miércoles, 8 de julio de 2015

La mujer que lo veía todo de color azul (Parte II)

Cuando entra  en los despachos Antonia sigue fijándose en las fotografías, igual que hizo el primer día, la primera vez de lo que finalmente parece que será el resto de su vida. Se fija en los maridos y mujeres, en los hijos; en algún abuelo. Todos apresados bajo el cristal de un marco; colocados en perfecta hilera, en instrucción inamovible sin que sus sonrisas se desdibujen un ápice; sin que por ellos pase el tiempo. Nada los roza; nada. Si acaso Antonia con su plumero, o el mismo polvo que ella limpia cuando vuelve a posarse en el cristal. Cariños guardados en un invernadero.
En el invernadero de Antonia el invierno se coló hace mucho, mucho tiempo. Primero fueron unas pequeñas corrientes de aire, como presentimientos que mueven las hojas de las plantas; luego vino el frío, el frío auténtico, el que llega hasta los huesos; el que paraliza y deja sin respiración, el que mata los colores. El que para Antonia volvió todo de color azul.
Sacude el plumero sobre todos ellos. Se pregunta si ese abuelo aún estará vivo; se pregunta cómo serán ahora esos niños que tanto habrán crecido desde que empezó a limpiarlos. Antonia se hace siempre muchas preguntas, ahora más por costumbre que por otra cosa, porque Antonia hace mucho tiempo que no busca respuestas.

Hace años cuando Antonia volvía a casa recorriendo el camino que es el mismo que recorre ahora, se entretenía observando los rostros que se cruzaban con ella, jugando a descubrir qué ocultaban detrás de sus expresiones; tristezas, alegrías o soledades; amores correspondidos o negados; puede que alguien esperando en casa. Para ella, alguien que jamás va a esperar.
Hace años cuando Antonia volvía a casa observaba también las puertas de los edificios; los portales luminosos poblados de plantas y bombillas como soleados jardines de interior, invernaderos que a ella le parecían llenos de verano y primavera. Contaba y recontaba las ventanas intentando estallar las intimidades que escondían; el calor, la familiaridad; intimidades con filos cortantes que laceraban su realidad porque detrás de los cristales que la tarde iba oscureciendo Antonia imaginaba mil interiores distintos cada día. Imaginaba besos y caricias; familias sentadas a la mesa; la televisión a todo volumen con un partido de fútbol; un bebé amamantado por su mamá. Antonia siempre imaginaba lo que más le dolía; lo que le faltaba. Y volvía a casa con el corazón sangrando y los ojos cada vez más llenos de azul.
A veces no podía resistirse aunque sabía que acabaría malherida y dejaba anidar su imaginación en lo alto de uno de aquellos edificios, en una cornisa, en la esquinita de una ventana, y desde allí espiaba la realidad que imaginaba para ella; que imaginó hace mucho tiempo. Al final, la imaginación, la inocente imaginación, que la obedecía, acababa tirada en la acera, despatarrada, con el cuello partido y los pensamientos muertos.

Hace años, cuando Antonia regresaba a casa; a su casa demasiado real para querer imaginarla, Antonia tenía fuerzas para querer otras cosas. Pero eso fue hace años. Ahora ya no. Ahora los portales luminosos poblados de plantas; los jardines de cristal en los que soñaba vivir un día, son sólo cementerios. Allí tienen su lápida sus ilusiones. Sólo ha escrito "muertas"; nada más, porque quiere olvidarlas. 

Hace años, antes del boom inmobiliario, antes de las nuevas construcciones gigantescas, a Antonia le encantaba contemplar las fachadas plagadas de balcones y geranios.
Hace años, antes del boom inmobiliario, y de las nuevas construcciones y de que la ciudad cambiara para ser otra ciudad distinta, Antonia observaba las hileras de fachadas de las casas olvidadas, cada vez más olvidadas, que flanqueaban las aceras, preguntándose quién era capaz de abandonar  las plantas y las flores a sus suerte; las macetas que un día fueron plantadas con cariño. Se preguntaba quién podía marchar; cómo, sabiendo que las flores acabarían completamente deshojadas y los pétalos esparcidos por el suelo, por el alféizar, pegoteados, por la lluvia y la suciedad, en la maceta, convertidos en abono, aunque ya nada tuvieran que abonar.
Hace años se preguntaba quién querría abandonar la vida a una condena segura por mudanzas, muertes, vacaciones. Se lo preguntaba ella que siempre había soñado, soñaba también, con ver nacer, crecer y cuidar algún día su propio jardín, junto a una casa que también sería suya, y que jamás querría abandonar.
Soñaba; árboles y arbustos de flores; toda clase de hierbas aromáticas y helechos enmoquetando el suelo. Soñaba un papel pintado de florecillas azules y jarrones por todas partes sobre los muebles de madera. Soñaba un enorme portal lleno de luz, verano y primavera. Soñaba con colores.
La realidad, desde aquel día, es el invierno azul.

6 comentarios:

  1. Qué bonita!!!! Y qué real, seguro que hay muchas personas que se merecen tener familia y una casa llena de plantas y la suerte les da la espalda y en cambio otros no valoran lo que tienene. Me ha gustado un montón. Un besín.

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  2. Gracias!. Me alegro mucho de que te haya gustado. Es verdad. No se por qué, a veces pienso en esas personas, quizás porque se lo afortunada que soy por tener una familia. Aún falta una parte, estoy esperando a que Antonia me diga qué le ocurre exactamente. Un besazo.

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  3. Muy bonito ese sueño de verano y primavera, anhelos de vivencias felices.
    Abrazos Eva.

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  4. Gracias, Alejandra, por pasarte. Me alegro de que te guste. Todo el mundo sueña,forma parte del ser humano. Quién no desea una primavera más cálida en medio de una vida de invierno... Antonia también. Un abrazo

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  5. Adorables quimeras veraniegas!!! Excelente narración.
    Un abrazo

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  6. Muchísimas gracias por leerme y por tus palabras!!, Un abrazo!

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