lunes, 9 de marzo de 2015

Pequeña larga historia de como los perros llegaron a mi vida para mejorarla y cambiarla para siempre...(Parte I)

Esta es una historia pequeña, no porque sea una historia corta; podría escribir páginas y páginas... tengo un millón de cosas que contar sobre nuestros amigos peludos. Esta es una historia pequeña porque sólo somos  una familia en medio de millones de familias; sólo somos una familia con perros en medio de millones de familias con perros; sólo, una familia que ha adoptado a sus perros, en medio de muchas familias que adoptan; y, mis perros, sólo son un par de perros abandonados en medio de infinitos perros abandonados... Así de pequeños somos, un puntito insignificante en medio de un universo infinito, pero, gracias a Trufo y a Canela, y a todos los perros de mi vida, un puntito muy, muy brillante...

Esta es una historia pequeña, pero puede convertirse en una historia larga, larguísima... cuando hablo de perros no hay quien me pare... Desde que he tenido uno me he convertido en una mamá de esas que salen en las películas, con una cartera de la que al abrirse sale una ristra de fotografías de sus retoños; de las que hablan sin parar de lo que hizo tal día uno de sus hijos, o que al otro le están saliendo los dientes.  Pues sí, yo soy de esas... e imaginaros ahora, que también tengo hijos...Gracias a Dios ahora existen los móviles, con sus cámaras, etc. porque si no, no se qué cartera tendría que comprarme... Gracias a Dios, no tengo mucha vida social, si no acabarían repudiándome; aunque, ahora que lo pienso... ahora entiendo porque no la tengo... quizás ya me repudiaron y yo no me dí ni cuenta...

Bueno, a lo que iba... Esta es una historia pequeña, pero puede convertirse en una historia larguísima...

Desde que puedo recordar siempre he querido tener perro; siempre. La verdad es que desde siempre me han gustado mucho los animales y, de pequeña, no tener ninguno para mí era una gran frustración, hasta que en una preciosa playa de Pontedeume (La Coruña) a la que solíamos ir, estando yo sentada bajo las ramas de un pequeño sauce cayó un pajarito de un nido. Era precioso, con pequeñas plumas de pelusilla blanca alrededor de la cabecita; imposiblemente frágil; tremendamente desamparado. Y yo, por fin, tenía a quien proteger. (Quiero aclarar que todo esto es verídico, aunque muchos penséis que me lo estoy sacando de alguna reposición de La Casa de la Pradera, o que me quedé medio atontada ya en los 80 viendo todas las series de animales que ponían: La Aldea del Arce, David el Gnomo; hasta Sherlock Holmes, el único y genial, era un animal.... aunque todo esto es otra historia).
Lo cogí y lo metí en el interior de mi gorro de paja. Nos lo llevamos a casa y lo cuidamos mucho, mucho tiempo. Era Pavarotti porque su trino era totalmente operístico; tanto, que la vecina del séptimo, se quejó de que la despertaba...
En fin..., eso, que siempre me gustaron los animales...
Mi colegio estaba en un sitio,en un... , simplificando, en el medio del monte, y en mis recreos de la E.G.B, le tiraba las miguitas de mis galletas a los pájaros. Me quedaba muy quieta, y espiaba muda y fascinada como sacudían las plumas, se inflaban hasta parecer bolitas de pelo, o se bañaban en los charcos... Reconozco, y no por ir de víctima, sólo porque es la pura verdad, que esto de ser espía de gorriones, digamos que no me hizo muy popular y ahora, que lo miro desde la distancia... la verdad la escena era un poco...: yo sola sentada en un banco del patio mirando los pájaros... Sólo me faltaba una caja de bombones y cambiar el banco del patio por el de una parada de autobús... Pero qué bien se estaba al solecito, y qué ricos estarían los bombones, por cierto...

Todavía conserva un lugar de honor en las estanterías de mi memoria destinadas a las cosas importantes (ya sabéis, esas en las que justo en el momento adecuado, se enciende una luz sobre ella y pueden verse, como en una película, pequeñas motitas de polvo revoloteando a su alrededor), una mañana de principios de verano; tendría yo cinco o seis años, y mi padre me llevó con él al puerto, a la oficina de su barco. En el puerto casi todas esas oficinas tenían perro; en esa también, pero seguro que esa fue la única en la que una enana de cinco años vivió uno de los momentos más alucinantes de su vida...
Al entrar, el señor que estaba allí, le dijo a mi padre que la perra había tenido cachorros en el piso de arriba. Subimos las escaleras; crujían, y el aire se colaba entre los escalones separados. Tenía la piel de gallina, y de repente me entraron unas ganas enormes de hacer pis. El corazón me latía a mil por hora cuando llegamos arriba. El cuarto estaba en penumbra. Caminé a tientas. Mi padre se acercó a acariciar a la mamá, mientras yo intentaba descubrir qué pasaba a mi alrededor... De repente, empecé a notar algo cálido y blandito sobre mis pies; los tenía muy quietos y muy juntos metidos en mis brillantes zapatos de charol (porque mi madre me había vestido de domingo), y encima había de pronto, no sé cuántos cachorros; miniaturas negras y brillantes como la tinta.
Fue un momento mágico. Uno de esos que se inmortalizan, yo creo que en una foto estelar, y se quedan allí suspendidos, para siempre en el firmamento de la historia de cada uno. Supe que jamás iba a olvidarlo y tenía razón. Han pasado 30 años y aquí sigue, con las sensaciones frescas, y la emoción todavía con la suficiente fuerza como para hacer latir mi corazón con ese sonido que tiene la nostalgia. Aquí sigue, en la estantería de las cosas importantes, sólo con un poco más de polvo, un par de canas, y unas arruguillas impertinentes alrededor de los ojos. Pero si los cierro, ahí estoy, con mis zapatos de charol invadidos por los cachorros más bonitos del mundo...


En fin... que siempre me encantaron los animales, y siempre me encantaron los perros ... y que ya avisé al principio que esta era una historia pequeña, no porque fuera una historia corta...

Ahora, por el bien de todos, me voy a saltar unos 22 años. 22 años en los que los animales me siguieron encantando e importando, y en los que a veces me sentí como sentada en el banco de esa parada de autobús con una caja de bombones en las rodillas, hasta que en el año número 22 me comí por fin un bombón, y llegó lo que estaba esperando en aquel banco.

Tenía un mes, a finales de febrero, y era una bolita de pelo blanco y suave. La llamamos Luna, porque aquella noche había luna llena. Le pusimos un reloj, con un tic tac muy sonoro, bajo la mantita de su cesta, pero aún así la primera noche me la pasé despierta intentando consolarla cuando lloraba, como a un bebé que era; intentando enseñarle que seríamos su familia; y lo fue aprendiendo, poco a poco. Pero nunca fui capaz de enseñarla tanto como ella me enseñó a mi: a confiar, a querer, a perder la vergüenza a mostrar los sentimientos; a salir de mi introversión y dejar un rato aquella parada de autobús para probar la vida...

Luna...

Alguien me despertó una vez,
hace ya tiempo.
Aunque se han escapado los minutos
lo recuerdo.
Abrí los ojos en febrero,
tras un sueño de cuatro años
viviendo en la habitación de la
memoria.
Acunada por el frío del invierno y
el olor a naftalina del pasado.
Me sobresaltó el aroma a ropa limpia,
lluvia fresca corriendo por mis venas,
ladridos en los ojos sordos de mi alma,
mi imaginación volando en las estrellas.
Un trocito de vida jugando entre el
pelo de la alfombra.
Una bolita de esperanza blanca adormecida.
Y yo, sin saber muy bien lo que ocurría,
me dejé llevar por las caricias de sus ojos.
Por los ojos de caricias de la Luna.

"Mi mamá dice que la vida es como una caja de bombones, nunca sabes qué te va a tocar" (Forrest Gump)
... Qué suerte tuve yo aquella noche de finales de febrero...

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