miércoles, 22 de febrero de 2017

Ella, mi cicatriz. Parte II: El libro de mi piel

La piel, dice la biología, es el órgano más grande de nuestro cuerpo.
La piel es nuestra vestimenta o nuestra desnudez.
La piel es una guardiana de historias, las nuestras; las de cada uno.
La piel es una contadora de cuentos. Va susurrando palabras al oído de las caricias y los besos; a las miradas que la recorren.
Marcas y manchas. Asperezas, pecas, cicatrices, arañazos... Se puede seguir en la piel el rastro que deja la vida; una vida.
Las huellas marcadas como en un mapa de tiempo y tiempos, que nos lleva hasta un recuerdo; que nos guía por el pasado y el presente de nosotros mismos.
Podemos contar las arrugas que enmarcan los ojos o que guardan los labios, como se cuentan los anillos en los troncos de los árboles.
Podemos regresar sobre nuestros pasos por caminos que no hemos vuelto a transitar. Podemos alejarnos, intentarlo, de las heridas que todavía duelen; para luego volver sin remedio, porque es imposible escondernos de nosotros mismos y de ella, de nuestra piel.

En el empeine de mi pie derecho guardo una tarde de sol y playa, y vacaciones escolares. La sensación del agua fría rodeando mi cuerpo, y una familia de surcos abiertos por una orilla rocosa. Recuerdo que tuve que ir a la caseta de los socorristas. Uno de ellos me preguntó cómo me llamaba para cubrir mis datos; Eva, le dije. Yo Adán, respondió (hasta me enseñó el D.N.I). Mis amigas y yo nos estuvimos riendo toda la tarde, y todo el verano.

Un bultito oscuro en el brazo izquierdo me lleva de vuelta a los dieciséis y a las fiestas de mi barrio. Subida en una de esas atracciones que tanto miedo me daban (un miedo que tanto me costaba confesar), en una de las bajadas a toda velocidad me di un golpe en el brazo, y ahí se quedaron para siempre; el golpe, y el recuerdo.

Muy cerca del tobillo izquierdo me espera una marca rugosa con forma de riñón, para trasladarme a nuestra primera mudanza y a una de las peores caídas que sufrí en mi vida. Suena dramático, pero más bien fue tragicómico. Ahora intento recordar por donde piso.

Cuando era pequeña jugaba a construir triángulos con los lunares de mi brazo derecho.

Y, las pecas, casi imperceptibles en invierno, comienzan a dejarse ver en primavera para anunciarme que los días se alargan y el aire se vuelve más cálido.

Todos los días una mirada al espejo me confirma que el tiempo sigue pasando; que las preocupaciones asfaltan carreteras en mi frente, y las sonrisas abren caminos de ida y vuelta a mi mirada.

Todos los días; todos los días desde hace dos meses, esa mirada al espejo se detiene en la cintura. Allí se queda suspendida, en pause, congelada; amedrentada y desconfiada porque sabe, porque sé que si sigo bajando, que si sigue, se encontrará con una cicatriz nueva, que todavía palpita; de las que miran directamente; de las que obligan a mirarse directamente a uno mismo. Y yo, yo no he sido capaz de mirarla a ella más que un puñado de veces.
Todavía es una extraña; aún no nos conocemos bien. Todavía no la reconozco en mi propio cuerpo, en el libro de mi piel. Todavía me cuesta hablar de ella; aunque de ellos, Alejandro y Daniel, que la utilizaron como puerta al mundo, podría estar hablando durante horas. Todavía me cuesta hablar porque ella me roba las palabras. Ella me devuelve al quirófano; a las luces demasiado intensas; al miedo. Al miedo al miedo, y al miedo a sentirse débil. Al miedo a las palabras susurradas que alertan de que algo va mal. Al miedo a las tijeras que no funcionan y a los bebés que se quedan retenidos sin poder salir; a los pares de manos estrujando mi barriga como un tubo de pasta de dientes; a los cortes que tienen que sanar.
Todavía me cuesta hablar de ella porque ella tiene una identidad que arrasa; que se ha comido parte de mi cuerpo y de mi cerebro; hasta mi corazón.
Están ellos; ellos y su olor a bebé, y sus sonidos de azúcar.
Está ella; ella, rugosa y escondida entre los pliegues de una barriga deformada y desconocida. Los dos lados de un espejo; del mío; y yo reflejada en ambos.
Es la primera vez que la desobedezco y que la cuento. Quizás porque las palabras escritas son más suaves; miel en la garganta. Las palabras habladas se cuelan por los poros de esta piel tan traicionera y tan fiel; tan mala y tan buena. Se cuelan hasta clavarse de nuevo en mis entrañas.
Es la primera vez que la desobedezco y alzo la voz cosida a mis letras, como su sombra a Peter Pan.
Quiero que el nudo de mi garganta al mirarla sirva sólo para amarrar fuerte mi felicidad; mis felicidades, no para escurrir lágrimas.
Ahora, en el libro de mi piel sin borrones. Sin borrar nada.

3 comentarios:

  1. Precioso como describes parte de tu vida grabada en tu piel. Me has hecho pensar y yo tengo cicatrices desde el minuto uno de mi nacimiento hasta ahora. Es bonito ahondar en esos recuerdo. Un abrazo

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  2. A mí me cuesta encontrar palabras ante tan hermoso texto donde se cruzan el dolor y la felicidad...
    Besitos muchos y un abrazo enorme, corazón

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  3. Hola!!!!
    Ayyyy qué bien lo cuentas, casi he podido sentir ese miedo en el quirófano, ese terror al oír que algo va mal...muy duro.
    Un besito y qué bien tenerte de vuelta.

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