martes, 19 de mayo de 2015

El corazón del roble (Parte I)

Hace poco he vuelto a pensar en las hadas; a pensar en ellas porque sí, no por un cuento; no por una película. He vuelto a pensar en su mundo de claroscuros, tan infantil, y tan adulto. He vuelto a pensar en lo necesarias que son; en lo necesaria que es la risa de un niño para que sigan viviendo; en como ellas hacen posible que esas risas vivan. He vuelto a pensar en lo necesario que es creer en la magia; en un chispazo; en algo escondido; en los deseos que se les piden a las estrellas fugaces aunque parezca imposible en los tiempos que corren, y que corren tanto.
Y pensando, pensando me he acordado de una historia que alguien me contó hace tiempo y mientras la recordaba, he sentido un cosquilleo en la nuca, un aleteo quizás, justo al lado de mi oído; una risita. Un... un hada que me pide escribirla  y contársela a mis niños, y a los que no tan niños, también quieran escuchar...
Por suerte la recuerdo muy bien porque es una de esas historias; de esas que  nunca jamás se perderán; que nunca serán papeles olvidados en un desván olvidado, ajados por el paso del húmedo y frío invierno. Son historias que perviven para siempre, resguardadas en los silencios del aire; flotando a nuestro alrededor; rozando nuestra piel; robándonos un beso que permanecía escondido en nuestros labios. Son historias convertidas en viento susurrante entre las copas de los árboles; en olas furiosas que lamen la arena de la playa en algún lugar; en olor a otoño... Hasta que un día, sólo cuando estamos preparados para descubrirlas, una voz, o unos dedos que juguetean sobre las teclas de un ordenador, las rescata de su mágico escondite, y entonces, sólo entonces, están preparadas para despertar imaginaciones dormidas; para convertirse en cuadro, en libro, en melodía; en erase una vez; en por siempre jamás. En efímeros y eternos momentos de magia.

Una estrella fugaz, Elfin Song, Florence Harrison, 1912, Gran Bretaña.
(Ilustración de El libro de las Hadas, de Susannah Marriott)


Corrían tiempos remotos.  Era una época que ahora sólo recuerdan los bebés antes de que sus ojos cambien de color; los perros cuando mueven la nariz; los gatos cuando se suben a un tejado; las ardillas cuando comen una bellota o una nuez, y los gorriones de la gran ciudad; sólo ellos.
Eran años de bosques habitados por náyades y duendes, castillos con una doncella de largos cabellos en su torre; brujas y calderos mágicos; solitarios unicornios, y leyendas...
Y en uno de esos bosques ocurrió esto:..

Los comerciantes, caballeros y titiriteros que se veían obligados a cruzar el bosque con frecuencia siempre estaban alerta. Caminaban despacio y en silencio aguzando su olfato, su oído, su tacto y sobre todo, sobre todo, su intuición, porque sabían que en la espesura, la naturaleza, alimentada por la magia de las gotas de rocío mañanero, guardaba mil y un secretos. Secretos mágicos de los más peligrosos; de esos que engañan a la vista y que anulan la razón. Y así, a veces nada era lo que parecía, y siempre, todo podía ser cualquier cosa. Los príncipes eran ranas o robles; las princesas, luciérnagas, hadas o margaritas; los cervatillos, niños encantados; las piedras, arroyos, y los arroyos, lágrimas de una sirena que soñaba caminar.
Este bosque del que hablo era el más importante de aquellos tiempos. Se decía que se encontraba en medio de tres reinos, pero los habitantes de cada uno de ellos no lo creían, ya que nadie había llegado nunca hasta los confines del bosque y, por tanto, no sabían qué se ocultaba tras él.
Era un bosque poderoso, tan sólo gobernado por las estaciones y amparado por los cuidados de una población de sabios robles centenarios que habitaba en un pequeño valle, junto a la casa del búho, torciendo por el sendero de las grosellas, a la derecha.
Formaban un poderoso y respetado consejo al que todos los habitantes acudían cuando tenían alguna pequeña disputa con un vecino, o para pedir permiso de acogida para un amigo o pariente lejano llegado del otro lado del horizonte. Si la decisión del consejo no era bien acogida siempre podía apelarse a los consejos menores, el de pinos o el de sauces; aunque los sauces no tenían muy buena fama como consejeros, porque se disgustaban fácilmente y entonces les solía entrar una gran llorera.
El presidente del consejo era un roble de 454 años; ningún otro era más viejo. "El mayor", le llamaban. Se decía que sus raíces ya se adentraban en la tierra cuando el sol y la luna se separaron para siempre formando el día y la noche. Le acompañaba la leyenda de que había nacido de la primera gota de rocío llegada a esos parajes, envuelta en un trocito de corteza de arco iris, en manos de la madre de todas las hadas.
Por todo esto, y porque siempre fue un buen roble y un paciente y justo consejero, sus decisiones siempre eran acatadas y, ni los pinos, ni los sauces tenían nunca mucho trabajo.
Junto con el anciano árbol, el Consejo lo formaban robles de todas las clases. De tronco más grueso o más fino, descontentos con su peso; sedientos, anhelando siempre la llegada de la estación lluviosa, aún cuando en ella se encontraban; gruñones, que agitaban sus ramas a la menor ocasión y prohibían los nidos y las madrigueras; barbudos, con el tronco cubierto de liquen; y así, un sinfín más; todos distintos, todos especiales, pero ninguno como el inmenso roble que se erguía al final del valle, entre el prado de las lilas y el estanque de nenúfares formado al final del río.
Era el árbol que vivía más alejado del grupo. Callado. Nunca se oía el rumor de sus ramas. Solitario.
En ocasiones, cuando se celebraba una reunión del consejo, él se retorcía completamente, desde las raíces hasta la copa, haciendo incluso saltar a su alrededor pequeñas astillitas de madera, para volverse hacia el río, buscando un círculo de plata en el cielo nocturno.
Sus hojas reflejaban el color de todas las estaciones; verdes de mil tonos; marrones, ocres, dorados y naranjas... Sus ramas acogían una población infinita de ardillas, búhos y lechuzas; gorriones, jilgueros, palomas y tórtolas; además de toda clase de insectos; desde orugas mariposeadas y mariquitas presumidas, hasta paseantes ciempiés y grillos cantautores.
Noche tras noche, cuando la luna desaparecía bajo las aguas del río, todos ellos se colocaban en formación sobre sus ramas, en su tronco, o volando a su alrededor, mezclándose entre las hadas que también acostumbraban a acercarse para escuchar cuentos, historias y leyendas que el viejo roble aprendía del viento; respiraba en el aire, y bebía del corazón de la tierra a través de sus raíces.
Los demás robles creían que era un árbol extraño, incluso le tenían cierto temor. Guardaban hacia él el respeto que se siente hacia lo desconocido, y muchos, incluso, lo rechazaban, sin atreverse a decir nada, porque sabían que El Mayor lo protegía.
Como ocurre en todos los bosques, las hadas estaban encargadas de asegurar el paso de una a otra estación, para lo cual se dividían en cuatro grupos, cada uno con un cometido.
Las hadas del invierno, con pequeñas capas confeccionadas por suaves copos de nieve, y los cabellos entretejidos con brillantes gotitas de escarcha. Dominaban el frío y la llegada de las nubes de lluvia; el viento del norte y las heladas nocturnas.
Las hadas del otoño, con vestidos del color de las hojas de los árboles, y el pelo cayendo por su espalda, cual castaña enredadera. El sonido de sus alas podía confundirse con el crujir de las hojas caídas bajo los pies. Manejaban con soltura una paleta de colores ocres, marrones, verdes y dorados, que empezaban a extender, pincelada a pincelada, con la llegada de septiembre.
Las hadas de la primavera, vestidas de todos los colores del arco iris, con guirnaldas de flores coronando sus pequeñas cabecitas. Montadas en abejas transportistas saltaban de flor en flor, lanzando dardos cargados de amor a todos los animales del bosque, para hacer explosionar la vida en aquellos parajes un año más.
Y, claro, las hadas del verano, morenas y despeinadas; danzando de un árbol a otro, casi siempre en bañador, en un banquete sinfín de fruta de temporada; soñando cada noche calurosa, bajo el cielo despejado, con las próximas vacaciones.
La madre de todas ellas era la más anciana  y la más bella de todas las hadas. Quien conseguía mirarla de cerca comprendía en un segundo cuántas primaveras, veranos, otoños e inviernos guardaba en su memoria, y en el polvillo mágico de sus cansadas alas.
Vivía en el corazón del bosque; en un árbol, una seta o una flor; nadie sabía con exactitud el lugar y, al mismo tiempo, habitaba en un rinconcito de los corazones de todas las criaturas del lugar.
Se decía que guardaba una gran historia; el enigma de la vida, o el de la magia y que, por las noches, cuando el bosque soñaba, salía de sus escondite para conversar hasta el alba con el roble más anciano, sobre los viejos secretos que sólo ellos compartían.
Por aquellos días un novedoso acontecimiento sacudió el sosiego y la calma otoñal instaladas entre los árboles. La madre de las hadas anunció la llegada de una maga venida de un país muy, muy lejano llamado Galicia...

18 comentarios:

  1. Me quedo con las hadas de primavera y todo ese crisol de colores...las hadas de invierno me ha parecido una descripción maravillosa. Bendita imaginación!!
    Un abrazo.

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  2. Mil gracias. Por leerme y comentar. Y sobre todo, sobre todo, porque te gusten las hadas... Un abrazo

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  3. Wao !
    Eva que bien escribe y un pais muy,muy lejano.llamado Galicia,con su roble de casi medio siglo, sus hadas,inviernos y verano.
    He leído y me a gustado,esperando a la II parte quizás?
    Un Abrazo.

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  4. Muchísimas gracias! Me alegro que haya gustado! Escribiré segunda parte, sí. Creo que pronto!

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  5. Ohhh, qué lindo!!
    Me he quedado con ganas de seguir!!

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  6. Muchas gracias!! La verdad es que me queda un poco largo así que lo divido ;). Me alegro mucho de que te haya gustado. Besos

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  7. Hola Eva, una belleza, el esplendor de las hadas, magia narrativa, me encantó.
    Abrazos.

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  8. Muchísimas grandes. Me alegro mucho de que te haya gustado!. En breves seguiré con la segunda parte,a ver que me cuentan las hadas. Un abrazo

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  9. Buen día Eva,artista de letras y pensamientos,un saludo y feliz miércoles :)

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    1. Buen día!! Aunque con un poco de retraso! :)

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    2. Buen día,y es así a veces las cosas que hacer verdad? jeje Gracias Eva :)

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  10. Es DE-LI-CIO-SO. Recuerdo que de pequeña me gustaban las hadas y sobre todo los bosques, luego me obligaron a leer El Hobbit, después empecé El Señor de los Anillos y aborrecí por completo la magia, los serés sobrenaturales y parientes cercanos, supongo que por saturación.
    Tu cuento me devuelve a ese bosque de la infancia... Gracias.

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    1. Muchísimas gracias a ti! Sólo por un comentario como el tuyo merece la pena haberlo publicado en el blog.

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  11. Un cuento de clara inspiración celta, tierno, alegre y encantador, repleto de imaginación y donde fácilmente recuperamos nuestra infancia.
    Besos

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    1. Muchas gracias. Los bosques de Galicia, frondosos misteriosos y mágicos están en ni infancia,y todos los seres que los pueblan :)

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  12. Ayyyy esos bosques gallegos cuanto inspiran. Lo bueno de llegar tarde es que voy ahora a la segunda parte sin tener que esperar,jejeje. Un besín.

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  13. Los bosques... Una pasada!!. Hay que disfrutarlos e investigarlos para descubrir todo lo que esconden. El otro día mi hija Blanca me dijo que había visto un hada, y estoy segura de que así fue. Un besito

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  14. Un cuento donde las hadas habitan en bosques mágicos de Galicia. Un abrazo voy a por la 2º parte

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