jueves, 17 de septiembre de 2015

En la habitación de Blanca

Es por la mañana. Blanca está en el colegio y acabo de conseguir, al fin, que David se quede dormido.
 Tengo muchas cosas que hacer; algunas que debo, otras que quiero, o quería, porque estoy muy cansada. Mucho.
Metida en esa espiral donde la eternidad de los días se estira hasta la noche; una noche que dura un suspiro; y que es un suspiro intranquilo e insomne donde los sueños tiemblan bajo mis párpados por miedo a sí mismos. Un suspiro donde se me adormecen las manos estrujadas debajo de la almohada, presas, obligadas a no ceder a la tentación de encender la luz para espantar a esos monstruos que tan bien conozco y ya tuteo. A esos monstruos que me acosan y me hablan al oído con su aliento metálico y tan familiar que sólo se reconoce en los que viven muy cerca, muy, muy cerca, pegados a las paredes de mi corazón con sus patas cubiertas de ventosas.
 
Estoy muy cansada y no consigo ordenar mis ideas. Creo que en realidad no quiero ordenarlas. No quiero hacer nada. No quiero pensar.
Camino por el pasillo como una autómata. De la cocina a la habitación. De la habitación al salón... Y vuelta al pasillo.
La puerta de la habitación de Blanca está entreabierta y me acerco a cerrarla para que no vaya Canela, porque se que luego me va  a costar que salga.
Me acerco a cerrarla, pero al final entro.
El olor me sorprende suave, como una caricia inesperada en el rostro. Me sorprende y me tranquiliza. Respiro hondo para guardarlo dentro, muy dentro. Ese olor tan de niño a colonia fresquita y vida casi sin estrenar. La habitación respira y expira Blanca por todas partes; las paredes, la alfombra, la colcha de lunas y estrellas.
Entro en su habitación muchas veces al día; para recoger y para pedirle que recoja; para leerle un cuento; para darle las buenas noches; para darle los buenos días; pero pocas veces miro a mi alrededor con los ojos tan abiertos y el corazón tan necesitado de abrirse; pocas veces me detengo a observar.
Paseo mi vista por la estantería, por los cuentos; por los dibujos...Una sonrisa llega sin invitación cuando veo que no ha olvidado dejar a sus bebés bien tapaditos antes de irse a clase.
Me siento un poco espía pero no quiero evitarlo; no puedo; y esta vez dejo a mis manos libres para explorar; para sentir y para echar de menos.
Su habitación es una pequeña entrada a su mundo. Un portal a otra dimensión donde las cosas se dimensionan de otra forma, a su manera; a una manera mejor que a este otro lado.
 
 
Junto a la ventana parecen esperarla un grupo de juguetes. Por un momento me pregunto si cuando yo me vaya se asomarán para ver si ya empiezan a volver los niños del colegio.
Me quedo abstraída un rato; pasmada más bien, con la cabeza enterrada en una montaña de pensamientos sin orden ni control.  Y vuelvo a mirarlos.
Hay un par de princesas venidas de un lejano reino congelado. Un león leyendo un cuento sobre leones. Hay peluches; muñecas de otra época, cuando otras éramos niñas y podíamos entrar en el "Mundo de los Juguetes" (así lo llama Blanca) siempre que quisiéramos. Hay un unicornio; un marciano rosa que me mira con su único ojo abierto como un plato...
Todos diferentes y venidos de sitios diferentes, y con todas sus diferencias encajadas en ese universo perfecto donde no hay fronteras, ni barreras de alambre de espino. Un universo envasado al vacío tan, tan lleno de la imaginación de una niña, paralizado ahora sin su presencia como sumergido en un formol de inocencia. Ese formol donde todos deberíamos darnos un baño de vez en cuando para conservar lo que la vida va a querer quitarnos, siempre egoísta, cuando nos araña los ojos con imágenes de la verdad y las verdades que suceden en el mundo. La inocencia se pierde y, aunque no queramos, el corazón de muchos se encoge y se encoge, hasta que sólo queda espacio para no dejar espacio; para no dejar respirar.
 
David despierta. Miro el reloj. Sólo han pasado quince minutos... Cojo el mando de la tele. Unos pocos de dibujos y a acunarlo otra vez.
On.
Un chico joven, muy joven, casi un niño mira a la cámara. Sus ojos llorosos destilan ilusión, una ilusión de esas tan fuertes que consiguen casi engañar al mismo miedo.
A su alrededor las personas corren; tropiezan; se empujan. Unos niños lloran; otros duermen. Al fondo una enanita que tendrá tres años da sorbitos pequeños a una botella de Coca Cola.
¿Qué te gustaría ser si consigues llegar a Alemania?, pregunta el periodista al chico; al niño.
El chico sonríe, sonríe muchísimo. Y, yo, no sé por qué también sonrío.
 Artista, dice. Poeta. Me gustaría ser poeta.
Off. Off para muchos, para tantos... para demasiados...
Pongo el canal de dibujos. No quiero que el chico me vea llorar ahora, sólo cuando leamos poesía.
 
Siento un escalofrío. El otoño martillea en la ventana. Cojo a David en brazos y me lo llevo a otro sitio, a otra dimensión. Vamos a la habitación de Blanca.
 


4 comentarios:

  1. Ayyyyy qué precioso. El olor a niño es taaaannnn maravilloso. Cuando mis hijos eran pequeños me encantaba entrar en el portal después de dejarlos en el cole porque siempre olía a su colonia, a veces Nenuco, otras Johnson y otras la de Doisney del momento, pero siempre a niño feliz.
    Y lo del poeta...ayyyyy, esperemos que lo consiga.
    Besos y un post precioso, como siempre.

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    1. Gracias!y gracias por leerme! Yo creo que el aroma de nuestros hijos se queda dentro para siempre. Y sí, ojalá el poeta pueda escribir poesía. Un beso fuerte

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