jueves, 19 de febrero de 2015

A las hadas les gusta dibujar...

Ayer era el último día de las vacaciones de Carnaval. Ayer, festivo en Pontevedra, era un pequeño regalo; un espejismo en medio de ese desierto que parecen los días sin vacaciones (y ya sé que hace nada fueron las de Navidad, y en un mes tenemos las de Semana Santa). Y habrá quién piense que soy exagerada, hiperbólica... Pero no... El ritmo de vida que llevamos bien se merece algún espejismo de vez en cuando, al menos para no acabar infartados, calvos, o con un sarpullido crónico por el stress. Ayer por la mañana disfrutamos aquí de una mañana templada y soleada; de una mañana de columpios e ir a comprar el pan a la panadería con calma, dando un paseo... Un paseo que casi nunca podemos dar porque casi siempre estamos yendo a alguna parte y, casi siempre, con prisa. Ayer el espejismo duró un poquito. La verdad, creo que a veces, a pesar de estar muertos de sed, cuando llegamos a un oasis no somos capaz de disfrutarlo a tope; nosotros, los "mayores", cuando estamos en medio del oasis, bajo la sombra de las palmeras, y con la cantimplora llena de agua, enseguida empezamos a pensar en que tenemos que seguir caminando dentro de unas horas. Y ayer el espejismo duró poquito por eso. Al terminar de comer el cerebro adulto (no sé si tendrá que ver con la digestión, o con la indigestión) empieza a pensar pronto en el día siguiente: ir a trabajar; levantarse temprano; colegio; recoger; preparar mochilas... ¡Uff!, y el espejismo se queda en eso; un espejismo. Algo que disfrutas un instante, mientras crees que existe, para enseguida desaparecer. No nos damos cuenta de que somos nosotros con nuestra prisa, con nuestro cerebro "de mayores" los que le robamos la existencia a ese espejismo. ¡Cuántos podrían volverse reales si pusiéramos un poco más de nuestra parte! Hoy tenía pensado escribir una entrada que ya había planeado, seguir con mis rutas; comentar cosas que he descubierto últimamente por aquí; algún libro... Pero no me ha quedado más remedio que escribir esto, como un mea culpa, que posiblemente no servirá de nada, pero al menos sí como desahogo... En medio de la vorágine de recoger la ropa, sacar algo del congelador para la comida; tender la colada... pasé un momento por delante de la puerta del salón medio gritando: ¡A ver, qué todo está sin recoger!. ¡En dos minutos a la bañera!, ¡En media hora cenando!, ¡Venga, mañana hay cole!... Me paré allí, como idiota; como hipnotizada por algo tan bonito que de repente redescubres, y te quedas pasmado: la niñez... mi niña, Blanca
 
Allí estaba, dibujando, con sus hadas de hada. Quería hacerme un dibujo de toda la familia vestida de superhéroe para poner en el corcho... Y yo gritando que si el cole, que si madrugar....
No sé cuántas veces repetí ayer que al día siguiente había cole... No sé cuántas veces descargué en mis polluelos el stress y las preocupaciones que siempre nos acechan agazapadas en nuestras orejas murmurando palabras grises...  Y, por desgracia, mis niños también van a tener cuando sean mayores esos bichitos negros que no les dejen dormir. Pero, ¿Por qué contagiarlos ahora?.
Me quedé callada. Respire. Giré un poco hacia la izquierda el botón de modo agobio, y le di un beso en el pelo... ¡Mamá, que me descolocas la corona!....
¡Qué suerte, pero qué suerte tengo de tener un hada en casa!

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