lunes, 16 de octubre de 2017

Ropa cubierta de ceniza. Corazón, negro y humo

He salido al balcón. La ropa que tendí ayer por la mañana está cubierta de ese polvo negro que fue ayer el cielo aquí, en Galicia. Dentro de un rato, por la tarde o puede que mañana, volveré a meter toda esa ropa en la lavadora. Con un poco de detergente y suavizante quedará blanca; olerá bien. Otra vez como nueva.
Pero ese polvo negro se ha tragado demasiado; un demasiado que jamás podrá volver a quedar limpio y blanco como mi ropa. Será imposible arrancarlo del corazón, de ...la pupila.
El terror, la incertidumbre, las vidas aplastadas por el hombre, verdugo de sí mismo y de lo que le rodea.
Personas muertas intentando escapar o proteger; hogares que ya no están y si están, ya no lo son. Los árboles de los que tan sólo quedan afilados esqueletos. Las familias enteras masacradas en la seguridad de sus madrigueras; en la desorientación de sus huidas.
Mi corazón está cubierto de polvo. Tengo un nudo en el estómago y las lágrimas rápidas, pero no quiero dejar que el fuego consuma también mi fuerza; la de todos.
Quiero que mañana sea un nuevo día para enseñarles a mis hijos a respetar la vida; todas las vidas. A quererlas y cuidarlas.
Quiero que aprendan a amar a los árboles que nos regalan su sombra, enmarcan nuestro paisaje y son vivienda para tantos animales. Quiero que toquen la hierba que pisamos; que sepan que también está viva. Que cuiden a los animales que intuimos entre las sombras del bosque, y a los que conviven junto a nosotros.
Quiero que entiendan que todos juntos somos un corazón que late. Hoy un corazón herido, negro y triste.
Quiero enseñarles a tener la fuerza suficiente para exigir el castigo merecido para los que intentan quemarnos el corazón.
Sigamos latiendo


miércoles, 11 de octubre de 2017

Lo que voy a ser de mayor

Mi niña sirena ya ha comenzado a soñar con qué pasará cuando se lance sola al mar. El otro día me sorprendió con este "poema" y con el miedo que me da que crezca. Me sorprendió su ilusión, su imaginación, su determinación.  ¡Qué afortunadas somos! Yo por tenerla. Ella por poder permitirse soñar.


"Inventora o escaladora, arqueóloga, astronauta,
exploradora de la jungla, veterinaria, doctora,
exploradora del famoso Egipto pirámides encontraré
ser ciclista o patinadora de skate no se que puedo
ser, una famosa cantante, o farmacéutica no se
o igual profesora de 3º 2º 1º etc, seré mamá
no se igual. Hay tantas que elegir que no me puedo
decidir. Igual famosa nadadora quizá mi futuro encontraré
para todo eso esperaré" Blanca

viernes, 15 de septiembre de 2017

9 meses y 1 día


Una herida blanca 
en la encía desnuda.

La carne llamando a la puerta
de los instintos recién estrenados;
cargando armas afiladas
en la boca.

Puntaditas de hilo oscuro.
Pestañas para cerrar párpados
vírgenes de arrugas.

9 meses y 1 día
sin la cuerda palpitante
que os retenía en mí.

9 meses y 1 día
de lazos
que nos han separado
y nos han cosido,
dejando cicatrices en el aire.

Vuestras miradas rebosan en mi sangre.
Transitan de puntillas por mis venas
los pasos que todavía no habéis dado.
Latidos en mi corazón
son vuestras voces.




9 meses y 1 día
4 años y 20 días
7 años, 9 meses y 16 días



martes, 5 de septiembre de 2017

Una vez con 17 años


Una planta se ha secado en mi ventana.
Una planta impostora.
Acostumbrada a mentir; a esperanzar.
A hacer brotar ilusiones verdes y tiernas.

Se ha secado la tinta que 
escribía mis latidos;
alejada de su "Unicornio Azul".

El corazón ha entrado en duermevela,
aprisionado bajo una
costra de recuerdos.

El tiempo me falla,
y el aire.
Y el valor.

Mi piel traslúcida,
que deja ver a todo y a todos,
guarda miles de secretos.

Moscas negras en mi mirada.
Papeles arrugados 
que crujen en mi pecho.

Velas de cumpleaños 
que huelen a cera y,
a veces,
a esperanza.

Colecciono deseos
y rechazos.

Soplo la vela,
pero el fuego no se apaga.

Las palabras queman en mi lengua.

Querer, desear, morir por crecer.
Crecer y marcharse.
Escaparse del número maldito.

Aquí estoy.
Ahora, he crecido.






miércoles, 9 de agosto de 2017

David

Es pensar en él e invitar a la sonrisa a que visite mis labios, incluso aunque los pensamientos me recuerden las cosas de él que más me enfadan:
Se quita las gafas y jamás recuerda donde las deja (pueden aparecer en el baño; debajo del sofá; o por puro milagro en la mesilla azul junto a su cama).
Come fatal; casi no le gusta nada (podría alimentarse a base de huevito con patatas, crema de calabaza o sopa del abuelo, como él la llama).
Es muy, muy... infinitamente desordenado: coches, muñequitos, papeles arrugados... es lo que tienes que sortear para entrar en su habitación...
A su cabeza parece que siempre acuden ideas, digamos que no demasiado buenas: subirse al mueble del televisor; colgarse entre el sofá y la ventana; saltar desde la cama a su mesa, o colarse a la terraza del vecino por el agujero del desagüe (esos vecinos jamás nos olvidarán...). Hace una semana, mientras tomábamos algo en una cafetería, él aprovechó para meterse en una fuente que había al lado... Eso tampoco lo olvidarán jamás todos los que estaban por allí.
Pero a pesar de todo es imposible enfadarse con él más de un minuto. Y es verdad, lo he comprobado. A veces, cuando la travesura es muy grande, intento enfadarme mucho rato pero aunque me obligo y me obligo el enfado se evapora, desparece como el dolor de cabeza en los anuncios de analgésicos.
David conquista. Nos conquista a nosotros; conquista a todo el mundo.
Cuando lo llevo al colegio es increíble con la cantidad de personas que nos tenemos que parar por la calle porque él saluda a todo el mundo. Reparte sonrisas, abrazos, felicidad contagiosa. Y esas personas al día siguiente lo saludan a él y así se forma un bucle sinfín.  Y aunque tardamos mil años en llegar, es maravilloso.
A veces ( muchas) me ha pasado que estando un sitio; en la calle, un comercio, el supermercado, el centro de salud... me preguntan: ¿Tú eres la mamá de David? y yo me quedo alucinada pensando en quiénes son esas personas.
No hay nadie en las tiendas de la zona que no lo conozca. En el cole, lo conocen hasta los profesores de los cursos más altos... No deja de asombrarme la capacidad que tiene para relacionarse, sobre todo porque yo he carecido siempre de ella.

Trufo y él son íntimos amigos. Una de mis escenas preferidas es: David viendo los dibujos mientras su mano descansa sobre el lomo de Trufo que está acostado junto a su pierna. A Trufo se le empiezan a notar ya bastante sus 12 añitos. David ya se la ha hecho más de una revisión con su maletín de doctor para comprobar que está perfectamente.  Con Canela también se lleva bien, pero tienen sus más y sus menos porque ella le roba demasiadas veces la merienda. Me advierte repetidamente que debemos llamar a la policía.

El tiempo pasa y cumple 4 años. ¡¿Ya?!. Me encantaría poder detenerlo, quedármelo, pero se que debe seguir su camino en el reloj; en el calendario para continuar asombrándonos, estoy segura de que cada vez más.

Escribo, estoy un poco nostálgica. Estos pensamientos a veces son como el otoño y me parece que tengo frío, pero oigo su voz llamándome desde su habitación. Se ha destapado y está lloroso porque cree que se le ha perdido la locomotora que ayer le reglaron los abuelos (se empeñó en dormir con ella). Levanto la almohada y la encuentro. Se la pongo en la mano y le tapo. Me pide la uña y le acerco mi mano. Acaricia mi dedo gordo de la mano derecha unos instantes y se tranquiliza; algo que hace desde que era un bebé.
Me vuelvo aquí. Su voz ahuyenta el frío, y su mano en la mía, y su lengua, todavía de trapo: Mamá, "¿Quiénes eran los caverconilocas?", "¿Quién ha fuido?"," Yo también quiero un lobo con una cuerda, azul", ¿Vamos a ver la película de los ninons amarillos?"

He tenido que parar de nuevo, esta vez para darle un biberón a Daniel, y David ya se ha levantado.
Está en el sofá con Trufo a un lado y un camión "barrendero"( de esos que limpian las calles) que también ayer le han regalado los abuelos, al otro.  Lo quería desde hace dos meses y está feliz.

Mami, ¿Te sientas a mi lado?
Feliz cumpleaños David. Estoy deseando que me sigas asombrando.

miércoles, 19 de julio de 2017

Desordenada


El cajón de un mueble donde se mezclan aspirinas,
pilas y listas de la compra.

Desordenada

Una pista de baile donde las parejas ni se buscan,
ni se encuentran.

Desordenada

El tiempo se mide en milímetros,
y en el cajón sólo queda un respiro,
o dos entre las agujas.

El espacio son años luminosos o sombríos
en la cara oculta de un planeta
recién presentado en las noticias de las tres.

Me reciclo cada noche tras mis párpados cerrados;
tras mis puños cerrados.

Alquilaré por horas unas cuantas palabras
para intentar explicar,
y explicarme,
esta realidad medicada
enferma de tu ausencia.

Desordenada

La vigilia del miedo me adormece
instalada en mi mirada.
Un antifaz que me cubre y me descubre.

Desordenada

Una película con el fin antes que el principio.
Un mundo donde no nos hemos encontrado.
Una playa sin orillas ni llegadas.
Una ciudad sin tus pasos junto a los míos.

Desordenada

A veces mis pensamientos se comen unos a los otros.
Muñecas rusas de sílabas y letras.
Las palabras se me rompen en pedazos
por no decirlas; cristales contra un suelo
de silencio gris.

Desordenada

Oscuridades más claras que las luces.
Luces llenas de interrogantes negros.

Desordenada

A veces el sueño desordena mi cuerpo;
a veces devora las migas de día que quedan en mi plato.

A veces, sólo a veces, el bolígrafo gana la carrera
de hablar conmigo misma.
Desordenado.
Desordenada.
A veces, como ahora.

martes, 4 de julio de 2017

MUTANTE

Cada vez estoy más convencida: Soy mutante o una mutante, no estoy segura de cuál es la forma correcta de expresarlo, pero no importa. No importa porque lo importante es que lo soy; una mutante, digo. Pero no una mutante guay; ni guay ni verde (aunque algunas veces mi piel adquiera esa tonalidad). Tampoco vivo en las alcantarillas, ni una rata humanoide se ha convertido en mi maestra de lucha. Aunque a veces, todo hay que decirlo, me apetecería ponerme en plan ninja, y ninja LETAL. Ya veis, con mayúsculas y todo...

Cuando me para una señora en plan: ¿Esos 4 son tuyos? (refiriéndose a los niños).¡Ay... mujer!.
Ya ni siquiera intento sonreír ante este tipo de comentarios, aunque es verdad que a veces puede que se me escape una sonrisita porque mientras ella habla mi cabeza está en otro lado, en otra realidad, donde la escena es la siguiente:
-Primero ¿Esos 4 qué: niños, tomates, coches?. A mis hijos va a referirse de otra manera, o mejor no se va a referir a ellos para nada. Y... ¡Ay mujer!, ¿Qué?
Veloz como un rayo le pillo con los dedos esos dos puntos en el cuello (no se exactamente dónde están, pero ya sabéis, como se ve en las películas) y la dejo tirada en la acera.
-Ala señora, ¡A dormir un poquito!.

Cuando con los mellizos en la silla, mientras espero a Blanca y David, una madre del colegio me mira la barriga: ¿Pero tú aún no diste a luz?.
Y yo... giro supersónico en plan Matrix y ale, patada en la boca.
Y tú... ¿Aún no has aprendido a respirar?. Estás un pelín morada. A ver... te quito la garra de la traquea. Repite conmigo:
"Voy a dejar de hacer preguntas imbéciles". "Voy a dejar de hacer preguntas imbéciles".

Cuando de repente un desconocido cualquiera, cualquiera y suicida, porque está claro que no le tiene mucho aprecio a su vida, me pregunta que cómo no dejamos a los perros ahora que tenemos tantos hijos.
Y Yo... Al que te voy a dejar es a ti, pero seco, gili...s...

Ay... Esto de ser mutante es difícil. Es duro.
Puede parecer que no, pero eso es sólo producto de la imaginación, de la mía; de esa maravillosa compañera (somos amigas íntimas desde mi más tierna infancia) que me ayuda a caminar y a sonreír mientras voy por la calle imaginando que atropello un pie a alguno con el carrito gemelar.
La imaginación es una vía de escape. Ayuda a mis neuronas a escapar de esa pinza que debería sujetar su racional actividad. Y aunque os pueda parecer que estoy un poquito agresiva, os diré en primer lugar, que estoy totalmente alborotada hormonalmente, y que transito a cada segundo entre la violencia y la tristeza; la inseguridad y el positivismo más allá de ese tal Mr. Wonderful.

Y es que ser mutante consiste en eso. En mutar. En mutar y en vivir, convivir y lucir tu mutación.
Y eso a veces es difícil. Es duro.

No vivo en una gran mansión estilo ingles con un montón de mutantes bajo la batuta de un profesor telépata con un súper cerebro, ni tengo que salvar al mundo (Me llega con que nos salvemos a nosotros mismos). En realidad, vivo en Pontevedra en un piso de tres habitaciones y media con Miguel, Blanca, David, Alejandro, Daniel, Trufo y Canela.
Vivo, y sobrevivo, a la locura que es cada día. A esa felicidad que da paso al enfado más borrascoso del mundo. Al rosa que torna en negro.
Vivo y sobrevivo a las peleas por un juguete; a las protestas por meterse en la bañera, a los ladridos de Canela y los sofás envejecidos por las patas del Trufo; a las noches sin dormir y a acordarme siempre de comprar pañales.
Vivo y sobrevivo a la mutación.
 Por estas fechas hace un año "estrenaba" cuerpo y bañadores premamá.
Ahora, un año después, estreno mi primer verano cuatri-mamá y un nuevo cuerpo. Uno que no reconozco, donde el ombligo ha desaparecido y algo llamado diástasis postparto se ha tragado mi abdomen.

Intento aprender a aceptar mi mutación; mis mutaciones. Aprender a aceptar que he cambiado; a aceptarme.
A no sucumbir ante los vestidos que no cierran o a los bañadores que aprietan. Intento no sucumbir a la crueldad de Facebook y sus "recuerdos", que me obliga a enfrentarme día sí y día también a la realidad de mi mutación. Me dice que hace dos años publicaba en mi pequeño blog y escribía (al menos un poco antes de caer rendida). Ahora mi bolígrafo y mi libreta se encuentran sólo de casualidad en el pasillo cuando los voy cambiando de una habitación a otra.

Miro a las cuatro vidas que me han dejado la barriga como un globo medio desinflado y pienso que vale la pena; estoy segura de que la vale, pero también es duro. Es duro, vuelvo a decirlo.
Tengo que conocerme de nuevo. Conocerme y aprender a reírme de todo esto, de las 24 horas del día que encogen como un jersey lavado en agua muy caliente; de todas las mierdas que  a veces nos comemos y acaban taponándonos las arterias.
Pienso que soy afortunada. Lo soy. Pero hay días grises, casi negros, donde el horizonte se llena de niebla y no soy capaz de distinguir bien lo que me rodea, ni de relativizar mi barriga, mi libreta en blanco, ni mi ropa sin usar en el armario. Y eso es lo que quiero cambiar; cambiar para disfrutar a tope de mis poderes de mutante:
-Soy capaz de manejar el carrito doble en los lugares más insospechados. También puedo llevarlo con una mano y a un niño en la otra ( existe también la variable dos perritos en la otra).
-Puedo intuir  a la legua quién va a soltarme una buena y esquivarlo (o no, depende de la necesidad de desahogo que tenga yo).
-El oído se me ha afinado hasta el infinito: distingo quién llora y por qué, desde el otro extremo de la casa; reconozco los silencios que implican peligro...
-Soy capaz de permanecer despierta infinitas horas.
-He perdido mucha vergüenza: las pintas para bajar a los perros han empeorado de forma  proporcional a mi número de hijos, por ejemplo.
-Disfruto más de las cosas buenas: de un paseo tranquilo; de los colores; de la música. (Esos momentos en que voy de un sitio a otro con Xoel López o Vetusta Morla orquestando mis pensamientos); de un abrazo; de los pies sobre la mesa; de escribir unas cuantas líneas en mi libreta; de Netflix a las cuatro de la mañana; de las manitas gordas llenas de papilla que me tocan la cara; de un dibujo que me hacen y ponemos en la nevera; de leer "A toupiña que quería saber quen lle fixera aquilo na cabeza"; de Canela ladrando a una gaviota mientras Trufo pierde la segunda pelota de la mañana...

Con la mutación lo malo y lo bueno se han intensificado.
Estoy sentada en el vagón de una montaña rusa y el cinturón me aprieta.
Este verano mi operación bikini es una operación aceptación de la mutación.
Cambian mi mente, mi alma; mi cuerpo. Cambian mi entorno, mis sentidos, mis arrugas; mi mirada.
Cambio yo.
Muto.
Soy mutante,  "... mi cabeza gira locamente en sentido inverso al que lleva la órbita terrestre..."
Tengo que aceptarlo.