domingo, 21 de agosto de 2022

Pontevedra: de piedra, fuentes e historia

 

Fuente do Peirao


A  Pontevedra puede llegarse de muchas formas. Puede llegarse por casualidad, o con un plan premeditado...

En muchas ocasiones, conocer Pontevedra es una cuestión de azar. Como cuando se llega escapando de nubes pasajeras que ensombrecen el plan de una tarde en la playa. O, en mitad de un camino más largo, más profundo... Pero en el marco de esta travesía siempre existe la oportunidad de perseguir la madurez de la uva, la fragancia invernal de las camelias... Las estelas de salitre que dejan los delfines durante sus traviesas incursiones en la ría... 

En muchas ocasiones, Pontevedra es una casualidad. Pero el viajero que llega a la Boa Vila debe tener claro que siempre va a ser más de lo que se ve a simple vista. Un callejero plagado de presencias invisibles. Un recorrido a través de tiempo y espacios, surcando rutas dibujadas de escudos, frecuentados por fantasmas de literatos y músicos. Un paseo por esta pequeña ciudad a orillas del Lérez magnetiza imaginaciones y miradas.

Las estaciones visten la ciudad con sus ropajes de colores exclusivos. Mientras, la ría crece y decrece bajo el influjo de la luna y las mareas. Cambian los decorados de las calles, transitando desde filas de escolares que corren al colegio hasta atardeceres que se alargan decorando terrazas estivales. Desde luces navideñas hasta primaveras y maios que visten la Plaza de la Herrería. Sin embargo, hay una constante que ni siquiera satélites, calendarios o relojes pueden cambiar: la magia del agua de las fuentes que compone la música para esta ciudad de piedra dispuesta a contar su historia a todo aquel que quiera escuchar.


El rumor de las fuentes

Pontevedra es una ciudad pequeña. Una Boa Vila que, "... da de beber a quien pasa". Y es que es imposible no fijarse en las cuatro fuentes que hidratan la geografía de su casco urbano, fruto de la influencia del arquitecto municipal, Alejandro Rodríguez Sesmero.
También autor del Palacete de las Mendoza o la Casa del Concello, a finales del siglo XIX impulsó la colocación en la villa de cuatro fuentes de hierro fundido exactamente iguales. La leyenda dice que existía una quinta fuente. Pero aparte de diversas alusiones en ciertos documentos, nada se ha sabido de ella desde el momento en el que se encargó.

Hoy en día el cuarteto de fuentes  sigue en pleno funcionamiento. Buscarlas, siguiendo el trazado del casco histórico será una forma genial de conocer algunos de los rincones más bellos de su mapa. Además, un plano donde ir marcando las fuentes encontradas y una pequeña recompensa final, transformará el paseo en una yincana, al tiempo que los viajeros más pequeños se convierten en intrépidos detectives.

Fuente de Santa María



Casi desde cualquier punto de la ciudad se intuye el murmullo de la piedra. Un ruido inaudible que trasciende al hormigón y al tráfico de los coches. Un ruido que tan solo queda amortiguado en ciertas zonas por el correr del agua. Y es precisamente en esas zonas donde, aguzando la escucha, puede adivinarse el recorrido para llegar hasta las fuentes.

Comenzando el recorrido

Es posible comenzar el camino cerca de La Peregrina, emblema de la ciudad. Junto a la iglesia, en la Plaza de Orense, se halla la primera de las piezas. Después, dejando a la derecha la Plaza de la Herrería, puede descenderse hacia la Plaza de Curros Enrríquez. Para, a continuación, elegir entre seguir recto por la calle Manual Quiroga y ascender, al final, hacia la Avenida de Santa María. O, bajar, con la Plaza del Teucro a la izquierda, en busca de la Plaza de la Verdura.

Aunque la búsqueda de fuentes no concluye aquí. Un pequeño paseo sin rumbo fijo, seguro descubrirá otras que merecen la pena. Unas, tras los muros del Convento de Santa Clara, del siglo XIII, guardada prácticamente en secreto hasta hace bien poco. Se trata de una hermana, muy parecida, a la fuente que preside los Jardines de Casto Sampedro. Otra, la Fuente do Peirao, en la Calle del Barón. Sobre ella, una inscripción rinde homenaje a la Carabela Santa María, en la que Cristóbal Colón llegó a América. Subiendo esa calle se llega hasta el Parador de Pontevedra, conocido como Casa del Barón. Dentro, en su mágico jardín, canta el agua de una fuente en forma de trébol. A la sombra de sus longevos árboles es sencillo imaginarse penetrando en un libro de cuentos.

También, siguiendo en el centro histórico, llaman la atención otras dos fuentes, esta vez de piedra: la que se halla en la base de acceso a La Peregrina. Así como la que adorna las escalinatas de la Plaza del Teucro. La primera, decorada con motivos religiosos relacionados con motivos religiosos relacionados con el Camino de Santiago. La segunda, con una pila en forma de concha. Pero las dos tienen una cosa en común: son solo el preludio de toda una historia por descubrir.

Fuente de La Peregrina



La búsqueda de fuentes es el primer paso en un circuito por una ciudad con mucho que mostrar. Una casilla de salida repleta de promesas. Las horas aquí se tiñen de una cotidianidad acogedora y a la vez, plagada de sorpresas. Es un lugar que se abre para recibir, arropar, hospedar, cuidar... Y, si se escucha con atención,, es un lugar presto a contar secretos de pasado, presente y futuro.

Más que agua

La de Pontevedra y el agua es una unión innegable, indivisible, irremediable, atemporal... Empezando por las fuentes que ya hemos encontrado y, siguiendo por los ríos que bañan la ciudad: el Gafos y el Lérez. Ambos recorren ciertos puntos de la geografía urbana formando espacios naturales propios aquí y allá, encontrando en la ría el final natural para su trayectoria.

Senderos naturales visitados por aves estacionales invitan a transitar entre típica vegetación de ribera. Es habitual escuchar petirrojos y jilgueros acompañando el camino. Si hay suerte, es posible ver alguna garza que ha parado a comer y descansar por la zona. Sobre el Lérez, se tienden varios puentes que conectan con la otra orilla de la capital pontevedresa. El de los Tirantes, el del Burgo, el de A Barca...

Dejando a la izquierda el puente de los Tirantes, comienza un recorrido habilitado también para ir en bici. En esa zona, a través de una pasarela peatonal, se accede a un espacio conocido como A Illa das Esculturas. Un lugar en el que arte, imaginación y naturaleza se fusionan en una especie de museo al aire libre. Allí se vivirán diversas experiencias. Desde perderse y encontrarse en un laberinto, hasta tomarse un descanso sobre el césped o, si todavía hay ganas de aventura, buscar un tesoro con los niños, para el que en la oficina de turismo facilitan un plano, y puede que hasta una pequeña recompensa.


Una última cosa: para pontevedrear, sobre todo con niños, siempre es bueno llevar alguna ayuda externa. A nosotros siempre nos funcionan:

- Agua y algo de comer.

- Planos (pueden utilizarse los de la oficina de turismo) y pinturas o rotus para marcar las conquistas.

- Lupas, prismáticos o cualquier otro dispositivo (hecho en casa o comprado) para jugar a ser exploradores.

- Tizas (hay mil adoquines dispuestos a servir de lienzo).

- Pomperos; porque una simple pompa de jabón puede hacernos volar en un momento de tranquilidad.





El recorrido por Pontevedra no ha hecho más que empezar. Restan todavía por conocer y explorar plazas, jardines, museos, puentes, palacios... ¿Pontevedreamos?




jueves, 17 de febrero de 2022

Benito, Sofía y el Mar

 


El mar se encuentra en mi horizonte desde que era niña, desde mis primeros recuerdos. Fue compañero de juegos, de chapoteos en la orilla con los pies llenos de arena, de primeros baños en la Playa de Santa Cristina, excursiones adolescentes a Miño, bocadillos entre libros de derecho sobre la arena del Orzán.

Pero el mar fue también esa palabra de tres letras que significaba la marcha y la venida de mi padre, con la marea. Fue preocupación en casa, cambiando de canal para ver la previsión del tiempo, esperando que la borrasca no estuviera junto a Irlanda. 

El salitre habita en la piel de mi familia desde hace generaciones. Historias que, muchas veces, se quedan enredadas entre algas y noticias, hasta convertirse en el eco de una ola. Historias que no hay que olvidar, con alma y corazón...



De lo que allí sucedió aquel día nada puede decirse con certeza. De aquello tan solo quedan  algunas historias sobre una sirena que hoy todavía circulan por las calles de Muxía, y unas pocas anotaciones de Anselmo, el antiguo farero, hechas el día del Carmen de 1964. El mismo día que Sofía desapareció sin dejar rastro.


16 de julio de 1964


Las ráfagas de viento marino juegan con las banderitas de colores que adornan los mástiles. El puerto es un ir y venir de personas. Van de un lado a otro, cargando comida y bebida en los botes, saludando a viejos amigos, sorteando turistas...

Sofía los observa y mira el reloj. Tiene tiempo. Todavía faltan un par de horas para que la procesión salga.

Echa un último vistazo a la casa. Las cortinas hondean en señal de despedida, y ella cierra los ojos, agradeciendo el tiempo vivido, las paredes blancas, la chimenea, el pequeño peral del patio, los nidos de gorriones.

El corazón late muy deprisa intentando liberarse. Está nervioso, como ella. Quiere apurar el paso y tropieza un par de veces. Se detiene unos segundos para tranquilizarse, pero está impaciente.

Respira hondo. Sus pasos serpentean por el camino, entre hierbas y arenilla. De vez en cuando escucha el motor de un coche a lo lo lejos y se agacha un poco.

Acompañan su camino graznidos de gaviotas y cormoranes, promesas de reencuentros y caricias. Por su cabeza transitan los paseos en dorna hasta Corrubedo, los días de venta de pescado y los besos de salitre que se daban a escondidas, sumergios entre dunas y atardeceres. Y, en invierno, las calles mojadas que cercaban el puerto, las olas rompiendo contra el pantalán, salpicando las medias y el vestido... Las fiestas del Carmen de su último verano, comiendo bocadillos de sardinas en la Playa de O Coto, soñando despiertos una vida juntos, que nunca llegó.

Y siempre, siempre, en todas las estaciones y vidas posibles, el mar. Su olor en la chaqueta que, a ella, la envolvía entera, el gorro de lana, la camisa, el lado de la cama que quedó vacío cuando Benito marchó. Siempre, la taza que quedó sin lavar en la mesa de la cocina aquella mañana, la toalla, junto al fregadero, que solía utilizar para lavarse antes de comer. Él nunca la abandonó, no del todo...

Los primeros meses sin Benito, Sofía no lavó la ropa. Se aferró a su rastro, como un sabueso, luchando por recuperar una presa que se le escapó. Dormía envuelta en el abrazo de lana de su jersey, recordando la última vez que habían hecho el amor entre las sábanas. Comía sentada frente a la ventana para poder ver el mar, contando los segundos que transcurrían entre ola y ola, para no olvidarse de respirar. Luego, muchas veces, volvía a dormir y despertaba confusa y aturdida, cuando el solpor ya se había asentado sobre los muebles y las paredes de la casa, y la oscuridad se iba tragando el aire que la rodeaba, poco a poco. Al cabo de un rato, abría de nuevo los ojos, incapaz de reconocer el presente. Solo veía interrogantes, revoloteando como mariposas por la habitación.


A lo lejos, el mar
A lo lejos, el mar...


Ve el santuario a lo lejos. Las gaviotas se quedan mudas de repente, incluso el viento y las nubes parecen detenerse cuando Sofía mira el mar, cuando el mar ve a Sofía. Las cuentas pendientes entre ellos se vuelven espuma. Nunca le perdonó al mar el naufragio. Cuarenta años conviviendo con la obligación de ignorarlo; de veranos sin playa y paseos sin orillas. Cuarenta años desde que la marea se tragó a Benito, preso de las cuerdas de una nasa. Hoy Sofía viene a cobrarse la deuda. Ha llegado el momento. Un día del Carmen como aquel, que fue final, ahora será principio.

Aspira la fiereza del océano, notando cómo late en ella. Él está cerca. Por fin, él otra vez. Se descalza y camina sobre las rocas. La energía del lugar le hace cosquillas en los dedos, sube por sus rodillas, le acaricia el vientre. Acuden a sus pupilas imágenes de su boda, fotografías antiguas junto a la Pedra dos namorados, un beso, el para siempre que se prometieron en silencio.


En la orilla
En la orilla

Deja caer la blusa y la falda, que marchan volando con el viento. Desciende hasta casi tocar el agua. El sol brilla con fuerza y el tiempo se para. El mar la atrapa en una ola que la traga en un instante, y Sofía se deja ir. Al cabo de un momento le ve. Allí está, esperándola en medio de una pradera submarina, junto a su dorna naufragada. Ella nada, ágil e impaciente. Los peces le ceden el paso, los cangrejos se ocultan bajo la arena. El horizonte se vuelve verdoso e infinito…

Ahora ellos son mar.













lunes, 7 de febrero de 2022

Zapatos mágicos

 

Una historia pequeña...

Esta es una historia pequeña. Una historia de esas que van hilvanando los minutos de un día cualquiera, hasta bordar días y tejer semanas...

Esta es una historia pequeña, de esas que se cuelan como corrientes de aire entre las rutinas, entre baños y lavadoras que se superponen con cenas y meriendas, con mocos, cuento y horas de irse a dormir...

Una historia grande...

Mary Poppins y el Capitán Garfio
Mary Poppins y el Capitán Garfio



Pero esta también es una historia grande, la de dos peques de cinco años que deciden pasar una tarde jugando a ser Mary Poppins y el Capitán Garfio...
Es una historia más de cómo esos condicionamientos y etiquetas que flotan en el aire como virus, a veces están a punto de infectarlos... Y, me sorprenden con comentario sobre si las niñas hacen esto y los niños aquello. En ocasiones, les noto ya pequeños síntomas, y se cuelan en su lenguaje infantil distinciones por género, diferenciando dibujos, películas, juguetes, ropa... Y colores...

Esta es una historia pequeña y grande, grande y pequeña, sobre como la contaminación de los entornos se filtra, poco a poco, hacia los tiernos interiores infantiles...

Zapatos mágicos

Esta también es la historia de unos zapatos mágicos. Unos que ellos, desde el primer momento, sintieron especiales. Unos tenis blancos de velcro que compramos a principios de curso en una tienda de Pontevedra, Las merceditas de Iria. Pero unos tenis que no resultaron ser unos tenis cualesquiera; son con detalles en rosa "purpurinizado". Y, lo más importante: les parecieron los más geniales del mundo.

Zapatos mágicos
Zapatos mágicos




Ahora pienso que quizás fue el destino el que trajo esos zapatos a casa. Un guiño mágico disfrazado de pragmatismo... Queríamos unos zapatos fuertes y resistentes y, esos estaban esperándonos.

Las preguntas no tardaron en llegar, primero en sus clases: "¿Por qué llevas tenis rosas si eres un niño?"... Hace unos días, en una plaza: "Llevas tenis de niña"... Incluso el dependiente de una tienda de deportes. "No te los traigo en rosa... ¿Verdad?".

Han llegado a casa tristes, dubitativos...

Los colores, por encima de todo, deben hacer sentir bien a quienes los llevan. Y para ellos, sus tenis con rosa son felicidad. Algo que han estado a punto de dejar de lado porque les han hecho dudar, sentirse inseguros por un sinsentido.

Por suerte, en nuestro hogar, además de desorden y pelos de Gastón, también hay un muro que construimos cada día. Una mezcla imperfecta de confianza, preguntas, respuestas, y preguntas sin respuesta, acompañadas de unas tijeras para cortar esas etiquetas que la costumbre nos impone, o intenta imponer, y nos hacen tanto daño. 
Leemos cuentos, aprendemos, escuchamos y nos escuchamos, cosiendo nuestro día a día, hilvanando minutos, digiriendo lo qué ocurre en nuestras pequeñas grandes historias.
Esta noche me he acostado pensando en distintas fórmulas para nuestro cemento. Nuevas maneras para conseguir que el muro no se agriete y sea refugio, energía y apoyo capaz de parar los proyectiles de ataques que, seguro, se presentarán cada vez con más fuerza.

Por suerte, como Dorothy con sus escarpines de rubíes, solo necesitan chocar los talones para estar en casa. Para que les repitamos cada día que intenten ser ellos mismos, pintando el mundo de lo colores que quieran.

Mientras, seguiremos el camino de baldosas amarillas y, si lo prefieren, rosas.

lunes, 31 de enero de 2022

A veces... La alegría

Hay días que pesan, como losas sobre los hombros, como la soledad no buscada. Un abrigo que aprieta hasta la asfixia, del que no puedes desprenderte.

Hay minutos, horas que se alargan. Se estiran como una goma, y sabes que cuando la goma se suelte te hará daño.

¿Dónde está la alegría?

A veces en la ilusión, sin más, sin menos...


La ilusión
La ilusión




A veces es remolino, relámpago, luna llena...

A veces, me lo guardo bajo los párpados, en el secreto del sueño que encierran las pestañas...
Otras, se me escapa, invisible, en carcajada enredada en el vapor caliente de mi aliento...

A veces, es bombilla, luciérnaga, el solpor de mi tierra en la ventana abierta...
A veces, promesa de primavera... Otras, deseo no soplado...
A veces, música... A veces, la melodía de las hojas bajo mis zapatos, poniendo la melodía a los pasos perdidos... Otras, silencio...


Árbol florecido
Promesa de primavera




A veces, muchas, son ellos, crujientes todavía, como un papel de regalo que envuelve el infinito de la inocencia temprana...
Otras, es la sorpresa de encontrar, en una calle de mi ciudad, la diminuta morada del Señor Ratoncito Pérez...

A veces, un detalle, una sorpresa, una puerta diminuta da entrada a la ilusión, te mejora el día, la vida, el color de la mirada...


A veces, la alegría espera a ser encontrada...



domingo, 23 de enero de 2022

El niño que da vueltas alrededor del sol

 Este fin de semana con la ayuda de Marty y Doc nos dimos una vueltecilla (o más de una) por el pasado, y soñamos futuros. Y allí, sentada ante los mandos de un Delorean imaginario, recordé una historia...

A Gastón le encantan mis historias... Ahí va...


Marty y Doc
Marty y Doc


La historia de un niño y un astro

Había una vez un niño que comenzó un viaje alucinante alrededor del sol hace mucho tiempo...Dicen que partió siendo muy pequeño, casi diminuto, a las 6 de la tarde de un 21 de enero de hace ya 43 años. Comenzó a volar más rápido, más lento a veces... Agarrado a la estela de un cometa, deslizándose sobre anillos planetarios... Flotando en medio de la antigravedad de las estrellas.

Yo lo conocí ya en la mitad de su vida, y nos hicimos compañeros de viaje, aventuras y desventuras. Juntos exploramos...

Exploramos planetas y universos

Juntos exploramos planetas paradójicos, algunos burbujeantes, otros más tranquilos. Unos oscuros, otros luminosos.
Juntos descubrimos universos increíbles... Comarcas habitadas por pequeños hobbits, minas tenebrosas guardadas por dragones... Desérticos kilómetros repletos de basura espacial, donde se posaban a descansar milenarios halcones... Conocimos príncipes cuidadores de delicadas rosas, ositos que cuidaban la inocencia de su niño.
Pintamos paisajes supercalifrágicos, soñando magia.

La paternidad

Al tiempo, arribamos a las Costas de la Paternidad, donde las olas de la incertidumbre, a veces casi volvían invisible aquel horizonte donde flotaban las nubes de nuestro pensamientos. Allí, en el horizonte capturamos las palabras que queríamos decirnos, armados con cazamariposas, y proseguimos camino.

Algunas plazas junto al niño se han ido quedando vacías de pequeños pasajeros que aguardan ahora en una parada de autobús al otro lado del arco iris. Otras, se han ido ocupando, individuales y múltiples, perrunas, humanas y hasta marcianas...
Ahora somos 6 los que la acompañamos, soplando juntos las velas del palo mayor de nuestra nave, soplando juntos las velas de todos los cumpleaños. Unidos con ese vínculo invisible que se teje entre las personas que se elijen mutuamente.

Los días se han ido desgranando como la pulpa jugosa de una granada, hasta hoy. Un año más. 43.

Gastón muy concentrado
Gastón totalmente escuchando totalmente concentrado




Hasta aquí la historia por ahora, Gastón. Seguiré contándote esta historia. 
Prometo que sus ojos cerrados son de pura concentración.


domingo, 16 de enero de 2022

Donde habitan los ángeles

 Hay unas nubes distintas, especiales... Unas nubes diferentes a esas que vemos cuando elevamos la vista hacia el cielo. No son grises, ni blancas, ni tienen nombres científicos. No forman parte del ciclo del agua, sino del ciclo de nuestra vida. 

Se trata de unas nubes donde se han ido alojando nuestros ángeles, haciendo allí sus camita eternas, sus pequeñas madrigueras. Y en mis nubes... habitan ellos.

He sido, y soy, madre humana y perruna, y no lo cambiaría por nada.

De todos mis compañeros de cuatro patas, cada uno fue diferente... inolvidablemente diferente.

A veces, mientras escribo, contemplo la pared donde me acompañan, junto a mi mesa de trabajo, sus recuerdos estampados en fotografías que ahora, me parecen tomadas en otra vida. Allí están, jóvenes y mimosos, junto a nosotros, sin arrugas ni canas.

Mi pared de ángeles
Mi pared de ángeles



La mayor parte de mi vida independiente la he vivido junto a ellos, disfrutándolos, aprendiendo de ellos, queriéndonos... Y ahora, su falta me pesa (nos pesa) cada día. Comprendo que todo esto lo comparten y entienden quienes también lo han vivido, al meno de un modo parecido. Pero me cuesta mucho, muchísimo pensar, que tengan que gustarte los perros (ya no hablo de los animales en general) para tomar conciencia de que son seres que sienten, sin que una Ley tenga que dictarlo así. Por supuesto que todo lo que suponga un punto más a su favor hay que tomarlo como algo positivo, pero hace falta mucho más... Algo más profundo que jamás saldrá en el BOE.

La nueva Ley entró en vigor el 5 de enero

Y si esta ley (Ley 17/2021 de 15 de diciembre) que los reconoce como "seres sintientes" se ha hecho necesaria es porque nuestras carencias como sociedad nos están llevando a un agujero negro, arrastrados por la falta de empatía y de capacidad de ver con claridad la vida. 

Soledad, miedo, amor... todo ello cabe en sus corazones. Todo y más. Yo lo he visto, lo veo cada día. Quizás debemos mirar alrededor, sí. Pero sobre todo, mirar hacia dentro, reflexionar...

Hace unos días un perro fue abandonado, durante la noche, atado a la puerta de la protectora "Os Palleiros" de Pontevedra. El perro, nervioso, y desorientado, escapó y fue atropellado. Murió. Como él mueren todos los días, abandonados, de hambre, atropellados, o de pura tristeza.

 Otro ángel más. ¿Va a impedirlo una ley?


"Perro no recuerda su nombre porque hace mucho que nadie lo pronuncia. Su nombre cruzó rápido por su vida, igual que la posibilidad de una familia, un hogar.

Perro tiene el pelo de color canela oscuro; los ojos de un avellana claro salpicado de manchitas verdes. Perro utiliza sus ojos avellana claro para mirar a uno y otro lado. No encuentra nada. Solo él y un mundo enorme.

Perro ve pasar a las personas y quiere acercarse. Se acerca buscando no sabe qué... Quizás solo amor.

Perro tiene miedo. El miedo se le ha pegado a la piel, al pelo sucio... Como él se pegó, se queda pegado al suelo mirando el coche acercarse...


Aquella noche murió Perro. Perro muere todos los días".

Para todos los Perros del mundo 


Trufo y Cane

Gastón


   

miércoles, 12 de enero de 2022

De cómo he empezado a hablar sola y, sobre todo, de cuánto los echo de menos



Llueve y de nuevo nos sacude una ciclogénesis explosiva, de esas que sirven de ayuda para llenar los minutos de los informativos y, sobre todo, para que se mojen los reporteros. En la habitación de al lado gritan los niños. Parece que están jugando a "Veterinarios superhéroes" Empiezo a escribir para hablar al menos un ratito con un adulto, aunque ese adulto obligatoriamente tenga que ser yo misma.

El tiempo y el espacio

Mientras escribo, voy perdiendo poco a poco el mínimo espacio que me había agenciado en mi propia cama. Como siempre, han ido conquistándola poco a poco, pero sin tregua, de esquina a esquina, de un extremo a otro. Blanca juega al móvil y David realiza, en exclusiva para mí, un pequeño discurso repleto de datos curiosos sobre los peces globo, las sepias y los caballitos de mar pigmeos.
Mientras escribo voy perdiendo también la noción del tiempo. Pronto, del mismo modo que sé (y me recuerdan con frecuencia) que visto 43 primaveras (otoños, veranos e inviernos), también dejo de saber si es por la mañana o por la tarde... Si ya ha acabado la Navidad o me acecha el Carnaval y la obligación de crear disfraces cual Mcgyver de la costura.

Por un momento, me dejo llevar por mi propios pensamiento dementes fruto, probablemente, de estar plantada sin decidirme a hacer nada (ni siquiera la fotosíntesis) en medio de la confusión del aburrimiento... Y así, abandonada a mi propia locura, me parece que la ropa sin planchar me esté hablando... Creo que me pide ayuda para que la rescate del olvido... quiere volver a su casa en el armario, salir a la calle... En fin... desea sentirse útil. Pero no me dejo convencer por las mangas arrugadas de varias camisas que, alzadas ante mi, piden clemencia. Ni siquiera me incorporo por la blusa de florecitas o la camiseta de Mary Poppins... Soy yo la que no se siente útil, ni tampoco tiene fuerzas para serlo. No me tienta la posible satisfacción de una tarea acabada, aún siendo plenamente consciente de que mañana mi arrepentimiento está casi asegurado... Me fustigaré viendo fotos de salones ordenados y chulísimos en Instagram (debería estar prohibido de alguna manera) o, lo peor, de los que lucen como si su desorden, cálido y familiar, fuese una parte encantadora de la decoración.

Al final, ante la insistencia de mi conciencia, me voy a la cocina para ver Friends en bucle, de forma terapéutica, mientras me zampo una de las bolsas de gusanitos que "había comprado para los niños"... Me pregunto si esto es a lo que se refieren cuando hablan de "Cuidarse a una misma". No lo sé... Pero al menos puedo utilizarlo a modo de consuelo...
Todavía escondida me visitan recuerdos, a modo de rápidos flashes, como si estuviese viviendo mi último minuto... Días, que ahora resultan nebulosos, en los que no tenía que esconderme para pasar un ratito a solas, o podía ducharme sin interferencias varias... 

Así más o menos empezaron las vacaciones escolares de estas navidades tan extrañas, o tan normales ya, según se mire. Así, conmigo en modo liquen, adherida a mi propia autocompasión: el mal tiempo, las pocas cosas que hacer, el desorden, los obligados cambios de planes... y otra vez el mal tiempo... Pero, por suerte, algo o alguien despertó dentro de mí. Esa otra yo, más bajita y con coleteros de Hello Kitty... Esa que podía pasarse las horas de una tarde lluviosa coloreando o imaginando que sus barriguitas montaban un hotel junto a un bosque mágico (este juego era súper divertido). Esa otra yo que todavía piensa que los juguetes se mueven cuando nos damos la vuelta, que la taza de la abuela Blanca funciona como caleidoscopio, que los libros son como tiritas para el alma. 
La taza caleidoscópica de la abuela Blanca





Y es que al final, de lo que se trata es de no olvidarnos de que somos finitos, y que lo infinito solo lo podemos crear nosotros, sembrando semillas de recuerdo en quienes nos rodean y haciéndolos felices como podamos y sepamos.

Echarlos de menos


Estos días han sido agotadores pero ayer los eché de menos... Su falta estaba en todas partes: en el silencio de la casa, en el pasillo desnudo de juguetes, en la alfombra sin migas... . Es cierto que, cuando llegaron del colegio se pelearon, desordenaron, se quejaron de la merienda... Pero ellos no paran de sembrar en mí sus pequeñas semillas de felicidad con una mirada, un dibujo regalado a la hora del desayuno, unos besitos multiplicados en ambas mejillas... 

Con mapas y lupa dispuesta a buscar pistas




Creo que rescataré brújula y lupa, en busca de las pistas que me lleven de nuevo a esa niña con coletas.