brillo dorado al que sólo pueden aspirar los tintes caseros. Dorado de la tonalidad dorada que colorea las canas de platino y no alcanza para engañar al tiempo. Dorado de la tonalidad dorada que tiñe el marco del espejo, que todavía es capaz de reflejarla con notas de color, a pesar de que los años le han arrancado casi toda la pátina.

Amalia y su nombre se acicalan. Esta mañana ya lo han hecho, y ahora reposan los dos en la butaquita de tela a rallas junto a la mesita lista para el té, que una vez un admirador diseñó para ella durante una de sus vueltas al mundo.

Amalia y su nombre desayunan. Dos pastas y una pera. Dos pastas y un té con leche. Cuatro pastas. Ocho; las que sean. Ya el talle no les preocupa, ni a Amalia ni a su nombre. Ya el espejo ha relajado su mirada crítica con arrugas de más; con kilos de más. Ya disfrutan; quieren disfrutar de la poca vida que la vida les ofrece vestidos eternamente con la bata mágica color burdeos.

Amalia y su nombre comienzan el día; el día cuya perspectiva se les antoja tan dura y tan larga, y tan inalcanzable como el resto de los otros días. Y se colocan en la línea de salida, perfectos e imperfectos los dos, como en los mejores tiempos, aunque estos sean los peores, colocados bajo el sol, como si se tratase del gigantesco foco de un teatro de ultramar. Disfrazados con el traje Moreno en forma de apellido en blanco y negro, sin delatar jamás la identidad que se funde y se olvida bajo las letras de los titulares y los programas de teatro; sin descubrir un García cualquiera, un López, un Fernández; un secreto. 

Siguen adelante. Tienen que seguir, porque la promesa de que no va a salir el sol es sólo una fábula, y a medianoche empezarán a descontarse las horas de tregua que restan hasta que comience un día nuevo.
Respira. Respiran los dos. Una y otro; otro y una.
Respira.
Intenta recordar que la oscuridad será su manto protector; su capa de invisibilidad; las vendas que ocultarán el tiempo que lo descompone todo.
Respira. Respira hondo.

Quiere distraerse. Distraerse y distraer al tiempo.

A veces, las pocas veces que sale, contempla los escaparates de las tiendas, rememorando un tiempo que a veces le parece sólo un sueño; cuando los vestidos encerrados tras un cristal le conquistaban una sonrisa; una sonrisa y mil promesas. Cuando fantaseaba haciendo mil planes para todas las infinitas estaciones que todavía estaban por llegar a su vida.
A veces, las pocas veces que sale, sondea el interior de los portales, de las cafeterías, de los supermercados cerrados que, sumidos en la oscuridad reinventada por las luces de emergencia, se le antojan velatorios de alimentos.

A veces, las pocas veces que sale, camina; caminan juntos y siguen caminando. Tienen que seguir, porque la promesa de que no va a salir el sol es sólo una fábula, y a medianoche empezarán a descontarse las horas de tregua que restan hasta que comience un día nuevo.



jueves, 26 de julio de 2018

Esperándome





Se me han ido pudriendo las palabras,
encerradas dentro de un armario.

Se han ido llenando de polilla
como prendas que no usas y se olvidan, 
como viejos vestidos de un difunto,
como juguetes perdidos de algún niño.

Se han centrifugado con las toallas.
La lavadora las ha dejado sin colores.
Sólo un blanco puro y sin sentido;
brillante disfraz sin significado.

Se me han ido escapando entre los dedos
las historias que apretaba entre los puños
Como el mar en la orilla de una playa,
llega y se va,
y es sólo arena húmeda.

Se me quedan pegados y resecos,
los labios
pálidos de besos y sonidos,
por no pronunciar el nombre de mis musas,
que descargan su ira contra mí
con el olvido.

Enfadadas porque yo las he olvidado,
no atienden  a razones ni a motivos,
mientras lucho cuerpo a cuerpo con el tiempo
que se traga veinticuatro horas cada día.

Se queda mi libreta huérfana en la mesa,
y mi bolígrafo mudo y sin saliva.
Esperan quizás sólo un roce de mis dedos;
quizás sólo un minuto 
de los que tiene el día.

Esperan y yo sigo esperándome,
confiando nuestros silencios  a la luna;
pidiéndole deseos a una estrella.



miércoles, 18 de abril de 2018

Hirviendo


Hierve.
Hiervo.
Hierven las sienes, la frente;
hierve la nuca.
Gotas de sudor recorren el cuello
hasta la espalda.
Líquido que condensa mis desvelos.

Hierve.
Hiervo.
Hierven mis pensamientos.
Chocan con las paredes internas
de mi cráneo.

Hierve.
Hiervo.
Borbotean las imágenes
contra el acero inoxidable
de mis párpados.

Hierve
Hiervo.
Hierven las sienes; la frente.
Hierve la nuca.

El bolígrafo se derrite
entre mis dedos.
Entre mis dedos se derrite
la posibilidad de las palabras.

Hierve.
Hiervo.
La tinta lo salpica todo;
lo ensucia todo.

Sangre negra 
con mi voz guardada.

Hierve.
Hiervo.
Yo.
Nadie más.
Nada más.




lunes, 9 de abril de 2018

El privilegio de que nos amen


Hace 13 años que comenzó una de las amistades más importantes, sinceras y duraderas de mi vida.

En este mundo de locos; en este mundo que vamos enfermando con nuestra presencia cada vez más, empeñados en dejarlo en un coma irreversible e irremediable. En este mundo, donde hace unos días la jirafa se declaró en peligro de extinción y se va el último rinoceronte,  donde la guerra se traga miles de almas como caramelos, donde somos incapaces de resetear, de pedir perdón; en este mundo tengo la suerte, la increíble suerte de ser y haber sido amada por ellos..

No es casualidad; no creo que lo sea; que ellos son los únicos amigos, amigos de verdad, que han resistido a mi lado sin importar tiempo ni espacio; sin importar si estoy más gorda o más flaca; si puedo pagarme un restaurante o un bolso en aquella tienda. Sin importar si estoy más triste o más alegre; sin competitividades ni envidias; sin falsedad. Importando sólo mirarnos a los ojos y en un momento alcanzar ese "clic" en el interior del otro. Un latido. El corazón.

Hace ya 13 años que Trufo, Canela y yo nos conocimos.( Antes de ellos fue Luna, y es justo recordarla y, como la recuerdo  aún cada día y, cederle este paréntesis, aunque ella está presente siempre en mí y en cada palabra de este texto, porque ella fue mi primera vez; mi primera compañera peluda).
Ellos saben cómo soy yo, y yo, cómo son ellos. Sé que Canela me va a dar con la pata hasta que consiga más caricias; que no puedo dejar el cubo de la basura abierto porque hasta una servilleta es un delicioso manjar para ella; que le encanta oler a los niños y que le digan que es muy buena. Sé que a Trufo le dan miedo los ruidos fuertes y escuchar el agua de un grifo abierto; que le chifla el pescado azul y los besos, y que cuando le cortan el pelo tarda semanas en recuperarse del trauma.
Sé, y sé por encima de todo que me quieren, y sé que ellos saben que yo  también los quiero, aunque a veces tarde en darles la comida porque los bebés lloran, o me olvide de volver a meterle las mantitas en las cestas.

Soy una privilegiada. Me quieren y me dejan quererles, y me parece increíble.
Si como aventuraba Darwin, la vida se va adaptando al entorno para seguir adelante, me maravilla que en su código genético, en el de los perros; en el de todos los animales, no haya una advertencia, una señal de alarma; de peligro: "No confíes en los humanos". Me maravilla que, a pesar de todo y de todos, ellos confían una y otra vez.
Se arriesgan, quizás porque su corazón, mucho más evolucionado que el nuestro, haya comprendido ya hace tiempo que amar también es asumir el riesgo.

Siempre he pensado en estar suerte que tengo; en cuánto los quiero; en tantos momentos compartidos. Siempre lo he pensado pero últimamente estos pensamientos vuelven a mi cabeza más y más; en mis insomnios entre biberones; en mis duchas de tres minutos con niños gritando al otro lado de la puerta; mientras tiendo la ropa o veo las noticias.... y sé el motivo. Sé lo que me pasa. Reconozco el sabor en la boca; el eco en mis oídos de otra historia con el color de la luna. 

Tengo miedo. Miedo.
Algo tan simple; tan humano; tan darwiniano.

Las cataratas empañan ya sus miradas y tardan más en terminarse el pienso de grano grande. A Trufo se le ha gastado una de las almohadillas de las patitas y hay que ponerle un líquido especial dos veces al día. A Canela le han salido canas en los bigotes.
El tiempo suma y el miedo crece.
Cuando veo a los bebés acercarse a sus cestas; o a David que desde "su" sofá reclama que Trufo se ponga a su lado. Cuando veo las primeras fotos de Blanca, que ya gasta los ocho, cuando era recién nacida y allí ya estaban ellos; Trufo y Canela.
Tengo miedo.

Para mis hijos Trufo y Canela "son como el sol y la luna. Siempre han estado ahí" , pero algún día, e imagino que ese día no será muy, muy lejano, ya no estarán.
Tengo miedo. Y ese miedo me hace estar alerta y apreciar todavía más la suerte que tengo, que tenemos los que hemos sentido alguna vez el amor de un animal. Un lametón repentino y una nariz fría en la mano. El ruido de unas patitas que, de noche, se cuelan a hurtadillas en la habitación para dormir sobre la bata que he dejado en el suelo. El calorcito junto a las piernas de su cuerpo mientras vemos la tele. Nunca estar y nunca sentirse solo. Hablar con alguien siempre, aunque parezca que hablo sola. Pelotas de tenis que desaparecen misteriosamente o una barra de pan que también desaparece misteriosamente.
Y el amor, claro. El amor siempre.
Siempre sentirse amado, en cualquier lugar y tiempo.
Ellos son y serán un para siempre en mi vida.
Para siempre jamás.




"Son como el sol y la luna. Siempre han estado ahí" es una frase que me encantó de "Arco Iris", de Ricardo Chávez Castañeda, e ilustrado por Cecilia Rébora.










sábado, 20 de enero de 2018

Feliz cumpleaños mi amigo, mi amor, mi equipo de protones personal




Hoy es tu cumpleaños.
Hoy es tu cumpleaños y llevo días pensando en cómo felicitarte; en qué decirte; en cómo expresar lo increíble, lo especial e imprescindible que es para mí, para todos, que existas.

No sé a qué, a quién agradecer tu existencia que hoy celebramos; si a la combinación genética de tus padres (aunque confieso que no soy excesivamente determinista); a una conjunción de astros, o a ese punto azul que tanto significa para nosotros.

Hace exactamente un mes fue nuestro 17 aniversario.
Apareciste en mi vida por casualidad, por suerte; mucha suerte, eso seguro.
Apareciste para cambiar los planes que tenía en mente de vivir sola con mis perros ( o sea que no sola, sola). Ahora vivo con nuestros perros y con 5 personas más.

Ya ves, hoy es tu cumple, y la que tiene que contar todos los regalos que me has hecho, soy yo.
Me has regalado un montón de canciones; desde los primeros Silvio y Serrat, ¿Te acuerdas?... "Te doy una canción", me dijiste, y me diste tantas...: Lucía, Rabo de Nube, Canción Infantil, Las cuatro y diez.... Y ahora eres tú también el que adivina mis imprescindibles: Copenhague, Tierra, La Deriva, We are Young, Unicornio Azul ....

Me has descubierto bocados y momentos; una copa de vino, una caña, a veces un café o una infusión. Siempre conversación (cuando nos dejan todos estos).

Me has dado apoyo incondicional, calma, esperanza en la raza humana (aunque esta última la pierdo periódicamente, ya lo sabes).

Eres comprensión y paciencia ( y cuánta has debido necesitar en mis momentos hormonalmente alterados, que han sido muchos).
Has alentado mi fantasía y mi imaginación; escuchado mis palabras; ahuyentado de mí esa sensación de vergüenza a mostrarme cómo soy, ya sabes, en crisis y en zapatillas y bloqueada en E.G.B.
Has compartido conmigo y hemos hecho nuestro el sueño de ser papás (cuatri- papás); el amor por los animales: Luna (tan enamorada de ti al primer lametón), Trufo, Cane...

Eres el combustible que me permite andar de puntillas por las nubes.
Eres mi equipo de protones.
Eres mi cazafantasmas particular, que obliga a salir a todos los que permanecen en las habitaciones más recónditas de mi memoria.
 Eres tantas cosas para mí, para nosotros (1+1=8), que enumerarlas sería INfinito. IN, así  como te quiero de forma IMperfecta; INdestructible; INcontable;INfinita.

Quiero celebrar que estás aquí; que hace 39 años que lo estás.
Quiero volverme cada día más "friki" contigo. Ir a ver todos los episodios de Star Wars; revisar los "Cachitos de Hierro y Cromo"; reírnos con Fraiser otra vez; programar un fin de año de comedias británicas.
Protones y Electrones. Positivo y Negativo. Unidos.

lunes, 11 de diciembre de 2017

La blusa manchada de caca, la magdalena ladrillo y otras historias del desorden de mi vida


La magdalena ladrillo


Que si hiciera un tablero en Pinterest (si supiera hacerlo) con fotos de mi casa tendría que titularlo: "Desorden"; que nunca elegirían nuestro salón para ilustrar una revista de decoración (salvo para un "antes" de un "antes y un después" y alguien viniera a hacernos una reforma e plan reality); que nuestro hogar está sembrado, día sí y día también, de "zonas 0" que se reproducen y emergen de nuevo  machacando cualquier intento de orden, son cosas que cualquiera que venga a visitarnos podrá apreciar con sólo cruzar el umbral de nuestra puerta.
Nunca hemos sido un modelo de orden, pero desde la llegada de Alejandro y Daniel nos hemos ido alejando a pasos agigantados de ese modelo. No lo encontraríamos ni con una brújula, ni con G.P.S; ni aunque nos lo dieran envuelto en papel de regalo.

Los peques acaban de cumplir su primer año y echando la vista atrás recuerdo las primeras señales de alarma de la llegada del caos...



Durante los primeros días de Diciembre del año pasado, mis suegros vinieron a conocer a los nuevos bebés. Con el reloj en nuestra contra intentamos mejorar un poco el aspecto del salón: mogollón de revistas al revistero, un par de cosas debajo del sofá, otro par de pares al armario y a cerrar las puertas a presión. Pero como la realidad no es Instagram y no hay filtros que valgan, al ir a sentarse mi suegra en una silla... ¿Qué hace aquí un calcetín? (Si tuviera un palo lo hubiera utilizado). Y el calcetín venga a reírse de mí: Llevabas dos días buscándome... ¡Pues aquí estoy!

A los pocos días regresaron para felicitarnos las fiestas. Fue algo así:
"Feliz año. Nuestros mejores deseos para el que viene. Que los pañales sucios lleguen al cubo de la basura y que tengáis salud" (Mea culpa. De camino a la cocina me dejé un par de pañales sobre el baúl de la entrada... la noche anterior).

Y todo ha seguido así durante este año. Así no, en realidad más rápido; más loco; más cuesta abajo.
Se trata de un caso claro de las "Tres Des": Desorden. Despiste. Dinosaurios (Esto último lo digo porque estoy viendo un grupito que se ha quedado rezagado junto a la pata de la mesa).

Por las mañanas da igual a qué hora me levante ( o no me acueste); al final, meriendas a todo correr a la fiambrera y nosotros, como las meriendas, a correr también.

Los lunes y miércoles a David le toca llevar bizcocho o galletas...
A ver... como el último día llevó galletas, hoy le pondré magdalena. Una se intenta abrir paso entre la niebla de mi insomnio que nunca termina de despejarse del todo... ¿Dónde te dejé?... ¿Dónde?...

Meto la mano sin mirar hacia el fondo del armario y saco una cajita. Parece vacía. Estoy a punto de decir alguna palabra fea pero la esperanza renace. Parece que queda una... pero no. Aquello no es una magdalena. Es un ladrillo. Un ladrillo descolorido y reseco que choca contra el plato cuando volteo la caja. Estoy casi segura de que podría utilizarse como material de construcción. Estoy segura del todo.

El estruendo es asombroso. El plato choca contra el suelo rompiéndose en cuatro pedazos; cuatro ¡Qué casualidad!
Me parece que a David le va a tocar otra vez tomar galletas. Enseguida compruebo con alivio que aún quedan un par de paquetitos de dinosaurios. ¡Gracias a quién corresponda!.

Estoy cerrando la cremallera de la mochila (también de dinosaurio); a punto de decir: ¡Nos vamos!, cuando Daniel se pone a llorar a pleno pulmón.
Me acerco a cogerlo.
Huele mal desde lejos.
No es una caca. Es la súper- caca.
Al cambiador directo.
Puñado de toallitas. Cambio entero de ropa. Más toallitas y pañal limpio.
Nota mental: Poner una funda limpia en el cambiador: ¡Alerta de manchurrón!.
Abrigos a los bebés.
A la silla y cerramos sacos.

Todos gorros y bufandas, yo incluida. ¡Sí, tú también, que sólo te falta hacer todo esto acatarrada!
Me transformo en cebolla con mil capas de lanas, a sabiendas de que me va a costar concentrarme en apurar el paso con este calorcito.
Me miro en el espejo del ascensor. Bajo la bufanda asoma el cuello de mi camisa blanca.
Estoy contenta; hacia mucho tiempo que no me ponía la blusa blanca (casi quince días desde que la dejé en el cesto de la ropa sucia).

Paso una mañana normal, en plan mamá  de The Walking Dead, con una silla gemelar y la nariz tocada por un moquillo eternamente congelado. La tarde se acelera un poco, con una tutoría y el cumplimiento de la promesa de parque que hice a la desesperada el día anterior para que se fueran a la cama.

Cuando llegamos a casa me encierro en el baño para ducharme y tener la excusa de que no los oigo a través de la puerta.
Hablo con mi reflejo, en plan ejercicio de autoayuda. ¡Otro día superado! ¡Muy bien, Eva!
De pronto escucho una carcajada. Un manchurrón se ríe de mí (como el calcetín) junto a un botón de mi blusa tan blanca; tan blanca y tan sucia.
¡He ido por ahí todo el día con la blusa manchada de caca! ¡Bien por mí! (Esto ya no es un ejercicio de autoayuda).

... Y a mis suegra le pareció grave encontrarse un calcetín en la silla del salón. ¡Menos mal que hoy no me ha visto! (Prefiero concentrarme en eso que en toda la gente que sí me ha visto)

¡Adiós blusa blanca!. Otra vez al cesto de la ropa sucia. Nos vemos en medio mes.

Salgo del baño.
Canela se ha comido media caja de cartón de los adornos de Navidad. El suelo está lleno de juguetes y Cantajuego resuena en el salón a todo volumen.
Noto algo en la boca del estómago, sube por mi garganta y choca contra el paladar. Por un momento tengo miedo de vomitar, pero no. Lo único que sale por mi boca es una carcajada. Una risa histérica y puntiaguda. Risa de loca. Risa desordenada como mi casa; como mi vida y mis letras; como mi cabeza.

¡Qué bien sienta reírse!
















jueves, 23 de noviembre de 2017

Blanca


Una vez primera.

Mi primer "Mamá".

Mi cuerpo abierto para despedirte. Para recibirte.

Pestañas oscuras e infinitas.

A veces aleteos de mariposa. 

A veces huracán con nombre propio.

Ojos insondables.

Enigmas y ternuras

vestidos en carbones castaños.

Lápices de colores

y silencios.

Miles de dibujos

empapelan tus recuerdos.

Cantabas "Pica pollito" entre biberones.

Ahora, Coca Cola Zero y pizza con extra de tomate.

Me has pedido que traiga una carta para escribirle a los Reyes y

he sonreído.

En tiempos difíciles para la inocencia, esta tuya un año más es un regalo

que cuidaré como un tesoro.

Gracias mi niña.

Mi primer bebé.