viernes, 6 de marzo de 2015

Hay vida en la habitación de Blanca...

Ayer por la noche empecé a reunir fotografías de mis compañeros peludos, Trufo y Canela, y de Son, el compañero peludo que acaban de adoptar mis padres. Quería empezar a preparar una entrada para el blog sobre ellos; sobre ellos y nosotros; sobre nuestra familia, pero como nos ocurre a cualquiera, a veces, el día siguiente, un pillo que siempre se las sabe todas antes que tú mismo, tenía guardados otros planes para mí.

Mi hija Blanca, de cinco años, llevaba dos días sin ir al colegio. Ayer iba a ir, ya estábamos vestidas, con David en la silla y, con la mano de David agarrada muy fuerte a una rosquilla; o sea, listos para salir sin demasiada "guerra", cuando, de repente, David agarra el bote de colonia, (de los de litro, que hay que ver qué fuerza tiene), le arranca la tapa y se tira todo por la cara... o sea, momento de stress y nervios:
-Blanca cierra la puerta, ¡Cierra!...
-Mami... Hay que ir al cole...
-¡Cierraaaaaa!...

Mientras David lloraba histérico y yo casi lo ahogo sumergido bajo el grifo del baño...
-Mami...
-Blanca, ¡No puedo ahora!-
-¡Sácate el abrigo que  no vamos a ningún sitio!

La pobre se quedó de pie abrazada a Princesa Purpurina, su muñeca, mirándome con esa carita de pena que pone y los labios temblorosos, pero mi energía, mi cerebro, mi cuerpo, estaban concentrados en David... que al cabo de una hora y media, estaba feliz y tranquilo con los ojos irritados, pero no demasiado molestos como para dejar de ver Pocoyó...

Así fue ayer... y hoy... hoy fue un día de esos que empieza raro; que huele raro...
Todo fue demasiado tranquilo: levantarlos, desayunar; llegar a un acuerdo sobre que dibujos poner mientras yo voy a la ducha...
Al cabo de un rato, cuando tengo que empezar a vestir a Blanca la llamo y no viene. Está llorando bajito en el salón. Me remango la chaqueta mentalmente, sé que tengo por delante un trabajo difícil: convencerla para que me cuente qué le pasa...

Al final lo consigo... Lo que me temía... ¿Por qué a un niño, a mi niña, me olvido de pedirle perdón?, si sé que a un adulto, se lo pediría inmediatamente: Oye, perdona por tal o cual...
-Ayer me gritaste mucho...
Y el labio tembloroso acusándome sin piedad, y con toda la razón...
-No quiero ir al cole... No me apetece salir a la calle si estás enfadada conmigo...

¡Qué fácil hubiera sido actuar bien!, ¡Qué fácil hubiera sido pedirle perdón ayer!. Explicarle que me puse muy nerviosa; que tenía miedo... Pero como luego ella estaba jugando y yo me puse a otra cosa, pues se me olvidó... Como nos olvidamos tantas veces de que lo que piensen nuestros niños tiene que ser lo más importante.... Y, lo digo, sabiendo que me olvidaré la próxima vez que David haga una de las suyas...
Ahora reflexiono, tranquila por un momento, mientras el terremoto duerme en la hamaquita, agotado de tantas réplicas a lo largo del día. Ahora me paro a pensar, y me doy cuenta de lo difícil qué debe ser ser Blanca. La hermana mayor, a la que le exigimos más, seguro, de lo que sus cinco años se merecen.  Lo siento Blanca. Lo siento mucho, muchísimo, y para que quede claro lo sentiré todas las veces que me vuelva a equivocar, aunque se me olvide decírtelo...

Por la calle, me pregunta si sus juguetes harán algo hoy mientras ella no está... Otra vez lo siento porque hace días que he dejado aparcada esa primordial investigación...
Por supuesto que harán algo, y qué va a ser, más que pensar en ti: su voz, su respiración, el latir de sus corazones, mucho más allá del plástico, o del peluche, o de lo que sea....















Qué van a hacer: echarte mucho de menos; aprender a restar para contar cuántas horas faltan para que vengas del colegio ....


Los juguetes de la habitación de Blanca tienen vida, porque ese soplo de aire; ese pequeño corazón que tiene fe en que así es no puede estar equivocado, y  en estas fotografías está la prueba. Alimentemos la imaginación, la fantasía de nuestros niños, para que las nuestras no se mueran de hambre mientras seguimos envejeciendo...

Y, aprendamos a pedir perdón las veces que hagan falta, aunque sea a nuestra niña de cinco años, por descuidar lo que consideramos más evidente. Decir te quiero nunca, nunca sobra.
Te quiero Blanca.
Y tus juguetes también...
Luego, cuando le enseñe estas fotografías, me dirá, como otras veces: Mami, ¡Hasta salen en el ordenador mis juguetes!, eso es que son famosos porque (sonriendo)... tienen corazón...

Bate palmas fuerte mientras repites tres veces: Creo en las hadas. Creo en las hadas. Creo en las hadas...  porque existen...

 

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