viernes, 3 de julio de 2015

La mujer que ve todo de color azul (I Parte)

Sus manos se han vuelto ásperas. Las callosidades y las durezas surgen en todas partes como promontorios rocosos en medio de dunas de arena. La piel parece sólo la corteza de un viejo árbol; sin savia nueva y húmeda que corra entre las grietas que profundizan en la madera. Y, la corteza, sólo sirve para cubrir más corteza y ésta más y más, y así hasta el infinito donde quizás quede una gota de sangre; donde quizás todavía pueda escucharse el eco de un latido. Uno nada más.

Con los años la mujer ha desinfectado completamente su cuerpo de cualquier indicio delator de sí misma. Camufló primero, erradicó; extirpó, después, su propio olor del interior de los poros de su piel.

Con los años la mujer hizo suya la fragancia a pino de los Alpes del limpiador de suelos que siempre usa. Empezó a usarlo porque de pequeña le gustaba Heidi, pero ese pensamiento también consiguió erradicarlo. Hizo suyo el líquido, verde, fresco, esterilizador; para vestir y perfumar su piel de madera llena de astillas.

Con los años, destruyó por voluntad propia, y sin voluntad alguna, su propio olfato. Arrasó las papilas de su lengua de estropajo y jabón bajo mareas y mareas de lejía.
Pero, a pesar de taponarse la nariz y arrancarse la lengua, los recuerdos que atesoraban no consigue arrancarlos; arrancar su raíz demasiado sumergida en el todopoderoso corazón. Y allí, en ese lugar  recóndito y escondido de su cuerpo, la mujer guarda sabores y olores en pequeños perfumadores de cristal; filas y filas. Hay recuerdos de flores y de chorizo con patatas. Hay vómitos y agua del río bajo el sol. Hay mar. Hay... Hay una vida.

Desde su trabajo de interior, a la mujer, con los años, le parece que todo adquiere el tono azulado de las barras fluorescentes  que siembran el techo, sin importar la hora del día o de la noche que sea. Algunas veces la mujer casi ha llegado a creer que es su mirada la que propaga la luz azulada hacia todas partes a las que mira.
Desde su trabajo de interior la mujer pierde la noción del tiempo. Entra y se olvida de consultar los relojes, no le espera nadie y ella no espera nada ya. Sólo ficha cuando empieza y ficha cuando termina. Los principios y finales de la mujer no los marca ya ninguna aguja colgante de una pared.

Las ruedas dejan su impronta rallada sobre la moqueta. La moqueta también es azulada; del mismo color azulado que las barras fluorescentes que siembran el techo. Puede que sean los ojos de la mujer, su mirada azul; quizás sean sus pies que lo vuelven todo azul a su paso; o será ella entera la que destila azul. Pero la mujer  conoce muy bien la moqueta; la conoce desde hace años y casi son íntimas. Está al corriente de muchos de sus secretos. Ya sabe donde puede encontrar migas, o donde se atascará el aspirador atragantado por algún clip. La mujer ya conocía la moqueta antes de que sus ojos vieran todo de un sólo color, y sabe que la moqueta ya era azul antes de eso, pero la mujer ya no se acuerda. Y ahora es la mujer que lo ve todo de color azul.
Los zuecos no se escuchan. Los pasos son pasos almohadillados. Sólo se oyen los palos de las escobas y las fregonas entrechocando entre sí, como en una pelea infantil de espadas de madera. Y la mujer se deja hipnotizar por el ruido; guiar por el ruido. Cierra los ojos mientras continua caminando con los talones cuarteados pegados al dolor de la plantilla plastificada de los zuecos.
La mujer camina despacio llevada por la inercia con su azul guardado bajo los párpados. Casi sonríe; pero sólo casi. Cada vez se acuerda menos de sonreír. Desde hace un tiempo la mujer que lo ve todo de azul sólo se acuerda del pasado. En el pasado hay más colores. En el pasado hay todos los colores.
Ahora sólo azul. 

2 comentarios:

  1. Me encanta, me voy corriendo a leer la segunda parte. Besos.

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  2. Me encanta que te guste!. Gracias por leerme!!. Besos

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