lunes, 16 de marzo de 2015

Pequeña larga historia de como los perros llegaron a mi vida para mejorarla y cambiarla para siempre... (Parte III)

... Qué pequeño eras, Trufo, y qué rápido creciste; pero siempre igual de bueno; bueno y conformista...
Cuando te llevamos a poner las primeras vacunas y el chip, mientras te pinchaba, intentabas darle besitos al veterinario....
Mi rey pequeño, te llamaba cuando te metía en tu cestita, y aún lo eres, Trufo, siempre lo vas a ser..
También fuiste cachorro, claro. Fuiste cachorro, y como todos los cachorros, robaste zapatillas, rompiste libros y revistas... y una mañana, taquicárdicos, descubrimos que habías roto el resguardo de una primitiva, de esas con números fijos, de todas las semanas igual; de los que tienes grabados en la parte del cerebro dedicada a los sueños imposibles; que a nosotros a perseverantes no nos gana nadie (bueno sí, Canela, pero ella aún no ha aparecido en esta pequeña larga, larguísima historia). Menos mal que la suerte esa de la hablaba aquel calvo del anuncio, no nos acompaña y los números, claro está, no habían salido... ¡Uff!
Tú pasión: las pelotas de tenis, aunque todavía no hemos conseguido que nos devuelvas ninguna, y lo sabes. Son tuyas, ya lo sabemos... sólo queremos volver a lanzarla, de verdad... si después de nueve años no me crees.... Tú otra pasión: correr, y correr y correr... cómo corres y cómo corriste siempre. Una vez, siendo todavía muy pequeño, te soltaste de la correa y empezaste a correr tan, tan rápido, que tardamos una eternidad en pillarte; ese día descubrimos ese espíritu de corredor que llevas dentro, Trufo; de corredor, pero no de escapista; de escapista nunca; en nuestros corazones encontraste tú sitio; estaba reservado, estoy segura. Una reserva V.I.P, de los Very Important Perros de toda la vida.
Teniéndote entre mis brazos encontré esos instantes de calma, de paz, que todos necesitamos a veces. No creo que haya un pelo más suave bajo unas manos, Trufo; unas caricias tan relajantes.
Cuando estaba embarazada siempre quería tenerte muy, muy cerca, para si estaba inquieta, nerviosa; asustada... acariciarte y resolverlo todo. El bebé se acomodaba, y yo respiraba profundamente. Aún no era el momento. ¡Cuántas falsas alarmas habrás impedido, pequeño Trufo!.
Eres la bondad vestida de perrito; siempre lo fuiste. ¿Recuerdas aquella perrita que encontramos un día de paseo; a la que sólo era un bebé?. La subí a casa, y te di una galleta mientras la acomodaba, y tú, Trufo, arrastraste la galleta con el morro hasta ponerla al lado de aquella enanita.
¿Sabes?, hasta personas que desconfiaban de los perros; que decían que no les gustaban, que les tenían miedo, pasaron un momento fugaz  en su vida sin sentirlo, estando cerca de ti. Seguro que te acuerdas de la vez que te llevamos a casa de mi tío Jose (seguro que te acuerdas, porque te pusiste las botas). Él no quería saber nada de perros, y os encontré en la cocina compartiendo un paquete de galletas. ¡Os tuve que reñir a los dos!. Gracias a ti, seguro que ahora, en el cielo, Jose se atreve a estar con Luna, sin miedo...
Eres la bondad vestida de perrito. Eres muchas cosas, Trufo, muchísimas. Consuelo, amigo, almohada calentita; superhéroe resignado a serlo .Cuántas veces te he encontrado desconcertado en el pasillo con la manta de Blanca atada al cuello como una capa; es mi súper perro, mamá, me decía. Y lo eres, claro que sí... hasta hicimos una canción... aunque mejor,  la canto otro día.
Aún hoy, tenemos que ir rápido a acariciarte, a echar a las pesadillas que siguen empeñadas en visitarte. Aún hoy te cuesta oír el sonido del agua sin intentar escapar, y eso que te esfuerzas, lo sé....
Eres la bondad vestida de perrito, Trufo...

Sólo fuiste hijo único un año, porque esta pequeña larga historia te reservaba la visita de una compañera que lo fue para el resto de tu vida... Pronto llegó Canela; bautizada como "Caela" por Blanca, porque no sabía ponerle la "n" cuando empezó a hablar. Ahora, para David también es Caela, aunque, en realidad, siendo sincera que ya hemos comprobado que para él todos los perros son "Caela"...
Con la incorporación de Caela a la familia, tuvimos que escuchar a mucha gente decirnos que nos complicábamos la vida, y más cosas, que por mi salud prefiero no recordar. Ahora, más mayor, casi diez años después, soy otra. Ahora les hubiera dicho que complicarse la vida es aguantar a algunas personas y no escuchar al corazón. Se lo hubiera dicho porque, gracias a vosotros, he aprendido a hacerlo. A escuchar al corazón, y a mí, aunque muchas veces soy una pesada. He aprendido a protestar, cuando os hacían algo, cuando os pasaba algo. Sois culpables del inicio de mi pequeña transformación; una Alicia que se come su Upelkuchen para crecer, y crecer, y crecer... Mis amores me importan tanto, tantísimo, que soy capaz de gritar, y de muchas cosas...

Canela llegó un día de octubre, muy temprano. Paseando a Trufo nos la encontramos sola, en medio de la oscuridad,. Nos siguió todo el rato. Le di un par de galletas que llevaba en el bolsillo y la acaricié muy despacio; sólo yo pude hacerlo porque rehuía las caricias de los hombres; cerraba los ojos y se encogía escondiendo la cabeza, quizás presintiendo algún golpe; seguramente, muchos.

Nos siguió como una loca, cruzando la carretera de un lado a otro. Por suerte eran las seis de la mañana y no había tráfico, excepto un coche. La golpeó. Fue rápido. Ella se levantó asustada y escapó. No la encontramos, hasta que nos encontró ella otra vez.
Cuando entramos en el portal, apareció asomada en el cristal de la puerta, raspando con la pata; llorando, pidiéndonos pasar. Insistente y luchadora, así es ella, así eres, Canela.
Subió con nosotros. Olía fatal y la metimos en la bañera. Debajo de toda la mugre apareció un color canela precioso que decidió su nombre. Canela; fuerte y dura como una ramita; dulce también, y diferente; única.
¿Te acuerdas de aquel día, pequeñaja?. Dormiste casi diez horas seguidas sin mover un  músculo, tapadita sobre el sofá. Bebiste y comiste dos cuencos llenos. Yo estaba asustadísima. A cada rato iba a ver si respirabas, de lo quieta que estabas.
Al día siguiente teníamos que llevarte al veterinario, pero te negabas a moverte más allá de la puerta. Los primeros días hubo que bajarte en colo, hasta que comprendiste que siempre iba a haber una vuelta, a tu cesta, a la comida; al calor y a las caricias que tanto te gustan.
Una cachorra eterna es mi Canela, nuestra Caela. Algún golpe, algún miedo inyectado en su sangre, en su ser, detuvo el avance del tiempo en su cabeza, y así permanece. Una abuelita que sólo juega con cachorros, y llora al ver algún perro grande. Destrozona todavía, a sus casi nueve años; ladrona avispada de comida, a veces, como si mañana su cuenco fuera a estar vacío. Al principio incluso no se comía toda y la escondía; en las macetas, bajo un cojín, por si acaso... Ese es el instinto de supervivencia, no confiar del todo, pero necesitarlo tanto...
Es increíble lo que somos capaces de hacerles a los animales. Romperlos por dentro y por fuera con nuestro "poder" humano; o sobrehumano, porque ante ellos nos colocamos en un pedestal, como un Dios, como un César que levanta o baja el pulgar: tú vives- tú mueres. Y tú, por suerte para nosotros, tú viviste, Caela.
Caela llegó para volvernos locos; ponernos la vida patas arriba; rompernos los muebles y, ensanchar un poco más las paredes de nuestro corazón. Llegó para ser la compañera y la "jefa" de Trufo, que la tolera y la adora. Inseparables juegan y pelean; comparten y se roban (ella le roba y él le deja). Llegó para enseñarnos lo que es querer sobrevivir; perseverar (no hay quien le niegue una caricia; es capaz de darte con la pata más de treinta veces; las he contado). Llegó para enseñarnos a no escuchar las palabras de muchos que no saben lo que es sentir las patitas de un perro caminando sobre su corazón. Y, ahora, llegó para ser la Caela de mis hijos; para que David aprendiera a decir su nombre casi antes que los nuestros. Para sentarse con ellos, paciente y golosa, mientras meriendan. Para tantas cosas llegaste...

Cada vez más lejos aquella parada de autobús donde empezó mi historia con los peludos; con mis peludos. Cada vez está menos llena mi caja de bombones, y no me importa, porque he aprendido a saborearlos; aunque confieso, que ahora que son unos abuelitos, tengo miedo; miedo del momento en que deje de oír la respiración de camión de Caela (ese ruido ronco que se le coló dentro cuando dormía sólo abrigada por la oscuridad); miedo de cuando me vaya muy temprano al salón con David en el colo, por gases o una pesadilla, y que no esté la nariz de chocolate de Trufo para recibirme rozando la palma de mi mano.
Intentaré seguir saboreándolos, a mis bombones; a mis momentos... Como diría mi querido Forrest "... Yo no sé si todos tenemos un destino, o si estamos flotando casualmente como en una brisa. Pero yo creo que pueden ser ambas; puede que ambas estén ocurriendo al mismo tiempo" (F. Gump).
Yo, lo que sé, es que no s hemos encontrado.
Yo, lo que sé, es que esta es una historia pequeña, pero una historia larga, muy larga; podría ser infinita, porque así los quiero, y así ellos me quieren. Y porque hay más; hay muchos. Y por desgracia, muchos que aún no han recibido siquiera el calor de un nombre.
Ellos también son seres especiales, y por eso he guardado también unas líneas para ellos que en mi corazón y en mi cabeza ya están escritas...
Ya lo advertí, esta es una historia pequeña, pero también es una historia larga, infinita; como un verso que nunca se acaba...

Seguiste nuestros pasos por la acera,
cazadora en busca de cariño,
con el pelo enredado y señalado,
eras inocente, como un niño.
Llegaste con el hambre retrasada,
y el cariño no lo habías estrenado.
Llegaste apestando y agotada,
princesa de aquel pueblo suburbano.

El reloj de tú cabeza se ha parado.
Tú te has quedado allí, joven y dura,
con lágrimas de miel en tú armadura
y el corazón blandito y esponjoso
latiendo en tú cuerpo maltratado.
Canela, niñera y besucona,
espíritu de cachorro; soñadora.
Canela libre, familiar, exótica.
Sólo tú podrías ser Canela sin "n",
Caela.

6 comentarios:

  1. Ayyyyy, qué bonito!!!! Qué penita que tengáis que espantarle pesadillas. Nosotros tenemos gatitos, salvados todos de la muerte, y son taaaan agradecidos.
    Hace año y medio nos dejó una gatita que sacamos del albergue y nos dio tanto, tanto(tengo un post hablando de ella). Desde luego los animales nos mejoran la vida, tienes toda la razón.
    Besinos y solo me he leído esta parte, de noche me pongo con las otras.

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    1. No sé por qué tenía en la cabeza que había respondido a tú comentario lo siento!y siento mucho lo de tu gatita. Buscaré el post. Me alegra saber de más amantes de los animales. Hacen falta en este mundo!, besos!

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    2. No sé por qué tenía en la cabeza que había respondido a tú comentario lo siento!y siento mucho lo de tu gatita. Buscaré el post. Me alegra saber de más amantes de los animales. Hacen falta en este mundo!, besos!

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  2. qué preciosidad de relato, me ha emocionado profundamente

    Besinossss (uno doble para Trufo y Caela)

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    1. Muchísimas gracias! Tengo pendiente una tercera parte porque hay muchos, muchísimos seres especiales de los que hay que acordarse. Un beso,y lametones de Trufo y Caela

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    2. Muchísimas gracias! Tengo pendiente una tercera parte porque hay muchos, muchísimos seres especiales de los que hay que acordarse. Un beso,y lametones de Trufo y Caela

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