miércoles, 15 de julio de 2015

El monstruo de los ojos vacíos

El monstruo está cansado; agotado. El pecho de piedra late acelerado. Siempre tiene que estar alerta; siempre.
El monstruo tiene hambre; siempre tiene hambre, y sale a buscar una nueva presa, y otra, y otra...
El monstruo tiene el don de la ubicuidad, como un Dios temido.
La vida del monstruo es la caza. Es un cazador experimentado; tranquilo. A veces se esconde, silencioso e invisible y aparece de pronto. Sanguinario y caníbal, arranca piernas y brazos y deja paralizado al elegido para que no pueda escapar. Otras, avanza poco a poco, despacio, y va tragándose a la víctima sin que ella se de cuenta o se quiera dar cuenta, hasta que todo su cuerpo, todo su ser, le pertenecen.

El monstruo sabe esconderse bien. Puede estar quieto horas, días si hace falta, para que bajemos la guardia y nos olvidemos de que existe.
Habita en las esquinas, donde teje sus redes. Se adhiere a las paredes de nuestra cabeza, de nuestro corazón con sus patas peludas llenas de ventosas.
Nos hipnotiza y nos duerme, obligándonos a mirar al interior de sus ojos vacíos que son capaces de reflejarlo todo. Así, se apropia del temblor de nuestros labios. Lame el sudor de nuestra piel con su lengua áspera y oscura, y nos besa el cuello, para sentir como juega con nuestro pulso. Congela la sangre y parte en trocitos nuestras venas heladas hasta dejarnos blancos y resecos. Inunda las miradas para desorientarnos y encarcelarnos sin salida, ciegos, dentro de nosotros mismos.

Le gusta trabajar solo. Es fuerte y casi siempre gana, pero a veces se rodea de un ejército de ayudantes oscuros y viscosos; la inseguridad, el rencor, la rabia, la tristeza, la soledad, la venganza... Ellos empiezan el trabajo; engatusan, convencen, desarman. Después es muy difícil fallar, y el monstruo puede grabar otra muesca de triunfo en la nube negra y dura donde vive.

Esta vez me toca a mí. Lo sé. Lo siento. Noto sus ojos amarillos clavados en la nuca.
Ha llenado mi cuerpo de cuerdecillas finas y transparentes como sedales de pesca, y yo pico, porque la atracción por el anzuelo es muy fuerte.
Ya me ha hipnotizado y me convierto en su marioneta. Un tirón y mi corazón palpita. Otro, y se para. Palpita. Se para. Palpita....
El amor es su mejor arma; su mejor ayudante. Lo sé. Ya lo he sentido antes, porque el mayor temor es  perder lo que más quieres.
Me giro despacio.
El monstruo me obliga a levantar la cabeza. A mirarnos frente a frente, a los ojos; a sus ojos vacíos. Y, entre la bruma de sus pupilas aparecen las imágenes y mi cabeza, sin yo poder evitarlo, empieza a funcionar....

La habitación del hospital está en silencio y puedo oír mis pensamientos reflejados en su oscuridad. Él lo sabe todo sobre mí; todo. Él lo sabe y me encuentro recordando una entrada que escribí hace un tiempo en el blog, preguntándome qué hacer con mi hijo escalador. Me encuentro preguntándome, qué haría sin él; qué haría si le pasara algo.
Me encuentro de rodillas pidiendo, rogando que escale; incluso al mueble de la tele; incluso a la estantería de su hermana, aunque luego tenga que pasarme horas recopilando mil tapas de rotulador y cinco mil piezas de Playmobil.
Me encuentro prometiendo que siempre estarán ahí mi paciencia y mis manos, y mi sonrisa, para cogerlo.

Un soplo de viento entra por la ventana partiendo por la mitad el aire de la habitación.
David se ha quedado dormido en mi colo. Respira mejor; más lento; más abajo.
Lo coloco bien, intentando no tirar demasiado de la vía que lleva en el bracito; ese bracito tan pequeño.
Le cojo la mano y él suspira. Yo también suspiro.
El monstruo sigue mirándome, y, callado, me habla; me advierte. Volveré, dice. Volveré.
Lo sé. Lo sé. Le contesto.
Tengo que pagar el precio por quererlos tanto.
Ahora sigo mi camino, llevándolos conmigo; el miedo a perderlos sigue pegado a mi piel, como una lapa salada que escuece en mis ojos.
Mis niños...
Volveremos a vernos, miedo. Estoy segura. Eres un monstruo y saldrás de nuevo de mi armario, o de debajo de mi cama cualquier día. Me esperarás tras la cortina de la ducha, o en un ruido fuerte, o en una voz... Y, no voy a estar preparada, pero por ahora adiós...
Mientras, sigo, seguimos, camino...

 

9 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Buff,sí. Para mí es el peor monstruo. Siempre sabe dónde atacar... Gracias por pasarte, Carmen. Un abrazo

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  2. El miedo un monstruo inmisericorde que nos maneja como a títeres, muy original manera de narrarlo.
    Abrazo.

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    1. Gracias, Alejandra. Es el mayor manipulador. Nos maneja a su antojo. El miedo da miedo. Un abrazo

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  3. Uffff, es que a los hijos se les quiere tanto, tanto que duele...qué miedo.
    Un beso guapa y que siempre estén con nosotras, regalándonos el sonido de sus risas.

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  4. Se les quiere tanto,tantísimo... Por eso se pasa tanto, tantísimo miedo. Gracias por pasarte. Besos

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  5. Tremendo, Eva.
    He sentido ese temor al principio y no podido evitar las lágrimas después al recordarme situaciones así. Tanto, tanto miedo...
    Un beso muy fuerte.

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  6. Gracias por pasarte,Flora. El monstruo conoce cómo hacerme (hacernos) daño,y hay momentos en que nos pone a prueba. Un besazo!

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  7. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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