viernes, 27 de marzo de 2015

Pequeña larga historia de cómo los perros llegaron a mi vida para mejorarla y cambiarla para siempre... (Parte IV)

Esta semana Trufo y Caela han ido a la peluquería, porque estaban muy, muy peludos, incluso para ser ellos, unos peludos. Cuando los fui a buscar la peluquera me dijo que eran buenísimos, que fue muy fácil, excepto por el miedo al agua de Trufo. Trufo y sus miedos... todavía...
Y que guapísimos están, y qué gusto da acariciar el pelo tan cortito y suave... ¡Y qué imprescindibles son...! cada día, todos los días...
Trufo y Caela llegaron a mi vida, a nuestras vidas, (muchos que me estéis leyendo ya conocéis sus historias) hace casi nueve años, y eso es bastante tiempo para un perro, aunque a mi me parece, como siempre pasa, que fue ayer; y es que es verdad ese tópico tan típico. Ya veis, esta historia tan, tan larga, a mi se me hace corta.
El tiempo pasa como un suspiro, como una ráfaga de viento cálido que un buen día se vuelve más frío y te despierta, y así más despierta te vuelves más consciente de tu alrededor. Y así, más despierta, soy más consciente de los pelitos negros que ya han blanqueado sobre la mirada de Trufo, o el mechón, que en medio de la cabecita de Caela, se ha vuelto más claro con cada año que ha ido pasando.
Pero hay cosas que no cambian...
Ayer salieron de la peluquería igual que siempre; Caela echándole morro a la vida y pidiendo mimos a quien se cruzara con ella, exigente como sólo una princesa suburbana puede ser; Trufo, huyendo despavorido de aquel lugar donde todavía podía escucharse el sonido de agua desde la puerta.
No pude evitar sonreír. Sonreír y sonreírles, porque sabía cómo iban a reaccionar; por lo bien que los conozco; por lo orgullosa que caminé con ellos hasta el portal, por lo buenos que son; por lo preciosos; por lo importantes que son...
A decir verdad, la honestidad que intento practicar (y digo intento), me obliga a reconocer que esa imagen idílica es posible que sólo la viera yo. Los demás puede que sólo vieran una escena rápida en la que dos pequeñas fieras sin pelo intentaban saltar y oler todo, y de paso, tirar a su dueña. Pero, claro, cómo no voy a verlo yo así. ¿No dicen que el amor es como una droga?. Pues yo en ese momento estaba así, como drogada, por su olor, por la risa que se les dibuja en la cara, en los ojos; porque Caela se sentaba a cada paso en la acera pidiendo una galleta... por tantas cosas... Era algo así como lo que crees que está pasando y lo que está pasando en realidad... Claro está, que yo creo firmemente en que la realidad es relativa...

Trufo y Caela llegaron a mi vida, a nuestra vida, hace casi nueve años, y aunque son ya unos abuelitos que peinan, o despeinan, canas, para mí son y serán siempre mis pequeños. ¿No dicen que para una mamá sus hijos son siempre niños?, pues eso... Ellos lo serán siempre. Mis pequeños hasta el final. Un amor para siempre....
Tenerlos fue una de esas decisiones que cambian la vida y lo cambian todo. ¿Quién sería yo sin la existencia de Luna, Trufo, Caela...? Alguien diferente; más pequeño; peor. Estoy segura.
 
Cuando Blanca era más pequeña le gustaba sacar las piezas de construcción y jugar en el suelo durante horas. Cuando ya estaba cansada siempre me decía "A casa mamá". Y yo formaba un triangulo con mis piernas para que ella se sentara en medio y allí, en el "abrazo" de mis piernas se quedaba tranquila y pensativa. Ahora es ella la que se sienta en el suelo y abre las piernas para que Trufo pase. Allí él encuentra su sitio. Blanca siempre me mira y me dice, Es un mimoso, verdad, mamá, y yo a veces casi no puede responder, porque me falla la voz, y sólo me quedo mirando a esa pequeña, pequeñita "mamá" de un peludo, que en edad humana podría ser su abuelo. Y ella pregunta, ¿Trufo y Caela son bebés, verdad?. Son pequeños.
Bueno, cariño, ya no son tan pequeños...
Pero no se van a morir, a qué no, mamá...
Y ahí, silencio...
Al final le digo, No son bebés, pero son como bebés. Frescos, verdaderos, inocentes. Y las dos nos quedamos calladas mientras los acariciamos.
Trufo y Caela llegaron a mi vida, a nuestra vida, hace ya casi nueve años. Les dimos una identidad (y ellos a nosotros). Fueron los que llegaron para hacernos sonreír, para desquiciarnos y preocuparnos, a veces, para mejorarnos. Les dimos un  nombre...
Pero, ¡Cuántos, cuantísimos siguen por ahí sin un nombre cálido que les abrigue el corazón!, un nombre pronunciado con cariño; uno pronunciado, a veces sin palabras.
Yo nací y crecí en una ciudad, una cualquiera. Allí el ladrillo y el hormigón; los escaparates de las tiendas y los restaurantes; los cines... ocultan mejor las realidades.
A los 26 años nos mudamos a un pequeño pueblo a las afueras de otra ciudad. Allí no había tantos escaparates, ni restaurantes, ni cines, y hubo cosas que vi más claras, sin maquillajes ni decorados.
Sólo quince días después de mudarnos ya había perdido la cuenta de cuántos perros hambrientos y solos vagaban por las calles. Un día de mediados de junio vi como desde la ventana de un edificio le lanzaban piedras a uno que huyó despavorido.
Recuerdo aquellos días con mucha tristeza, porque me acuerdo de todo y de todos, especialmente  de la siguiente primavera.
Un mañana un perrito apareció durmiendo en la alfombra del portal, y ahí siguió durante días. Una niña del edificio le dio de comer, y yo lo hacía a distancia de la puerta porque muchos vecinos empezaron a quejarse.
Era grande, y era muy, muy pequeño. Un cachorrón bruto y juguetón. Sus ojos buscaban los ojos de las personas y su piel, las caricias. Cuando empezó a hacer mucho calor le bajaba agua. Todos los mediodías sacaba a Trufo y le llevábamos un cuenco de comida.
Pensar en él me hacia llorar todos los días. Aún hoy su imagen es un agujero negro en mi pecho.
No podíamos quedárnoslo, o eso nos decíamos. Intentamos que nos ayudara el Ayuntamiento, que me dijeran a quién llamar, a dónde llevarlo... ¡Qué pequeña era yo entonces, y qué pequeña me siento ahora al recordarlo!. Quizás hoy lo hubiéramos recogido a pesar de las dificultades, no lo sé; siempre me quedará esa duda, ese clavo culpable haciéndome sangre. Un buen día; no, un mal día; uno malo, muy malo, ya no volvió.... Para él fue esto:
"No puedo dejarte ir
sin que lluevan mis lágrimas
sobre tu vida rota,
sobre tu pata herida.
No puedo dejarte ir
sin mirarte a los ojos
pidiéndote perdón
por la culpa de todos.
Sin que bebas el agua
que inunda la llanura
del adiós que te deben
y mastiques mi amor
para que tu alma llene
con la luz de la luna.
Sé que estarás mejor,
caliente y protegido
a salvo del terror
que te asusta dormido.
Sé que me encontraré
con tu cuerpo vacío.
Una tibia mañana
de clara primavera
se marchará tu alma
escapando del frío.
Sé que serás feliz
y correrás ligero
por las oscuras nubes
que flotan en el cielo.
Mas nunca olvidaré
estos días de marzo
en que te conocí.
Jamás olvidaré
tus segundos felices
rodeados de mil horas
solitarias y tristes.
Jamás olvidaré
el brillo en tu mirada
cuando me descubrías
desde tu manta ajada.
Jamás olvidaré
y todo me lo quedo
pues sé que a tu recuerdo,
no dejaré partir."
 
Él marchó..Pero vinieron otros, muchos otros...
En aquel Ayuntamiento se rieron de mi muchas veces. Escribí cartas al periódico; envié mails a la televisión autonómica... Pero la lucha tenemos que hacerla con nuestras propias manos; con nuestras propias vidas. Y por eso estaba preparada cuando un buen día; aquel sí que fue un buen día; llegó a la que por aquel entonces llamamos Canela y ese día decidimos cambiar las cosas de forma insignificante para el mundo, pero de una forma permanente para nosotros.
Hoy, muy contenta, veo como mis padres han decidido cambiar sus vidas, haciendo un huequecito en su corazón, aunque la cicatriz con el nombre de Luna aún está fresca; aún duele y siempre va a doler.
Ese huequecito es para Son.
Otro abandonado a su suerte, a su mala suerte. Hambriento, y sucio, y esquelético, porque sus dueños decidieron que ya no lo querían. Por suerte, unas hadas madrinas lo trajeron hasta nuestra familia.
Lo primero que me sorprendió cuando lo vi fue lo delgado que estaba. Las caricias servían para contarle las costillas.
Es joven. Juguetón. Son. Sonríe. Tiene un hambre eterna. Le encantan los mimos y tiene miedo a los juguetes de los niños. Son. Sonríe.
Si te descuidas roba la comida que hay sobre la mesa, o sobre la cocina, o sobre dónde sea... Roba los zapatos del armario; la ropa sucia del cesto... Roba el corazón. Son. Sonríe. Ahora, sonríe.
Le rechiflan las caricias y los mimos, ¿A quién no?, ¿Somos tan diferentes, si todos al final queremos que nos quieran?.
Blanca dice que Son se parece a Caela; que los dos están loquitos, y es verdad. Tienen en la mirada esa libertad solitaria de ese "Golfo", gris y somnoliento que se despereza tras una noche viajando de polizón en un tren.
Damas o Vagabundos; Lunas, Trufos, Caelas, Son... Gratitud, amor, inocencia; para siempre...
Ojalá más personas abrieran su corazón. A veces es cuestión de hacer limpieza y hacer sitio para el amor. Como una limpieza de primavera que prepara los armarios para acoger la ropa de verano.
Cambiar las cosas es cambiar nuestras vidas. Resetearnos con unos lametones y un pelo suave rozándonos la piel.
Como dice Forrest, mi viejo amigo, "Yo no sé mucho de casi nada", pero sé que tengo suerte; mucha. Ya dejé hace tiempo aquella parada de autobús. Lo he cogido. Y, en el viaje, me han enseñado lo que es querer sin condiciones, sin falsedades. Mi voz se ha transformado en un instrumento para fabricar alegría cuando digo sus nombres, o cuando me acuerdo de cómo lo decía... Luna.
No puedo imaginarme la vida sin ellos, sin su magia. Y sé que estarán conmigo siempre. Para siempre jamás, como en los cuentos; pero no un cuento de los del final feliz; mejor uno sin final. Uno en el que los finales no existen; ni los "adiós", sólo los "hasta pronto".
Ojalá el cuento fuera todavía más bonito. Ojalá los humanos nos volviéramos un poco más animales. Ojalá...
Sé que es un deseos muy difícil de cumplir, pero yo no quiero crecer en esto, no quiero dejar morir a mi hada. Hay que creer. La magia está en ellos. Así que, ya sabéis...
Cerrad los ojos y aplaudid tres veces mientras decís: "Creo en las hadas. Creo en las hadas. Creo en las hadas".
Yo creo.
No dejemos pasar lo mágico que está a nuestro alrededor. Intentemos ser capaces de verlo.
Yo quiero intentarlo.

Pueblo de perros muertos...
Tus calles ladran, tus calles gimen,
tus calles lloran.
Mas todos callan. Mas nadie escucha.
¡Olvídate!. No hay batalla.
No hay lucha.
¡No grites!. Llora y vete.
Lágrimas, horas días,
limpian la calle de muerte.

Pequeños condenados,
escuálidos y hambrientos
que andando a cuatro patas
os cruzáis con los coches,
perdéis vuestros alientos.
Suspiran por vosotros
caminos asfaltados.

Mi corazón, os lo entrego.
Casa y cementerio.
Un hogar para todos,
los vivos y los muertos.

Os pondré nombres
oscuros y callados
que no conozca el hombre,
para que no os encuentre,
para que no os masacre
su sucia indiferencia
del color de la sangre.

En mi vais a morar
aunque me duela el pecho,
aún en mi último lecho
sin poder respirar.
Os quedaréis conmigo.
Siempre estaremos juntos
como el mejor amigo
que debisteis de ser.

Aunque el mundo no entienda
que yo no entiendo a un mundo
que no intenta entenderse.
Aunque el mundo no entienda
que así está para siempre
destinado a perderse.

Fantasmas invisibles.
Ángeles en la tierra.
En mi tendréis reposo.
Nunca más nómadas,
nunca más vagabundos
en invierno lluvioso.

No olvido. No olvidaré.
En mi pequeño pueblo
de tumbas en la acera.
Traeré para vosotros
la primavera entera.
Siempre os recordaré.
FIN, de esta pequeña larga historia.
 


4 comentarios:

  1. Uffff, ¿cómo puede alguien tirarle piedras a un perro desde un edificio?¿Cómo puede haber tanta gente desalmada? Aquí perros vagabundo hay muy pocos, pero la gente expresa su crueldad con los gatos. Yo tengp varios todos recogidos y salvados de la muerte, pero he visto envenenamientos, martirios y de todo. En el albergue hacen lo posible pero están desbordados.
    Además, la gente compra animales, no adopta, y es una cadena horrible.
    Me ha gustado mucho elpost, ya me había puesto al día con las otras entradas, pero me quedo triste.
    Un besín y enhorabuena por esos tesoros, aunque tengamos que vivir con la pena de los que ya no están.

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  2. Muchas gracias,de verdad. Es verdad, los que ya no están siempre pesan. Qué horror lo que me dices de los gatos. Es que la crueldad del hombre siempre va dirigida contra quien ve más débil: perro,gato, oso,niño...
    Allí también conocí a gente que quería y respetaba a los animales. Un señor mayor que nos vio con Carla por la calle se puso contentisimo y nos contó que el y su mujer la habían estado alimentando unos días cuando ella iba buscando los desperdicios del mercado. Alimentaban y desparasitaban a todos los que podían. Hay crueldad pero luchamos contra ella. Yo hoy también me quedé melancólica al escribir esto, pero quiero pensar en todo lo bueno que se puede hacer a pesar de todo... Al menos creer... Besos!

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  3. Muchas gracias,de verdad. Es verdad, los que ya no están siempre pesan. Qué horror lo que me dices de los gatos. Es que la crueldad del hombre siempre va dirigida contra quien ve más débil: perro,gato, oso,niño...
    Allí también conocí a gente que quería y respetaba a los animales. Un señor mayor que nos vio con Carla por la calle se puso contentisimo y nos contó que el y su mujer la habían estado alimentando unos días cuando ella iba buscando los desperdicios del mercado. Alimentaban y desparasitaban a todos los que podían. Hay crueldad pero luchamos contra ella. Yo hoy también me quedé melancólica al escribir esto, pero quiero pensar en todo lo bueno que se puede hacer a pesar de todo... Al menos creer... Besos!

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  4. Hola Eva, es realmente conmovedor, tantos perritos de carácter noble y sin nadie que los cuide y proteja. Afortunadamente hay gente, poca, pero las hay, que valoran a los animalitos. Me encantaron los poemas, seguro salidos del alma. Muy bella tu entrada.
    Que tengas un buen fin de semana.
    Abrazos

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