jueves, 12 de marzo de 2015

Pequeña larga historia de como los perros llegaron a mi vida para mejorarla y cambiarla para siempre... (Parte II)

...Ay Luna, Luni, cómo se te echa de menos, y ya hace año y medio desde que te fuiste; desde que tu cuerpo decidió que estaba demasiado cansado para continuar lejos de las estrellas; pero tu mirada; el tacto de tu pelo, tu olor, el calorcito de tu cuerpo... todo permanece vivo, latiente, y ayudando a latir a mi corazón gracias al combustible de amor con que lo llenaste.

Te encantaba el colo, ¿te acuerdas?. A veces, por la mañana muy, muy temprano te colabas en mi habitación y me pedías subir a la cama (aún eras demasiado pequeña para subirte sola); te acurrucabas bajo las mantas contra mi barriga, y ahí nos quedábamos las dos dormitando un rato sin apenas movernos; sin pensar. Era nuestro momento perfecto, como cuando el sol queda detenido a escasos milímetros de cruzar la línea del horizonte; como un café recién hecho en tu taza favorita acompañado por el crujir de los periódicos, en una mañana de domingo; como el frescor del mar preso en la piel, mientras te tumbas en una toalla cálida en medio de la arena... Cuántos momentos perfectos, pero ninguno como aquellas mañanas cuando tenía a Luni acurrucada junto a mi.
¡Ay Luni, cómo te echo de menos!... Me acuerdo tanto de ti... de tus primeros días (que también eran los mios)... de la urgencia que sentía por coger el autobús de vuelta de la facultad. Pasaba de cafés, de un pitillo más, de un rato más de conversación... Siendo sincera, la verdad es que tampoco en la facultad fui muy popular, pero contaba con dos grandes ventajas: mucha más gente entre la que esconderme, y te tenía a ti, Luna...

El primer baño en la playa te lo diste porque estabas jugando a perseguirme... No sé cuál de las dos se quedó más alucinada cuando entraste de golpe en el agua... Luego te tumbaste a secarte al sol, mimetizada con la arena... Aquellos días inolvidables, aquella primera Luna.
Esto igual te molesta un poco que lo cuente, (lo siento), pero es muy bonito, muy tierno: te "te enamoraste" del señor que vigilaba nuestro garaje y cada vez que lo veías se te escapaban unas gotitas de pis... Aunque para amor, ya sabemos que para amor, tenemos los mismos gustos... ¿verdad?
Le cogiste manía a la zapatilla de mi hermano, y cada vez que la veías en su pie, ¡A por la zapatilla, y de paso, a por el pie!...
¡Ay Luni, cuántos recuerdos!... Tantos días, tantas horas...
Cuando me fui de casa de mis padres pensé que la perdía para siempre, pero ella siguió queriéndome siempre, siempre. Hasta el final. Siempre conectadas, y aún ahora...

En tus últimos días ninguno pensaba que te ibas; sólo que estabas mayor y un poquito pachucha, pero tú cuerpo había dicho basta hacía ya rato...
Y una noche soñé contigo, Luna, igual que sueño ahora muchas veces que estás aquí todavía. Lo increíble es que fui, y sigo siendo, incapaz de recordar lo que soñé aquella noche, sólo sé que me levanté con una urgencia tremenda por verte. Una necesidad clavada en el estomago.
Llamé a mis padres y les pedí que te trajeran, y pude verte. Otro momento perfecto. El último...
Te acaricié, te cogí; te dije cuánto te quería.
Dos días después te fuiste y te quedaste para siempre en mi corazón. Un huequecito especial para ti, con tu silueta perfilada, y tu nombre; tus muchos nombres...Luna, Luni, Peque, Pequeñaja, Pitufa... Cuántas fuiste y cuántas sigues siendo: la de la cola a mil revoluciones; la de un mordisco inesperado; una paticorta dispuesta a caminar kilómetros; una viejecita con la mirada tierna y el cuerpecito muy cansado.
¡Ay Luna, Luni, Pitufa!, Cuántas fuiste, y cuántas eres y serás, porque a mis hijos les hablaré de ti, de mi primer amor peludo; de mi primer escalón fuera de la parada de autobús.

Mientras escribo mi corazón palpita tu nombre: Lu-na, Lu-na, y se que estás conmigo: tu tacto, tu olor, tu calor. Abriste la puerta de mi vida que estaba cerrada con mil llaves...
 Y después de ti, colándose por la rendija que dejaba pasar un poquito de luz, llegó él, que sigue siendo mi compañero a cuatro patitas; Trufo, mi pequeño con la Nariz de Chocolate...

Aquel uno de noviembre inolvidable, de hace ya nueve años, quedamos en la gasolinera de Cangas con Lela, una amante de los animales, una luchadora que los acogía en su casa como buenamente podía.
Nos subimos a su furgoneta, confusos, sintiéndonos un poco como en un episodio del Equipo A, contratados para luchar por los derechos de los animales; un poco como... un poco como ¡a dónde... vamos!. Nos metimos por caminos imposibles de rememorar. Ni hoy en día podría decir dónde estaba aquella protectora...
Era la primera vez que iba a un lugar así. Al cruzar el umbral todos los peludos vinieron a recibirnos. En sus miradas podía leerse que sabían a lo que íbamos. Todos querían una casa, un hogar, una caricia...
Vinieron todos los peludos. Todos menos uno. Un pequeño blanco y negro que se quedó acurrucado muy quieto, muy quieto, en una esquina de su canil intentando pasar desapercibido.
Nos acercamos muy despacio. Lela nos contó que lo habían dejado abandonado en el medio del monte; que tenías miedo de todo, y que ni siquiera te atrevías a reclamar tu parte de la comida, y dejabas que los demás se la llevaran.
Tu también estabas en una parada de autobús Trufo, perdido, en medio de ninguna parte... pero ya nunca más...
En el viaje de vuelta en la furgoneta ya nos diste besitos. Tenías (tienes) tanto amor que dar...
¿Recuerdas lo silencioso que eras? (A veces cuando suena el timbre me encantaría que siguieras siendo Trufo el silencioso), que los primeros meses pensamos que no tenías ladrido... pero es que el miedo gritaba más alto que tu voz...
Al poco empezaste a confiar... Te hiciste pis y caca en la alfombra a los dos segundos de entrar por la puerta. Y luego, salías a la terraza, pensando que no te veíamos, y nos dejabas allí los regalitos (la pillería nunca fue lo tuyo).
Al poco, nos acercabas tu nariz negra, tan negra como una trufa, Trufo, para pedirnos caricias.
Desde el primer momento viendo tus ojos, suspendidos en los míos, infinitos y cargados de palabras, contagiando bondad; supe que ibas a ser uno de los seres más especiales que iba a conocer nunca.
Tú llegada fue una práctica emocional para ser mamá... de verdad...
Eras tan vulnerable, tan indefenso...
Recuerdo una vez, muy al principio, que paseándote por la calle me preguntaron cómo te llamabas; cuando se lo dije se rieron y se burlaron... y yo... yo, casi salgo en las páginas de sucesos del periódico al día siguiente: Ataque de histeria de una joven vecina, que persigue gritando a unos adolescentes durante kilómetros, armada con unas bolsas de la caca y mucha mala leche...
Es que ni tu nombre podía pronunciar quien no debía... quién no lo merece. Trufo, el de la nariz negra como una trufa, como un bombón. Trufo, el que años después mi niña, Blanca, llamó, Nariz de Chocolate...

Otro bombón para mi caja de bombones...

Llovía en noviembre
y te conocimos
en tu jaula solo,
mi perro perdido.
Llovía en noviembre,
día de tormenta,
sucio y desconfiado
cruzaste la puerta.
Llovía en tus ojos
de frío noviembre,
tristes y llorosos,
de cariño ausentes

Se han abierto claros
entre nubes negras.
Ahora tus pupilas
reflejan estrellas.
Por eso has nacido,
era tú misión
mi perro perdido,
hacernos felices.

Ahora son tus ojos
dos rayos de sol
que nos traen la calma
y nos dan calor,
amigo del alma.
Tu cariño es elixir
que nos cura de los días.
No existen gracias bastantes
que agradezcan tu existir,
que hagan justicia a tu vida.

Otro bombón para mi caja de bombones...
Agarré tu correa con mucha fuerza, hasta que los nudillos se me pusieron blancos, y seguí alejándome de aquella para de autobús donde tanto me había acostumbrado a no vivir.

Adoptar a un peludo no es una buena decisión, es un cambio; una vida que muta, que se comparte, que se saborea de otra manera. Adoptar a un peludo es empezar a vivir otra vez, y otra, y otra...

6 comentarios:

  1. "Adoptar a un peludo no es una buena decisión, es un cambio; una vida que muta, que se comparte, que se saborea de otra manera. Adoptar a un peludo es empezar a vivir otra vez, y otra, y otra...".
    Es verdad, es así. Y es vivir más, de otra manera, vivir mejor. Un abrazo, lametones y topaditas de los peludos.

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  2. Si,a mi me han cambiado la vida. Te vuelves mejor,tienes otra percepción de lo que te rodea. Me encanta saber que más gente lo siente así. Un abrazo

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  3. Si,a mi me han cambiado la vida. Te vuelves mejor,tienes otra percepción de lo que te rodea. Me encanta saber que más gente lo siente así. Un abrazo

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  4. y quién no va a enamorarse de esa naricita

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    Respuestas
    1. Yo qué voy a decir... Es mi ojito derecho...

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    2. Yo qué voy a decir... Es mi ojito derecho...

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