domingo, 26 de julio de 2015

La mujer que lo ve todo de color azul (Parte III). Rojo

Durante mucho tiempo, antes del azul, Antonia dejaba libre a su imaginación para ir a dónde ella quisiera. Y, la imaginación, acabó viviendo una vida paralela a la de Antonia. Se tostaba al sol, de vacaciones, en una playa y Antonia, acariciaba con el plumero mesas de oficina y paneles de aglomerado. Iba al mercado y compraba todo lo que le apetecía, incluso cosas que no sabía ni qué eran, mientras Antonia recorría los pasillos del supermercado del barrio, intentando descubrir las mejores ofertas bajo las luces fluorescentes.
Al final, nunca hubo vacaciones playeras, ni vueltas del mercado con las bolsas llenas. Al final, la imaginación se cansó de viajar tanto tiempo sola y dejó a un lado las maletas. Ahora Antonia no sabe nada de ella, no sabe si está viva o muerta, o simplemente está callada, muda, de tanto ignorarla.
Ahora Antonia sólo escucha silencio, o la música de alguna compañera, mientras pasa el paño humedecido sobre las hojas de plástico del ficus que preside el vestíbulo.
Hace tiempo ya que incluso no le preocupan las plantas. En una esquina de su cocina aguardan un montón de macetas vacías, que un día de locura, un día que la imaginación regresó tras  vivir una temporada en una preciosa casa con jardín, se le ocurrió comprar.
Ahora todo eso es sólo niebla salada en los ojos de Antonia. Recuerdos pegoteados sobre la superficie lisa de sus pensamientos, como chicles pegados sobre la superficie lisa de una mesa.
Ahora para Antonia casi todo es eso, lo mismo. Chicles demasiado masticados; sin sabor; descoloridos pero petrificados y adheridos para siempre sobre el lugar dónde ella los colocó un día.
Ahora para Antonia casi todo es eso; lo mismo. Pero Antonia no tiene espátulas de olvido para rasparse el cerebro hasta dejarlo agujereado y vacío; no tiene.
 
Un avión se pierde entre las nubes y Antonia persigue con la mirada la estela blanca que deja tras de sí. Cruza la calle. El paisaje cambia. El paso de cebra es una frontera hacia otro mundo. Las viviendas nuevas quedan atrás. Dúplex, hilo musical. Últimos pisos a la venta. Ella no vive ahí.
Rodea el descampado para ganar tiempo antes de que cierren el supermercado y sus ofertas.
Echa un vistazo rápido a la ventana de la cocina de su casa. Una entre tantos agujeros taladrados en el cemento; una colmena atravesada por columnas de hormigón. Las cortinas de cuadraditos verdes y blancos destacan en medio del patio gris. Su casa parece alegre desde fuera, pero las cortinas sólo son ropa. 
En medio del solar vacío hay un coche abandonado. Nadie recuerda cuánto tiempo lleva ahí. Todo el mundo dice que desde siempre. No tiene ruedas. Los retrovisores se los han arrancado. Lo que queda de los asientos permanece oculto bajo montañas de cabezas de muñeca, introducidas año tras año por un agujero del techo. Una tradición macabra que nadie recuerda cuándo comenzó. Todo el mundo dice que desde siempre. Las que se ven más abajo están vestidas de musgo, después de años de intemperie y abandono. Se han abandonado muchas infancias en ese coche, en ese solar. Tantas niñeces mutiladas, desmembradas como juguetes de plástico. Encerradas en el recuerdo de lo que fue, sin poder cantar una canción, o decir "mamá" con la voz chillona de los niños, con las pilas agotadas y el cuello rebanado.
Las hierbas crecen salvajes junto a los muros de las casas. En medio de los helechos surgen flores amarillas, de esas que nadie jamás quiere arrancar.
Antonia pasa junto a la fila de cubos de basura. Los de metal están oxidados; los de reciclaje nadie los usa. Sólo recicló una vez unas pilas un candidato que venía buscando votos y prometía mejoras y limpieza y....
Las bolsas de desperdicios sobresalen bajo la tapa verde y se apilan en el suelo. Hoy es el quinto día que no recorre el barrio el camión de la basura pero nadie ha notado nada.
Huele mal; peor. Nubes de mosquitos custodian su botín. Huele mal. Junto a las ruedas traseras un perro mastica algo informe y sucio. Es bonito el perro. Sigue siendo bonito a pesar de la suciedad; a pesar de que el pelo se le pega a las costillas porque la lluvia de anoche le ha calado hasta los huesos. Hasta los huesos porque es lo único que tiene. Es bonito, a pesar del ojo inmóvil en un guiño permanente porque le han dado un golpe. A pesar de la cuerda negra que cuelga podrida de la argolla pesada que sobresale de su collar.
Antonia reduce el paso. No quiere asustarlo. Pero aún así el perro baja la cabeza y enseña los dientes. La confianza hace tiempo que está perdida, igual que él. No deja de gruñir hasta que se cerciora de que Antonia está lejos y que no vuelve. Y Antonia no va a volver; no esta Antonia, que no volverá siquiera a mirar para suprimir las tentaciones que tiene el corazón de encogerse, de sentir; de arrepentirse y no cumplir sus planes.
Sigue caminando. No va  a volverse, ni a mirar, ni a pensar. No va a quedarse pegado este recuerdo.
 
Una barrita de pan y un poco de fiambre. La cajera le sonríe, pero no la ve. Tiene ganas de llegar a casa.
 
Se come su pequeño bocadillo frente al televisor. El televisor es lo único que, le hace brillar los ojos porque, cuando lo mira, no ve todo de color azul.
Bebe un poco de agua y coge el álbum de fotos.
Acaricia los recuerdos con las yemas de los dedos una vez más. Mamá, papá. Alfredo vestido de soldado, aquel día de permiso que la llevó a tomar churros. Macarena, la peluquera de la plaza que la vistió tan bonita. Tan bonita....
Otro poco de agua.
Apaga la tele.
Tiene que ir a descolgar la ropa del tendal.
Descorre las cortinas de cuadraditos verdes y blancos. No quiere arrugarlas.
El aire le revuelve el pelo.
El aire.
El aire la rodea.
Cae. Está cayendo al vacío. Pero el vacío ya no es vacío. Es infinito.
Cae, pero no cae.
Cae, pero está volando.
Mira hacia abajo y siente vértigo. Pero no es el vértigo de la altura, no es el vértigo del miedo; es el vértigo de la sorpresa por volver a oír su voz. No había muerto, sólo estaba esperando el momento preciso para volver a hablar.
Eres una golondrina, le dice. Una golondrina que busca un lugar mejor, más cálido, para hacer su nido.
Y mira al frente, mientras planea sobre el paisaje. Mar. Montañas rotas por un río. Ciudades. Ventanas donde a veces también las personas son felices. Lagos y árboles, y prados. Y algunos perros con hogar. Todo vestido de colores. Ahora el azul ya queda atrás.
 
Rojo. Rojo es el color que rodea su cuerpo retorcido sobre el cemento.
Cuando la encuentra una vecina la sangre hace tiempo ya que le ha apelmazado el pelo.
Tiene los ojos abiertos y mira hacia arriba.
Parece que sonríe.
Cuando acaba el verano las golondrinas marchan con sus trinos alegres a poblar cielos más azules, atardeceres más rojos.
 

miércoles, 15 de julio de 2015

El monstruo de los ojos vacíos

El monstruo está cansado; agotado. El pecho de piedra late acelerado. Siempre tiene que estar alerta; siempre.
El monstruo tiene hambre; siempre tiene hambre, y sale a buscar una nueva presa, y otra, y otra...
El monstruo tiene el don de la ubicuidad, como un Dios temido.
La vida del monstruo es la caza. Es un cazador experimentado; tranquilo. A veces se esconde, silencioso e invisible y aparece de pronto. Sanguinario y caníbal, arranca piernas y brazos y deja paralizado al elegido para que no pueda escapar. Otras, avanza poco a poco, despacio, y va tragándose a la víctima sin que ella se de cuenta o se quiera dar cuenta, hasta que todo su cuerpo, todo su ser, le pertenecen.

El monstruo sabe esconderse bien. Puede estar quieto horas, días si hace falta, para que bajemos la guardia y nos olvidemos de que existe.
Habita en las esquinas, donde teje sus redes. Se adhiere a las paredes de nuestra cabeza, de nuestro corazón con sus patas peludas llenas de ventosas.
Nos hipnotiza y nos duerme, obligándonos a mirar al interior de sus ojos vacíos que son capaces de reflejarlo todo. Así, se apropia del temblor de nuestros labios. Lame el sudor de nuestra piel con su lengua áspera y oscura, y nos besa el cuello, para sentir como juega con nuestro pulso. Congela la sangre y parte en trocitos nuestras venas heladas hasta dejarnos blancos y resecos. Inunda las miradas para desorientarnos y encarcelarnos sin salida, ciegos, dentro de nosotros mismos.

Le gusta trabajar solo. Es fuerte y casi siempre gana, pero a veces se rodea de un ejército de ayudantes oscuros y viscosos; la inseguridad, el rencor, la rabia, la tristeza, la soledad, la venganza... Ellos empiezan el trabajo; engatusan, convencen, desarman. Después es muy difícil fallar, y el monstruo puede grabar otra muesca de triunfo en la nube negra y dura donde vive.

Esta vez me toca a mí. Lo sé. Lo siento. Noto sus ojos amarillos clavados en la nuca.
Ha llenado mi cuerpo de cuerdecillas finas y transparentes como sedales de pesca, y yo pico, porque la atracción por el anzuelo es muy fuerte.
Ya me ha hipnotizado y me convierto en su marioneta. Un tirón y mi corazón palpita. Otro, y se para. Palpita. Se para. Palpita....
El amor es su mejor arma; su mejor ayudante. Lo sé. Ya lo he sentido antes, porque el mayor temor es  perder lo que más quieres.
Me giro despacio.
El monstruo me obliga a levantar la cabeza. A mirarnos frente a frente, a los ojos; a sus ojos vacíos. Y, entre la bruma de sus pupilas aparecen las imágenes y mi cabeza, sin yo poder evitarlo, empieza a funcionar....

La habitación del hospital está en silencio y puedo oír mis pensamientos reflejados en su oscuridad. Él lo sabe todo sobre mí; todo. Él lo sabe y me encuentro recordando una entrada que escribí hace un tiempo en el blog, preguntándome qué hacer con mi hijo escalador. Me encuentro preguntándome, qué haría sin él; qué haría si le pasara algo.
Me encuentro de rodillas pidiendo, rogando que escale; incluso al mueble de la tele; incluso a la estantería de su hermana, aunque luego tenga que pasarme horas recopilando mil tapas de rotulador y cinco mil piezas de Playmobil.
Me encuentro prometiendo que siempre estarán ahí mi paciencia y mis manos, y mi sonrisa, para cogerlo.

Un soplo de viento entra por la ventana partiendo por la mitad el aire de la habitación.
David se ha quedado dormido en mi colo. Respira mejor; más lento; más abajo.
Lo coloco bien, intentando no tirar demasiado de la vía que lleva en el bracito; ese bracito tan pequeño.
Le cojo la mano y él suspira. Yo también suspiro.
El monstruo sigue mirándome, y, callado, me habla; me advierte. Volveré, dice. Volveré.
Lo sé. Lo sé. Le contesto.
Tengo que pagar el precio por quererlos tanto.
Ahora sigo mi camino, llevándolos conmigo; el miedo a perderlos sigue pegado a mi piel, como una lapa salada que escuece en mis ojos.
Mis niños...
Volveremos a vernos, miedo. Estoy segura. Eres un monstruo y saldrás de nuevo de mi armario, o de debajo de mi cama cualquier día. Me esperarás tras la cortina de la ducha, o en un ruido fuerte, o en una voz... Y, no voy a estar preparada, pero por ahora adiós...
Mientras, sigo, seguimos, camino...

 

miércoles, 8 de julio de 2015

La mujer que lo veía todo de color azul (Parte II)

Cuando entra  en los despachos Antonia sigue fijándose en las fotografías, igual que hizo el primer día, la primera vez de lo que finalmente parece que será el resto de su vida. Se fija en los maridos y mujeres, en los hijos; en algún abuelo. Todos apresados bajo el cristal de un marco; colocados en perfecta hilera, en instrucción inamovible sin que sus sonrisas se desdibujen un ápice; sin que por ellos pase el tiempo. Nada los roza; nada. Si acaso Antonia con su plumero, o el mismo polvo que ella limpia cuando vuelve a posarse en el cristal. Cariños guardados en un invernadero.
En el invernadero de Antonia el invierno se coló hace mucho, mucho tiempo. Primero fueron unas pequeñas corrientes de aire, como presentimientos que mueven las hojas de las plantas; luego vino el frío, el frío auténtico, el que llega hasta los huesos; el que paraliza y deja sin respiración, el que mata los colores. El que para Antonia volvió todo de color azul.
Sacude el plumero sobre todos ellos. Se pregunta si ese abuelo aún estará vivo; se pregunta cómo serán ahora esos niños que tanto habrán crecido desde que empezó a limpiarlos. Antonia se hace siempre muchas preguntas, ahora más por costumbre que por otra cosa, porque Antonia hace mucho tiempo que no busca respuestas.

Hace años cuando Antonia volvía a casa recorriendo el camino que es el mismo que recorre ahora, se entretenía observando los rostros que se cruzaban con ella, jugando a descubrir qué ocultaban detrás de sus expresiones; tristezas, alegrías o soledades; amores correspondidos o negados; puede que alguien esperando en casa. Para ella, alguien que jamás va a esperar.
Hace años cuando Antonia volvía a casa observaba también las puertas de los edificios; los portales luminosos poblados de plantas y bombillas como soleados jardines de interior, invernaderos que a ella le parecían llenos de verano y primavera. Contaba y recontaba las ventanas intentando estallar las intimidades que escondían; el calor, la familiaridad; intimidades con filos cortantes que laceraban su realidad porque detrás de los cristales que la tarde iba oscureciendo Antonia imaginaba mil interiores distintos cada día. Imaginaba besos y caricias; familias sentadas a la mesa; la televisión a todo volumen con un partido de fútbol; un bebé amamantado por su mamá. Antonia siempre imaginaba lo que más le dolía; lo que le faltaba. Y volvía a casa con el corazón sangrando y los ojos cada vez más llenos de azul.
A veces no podía resistirse aunque sabía que acabaría malherida y dejaba anidar su imaginación en lo alto de uno de aquellos edificios, en una cornisa, en la esquinita de una ventana, y desde allí espiaba la realidad que imaginaba para ella; que imaginó hace mucho tiempo. Al final, la imaginación, la inocente imaginación, que la obedecía, acababa tirada en la acera, despatarrada, con el cuello partido y los pensamientos muertos.

Hace años, cuando Antonia regresaba a casa; a su casa demasiado real para querer imaginarla, Antonia tenía fuerzas para querer otras cosas. Pero eso fue hace años. Ahora ya no. Ahora los portales luminosos poblados de plantas; los jardines de cristal en los que soñaba vivir un día, son sólo cementerios. Allí tienen su lápida sus ilusiones. Sólo ha escrito "muertas"; nada más, porque quiere olvidarlas. 

Hace años, antes del boom inmobiliario, antes de las nuevas construcciones gigantescas, a Antonia le encantaba contemplar las fachadas plagadas de balcones y geranios.
Hace años, antes del boom inmobiliario, y de las nuevas construcciones y de que la ciudad cambiara para ser otra ciudad distinta, Antonia observaba las hileras de fachadas de las casas olvidadas, cada vez más olvidadas, que flanqueaban las aceras, preguntándose quién era capaz de abandonar  las plantas y las flores a sus suerte; las macetas que un día fueron plantadas con cariño. Se preguntaba quién podía marchar; cómo, sabiendo que las flores acabarían completamente deshojadas y los pétalos esparcidos por el suelo, por el alféizar, pegoteados, por la lluvia y la suciedad, en la maceta, convertidos en abono, aunque ya nada tuvieran que abonar.
Hace años se preguntaba quién querría abandonar la vida a una condena segura por mudanzas, muertes, vacaciones. Se lo preguntaba ella que siempre había soñado, soñaba también, con ver nacer, crecer y cuidar algún día su propio jardín, junto a una casa que también sería suya, y que jamás querría abandonar.
Soñaba; árboles y arbustos de flores; toda clase de hierbas aromáticas y helechos enmoquetando el suelo. Soñaba un papel pintado de florecillas azules y jarrones por todas partes sobre los muebles de madera. Soñaba un enorme portal lleno de luz, verano y primavera. Soñaba con colores.
La realidad, desde aquel día, es el invierno azul.

viernes, 3 de julio de 2015

La mujer que ve todo de color azul (I Parte)

Sus manos se han vuelto ásperas. Las callosidades y las durezas surgen en todas partes como promontorios rocosos en medio de dunas de arena. La piel parece sólo la corteza de un viejo árbol; sin savia nueva y húmeda que corra entre las grietas que profundizan en la madera. Y, la corteza, sólo sirve para cubrir más corteza y ésta más y más, y así hasta el infinito donde quizás quede una gota de sangre; donde quizás todavía pueda escucharse el eco de un latido. Uno nada más.

Con los años la mujer ha desinfectado completamente su cuerpo de cualquier indicio delator de sí misma. Camufló primero, erradicó; extirpó, después, su propio olor del interior de los poros de su piel.

Con los años la mujer hizo suya la fragancia a pino de los Alpes del limpiador de suelos que siempre usa. Empezó a usarlo porque de pequeña le gustaba Heidi, pero ese pensamiento también consiguió erradicarlo. Hizo suyo el líquido, verde, fresco, esterilizador; para vestir y perfumar su piel de madera llena de astillas.

Con los años, destruyó por voluntad propia, y sin voluntad alguna, su propio olfato. Arrasó las papilas de su lengua de estropajo y jabón bajo mareas y mareas de lejía.
Pero, a pesar de taponarse la nariz y arrancarse la lengua, los recuerdos que atesoraban no consigue arrancarlos; arrancar su raíz demasiado sumergida en el todopoderoso corazón. Y allí, en ese lugar  recóndito y escondido de su cuerpo, la mujer guarda sabores y olores en pequeños perfumadores de cristal; filas y filas. Hay recuerdos de flores y de chorizo con patatas. Hay vómitos y agua del río bajo el sol. Hay mar. Hay... Hay una vida.

Desde su trabajo de interior, a la mujer, con los años, le parece que todo adquiere el tono azulado de las barras fluorescentes  que siembran el techo, sin importar la hora del día o de la noche que sea. Algunas veces la mujer casi ha llegado a creer que es su mirada la que propaga la luz azulada hacia todas partes a las que mira.
Desde su trabajo de interior la mujer pierde la noción del tiempo. Entra y se olvida de consultar los relojes, no le espera nadie y ella no espera nada ya. Sólo ficha cuando empieza y ficha cuando termina. Los principios y finales de la mujer no los marca ya ninguna aguja colgante de una pared.

Las ruedas dejan su impronta rallada sobre la moqueta. La moqueta también es azulada; del mismo color azulado que las barras fluorescentes que siembran el techo. Puede que sean los ojos de la mujer, su mirada azul; quizás sean sus pies que lo vuelven todo azul a su paso; o será ella entera la que destila azul. Pero la mujer  conoce muy bien la moqueta; la conoce desde hace años y casi son íntimas. Está al corriente de muchos de sus secretos. Ya sabe donde puede encontrar migas, o donde se atascará el aspirador atragantado por algún clip. La mujer ya conocía la moqueta antes de que sus ojos vieran todo de un sólo color, y sabe que la moqueta ya era azul antes de eso, pero la mujer ya no se acuerda. Y ahora es la mujer que lo ve todo de color azul.
Los zuecos no se escuchan. Los pasos son pasos almohadillados. Sólo se oyen los palos de las escobas y las fregonas entrechocando entre sí, como en una pelea infantil de espadas de madera. Y la mujer se deja hipnotizar por el ruido; guiar por el ruido. Cierra los ojos mientras continua caminando con los talones cuarteados pegados al dolor de la plantilla plastificada de los zuecos.
La mujer camina despacio llevada por la inercia con su azul guardado bajo los párpados. Casi sonríe; pero sólo casi. Cada vez se acuerda menos de sonreír. Desde hace un tiempo la mujer que lo ve todo de azul sólo se acuerda del pasado. En el pasado hay más colores. En el pasado hay todos los colores.
Ahora sólo azul.