viernes, 17 de abril de 2015

Ella y esa otra

Quisiera olvidarse incluso hasta de su nombre, para no tener que recordar que no hay quien la recuerde.

Quisiera ignorar los extraños crujidos que escucha cuando no hay nadie cerca, como si la casa se estuviera quejando. Como si la casa intentara hablarle. Como si intentaran hablarle los fantasmas.

Quisiera flotar en aguas tranquilas, donde la paz azul ahuyenta las burbujas de la respiración de los peces. Aguas donde el silencio amordaza la inquietud y tranquiliza el corazón.

Quisiera habitar en las profundidades desconocidas del océano, donde residan con ella todas las cosas que no existen, y las que no tiene; sólo las que ha podido imaginar.

Quisiera convertirse en un cangrejo, a veces lo quisiera para siempre. Ser un cangrejo para volver a todas partes donde ha estado, caminando eternamente hacia atrás, siempre pisando arenas removidas donde no se hundiría nunca, porque sus propios pies ya las han pisado antes.

Quisiera habitar un país de sueños dulces; del dulzor del algodón de azúcar de las ferias; donde el miedo no ataca con sus ejércitos de monstruos deformes y heridos.

Quisiera vivir en un mundo absurdo, donde lo absurdo no es trágico; lo absurdo no es horrible. Donde lo absurdo es inofensivo; mágico. Y allí, en el absurdo, pintar un cuadro abstracto y engañoso; dibujar un país con la entrada vetada a las venganzas y a los odios que estallan como bombas de sangre. Y allí, en el absurdo, atrapar el viento en una bolsa de papel para fundir todos los suspiros tristes en sus ráfagas, y no tener que utilizarlos nunca más.
Y en el absurdo, allí; en el absurdo más certero que la lógica, esconder caracoles en los zapatos de la tierra, para poder recorrer la vida más despacio.

Quisiera...
Pero querer no es suficiente para cambiar las cosas. Y los crujidos continúan llenando el vacío que amenaza con sitiarla entre las cuatro paredes de su propia existencia.

Las cortinas se mueven con respiraciones que no son de nadie.
Las maderas de los escalones reaccionan bajo pesos que no puede ver; ni tocar.
El miedo está más vivo que nunca, y más vivo que ella; y está en todas partes. Está en ella. Y al miedo quisiera desalojarlo; desahuciarlo y obligarlo a buscar nuevas moradas muy lejos. Quisiera echarlo a la calle, como una casera cansada de un alquiler que se prolonga demasiado, de un vecino inoportuno; molesto. Agresivo.

Quisiera invernar su congoja, como un oso agotado; y descansar en su cueva de nada e infinito.


Su silla preferida, los días que todavía es capaz de preferir algo, la coloca Adela junto a la ventana.
Observa a las personas que se frotan las manos y sacuden sus paraguas. Observa a los que pasean a sus perros antes de que la oscuridad apague también las luces de las farolas.
Los niños descienden del autobús escolar y el conductor escupe por la ventanilla. Cada uno toma el camino hacia su casa. A la de ella no. A la de ella no viene ningún niño. No viene nadie.
Un hombre, quieto en un portal, no deja tranquilo su reloj. Por un instante le parece que la está mirando a ella; que la ha descubierto.  Pero no. Enseguida llega una chica y caminan juntos hasta el final de la calle. Ella lleva un gorro rosa con un pompón azul.

Adela piensa que algún día le gustaría atreverse a llevar un gorro así. Pero entierra ese pensamiento bajo las filas y columnas de un crucigrama. Poético. Esplendor. Contrariedad. Cuántas palabras, pero ninguna voz.
Quisiera una voz para ella; una voz para hablarle...
Pero querer todavía no es suficiente para cambiar las cosas. Y las cosas no cambian sólo con quererlo...
No cambia que ella está sola. No cambia que la realidad, su realidad, está cubierta por una fina gasa de calima. Y la calima es música. La misma música de siempre. La misma canción en la cabeza.
Las notas se le clavan como metralla en los brazos que asoman por encima del cobertor, y la tinta sigue su curso al ritmo de aquella melodía de Sabina, "Y algunas veces suelo recostar, mi cabeza sobre el hombro de la luna. Y le hablo de esta amante inoportuna, que se llama Soledad".

Soledad
Lágrimas de lluvia en la ventana
y en el tejado mil secretos escondidos.
Un silencio inundado de suspiros
y la imagen del espejo que me llama.

Mil primaveras han pasado por mi vida,
pero ahora llega el frío del invierno,
y el primer amor; amor eterno,
es el frágil recuerdo de una huida.

No quiero mirar, y aún así miro.
Del otro lado del cristal, ella riendo.
Yo quieta, muy quieta. No respiro,
y todo alrededor se va muriendo.

Las agujas del reloj de mi se ríen.
Estúpidas fotografías en mi mente.
Se escurre entre mis dedos el presente,
y sombras del pasado me persiguen.

15 de septiembre
Las lámparas apagadas
pero la luna encendida.
Hay luna llena; septiembre.
Es un día 15; viernes,
y escribo esta poesía.

Mientras acabo el pitillo
va cayendo la ceniza,
echada sobre la cama.
La luna sigue encendida.
Es un día 15, viernes
y escribo esta poesía.

El papel va reflejando mis palabras,
que van naciendo grises y vacías,
que van naciendo confusas y enredadas
entre la música, el humo y mi sonrisa.

Pero ya no son mías mis palabras,
el olvido se olvidó de confesarlo,
y el mago ya no dijo abracadabra.
Son de la hoja, del lápiz,
del humo; del viento.
Se van escapando. No lo entiendo.
La música, la sonrisa...
Se van perdiendo en el tiempo.

Ya me terminé el pitillo
echada sobre la cama.
Espero y sigo esperando,
pero nunca pasa nada.

La luna queda apagada
porque mis ojos se cierran.
Sábado. 16, Septiembre.
Un día más...
Ayer, hoy, mañana...
Siempre.

Se oye música...


3 comentarios:

  1. Qué precioso!!!! Me doy cuenta de que te gustan muchas cosas de las que me gustan a mí, yo a veces describo lo que ven las personas por la ventana, y me imagino que lo ven personas solitarias, con una tragedia interior.
    Me ha gustado mucho el relato y también el poema, la forma en que empiezas y acabas con el cigarrillo, el día que se va...me ha encantado. Un besito.

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  2. Muchas gracias!! Por leereme y por todo lo que me dices. Un beso!!

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  3. Muchas gracias!! Por leereme y por todo lo que me dices. Un beso!!

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