viernes, 29 de abril de 2016

Tú...

Tú...




No eres pequeño. Eres diminuto.
Milímetros de vida que ya late.

No eres pequeño. Eres grande.
Gigante como las sorpresas
que llegan a la vida
como un viento
con aroma a futuro.

Me revuelves el cuerpo, las ideas;
el corazón.
Frágil como eres,
como los deseos;
como los milagros.

Se marchita la semana
y floreces
por arte de magia
y de la química.

Abres la puerta a los miedos
que dormían hace tiempo
y tengo que cerrar los ojos.

Sólo te pido, sé fuerte.
Quédate en mí.
Crece y hazme crecer.
Estírame, rómpeme.
No me importa.

Que la Navidad nos traiga
el regalo de tu llanto
como un villancico
de felicidad y hambre.

Que vuelvan las noches sin dormir
que todavía no se han ido.
Que los Reyes necesiten otra carta
con tu nombre.

Que la naturaleza nos proteja y nos acoja,
como una Diosa hace con sus hijos;
como una madre que me hace a mí la tuya.

Sólo unos meses.
Espéranos.
Esperamos.



lunes, 18 de abril de 2016

Cartas para los supervivientes del tiempo (1): Manuel (2ª Parte)

Se sientan en el porche a punto de quebrarse; de quebrarse como la voz de Andrés, aterrada por las palabras que le reclaman...

El perro olisquea aquí y allá. Reconoce el olor de su amo; su todo.
El perro olisquea aquí y allá. Alza la cabeza, curioso, por el sonido del papel al partirse.
Andrés rasga el sobre y desdobla el folio.
Manuel, sonriente, sube el volumen de los audífonos, con los dedos ilusionados y los oídos muertos de hambre.
Andrés carraspea, intentando aclarar la garganta, tan confusa; asustada; tan ronca.
El perro se sienta sobre las patas traseras con expresión concentrada y el hocico alzado para oler las palabras que presiente latiendo sobre la hoja.

La voz de Andrés es una voz distinta; diferente a las que Carbón conoce, y Carbón siente curiosidad.
De repente a Andrés también le parece diferente su voz. Su voz es diferente cuando lee para Manuel:

"Querido Manuel, me alegro de que siga usted aquí, con nosotros; con los que estamos. Con los que quedamos.
El otro día pensé en usted y decidí escribirle.
El otro día me acerqué a dar un paseo por el río.
El río está distinto. El río ya no es lo que era, y me acordé de cómo era antes. Y al acordarme del río... me acordé de usted. Porque usted y el río eran una misma cosa, ¿Verdad Manuel?.

Me acordé de cuando la corriente bajaba llena de peces, y usted siempre llevaba pescado para la cena. Volvía a casa con la cesta tan repleta que a veces nos regalaba pescado a los que nos cruzábamos en su camino. Era un buen pescado, aquel... En casa siempre lo cocinábamos sobre la leña. Al pensar en él me viene a la cabeza el chisporroteo de la piel al contacto con el fuego... el crujir entre los dientes. La leche templada después de la cena...
Y me ocurrió, ese día del paseo, que al recordar el río, recordé también muchas otras cosas. Seguro que usted las recuerda muchas veces. Somos compañeros de recuerdos, Manuel. Compañeros...

Recordará cuando el tranvía cruzaba la plaza del pueblo y pasaba por detrás de la iglesia. No se cerraban las puertas de las casas y todos nos llamábamos de "tú", excepto al cura, cuando recibía a todo el pueblo los domingos, con corbata nosotros, y ellas con pañuelo en el pelo, y al doctor, el señor Jacobo, que marchó ya hace tanto...

¿Lo recuerda?

Recordará cuando se juntaban todos los vecinos para recoger entre todos las uvas y repartir el trabajo. Se cogían todas sin importar de qué vecino era.  Recordará cuando caminábamos la montaña entera, y subíamos a lo más alto con la bota a la espalda llena de agua fresca, hasta llegar a la ermita.
En la romería nunca había orquesta; las orquestas nunca subían la montaña, pero había baile, ¿Se acuerda?, porque la gente cantaba y tocaba palmas, y estaba siempre el Señor Aurelio con la acordeón que le trajeron de Alemania.

Será la edad, el tiempo, o qué se yo, pero me he acordado del río, de usted, de las romerías... y quería contárselo, Manuel, para que usted pueda recordar conmigo."

El mundo volvió a callarse; a moverse muy, muy despacito... Y Manuel recordó...
Claro que recordaba Manuel; los ojos se le llenaron de recuerdos. las manos de negras uñas agarraban en el aire imaginarias mazorcas de maíz asado. Sobre los tablones de madera, los pies comenzaron a marcar el ritmo de una vieja canción casi olvidada. Los dedos, como garras, acariciaron distraídos en la memoria, el pelaje espeso y duro de pasados cachorros, todos iguales, todos de igual color por herencia. Y todos, por herencia, portadores del nombre Carbón.

El perro se tumba. Parece mirar con atención hacia algún punto indefinido del cielo; puede que busque un pájaro en medio de las nubes; puede que esté pensando lo mismo que Andrés...

Termina de leer la carta y la voz se le apaga; se extingue con la sensación de haber aprendido algo y no saber qué es. Con la sensación de haber llegado un poco más al fondo de algo; de alguna cosa; de algún lugar, en otro tiempo...




lunes, 11 de abril de 2016

Cartas para los supervivientes del tiempo(1): Manuel.





Andrés es cartero.
Andrés ha sido cartero toda su vida, incluso antes de nacer. Incluso antes de haber sido deseado, imaginado; querido.
Andrés es cartero, igual que su padre; igual que su abuelo. Igual que deseó serlo el padre de éste, antes de que la correspondencia viajara en barcos de barriga enorme cruzando el océano. Mucho antes de que las palabras volaran por el aire envueltas en hilos invisibles...


No se oye un sólo sonido cuando apaga el motor, únicamente el balido lejano de unas ovejas que Andrés no alcanza a ver en medio del mar de prados verdes, con olas tan altas que golpean el horizonte.
No se oye nada. Ni un ruido. Ni una voz. Sólo el viento que silba revolviendo el aire.
...

Llega a la casa.
Huele a flores, y a primavera, y a nueva estación.
Huele a vejez, y a ruinas, y a suciedad. La casa parece estar a punto de rendirse, pero sigue viva; vestidas sus ventanas y cerrada su puerta.
Aún conserva un azulejo esmaltado sobre el quicio de la puerta; 1892. Un azulejo de tiempo.
Un columpio caído sobre la hierba revela la presencia de un niño; un niño en algún momento. Todavía en la rama de un árbol se columpian los restos de una cuerda.

Ve el buzón. Está vacío. Ni siquiera puede abrirse. Está oxidado. Teñido de un color anaranjado y olores ferrosos mezclados con lluvia, heladas y el tiempo.
Con letras escolares alguien ha escrito tres veces un nombre en el buzón: Manuel Álvarez; en distintos renglones, espacios y, en distintos tiempos.
Unas tablas chirrían a sus espaldas.
¿Manuel?
El viejo asiente y sonríe mostrando unas encías apenas ocupadas. Sólo asiente y sonríe con los ojos que los años han mantenido detenidos en su infancia. A esos ojos todavía les gustaría seguir montando en aquel columpio.
-Traigo una carta.
El viejo asiente y sonríe, pero no se mueve.
-¿Cómo se llama?
-Manuel, para servirle.
Andrés le tiende la carta.
-Es para usted.

El viejo parece contento. Manuel está contento.
Coge la carta. Sus manos enseguida la arrugan, esposadas por un temblor antiguo.
Manuel está contento.
Una carta para él; una después de tanto tiempo. Después de tanto tiempo alguien ha pensado en él.
Manuel, el que de niño se columpiaba durante horas. El que iba a pescar, y perseguía a las ovejas por los prados, con el tatarabuelo color carbón del perro que asoma el hocico por la esquina de la casa.
Manuel aprieta las piernas. La emoción le ha dado ganas de hacer pis.
Está nervioso, y sin darse cuenta está clavando las uñas largas y ennegrecidas en el papel.

El aire permanece quieto y silencioso anclado en la tranquilidad de la mañana. En la finca se respira soledad; una muy usada. La soledad que ha acabado por descuidar a Manuel de él mismo.
Está sucio. El pelo asoma descuidado y largo bajo la boina rota.
No despega los ojos de Andrés. Sus pupilas se clavan como aguijones; como puñaladas de verdad; de la certeza del tiempo. Y Andrés necesita irse. Se va.

-Niño... Niño... Espera...
El viejo lo está mirando con ojos infantiles y pedichones. Lo mira y baja la mirada. Lo mira y sonríe entre tímido y avergonzado. El perro también se acerca.
Ahí están los tres. En medio de un prado plagado de campanillas amarillas.
Le tiende la carta con gesto indeciso.
 Respira, ronco y profundo.
-No sé leer...

De pronto Andrés es consciente de todos los ruidos; de todos y cada uno. Los grillos insistentes cerca del camino; un para de moscas, perseguidora y perseguida, que se cuelan en su espacio; las hojas de los árboles; el motor de un coche al otro lado del prado y de las campanillas, y de ellos...
Parece que la vida  estaba esperando ver qué hace  para poder seguir su curso.
Andrés se queda.


Continuará.